LA TRAGEDIA DEL COMUNISMO POLACO ENTRE LAS DOS GUERRAS MUNDIALES

Isaac Deutscher (*)

(*) Publicado originalmente en Les Temps, en el año 1958.

En febrero de 1956, poco después del XX Congreso del PC de la Unión Soviética, un breve comunicado anunció la rehabilitación del Partido Comunista polaco de antes de la guerra y de sus jefes caídos en desgracia, a los que declaraba víctimas “de provocaciones y de calumnias”. Esta decisión pasó casi inadvertida en Occidente. Sin embargo, le daba un epílogo sensacional a unas de las más extraordinarias tragedias del comunismo: no solamente la ejecución de ciertos líderes, la liquidación de una tendencia, sino, literalmente, el asesinato de un partido entero. Efectivamente, en 1938, una declaración del Komintern había anunciado la disolución del PC polaco, roído, sostenido “por las influencias trotskistas y pilsudskistas” y “convertido en una simple agencia del fascismo y de la policía política polaca”. Poco después, todos los miembros de su Comité Central refugiados en Moscú, justamente para escapar de esa policía polaca, fueron encarcelados por orden de Stalin y ejecutados como traidores. Entre ellos: Adolf Warski, amigo de Rosa Luxemburgo, fundador del partido y durante mucho tiempo su líder parlamentario; Vera Kostrzewa, militante heroica y de una gran inteligencia; Lenski, combatiente de la Revolución de Octubre y ex miembro del ejecutivo del Komintern; y muchos otros más, especialmente los jefes del destacamento polaco de las Brigadas Internacionales de España, llamados especialmente a Moscú para el holocausto. Un acontecimiento sin paralelo cuyas circunstancias fueron tan mal conocidas en tanto no hubo en la Unión Soviética ningún “juicio” público y en Polonia, prohibido, el PC éste estaba entonces en la clandestinidad: un acontecimiento que contribuye, sin embargo, a esclarecer no solamente la evolución del comunismo polaco después de la guerra sino toda la política staliniana en relación a los “partidos hermanos”.

Ahora bien, Isaac Deutscher, el mismo ex miembro del Partido Comunista polaco, ha sido invitado recientemente, en respuesta a un escritor de origen polaco, a trazar la historia de este partido y las circunstancias que lo llevaron a su “muerte”.

La publicación de este texto, proyectada en Polonia por un órgano oficial, ha sido hasta el presente diferida; sin embargo, ha sido difundida y es discutida intensamente en los medios del Partido Obrero. Publicamos aquí, este documento inédito respetando su carácter de testimonio, como una contribución a la historia del movimiento comunista.

Pregunta ¿Querría comunicarnos sus reflexiones acerca de los problemas claves de la historia del Partido Comunista polaco, que estoy estudiando? Lo que me interesa, esencialmente, son las corrientes ideológicas y políticas en el partido, la historia de la formación de las fracciones, la política del partido en el curso de los momentos críticos entre las dos guerras y, finalmente, su trágico desenlace.

Respuesta – Comencemos por algunas reflexiones de conjunto y por una acotación de orden personal. Cuando me pide hablar de la historia del Partido Comunista polaco, usted no ignora sin duda el punto de vista particular del cual parto para responderle. En junio de 1957, acaban de transcurrir exactamente veinticinco años desde el momento en que fui excluido del Partido Comunista polaco como opositor. No analizaré ahora las razones de esta exclusión: ellas han sido expuestas en forma clara, aunque tendenciosa (esta parcialidad se condena a sí misma con el paso del tiempo), en los folletos y declaraciones publicadas en esa época por la dirección del partido sobre el “asunto Krakowski” (era uno de los seudónimos que usaba entonces). Desde 1932 hasta su disolución, estuve en agudo conflicto con el Partido Comunista polaco. No obstante, en el momento de esa disolución y de las acusaciones dirigidas contra sus dirigentes, juzgué esos actos como un crimen inaudito perpetrado contra la clase obrera de Polonia y del mundo entero. El grupo oposicionista al que pertenecía fue el único grupo de miembros o de ex miembros del Partido Comunista polaco que lo denunciaba y que protestaba con vehemencia (1).

