Conocimiento y progreso desde la periferia

¿Comodidad tecnológica, Consumismo… o Bien Vivir?

Por Gonzalo Salazar

El concepto de progreso comprendido y aplicado como crecimiento económico y desarrollo tecnológico para beneficio de una parte de la sociedad, construido por occidente, viene originado en la concepción monoteísta judeocristiana del mundo, de la trascendencia en el tiempo de los humanos; traducido en un futuro de abundancia, placer y sosiego, mediante el mejoramiento permanente, ascendente y acelerado de los medios de vida. En el capitalismo la mayor parte de los adelantos científicos y tecnológicos están dirigidos a alargar la vida, a brindar comodidad en las actividades productivas y sociales, a buscar la eternidad física de los individuos, al estilo de los dioses y sus representantes (gobernantes, jerarcas religiosos, magnates financieros y accionistas de transnacionales) en la tierra;  no más de 10.000 familias inmensamente ricas. Quienes buscan mantener su mundo individualista, y el poder para disponer de vidas y destinos de las personas y de la naturaleza. Altos Jerarcas religiosos de todas las sectas contribuyen a este propósito  prometiendo a los oprimidos un paraíso después de la muerte que redimirá su miseria y sufrimiento, pero que no permitirá, en vida, su propia emancipación.

 La ciencia, desde Grecia, ha sido el instrumento para construir una cultura del progreso occidental, con un intermedio “oscuro” de 1000 años: el Medioevo, de donde renace el interés por la ciencia y el conocimiento auspiciado por el naciente capitalismo; tendría su auge con el iluminismo y el liberalismo y su aplicación en la Revolución Industrial. El capitalismo irrumpe en el mundo con la invasión y el saqueo  a América, la gran expansión del capital que hizo posible su desarrollo industrial y comercial. A partir de la Revolución francesa, con sus promesas de progreso: igualdad, fraternidad y libertad, la ciencia con su racionalidad, y la tecnología, se convierten en el motor de desarrollo del capitalismo industrial, masificando la producción, expandiendo la exportación de mercancías y de capitales, la importación de materias primas  desde otros continentes hacia Europa, y luego, desde el siglo XIX, hacia las metrópolis capitalistas, empezando por USA.

 El conocimiento científico producido por la humanidad en más de 5000 años, fue concentrado por el capitalismo, aplicado y transformado en un gigantesco y sofisticado aparato industrial, militar, tecnológico cibernético –la megamáquina moderna- que se expandió por todo el orbe, rompiendo las fronteras geográficas, económicas y culturales en menos de 200 años; generando toda una cultura antropocéntrica, consumista, egocéntrica e indiferente ante la degradación de los ecosistemas y de la humanidad. La energía nuclear, la robótica, la cibernética, la nanotecnología, la microelectrónica, la genética, la biología molecular, la biotecnología, aparecen en los últimos 70 años para recrear al mundo en forma virtual y terrorífica, prometiendo un nuevo estado de bienestar, de abundancia, de eficiencia, diezmando la posibilidad de soñar, posibilitando el ocio, la libertad. Sin embargo, como en todos los imperios, los actuales guardan secretamente muchos conocimientos y desarrollos tecnológicos, que con su difusión y aplicación podrían solucionar grandes problemas sociales, energéticos y medioambientales, pero también poner en riesgo la estabilidad de su sistema; solo aplican y difunden los que les convienen para mantener y ampliar su statu quo.

 En todas las épocas ha habido producción de conocimientos, generalmente las personas están permanentemente indagando, experimentando, aprendiendo, produciendo y transmitiendo conocimientos (científicos, artísticos, literarios); los pueblos siempre han tenido y desarrollado conocimientos y saberes para mantener y mejorar sus condiciones de vida material y espiritual, por lo cual es estúpido hablar de la actual como la era del conocimiento, pues siempre los imperios han robado los conocimientos a los pueblos sometidos como lo hacen con su riqueza material. Es la era del capitalismo salvaje en su forma imperialista, la era de la expropiación masiva (global), de la sistematización y control del conocimiento y de la sociedad por las grandes corporaciones transnacionales -no es el acceso democrático al conocimiento ni al ejercicio de la investigación científica hacia la solución de los grandes problemas de la humanidad y el planeta- es la aplicación masiva de toda la teoría científica, en la producción masiva de mercancías y en las formas de dominación política, económica y cultural por el capital imperialista, que niega la capacidad y las posibilidades a los pueblos sometidos de adquirir y desarrollar ciencia y tecnologías propias. La concepción de conocimiento occidental dominante hasta hoy se sintetiza a partir de los conceptos de Descartes[1] asumidos y dogmatizados por la burguesía en una racionalidad que se impuso a la sociedad, no solo para desarrollar ciencia y tecnología, sino, también aplicado a todas las relaciones sociales y en el “dominio” de la naturaleza

 La ciencia como bien de la humanidad, debe estar disponible, ser utilizada para generar desarrollo y bienestar en los pueblos sin ninguna restricción económica, política y o cultural. Gran parte del conocimiento en todas las áreas de las ciencias naturales y sociales, de las culturas absorbidas, se encuentran acumuladas y administradas por supercomputadoras de USA y Europa, (así como los más valiosos tesoros históricos y culturales de los pueblos de la periferia se encuentran en museos de las grandes metrópolis occidentales), pasaron de los libros y las bibliotecas a las memorias USB a las páginas web, a los discos duros, a la “nube” y se difunde  como una gigantesca avalancha de información fragmentada, que hace imposible que una persona con alto nivel académico pueda asimilar siquiera el 0.01% de estos conocimientos en su vida.

La forma de acopiar y acumular conocimientos dentro de la concepción occidental, va en contravía de la forma en que se genera y transmite el conocimiento en los pueblos no occidentales; en la mayoría de estos, el conocimiento surge de sus propias vivencias, de sus experiencias, casi siempre colectivas, donde se integran cosmovisiones visiones y saberes ancestrales con conceptos y conocimientos actuales; en los pueblos aborígenes, conservando la esencia de sus saberes los mayores, a quienes acuden la juventud y las comunidades en caso de necesitar un consejo, un indicio para acometer el qué hacer, para revisar un error o una preocupación; la tradición oral o escrita en sus propias lenguas permite el ejercicio y la extensión de la memoria en el desarrollo de sus culturas, a las cuales integran hoy, el manejo de las últimas tecnologías  -TIC- sin embargo los pueblos en todas la épocas han estado ávidos de conocimientos científicos, de tecnologías nuevas y del progreso que estos puedan aportar. Esta forma de conocer, nace del saber complejo que las comunidades e individuos tienen en su permanente contacto y convivencia tanto social como con la naturaleza, un pensamiento complejo que no aísla los elementos que componen la realidad, la cosa o el fenómeno observado, (natural o social) porque para los investigadores humanistas, ellos mismos son parte que incide en dicho fenómeno desde el momento en que entran en contacto con éste; los cambios que infringen las personas mediante el trabajo o la investigación al fenómeno u objeto, también transforma a las personas. Hoy el científico humanista no se limita a trabajar sobre cosas, sino, que se ve comprometido en la comprensión y solución de problemas, en la que son indispensable la multidisciplinaridad y la transdisciplinaridad, para abordar en conjunto el desarrollo de procesos no solo naturales, sino también sociales. No hay fenómenos ni procesos simples ni aislados por muy sencillos que parezcan, todos tienen múltiples relaciones e interdependencias con el medio en que existen (Morin).

 Entre los métodos de estudio e interpretación de nuestra realidad, como latinoamericanos, como colombianos, el pensamiento complejo no compite con la dialéctica marxista, como tampoco con las formas de percibir, comprender y aprender de nuestros pueblos; de estas formas de conocer solo podemos integrar, complementar lo necesario en una forma propia para transformar nuestro presente y futuro; si bien la dialéctica en su origen occidental; recoge las formas de análisis, conocer y transformar la realidad, construida en más de 2000 años, sintetizada por el marxismo -más que por Marx- ha sido la principal y más eficiente herramienta para explicar el modo de producción capitalista, sus componentes, sus contradicciones, sus tendencias, sirviendo para los propósitos de los trabajadores y de los pueblos sometidos, como soporte y en algún momento como guía para la acción  liberadora y transformadora. Sin embargo con el desarrollo del capitalismo en su forma imperialista, surgen nuevos actores, nuevos sujetos con intereses y objetivos particulares –en diferentes partes del mundo, con raíces culturales diferentes- que es necesario articular y concertar luchas, programas mínimos a corto plazo y mediano plazo con una visión más holística, incluyente y diversa. El Pensamiento Complejo nace en el occidente moderno como forma de conocer las mismas realidades que hoy nos afectan o de las cuales somos parte o actores. Igualmente los capitalistas siempre han integrado partes de los métodos (científicos y metafísicos) en sus procesos de investigación en todas las áreas de la ciencia, en los planes de dominación, en los procesos de producción y en el discurso, pero estas formas de conocer y hacer, son herramientas revolucionarias en los cerebros de las personas y de los pueblos.