El Partido Comunista polaco es el que había ejercido, sin duda, la mayor influencia en mi formación, en mi desarrollo intelectual y político. Jamás había dudado de que el Partido Comunista polaco debía ser rehabilitado; además, el término “rehabilitación” no está en tela de juicio aquí. Era un gran partido heroico, el único partido que había representado en Polonia los intereses de la revolución proletaria, la gran tradición marxista, un verdadero y vibrante internacionalismo. En este sentido, ningún partido polaco, durante el período de las dos guerras, se le pudo haber comparado.

Desgraciadamente, todavía hoy, la historia del Partido Comunista polaco continúa siendo un libro cerrado con siete cerrojos. Las publicaciones del último período, que pude leer, son más bien pobres. Aluden a la rehabilitación pero no van más allá, no hay ninguna tentativa real de reconstruir la historia de la grandeza y de la decadencia del partido. Lo que llama la atención es la tendencia, heredada de hábitos adquiridos en el curso de largos años, a satisfacerse de banalidades y de una especie de “leyenda dorada”. El único partido en Polonia digno de llevar el nombre de partido proletario y marxista merece que se estudie su obra de manera respetable, realista y crítica. Hace tiempo se enterró al Partido Comunista polaco, bajo una montaña de calumnias inauditas. Terminemos de exhumarlo embalsamado de leyendas y con el estruendo de himnos huecos.

Me permitiré agregar una acotación metodológica de conjunto. Para comprender la historia del Partido Comunista polaco, cada fase crítica, hay que estudiarla desde un doble punto de vista: desde el ángulo de la lucha de clases en Polonia, y según los procesos que se desarrollaban en la Internacional Comunista y en la Unión Soviética. Estos dos conjuntos de factores actuaban sin cesar. El investigador que se limitara al análisis de sólo uno de estos conjuntos sería incapaz de captar la esencia del Partido Comunista polaco. A medida que pasaban los años, los procesos que sobrevenían en la Unión Soviética desempeñaban un papel cada vez más importante, y pesaron como una fatalidad cada vez más pesada sobre el destino del partido polaco. De esta manera, tanto para esclarecer la política del Partido Comunista polaco y explicar sus corrientes ideólogico-políticas, como para precisar la lucha de las fracciones, debemos continuamente referirnos al estado de las relaciones de clases en Polonia y a los procesos de desarrollo en el seno de la revolución rusa.

Pregunta ¿Cuáles eran las principales divisiones internas del Partido Comunista polaco al momento de su fundación, es decir, a fines de 1918 y comienzos de 1919?

Respuesta – Estas divisiones derivaban del hecho de que el Partido Comunista polaco había nacido de la fusión de dos partidos: la Social Democracia del Reino de Polonia y de Lituania (partido de Rosa Luxemburgo, SDKPiL) y el Partido Socialista Polaco de Izquierda [PPS Lewica (2)]. Cada uno de esos dos partidos poseía sus propias tradiciones. El Partido Social Demócrata se había constituido esencialmente en oposición a las tradiciones nobiliarias en la lucha por la independencia nacional, que se remontaban a las insurrecciones del siglo XIX, y ponía el acento especialmente en el internacionalismo proletario. El Partido Socialista de Izquierda apoyaba en sus comienzos la ideología de la independencia nacional, pero había evolucionado acercándose al partido luxemburguista. El Partido Socialista de Izquierda tenía similitudes con la izquierda menchevique y fue bajo la influencia de la Revolución de Octubre que se acercó a la posición de los bolcheviques.

El Partido Social Demócrata tenía, como testimonian los trabajos de su VI Congreso, una actitud extremadamente cercana a la de Trotsky y se mantenía independiente tanto de los mencheviques como de los bolcheviques. En el momento de la Revolución de Octubre, el partido luxemburguista, una vez más al igual que Trotsky, se identificó con el bolchevismo. Aquí hay que tener en cuenta, además, las divergencias internas en el partido entre la fracción de la “dirección” (Rosa Luxemburgo, Marchlewski y Jogiches) y los llamados “escisionistas” (Dzierzynski, Radek, Unszlicht).

Eran más bien divergencias y no una escisión en el pleno sentido de la palabra. Los “escisionistas” representaban una cierta oposición al centralismo democrático del Comité Director que actuaba desde el extranjero. Además, ellos estaban más cerca de los bolcheviques (3). En el Partido Comunista polaco, la tradición del partido luxemburguista fue preponderante desde el principio. No obstante, no hay que exagerar la importancia de esas diferencias. Estaban efectivamente ahogadas e incluso desdibujadas por la unidad verdadera del partido, por la convicción de todos sus adherentes de que las viejas divisiones estaban perimidas, así como por el factor de consolidación que representaba para las filas del partido la muy neta conciencia de la oposición irreductible de este último a las fuerzas nobiliarias y burguesas, reformistas y nacionalistas de la Polonia de entonces.