El capitalismo ha desarrollado un método cognitivo que divide, aísla y oculta partes y resultados de los fenómenos o materiales estudiados, profundizando tanto en particularidades -especializaciones- que muchas veces los científicos pierden la visión del conjunto y de sus múltiples relaciones con la realidad social. Generalmente el amor por la ciencia no es igual al amor por la humanidad, por la vida o por la naturaleza, siendo la función del científico en el capitalismo igual a la del obrero: producir conocimiento (que también se convierte en mercancía), obedeciendo las órdenes de quien le paga o de quien lo mantiene dentro de una élite supuestamente heroica o patriótica; esto indica el bajo nivel de autonomía y de formación humanista de esos científicos. En el capitalismo los y las científicas no son libres, así dispongan de todos los medios logísticos para ejercer sus disciplinas y de comodidades económicas personales. Quienes dirigen los procesos productivos y de investigación científica y social como dueños de los medios de producción, lo hacen para mantener e intensificar la explotación económica y el control sobre las personas y la sociedad a su favor.

 De esta manera el capitalismo guarda en frascos dosificadores llamados institutos científicos, laboratorios y universidades, los conocimientos que roba, tanto a los pueblos como a sus propios científicos, mediante la “compra” o la apropiación (de supuestos descubrimientos, de procesos,  componentes naturales e inventos)  consignadas en las llamadas patentes o derechos de propiedad intelectual, que realmente pasan a ser propiedad de las corporaciones transnacionales. Este conocimiento que llaman ciencia, es la única forma real, cierta, eficaz y legítima que sólo puede tener uso instrumental para el logro de los objetivos que el capital se propone; otro tipo de uso es considerado como terrorismo.

 En el caso de las llamadas ciencias naturales, enfocadas hacia la transformación de la genética de cualquier especie, la alteración química de sustancias y la modificación de las características físicas de elementos y compuestos;  quienes dirigen estos procesos no dan importancia  a los efectos o consecuencias de estas transformaciones en la naturaleza y el universo, al ser aplicados y masificados los resultados o productos de esas investigaciones; el método científico cartesiano (que supuestamente busca la verdad a través de la ciencia y la razón) aplicado por occidente, no obliga a desarrollar simultáneamente  procedimientos que permitan desactivar, descomponer, neutralizar y o eliminar los productos y efectos nocivos o peligrosos de esos experimentos; la ciencia utilizada de esta manera puede generar avances científicos, comodidad y “progreso” para algunos sectores de la sociedad; pero también puede provocar incertidumbres, terror y tragedias para la humanidad, como ha ocurrido con el desarrollo industrial y tecnológico en los últimos 200 años. No se puede alabar todo invento o descubrimiento científico y su aplicación en tecnologías y o procedimientos como progreso en el bienestar de la humanidad, cuando los resultados a mediano y largo plazo pueden ser letales para ella y para el planeta. La ciencia en manos de los capitalistas se convierte en una caja de Pandora.

 De igual manera las ciencias llamadas sociales y o humanas desarrolladas por Occidente, enfocadas hacia el estudio de las persona y los pueblos, sus problemas y necesidades, son tomados como objetos factibles de manipulación y de utilización racional en el sostenimiento del sistema mundo capitalista, que desde la optica neoliberal convierte a la sociedad humana en una simple entidad biológica sin historia, sin capacidad para definir su propio destino, haciendo parecer las miserias del capitalismo como fenómenos naturales, como nos lo expresa Pablo Dávalos:  

“Si el comportamiento del homo economicus es el supuesto de base del neoliberalismo, entonces, para comprender la historia y la sociedad los criterios fundamentales ni son históricos ni son sociales son, en última instancia, biológicos. Si son biológicos quiere decir que son naturales. De esta forma, la explicación última de lo social como hecho y problema está dada desde el bíos. La economía abandona el campo de lo social para entrar en la esfera de la naturaleza.”

 “ En la deriva biopolítica del neoliberalismo, son también aquellos que utilizan criterios biológicos los que trazan la frontera de lo humano y de lo racional. El problema es que toda frontera a nivel biológico pierde de vista lo humano y lo convierte en bíos. Como bíos lo humano pierde toda consistencia ontológica. Es materia que puede ser desechada, neutralizada, controlada, intervenida. Puede entrar en el campo de la profilaxis, como en el caso de la Shoah y ni siquiera suscitar ningún escrúpulo moral, como cuenta Primo Levi en su testimonio, porque la administración de la vida genera su contraparte en la administración de la muerte.”[2]

El uso instrumental de las ciencias sociales y humanas, la difusión del pensamiento único de Occidente capitalista, ha impuesto una cultura antihumanista que obliga al sometimiento sicológico y cultural de los pueblos del mundo. El progreso capitalista niega todos los valores intelectuales humanistas, la compasión, la dignidad, la libertad, la fraternidad, la solidaridad, la felicidad, pues estos no generan ganancias económicas para los dueños del capital. Indudablemente el desarrollo industrial y tecnológico ha brindado comodidades en los sitios de trabajo de la industria y el comercio, en el estudio, en los hogares, donde quiera que haya el suficiente dinero para adquirir los productos y servicios que ofrece la actual revolución industrial, pero mucha más gente ha perdido sus riquezas, sus territorios, sus libertades y los bienes que le permitían subsistir en condiciones dignas, para que los países “desarrollados” disfruten y derrochen lo que nos roban. La misma democracia tan cacareada por los países hegemónicos ha dejado de ser la expresión real de las “mayorías”, mientras las más importantes decisiones que comprometen los recursos y la soberanía de los pueblos, son tomadas por organismos privados internacionales que no tienen nada que ver con las instituciones “democráticas” de sus países.

 Aún siguen llegando de los países del sur gran cantidad de científicos y científicas a las metrópolis “desarrolladas”, cooptados por grandes corporaciones y por instituciones de esos Estados, desplazados por la pobreza, por la falta de políticas e infraestructura para la investigación y el desarrollo científico. Sin embargo dentro de los países del sur también se dan avances en áreas como en la medicina, la biología, la microbiología, se incursiona en informática y automatización, contribuyendo al mejoramiento de tecnologías; simultáneamente al monopolio de corporaciones como Google, Microsoft o Apple; tanto en el norte como en el sur se desarrollan hardware,  sistemas operativos y programas de software libre, algunos países de la periferia están desarrollando tecnología informática tendiente a la construcción de supercomputadoras para almacenamiento y administración de información a nivel regional de la Internet, que rompa con la dependencia, el chantaje y el espionaje que USA ejerce sobre todo el mundo; Cuba tiene uno de los más altos desarrollos en medicina a nivel mundial.

 Vemos necesario evaluar lo que es y ha sido el progreso impuesto al mundo por occidente, especialmente aplicado a los pueblos del Sur. Hablamos de pueblos en base al reparto del mundo que vienen haciendo las potencias imperialistas desde 1492 en nuestra Abya Yala, en África y en Asia, que han creado el arbitrario mapa actual de países cuyas fronteras no tienen nada que ver con los territorios, historias, comunidades originarias y culturas de los pueblos que los habitan, sino, de acuerdo a los recursos –división internacional del trabajo- que han requerido esas potencias de nuestros territorios. La concepción occidental de progreso conlleva aceptar el desarrollo económico basado en la eficacia, la innovación tecnológica, la versatilidad, la uniformidad, la facilidad, la rapidez, el pragmatismo y la individualidad. Estas características ideológicas de interpretación y construcción de la realidad que nos han regido en los últimos 520 años tienen su origen en la cosmovisión occidental. Trascender esta concepción significa comprender lo que somos y lo que queremos ser, o sea, encontrar y unir nuestras raíces y nuestros sueños en el tiempo y en el espacio, ser radicales, volver a las raíces históricas, culturales y territoriales como nos lo propone José Martí.

 En la crítica al progreso capitalista es importante reconocernos como parte de los pueblos oprimidos, explotados y expoliados por el actual modo de producción dominante, hacer valoración de nuestras culturas, de nuestros modos de pensar, hacer y sentir; de nuestras historias, pero sobre todo, de nuestro presente y del futuro posible que queremos. No podemos prescindir ipso facto de todo el acumulado tecnológico científico y cultural alcanzado por Occidente, olvidando los aportes que todos los pueblos del mundo hicieron entregando lo mejor de sus riquezas naturales y culturales para llegar al actual desarrollo de la ciencia y la tecnología, muchos de esos logros realmente benéficos para la humanidad; ni regresar a un pasado de ignorancia y necesidad. Tampoco negar la importancia de los aportes que desde una visión crítica hacen algunos científicos e intelectuales  en áreas de las ciencias sociales y la humanidades (economía, sociología, sicología, filosofía, arte), rompiendo con el eurocentrismo occidental dentro del mismo Occidente capitalista, como Marx, Freud, Sartre, Benjamín, Cervantes, Foucault, Shakespeare.