Pregunta ¿No es verdad que el Partido Comunista polaco había abordado la vida política, en la Polonia independiente, con una cierta desventaja moral, por el hecho de que había adoptado en el pasado la actitud luxemburguista de oposición de principio a las luchas por la independencia nacional?

Respuesta – Hay aquí algo de verdad y mucho de exageración. La prueba es -por ejemplo- la relación de fuerzas de los diversos partidos en el seno de los soviets de delegados obreros que se constituyeron entonces a fines de 1918 en Varsovia, en Lodz y en la cuenca minera de la Dambrowa. En Varsovia, en efecto, las fuerzas del Partido Comunista y del Partido Socialista se equilibraban y, si no me equivoco, el Bund (4) era el elemento que hacía inclinar la balanza. La situación era parecida en Lodz, en cuanto que los comunistas tenían allí una cierta preponderancia.

En la cuenca carbonífera, el Partido Comunista era mucho más poderoso que el Partido Socialista, lo que se vincula al episodio de la República Roja de Dambrowa. Podemos arriesgarnos a afirmar que en el umbral de la independencia, el Partido Comunista polaco tenía sobre la clase obrera, en los principales centros industriales, una influencia no menor que el PSP, reformista y “patriótico”; y quizá aun mayor. La situación era bastante complicada. Por una parte los acontecimientos habían desmentido hasta un cierto punto la actitud hostil, en principio, frente a la lucha por la independencia nacional, de Rosa Luxemburgo y sus camaradas. Por otra parte, sin embargo, ellos habían dado la razón a su partido, como al único que había contado con la revolución socialista en las potencias ocupantes -Rusia, Alemania, Austria- más que con la repetición de las insurrecciones nacionales del siglo XIX. El pilsudskismo -y el Partido Socialista polaco, que en 1918 era casi inseparable del pilsudskismo- proclamaba antes que nada su escepticismo y su desconfianza en cuanto a una revolución en los Estados que se repartían Polonia, y ligaba precisamente el futuro de Polonia a la repetición de las insurrecciones. Contrariamente a las previsiones de Rosa Luxemburgo, Polonia recobró su independencia; pero, contrariamente a las previsiones de sus adversarios, la obtuvo antes que nada de las manos de la revolución rusa y de la revolución alemana. La historia se reveló más astuta que todos los partidos, y es por eso que no estimo que, comparado con los otros partidos, el Partido Comunista polaco haya abordado la fase de la independencia con un “hándicap moral” particular.

Además, mientras los luxemburguistas se pudrían en las cárceles zaristas y en el exilio, los partidos polacos burgueses (especialmente los “demócratas nacionales” que combatían todos los movimientos de independencia nacional, pero también Pilsudski y los socialistas “patriotas”) se ponían al servicio de las dinastías ocupantes y colaboraban con ellas, lo que no les impidió adoptar, después de la caídas de esas dinastías, actitudes hipócritas ultra nacionalistas y apoderarse del poder.

Pregunta ¿Después de la fundación del Partido Comunista polaco, las viejas querellas sobre el problema de la independencia nacional desempeñaban todavía un papel relevante en su vida?

Respuesta Solamente al comienzo y en una mínima medida, casi nula. El partido estaba metido en otros problemas: la posición a adoptar con respecto a las nuevas relaciones entre las fuerzas sociales en el país, la elaboración de su línea política y, por supuesto, los problemas de la revolución rusa y la revolución mundial.

Pregunta ¿La cuestión del boicot a la Constituyente de 1919 no marcó la aparición de una nueva división en el seno del partido?

Respuesta – Salvo error de mi parte, esta cuestión no dio lugar a grandes discusiones. En este sentido, el partido polaco y el partido alemán tomaron posiciones análogas, considerando las elecciones a la Constituyente como un elemento distraccionista que tenía como objetivo liquidar los soviets de delegados obreros.

La Dieta Constituyente polaca y la Constituyente de Weimar significaban, tanto una como la otra, la creación de una república parlamentaria burguesa, edificada sobre las ruinas de los soviets obreros, órganos potenciales de la revolución socialista.

Los dos partidos cometieron indiscutiblemente un error proclamando el boicot al parlamento burgués, y tanto en un caso como en el otro, este error derivaba del clima ultra extremista de la época.

Pregunta ¿Cómo reaccionó en Partido Comunista polaco ante la guerra polaco-soviética de 1920?

Respuesta – El Partido Comunista polaco trató esta guerra conforme a la realidad: como una guerra de las clases poseedoras polacas, o de una notable fracción de ellas, contra la revolución rusa, y como parte integrante de la acción intervencionista llevada a cabo por los gobiernos burgueses occidentales. El Partido Comunista polaco se sentía solidario con la revolución rusa y obligado a defenderla.

La situación se complicó con la retirada de Pilsudski de Kiev y con la marcha del Ejército Rojo sobre Varsovia. El estado de sitio y los tribunales de excepción redujeron al mínimo las posibilidades de acción del partido, y le fue difícil expresarse.

Me gustaría, no obstante, señalar una divergencia de puntos de vista característica, que apareció entonces entre los comunistas polacos residentes en Moscú. Efectivamente, cuando se trata de la marcha sobre Varsovia, esta colonia se dividió de una manera aparentemente paradójica. Por una parte, los antiguos “luxemburguistas”, los adversarios de la independencia, Radek y Marchlewski (5), no ahorraron esfuerzos para convencer a Lenin y al Politburó ruso de que no era necesario emprender la marcha sobre Varsovia, sino proponer la paz a Polonia una vez que los ejércitos de Pilsudski fueran echados de Ucrania (sólo convencieron a Trotsky, en ese momento, Comisario del Pueblo de Guerra). Por otra parte, los ex defensores de la independencia, los ex socialistas, tales como Feliks Kon (6) y Lapinski, se pronunciaron a favor de la marcha del Ejército Rojo sobre Varsovia, asegurando que el proletariado polaco se encontraba en tal estado de fermentación revolucionaria, que lo recibirían como a su libertador.

Me gustaría recordar otro episodio: la Rote Fahne (Bandera Roja), órgano de PC alemán, publicó en 1920 una protesta contra la marcha sobre Varsovia, firmada por Domski, uno de los miembros más eminentes del Comité Central del Partido Comunista polaco. (Entre paréntesis, en las condiciones de democracia interna que existía entonces en el partido, se consideraba natural el derecho de un miembro del Comité Central de publicar semejante protesta.) Domski permaneció como miembro del CC y desempeñó un papel de primer plano durante varios años todavía, exactamente hasta 1925.

Usted me preguntó si la tradición luxemburguista no había pesado fuertemente, desde el punto de vista moral, sobre el comunismo polaco. No tengo la intención de defender post factum las ideas de Rosa Luxemburgo sobre la independencia nacional; me limitaré a decir que la marcha del Ejército Rojo sobre Varsovia constituyó una desventaja moral infinitamente más seria y más peligrosa para el Partido Comunista polaco que todas las faltas reales o supuestas de Rosa Luxemburgo tomadas en su conjunto, errores a los que tanto sus adversarios burgueses como más tarde Stalin (abusando como de costumbre de una cita de Lenin) dieron una trascendencia desproporcionada. Ahora bien, el error de Lenin en 1920 -¡llamemos a las cosas por su nombre!- fue una tragedia para el Partido Comunista polaco, porque empujó realmente a las masas proletarias polacas al antisovietismo y al anticomunismo.

Pregunta ¿Pero, no obstante, el partido recuperó rápidamente sus fuerzas después de 1920?

Respuesta – Sí, hasta un cierto punto. Esto no modifica el hecho de que igualmente la marcha sobre Varsovia tuvo consecuencias duraderas, socavando la confianza de las masas trabajadoras polacas en la revolución rusa. Sin embargo, después de 1920, se ve que las “ilusiones de la independencia” se disipan muy rápidamente entre los obreros. En la atmósfera relativamente más libre que siguió a esta guerra, la opinión obrera tuvo además la posibilidad de juzgar con más calma los acontecimientos. Se entendía que el gobierno de Lenin había hecho todo lo posible por evitar la guerra polaco-soviética y se comprendió que la marcha sobre Varsovia había sido una revancha por la marcha sobre Kiev. Habría sido mejor que no hubiera tenido lugar, pero la clase obrera polaca comprendió muy rápidamente que Pilsudski, en 1920, no luchaba por la independencia de Polonia sino por los dominios que poseían en Ucrania los propietarios terratenientes polacos y para realizar sus propios sueños de potencia. El comienzo de los años ’20 representa un nuevo período de ascenso de la influencia del Partido Comunista polaco, influencia que alcanza su apogeo en 1923, más particularmente en noviembre, durante la huelga general y la insurrección de los obreros de Cracovia.