 No existen culturas autóctonas puras, aisladas, como tampoco culturas inferiores o superiores, ni civilizaciones perfectas o eternas, todas tienen sus valores, sus avances, su, esplendor, sus injusticias, sus mitos, todas envejecen y fenecen, siendo reemplazadas por otras, porque son construcciones humanas; los mismos conceptos de desarrollo y progreso están supeditados a la cosmovisión de cada pueblo. Como pueblos del sur, como colonias del capitalismo occidental, somos parte de esa cultura impuesta que nos ubica en el contexto geopolítico y geoestratégico, dependientes económica, política e intelectualmente de occidente, que no nos deja mirar otras posibilidades de progreso ni asumir nuestra propia identidad ni descolonizar nuestras mentes ni nuestros pensamientos. Con nuestra visión occidentalizada nos miramos como inferiores; nuestras culturas, nuestro arte, son de segunda, son folklore, artesanía; nuestra historia, nuestra literatura, son mitos o leyendas, realismo mágico, nuestros saberes son supersticiones –sabemos más de Platón, de Alejandro, de Napoleón, de Europa, de Norteamérica, de su literatura, de su historia, que de nuestro pasado, y nuestra propia realidad- sabemos de su ciencia y sus culturas lo que la escuela oficial nos enseña, nuestros conocimientos no tienen nada que ver con acumulados propios científicos o culturales; para Occidente nuestros símbolos son enigmas del pasado sin ningún valor. Del mismo modo la educación oficial y los medios nos martillan a toda hora la superioridad de los valores y la cultura occidental; los líderes políticos, los profesionales, los artistas en cualquier disciplina, en nuestros países, son eficientes e idóneos sólo si vienen de universidades de las metrópolis del norte, si son calificados por organismos especializados  de las metrópolis capitalistas; igual si las mercancías son producidas por sus industrias son de primera, hasta nuestras especies vegetales y animales son inferiores porque ellos así las estudian y clasifican cambiándoles sus nombres originales.

 En nuestras culturas aborígenes predomina lo colectivo, el respeto por el otro, por la otra, por la naturaleza, admiración por la belleza, sin embargo también existen antivalores etnocéntricos, patriarcales y machistas que occidente ha utilizado para dividirnos, ha estimulado el individualismo, el egoísmo  y la corrupción en todos los sectores sociales –sobre todo en las dirigencias- desde los indígenas, pasando por las comunidades negras, las mujeres, la juventud, partidos políticos de izquierda, hasta las directivas sindicales de los trabajadores, que se refleja en las luchas por intereses de grupo, y personales; quienes así actúan  no ven necesaria la unidad social, política, orgánica con otros sectores populares en sus organizaciones políticas y sociales, en su ambición de protagonismo de autosuficiencia y “superioridad”, tara ideológica que impide la unidad popular y la construcción de subjetividades desde lo que somos, lo que queremos y lo que podemos ser. Nuestras identidades culturales y políticas se sintetizan en una ideología dominante que garantiza la atomización de los movimientos sociales y la existencia del capitalismo.

“El Vivir Bien, en sentido político, tiene que ver con las transformaciones institucionales y estructurales que creen las condiciones y los espacios adecuados a la participación, a la transparencia, al acceso a la información y a la formación de consensos. El vivir bien tiene que ver con la paz de las multitudes, del acuerdo de los pueblos, de la complementariedad entre sus economías, sociedades y culturas. No la paz impuesta por el imperio, por el dominio del orden mundial, no la paz de la dominación, que no es otra cosa que la guerra en la filigrana de la paz; sino la paz de las emancipaciones múltiples, de las liberaciones plurales, la paz de las grandes mayorías diversas, de los pueblos, de las multitudes y los proletariados nómadas. La paz entendida como armonía”.[3] El Vivir Bien o el Bien Vivir es una traducción al castellano del aymarasuma qamaña y del quecha suma kausay.

Construir el Bien Vivir implica recuperar la memoria histórica, retomar los nombres autóctonos de nuestros bienes naturales, culturales y sociales, de nuestros territorios, pasar del antropocentrismo al geocentrismo, al biocentrismo, con una nueva ética sobre el respeto a lo vivo, a lo natural, a lo verdaderamente humano, dar sentido desde nuestras identidades, desde nuestras cosmovisiones, desde nuestras necesidades y nuestros sueños a conceptos como democracia, soberanía, libertad, progreso y felicidad, darle un nuevo significado a la vida. Destruir los paradigmas que nos impiden trascender la ideología de la sumisión y la obediencia, la simbología que nos estigmatiza, nos degrada y nos niega; para asumir libre y autónomamente nuestros propios destinos.

Podríamos mirar el Bien Vivir no como abundancia y derroche, sino como el consumo de lo suficiente, realmente necesario, reutilizable y reciclable, respetando, protegiendo al resto de especies, a los bienes naturales como el aire, el suelo, los ríos y los mares. Análisis y definiciones que deben hacer y tomar  los humanistas, los intelectuales progresistas, los revolucionarios, pero sobre todo, los pueblos comprometidos en cambios reales y estructurales, porque los procesos sociales y culturales nunca empiezan desde cero.