Pregunta – ¿Esa es la época de la dirección de “las tres W”, no es cierto?

Respuesta – Efectivamente. Uno de ellos, Warski, era un antiguo luxemburguista y los otros dos, Walecki y Wera (Kostrzewa), antiguos socialistas de izquierda. Constituían, sin embargo, un grupo de dirección homogéneo, lo que prueba que la antigua división en el seno del partido había desaparecido. Nos aproximamos, sin embargo, a un momento particularmente crítico, donde el desarrollo de la lucha de clases en Polonia se complica una vez más y se deforma hasta un cierto punto, bajo la influencia de los acontecimientos que se produjeron entonces en la Unión Soviética. Personalmente, consideré durante largos años que en nuestro país, Polonia, al igual que en Alemania, el año 1923 había sido el de la revolución fracasada. Con treinta y cinco años de distancia, no estoy tan seguro que la historia admita, o pueda admitir algún día, la justeza de este punto de vista. En todo caso, se estaba en presencia de numerosos elementos de una situación revolucionaria: huelga general, sublevación de los obreros de Cracovia, pasaje del ejército hacia el lado de la clase obrera y, de una manera más general, fermentación en el país. Parecía que sólo faltaba la iniciativa de un partido revolucionario que aprovechara al máximo la situación y llevara adelante la revolución. El Partido Comunista polaco no tomó tal iniciativa. Era la época en que el partido, conforme a las resoluciones de la Internacional, llevaba adelante una política de frente único con los socialistas. Esta política le había dado, hasta cierto momento, magníficos resultados, acrecentando considerablemente su zona de influencia y dando impulso a la lucha de clases. Pero, al hacer esto, sin embargo, la dirección del partido había renunciado en cierta medida a la iniciativa política en beneficio del Partido Socialista polaco, y este hecho tuvo precisamente repercusiones lamentables sobre la situación en noviembre de 1923. La base del partido tenía el sentimiento de que el partido había dejado pasar una situación revolucionaria sin aprovecharla; reaccionó de manera muy viva y dolorosa contra el “oportunismo” y la falta de iniciativa revolucionaria de “las tres W”.

La situación, como lo he señalado, se complica aun más como consecuencia de los acontecimientos en la URSS. Es en esta época, en efecto, que se desarrolla en Moscú el primer acto público de la lucha entre lo que se llamaba el triunvirato (Stalin, Zinoviev y Kamenev) y Trotsky. La lucha reviste inmediatamente formas extremadamente violentas, sin antecedentes en la historia del movimiento. Los partidos comunistas europeos estaban mucho más inquietos que antes. Trotsky era, junto con Lenin, el principal inspirador y la principal autoridad moral de la Internacional. Los comités centrales de los partidos polaco, alemán y francés se dirigieron en el otoño de 1923 al Comité Central del partido soviético, protestando contra la brutalidad de los ataques públicos de que era objeto Trotsky. Los que protestaban no tenían ninguna intención de solidarizarse con las posiciones de Trotsky; ellos simplemente ponían en guardia a los dirigentes soviéticos contra el perjuicio que la campaña contra Trotsky producía al movimiento comunista, y los llamaban a que resolvieran su conflicto con Trotsky de una manera digna de comunistas. Este incidente tuvo grandes consecuencias. Stalin no olvidará ni perdonará jamás esta protesta. Zinoviev, entonces presidente de la Internacional, consideró que esa protesta constituía un voto de desconfianza hacia él. Al instante, las cuestiones de la política de los partidos comunistas en Polonia, Alemania y Francia se mezclaron con el conflicto interno ruso. La dirección de la Internacional, es decir Zinoviev y Stalin, removieron de oficio a los principales dirigentes de los tres partidos que habían osado tomar la defensa de Trotsky. El pretexto fue dado por los errores cometidos por esos dirigentes, especialmente por el grupo de “las tres W” en noviembre de 1923: oportunismo, desviación de derecha, no aprovechamiento de una situación revolucionaria.

Pregunta – ¿De su testimonio se desprende que las acusaciones de oportunismo y de subestimación de la situación revolucionaria que se hicieron a “las tres W” estaban justificadas?

Respuesta – Incluso aunque estuvieran justificadas, esto no autorizaba a la dirección de la Internacional, en Moscú, a una intervención tan brutal y hasta entonces sin antecedentes en las cuestiones interiores del partido polaco, ni a revocar de oficio a su dirección. Esto, repito, era un acto sin precedentes en la historia del comunismo. Yo agregaría que, simultáneamente, las direcciones de los partidos alemán y francés fueron modificadas de la misma manera (7). En los tres casos, el cambio de dirección fue efectuado por una orden venida de lo alto y no como consecuencia de decisiones tomadas por el conjunto de los miembros del partido, conforme a los principios de la democracia interna. Fue un primer y peligroso golpe a la independencia de los partidos comunistas, el primer acto -al fin de cuentas- de “stalinización” del Komintern, aunque no haya sido realizado solamente por Stalin sino también por Zinoviev. Los dos actuaron demagógicamente aprovechando el clima de desencanto que reinaba en la base de los partidos alemán y polaco. Este clima era comprensible y se volvió violentamente contra “las tres W” (de la misma manera que contra Brandler en Alemania). Es posible que si se hubiera dejado al partido libre para decidir, igualmente habría procedido a un cambio en su dirección. Sin embargo, más importante que el hecho de este cambio fue la manera en que se llevó a cabo, porque abría la vía a una injerencia staliniana cada vez más desvergonzada en los asuntos del Partido Comunista polaco, injerencia que habría de desembocar en el asesinato del partido.

Pregunta – ¿Cómo reaccionó el partido ante este primer acto de injerencia deliberada?

Respuesta – Por desgracia, pasivamente. Una gran parte de sus adherentes era más o menos favorable al desplazamiento de “las tres W”. Incluso los que no estaban de acuerdo, no se opusieron. Es claro que esta operación parece suave, si se la compara con las exclusiones, purgas y “autocríticas” que habrían de seguir. El stalinismo estaba en su período de formación y todavía no podía mostrar sus garras. El ataque contra los dirigentes desplazados fue llevado con una relativa moderación y corrección, que contribuyeron a que el partido se resignara a sus consecuencias. Lo que pesó de una manera decisiva sobre la situación fue el elemento psico-político que resultaba de una mala comprensión de nuestra solidaridad con la revolución rusa. Se consideraba, en efecto, que era necesario, a cualquier precio, evitar un conflicto con Moscú. La autoridad moral del partido soviético, el único que había llevado la revolución proletaria a la victoria, era tan inmensa que el partido polaco se inclinó ante las decisiones de Moscú, incluso cuando ésta abusara de su autoridad revolucionaria. El stalinismo fue, a decir verdad, desde sus comienzos, una seguidilla de abusos de esta naturaleza, una explotación sistemática del crédito moral de la revolución, para empresas que frecuentemente no tenían nada que ver con ésta sino que servían para consolidar al régimen burocrático en la URSS. En el curso de los años 1923/24, a Stalin le importaba, esencialmente, atacar al trotskismo en el conjunto de la Internacional. Warski y Kostrzewa se esforzaron por salvar su situación des-solidarizándose de la protesta que en nombre del Comité Central polaco habían lanzado contra la campaña antitrotskista de Moscú. Sus motivos eran comprensibles. En Moscú, la mayoría del Politburó y del Comité Central se habían pronunciado contra Trotsky. Los dirigentes polacos consideraban esto como un hecho decisivo y deseaban evitar a cualquier precio solidarizarse con la minoría del partido soviético y exponerse así a una acusación de injerencia en los asuntos interiores de ese partido. Esto no preservó, sin embargo, al partido polaco de una injerencia soviética en sus asuntos. “Las tres W” tenían, de una manera indiscutible, ciertas simpatías por las posiciones de la oposición trotskista pero, en los hechos, sostuvieron a Stalin-Zinoviev y les proclamaron su lealtad. Más tarde deberían pagar caro este momento de debilidad.

Pregunta – ¿En qué consistió el cambio de política del partido después de 1923?