 

Las alternativas al progreso impuesto por el capital surgen de iniciativas y tradiciones locales, experiencias ancestrales, colectivas, solidarias, ecologistas, feministas, humanistas, creativas, en el seno de los pueblos y de los sectores populares; todas con un carácter de resistencia, de indignación, en muchas comunidades, acompañadas de conceptos de democracia popular, de no desarrollo o de no crecimiento económico capitalista, como ejercicio de soberanía y autonomía. Cambios que se generan en los pueblos tras la configuración de una filosofía, de una cultura, de una economía, propias, de cada pueblo; que establezcan sus propias identidades, asumiendo nuevas subjetividades como expresión de nuevos poderes, nuevas hegemonías, germinados desde abajo, desde lo colectivo, desde lo local. Una nueva civilización humanista en desarrollo en nuestra América

“Me hablan de progreso, de “realizaciones”, de enfermedades curadas, de niveles de vida elevados por encima de los propios.

Pero yo hablo de sociedades vaciadas de sí mismas, de culturas humilladas, de instituciones minadas, de tierras confiscadas, de religiones asesinadas, de magnificiencias artísticas aniquiladas, de posibilidades extraordinarias suprimidas.

Me lanzan a la cara hechos, estadísticas, kilómetros de carreteras, canales, rieles.

Pero yo hablo de millares de hombres sacrificados en el Congo-Océano (…) Hablo de millones de hombres arrancados a sus dioses, a sus tierras, a sus hábitos, a su vida, a sus bailes, a su sabiduría.

Hablo de millones de hombres a los que, a sabiendas, se inculcó el miedo, el complejo de inferioridad, el temor, la genuflexión, la desesperación, el servilismo.

Me arrojan en plena cara toneladas de algodón o de cacao exportadas, hectáreas de olivos o viñas plantadas.

Pero yo hablo de economías naturales, de economías armoniosas y viables, de la desorganización de economías adaptadas a la condición del hombre indígena, de la destrucción de economías de subsistencia, de la desnutrición instalada, del desarrollo agrícola orientado únicamente para beneficio de las metrópolis, de la rapiña de los productos, de la rapiña de las materias primas (…)” – Me hablan de civilización, yo hablo de proletarización y de engaño. (Aimé Césaire, 1978; 19-21).

Lo que entienden como progreso los pueblos y comunidades indígenas en América latina y en Colombia, tiene que ver más con sus relaciones de convivencia, solidaridad, cooperación y respeto entre humanos y con la naturaleza, con la realización y el disfrute de sus derechos, de sus bienes y capacidades, que con el afán de enriquecimiento o de dependencia económica y política. Nuestro Bien Vivir no busca alargar la vida artificialmente, ni zambullir  a la juventud en el placer farmacocibernético, tampoco fabricar naves espaciales para ir a destruir otros planetas, o fabricar misiles nucleares para acabar con la humanidad, ni agotar los recursos energéticos, biológicos y mineros para producir tecnologías y mercancías superfluas –como el automóvil individual que aísla y vuelve egoístas a las personas- que elevan los niveles de contaminación, violencia y de consumismo, tampoco de llenar nuestros hogares de chatarra tecnológica que en realidad no necesitamos, menos de ostentar poder con las cosas sobre las personas; sino, de mejorar la calidad de vida de los pueblos, de aportar felicidad, en un proceso de cambios revolucionarios, que para el capitalismo puede significar retroceso. Estos conceptos se asocian a principios de justicia, tolerancia, equidad y autonomía.

 Progreso para nosotros puede ser desprenderse de las dinámicas del capitalismo con nuevas y ancestrales formas de producir  y de propiedad colectiva o comunitaria sobre los medios de producción, sobre los bienes naturales y culturales, en los que es definitivo el uso y la propiedad común de la tierra, la creación de Circuitos Económicos Alternativos; sustentado en conceptos como soberanía y territorio, que las comunidades rurales y urbanas han construido en sus historias con sus luchas, pero también el desarrollo de tecnologías, economías, ciencia, y de una cultura propias, o sea, crecimiento humano en armonía con la naturaleza.

 La ciencia y la cultura son territorios de lucha, de combate político e ideológico, esenciales en la construcción de una nueva sociedad; es deber y derecho de los demócratas, los revolucionarios, pero más de los pueblos, promover y defender su desarrollo en beneficio de la humanidad, dentro y fuera de los Estados, exigir a los gobernantes ampliar los presupuestos para estas actividades, condiciones y oportunidades para el ejercicio de la investigación científica y la generación de conocimientos y de tecnologías de punta y apropiadas realmente necesarias, para su aplicación a las condiciones económicas,  sociales y culturales de cada pueblo, de cada país. Es necesario el autoreconocimiento de las capacidades productivas, intelectuales y creativas de todos los sectores populares, de los logros, descubrimientos científicos e inventos realizados por nuestros compatriotas en la historia y en el mundo; son miles los científicos-as, artistas e investigadores que desde la colonia –Expedición Botánica- han hecho y hacen grandes aportes en todas las áreas de las ciencias naturales, sociales y de la cultura como los doctores Patarroyo y Llinás y García Márquez.