Respuesta – Lo que se denominaba “la izquierda” tomó la dirección del partido: Domski, Zofia Unszlicht y Lenski. Como en toda la Internacional, también en el partido polaco el nuevo curso representaba una reacción extrema contra la orientación del período precedente. Fue, por lo tanto, una política “ultraizquierdista”. Mientras que en 1923 la política del partido estaba caracterizada por una falta de energía revolucionaria suficiente, durante los años 1924 y 1925 estuvo marcada por un falso exceso de esa energía, lo que fue más nocivo para el partido porque después de la crisis de 1923 las posibilidades objetivas de acción revolucionaria habían disminuido. El Partido Comunista polaco rechazó completamente, en este período, la táctica del frente único y malgastó sus esfuerzos en aventuras estériles. ¿El resultado? Pierde su influencia y se aleja de las masas obreras. Es bueno recordar que a comienzos de 1924 el Partido Comunista polaco obtuvo todavía un gran éxito en algunas elecciones locales, donde se mostró más poderoso que el Partido Socialista. Sin embargo, este resultado no era más que un eco retardado de la radicalización de las masas ocurrida en 1923, y no anunciaba un mayor ascenso de la ola revolucionaria. Al año siguiente, la influencia del Partido Comunista polaco disminuyó brutalmente y éste fue incapaz de llevar adelante ninguna acción de masas de cierta envergadura. No fue un fenómeno solamente polaco. Se podían observar las mismas fluctuaciones en todos los partidos comunistas de Europa; todos, en efecto, seguían esta misma política ultraizquierdista con análogas consecuencias. Es el período del V Congreso del Komintern, llamado “Congreso de la bolchevización”, pero que en realidad fue el “Congreso de la stalinización”. A partir de esa fecha, todos los partidos son pasados por el mismo cepillo: todos aplican la misma “línea”; todos recurren a los mismos trucos tácticos; todos lanzan las mismas consignas, sin tener en cuenta las diferencias en las relaciones de clase entre los diversos países, del nivel y la forma de la lucha de clases, etc. Se llega a la uniformidad burocrática del movimiento. El partido polaco es golpeado más dolorosamente que otros partidos europeos, ya que posee tradiciones revolucionarias más profundas y más fuertes, lucha en la clandestinidad más completa (8), apelando sin cesar al espíritu revolucionario y al heroísmo de sus adherentes, que jamás lo defraudaron. Un heroísmo revolucionario burocratizado, esto es una “contradictio in adjecto”.

Pregunta – Sin embargo, a fines de 1925, Warski, Waleski y Kostrzewa vuelven a la dirección del partido, ¿no es cierto?

Respuesta – Sí. La manera en que se habían comprometido con la política ultraizquierdista rehabilitó casi automáticamente, a los ojos del partido, a “las tres W”. A pesar de lo que se haya podido decir contra Warski y Kostrzewa, ellos tenían el don de captar el estado de espíritu de las masas obreras y la capacidad de ligar, de estrechar y de extender los contactos entre el partido y las masas. Los períodos en que ellos están en la dirección del partido son, por regla general, aquellos en que la influencia del partido entre las masas aumenta, en que las acciones son llevadas adelante en una vasta escala, aunque estas acciones estuvieran frecuentemente desprovistas… ¿cómo decirlo?… de filo revolucionario. El retorno de Warski y de Kostrzewa a la dirección del Partido Comunista polaco se explica, sin embargo, más por lo que pasaba en Rusia que por el clima existente en el partido polaco.