UNA EDUCACIÓN POSIBLE PARA UN MEJOR PAÍS

Los planes de dominación de la oligarquía y del imperialismo  no son formulados espontáneamente ni con conocimientos superficiales, sino en forma sistematizada y científica, claro, partiendo de su visión y concepción del mundo, con sus intereses de clase como principio y fin, por eso nos dominan, nos oprimen, nos explotan y nos excluyen. Ellos preparan las condiciones académicas, profesionales, intelectuales e ideológicas en las sociedades a través de sus sistemas educativos para la ejecución de sus políticas, planes y programas estratégicos  de “desarrollo” económico y de dominación, proyectados desde 50 a más de 100 años, ensayando modelos y regímenes que muchas veces son frenados o destruidos por la realidad y por los pueblos. La educación además de ser un jugoso negocio de empresas nacionales y extranjeras, es la plataforma y el espacio para la implementación de las políticas capitalistas, hoy neoliberales, razón por la cual es imprescindible el debate abierto y político del futuro de la educación en Colombia, impulsado desde la izquierda y los sectores revolucionarios que se piensen un nuevo país, llevando la discusión a todos los sectores populares y a las instancias institucionales y extrainstitucionales como el congreso oligárquico y las organizaciones populares como el Congreso de los Pueblos, los sindicatos, la Macha Patriótica, la plaza pública, los medios, la escuela y la academia.

 Habría que preguntarse ¿qué educación o qué, formación necesitamos? Para salir de la dependencia, la pobreza y la ignorancia, pues entre estos conceptos existen diferencias que conviene tener en cuenta para proponer una forma adecuada de generar, adquirir y aplicar conocimientos para propiciar la autonomía, la realización integral, el progreso, la libertad individual y social. También cuenta para qué país y para qué tipo de sociedad estructurar una institución que se dedique a educar y o a formar ciudadanos, o en otro caso, si no se necesita esta institución bajo la tutela del estado clasista. No se trata de negociar una reforma educativa o universitaria, a corto plazo, o de mejorar salarios a los docentes, infraestructuras y coberturas (que se tienen que luchar) sino, de diseñar desde los sectores populares una caracterización, unos contenidos y unas metodologías acordes con las visiones y necesidades de cada sector social o comunidad y del país que queremos.

 En nuestro caso, los modelos pedagógicos y estructurales atrasados impuestos desde la colonia por la iglesia católica inquisidora, encargada de la educación en todas sus etapas, primero por la corona española y luego por la llamada república, continúan hasta hoy con una supuesta constitución “laica”, que invoca “la protección de dios”, permitiendo que en la educación básica se continúe estudiando la materia religión como determinante en el pensum oficial, mientras se anulan las cátedras de historia y geografía y se limitan las de filosofía y ética. Las ciencias naturales se enseñan aisladas de los contextos económico, social y cultural, constituyendo un conocimiento teórico, mecánico repetitivo, no creativo, no investigativo ni objetivo frente a lo social. Los resultados de estas metodologías conservadoras se presentan cuando los pocos que alcanzan sus títulos profesionales –estudiantes de los sectores populares que no conocen la historia ni la realidad económica y social de su país- se sienten inútiles ante la imposibilidad de emplearse en su profesión o ven negadas las posibilidades de investigación y de contribuir al bienestar y al progreso humano de su pueblo.

 En América Latina, especialmente en Colombia, la educación superior o profesional como concreción y concentración del conocimiento académico en universidades públicas y privadas no trasciende el marco de la instrucción en pocas disciplinas que realmente tienen demanda en el mercado laboral profesional del país y en la ínfima capacidad de investigación y de innovación tecnológica. Se forma a una gran cantidad de técnicos y tecnólogos que salen a integrar el desempleo calificado o al rebusque en cualquier negocio personal o familiar (microempresa) que al poco tiempo quiebra en la competencia con las grandes empresas por la falta de un mercado o por las importaciones –si son productos manufacturados- que los TLC permiten, y los impuestos y requisitos técnicos que impone el estado a la pequeña empresa. Formación que dicta la cultura de la sumisión, la indiferencia de los profesionales ante los problemas sociales, los aísla del resto de la población, los involucra en una élite de clase media supuestamente intelectual, cuyo único interés es alcanzar un nivel de vida y de consumo igual al de sus patronos; pero siguen siendo tan esclavos como obreros no calificados, incluso menos libres que estos, en el caso de que logren acceder a un empleo.

 “Educar es depositar en cada hombre toda la obra humana que le ha antecedido; es hacer de cada hombre resumen del mundo viviente, hasta el día en que vive; es ponerlo a nivel de su tiempo … es preparar al hombre para la vida” -José Martí-

Como sujetos emancipados nos corresponde forjar en nuestros hijos una visión  objetiva y crítica de la realidad, estimular y celebrar la creatividad y la autonomía. En la formación académica y cultural de los sectores populares, promover a través de la visión de los oprimidos y excluidos, el conocimiento de nuestra historia y del mundo actual, incluyendo los últimos adelantos de las ciencias naturales, la  tecnología, los últimos descubrimientos y estudios de las ciencias sociales y humanas, los conocimientos ancestrales y actuales de nuestros pueblos. Es necesario el conocimiento y el reconocimiento del territorio urbano y rural que habitamos –local, regional, nacional-, desde la historia de las luchas sociales, su geografía, su demografía, sus culturas, sus migraciones, sus infraestructuras, sus estructuras económica, política y social, y la formación de la ciudad en el tiempo y en el espacio. En síntesis,  el conocimiento de nuestra realidad histórica y social en lo posible en los ámbitos de América Latina y el Caribe, continental y mundial.

 Una educación realmente humanista no es posible dentro del capitalismo, pues su estructura y superestructura  están diseñadas exclusivamente para el despojo y la acumulación mediante la violencia y el engaño como forma de existir; sus sistemas educativos y jurídicos represivos no son formativos, solo cumplen las funciones de adoctrinamiento e imposición de la sumisión, la obediencia y el castigo, que hacen posible la misión del capital; por lo tanto, corresponde a nuestro pueblo en su emancipación, crear nuevas formas de autoeducación.

 La nueva educación popular no puede estar encaminada a perfeccionar el sistema educativo del capitalismo ni a buscar la inclusión de los marginados en este sistema, mas bien, estimular una visión crítica en la sociedad, dotar a los sujetos de autonomía, herramientas  y conceptos idóneos para interpretar y transformar la realidad; sería una escuela desescolarizada, una academia de la calle, de los parques, que debata en las fábricas, en las oficinas en las parcelas, en los hogares; con docentes que escuchen más y manden menos, que enseñen aprendiendo en una praxis permanente, sin calificaciones ni castigos, con la risa, la alegría y el juego; llevando el laboratorio a los elementos y a las especies; una educación básica que privilegie las ciencias sociales y humanas, antes que las llamadas duras, con clases de puertas y cátedra abiertas, sin límites de edad para docentes y aprendices; que la geografía y la economía se estudien recorriendo los territorios y los centros de producción.

 Esta educación se puede realizar utilizando los medios tecnológicos y didácticos adaptados a las situaciones y necesidades concretas, con una pedagogía que rompa con el concepto clásico académico de formación y educación oficial, dando importancia al intercambio de saberes y a la consigna de que todos podemos aprender y hacer en la medida de nuestras capacidades y oportunidades; implementando metodologías democráticas de autoformación, de autoeducación  colectiva, aplicando en lo social la investigación acción participativa, como nos lo enseña el maestro Fals Borda.

 Los centros de investigación deberán estar en los barrios populares, en los campos, en los lugares geográficos y económicos que correspondan a las disciplinas estudiadas, en zonas de producción, de actividad social y cultural. Esta área del conocimiento deberá estar en permanente intercambio nacional e internacional de descubrimientos, de científicos, tesis, teorías y tecnologías (con países que opten por una visión y una aplicación humanista y humanitaria de las ciencias y las tecnologías). Sería dispersar el conocimiento para enriquecerlo con la práctica diversa, científica y los saberes populares, desestructurando las actuales universidades. En los consejos directivos de estos centros deberán participar representantes –con voz y voto- de las comunidades del lugar y de los productores, usuarios y consumidores de los productos, servicios y o disciplinas que se desarrollen en dichos territorios. La responsabilidad de la ciencia no se le puede dejar solo a los científicos, como la dirección de la guerra no se le debe asignar a los militares.


[1] El discurso del método- René Descartes. Impreso por primera vez en 1637

[2] El proyecto político de la Sociedad del Monte Peregrino: Distopía y violencia neoliberal por  Pablo Dávalos, tomado de la página web desdeabajo.info el Jueves, 04 de Julio de 2013

[3]Horizontes del vivir bien Raúl Prada Alcoreza, publicado en http://www.praxisenamericalatina

Por Gonzalo Salazar

Julio 15 de 2013

“CUADERNOS DE REENCUENTRO”

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