En Rusia, tenemos ya una nueva constelación política. El triunvirato se desmembró. Zinoviev y Kamenev se han vuelto contra Stalin y, poco después, se alían con Trotsky. Stalin constituyó un bloque con Bujarin y Rykov y coinciden en lo que se llamó la “línea de derecha” en el partido soviético y en la Internacional. Lo que se llamaba “la derecha polaca”, es decir “las tres W”, vuelven a estar en gracia por el momento, sobre todo después que acordaron un claro apoyo a Stalin y Bujarin. Por otro lado, una parte de la dirección ultraizquierdista del partido -a saber Zofia Unszlicht y Domski- se ubica junto a Zinoviev; es por esto, más que como consecuencia de las faltas cometidas en Polonia, que son destituidos (9). Una vez más, lo que parece ser decisivo son los cálculos ligados a la lucha que se desarrolla en el seno del partido soviético. Hay que agregar que Lenski, a pesar de su política ultraizquierdista, permanece en la dirección del partido, compartiendo con “las tres W” la influencia que esto implica. Lenski, en efecto, a diferencia de Domski y Unszlicht, se había declarado adversario de la oposición zinovietista. En realidad, Lenski se convirtió en el dirigente del llamado “núcleo stalinista” en el seno del Partido Comunista polaco, mientras que Warski y Kostrzewa, aunque enteramente leales a Stalin, se comportaban con una cierta reserva hacia él y, en relación a la táctica, estaban más cerca del grupo de Bujarin. Más tarde, esta división en el seno del partido polaco habría de cristalizarse en la constitución de fracciones: la “minoritaria”, dirigida por Lenski, y la “mayoritaria”, dirigida por Warski y Kostrzewa. A comienzos de 1926, estas dos fracciones comparten la dirección del partido y ambas son responsables por su política; en particular de lo que se ha llamado “el error de Mayo”, es decir el apoyo que el Partido Comunista polaco le dio a Pilsudski durante su golpe de Estado de 1926.

Pregunta – ¿Podría hablarnos más extensamente del “error de Mayo” y explicar su trasfondo? Me enfrento, entre los viejos militantes del partido, con la siguiente tesis: el partido no podía, durante el golpe, no apoyar a Pilsudski, que gozaba de la confianza del Partido Socialista polaco y de toda la izquierda, y cuyo golpe estaba dirigido contra los gobernantes llamados de “Chjeno-Piast” (es decir, contra la coalición de centroderecha). El partido -dicen- consideró que ese golpe de Estado constituía, en cierta medida, el comienzo de la revolución burguesa y era progresivo en la medida en que, durante el período anterior, habían sido los propietarios terratenientes los que habían detentado el poder mientras que los elementos burgueses habían sido desplazados.

Respuesta – “El error de Mayo” tiene, evidentemente, una significación capital para la historia del comunismo polaco. No puedo, en el curso de esta entrevista, intentar dar una explicación exhaustiva de su trasfondo, lo que supondría un análisis de las relaciones de clase y de las fuerzas políticas que estaban más complicadas (10). Me esforzaré, entonces, simplemente por bosquejar ciertas grandes líneas históricas.

Indico nuevamente que es necesario buscar esta trama en dos planos: en el plano de la lucha de clases en Polonia, y en el plano de la evolución interna del partido soviético y del Komintern. Empecemos por la trama polaca. Polonia atravesaba una crisis del régimen parlamentario. La Dieta se mostraba incapaz de designar un gobierno estable, lo que no era más que el reflejo de una ruptura del equilibrio social y político en el terreno extraparlamentario. Todas las posibilidades de combinaciones parlamentarias habían sido agotadas. Las masas estaban violentamente decepcionadas por el régimen parlamentario, que había sido incapaz de asegurar trabajo a los obreros y protegerlos de las consecuencias catastróficas de la devaluación, que había engañado a las masas campesinas en relación a la reforma agraria y que condenaba a las minorías nacionales a la opresión y a la desesperación. Por otro lado, las clases propietarias se levantaban igualmente contra “la omnipotencia de la Dieta”, temerosas de que -incapaz de asegurar un gobierno estable y, además, un gobierno con el rigor que desearían- expusiera al régimen social a violentas conmociones y a la amenaza de una revolución. La situación estaba objetivamente madura para la caída del régimen parlamentario.

Teóricamente, se presentaban tres posibilidades: el régimen parlamentario podía ser derrocado por un movimiento fascista de masas, del tipo del hitlerismo o del fascismo italiano. En la práctica, sin embargo, esta posibilidad no era tenida en cuenta. Por razones que no examinaré aquí, todas las tentativas por lanzar un movimiento de esta naturaleza en Polonia, realizadas en varias oportunidades, tanto antes como después de 1926, fueron un fracaso. Polonia solo conoció versiones más o menos payasescas de un fascismo o de un nazismo local.

La segunda posibilidad teórica consistía en un derrocamiento del régimen parlamentario burgués por la revolución proletaria, para lo cual -se podría estimar- se debía preparar el Partido Comunista polaco. Sin embargo, en el curso de los meses que precedieron al golpe de Estado de Mayo, el Partido Comunista polaco se había preparado para todo, menos para esa posibilidad. Este hecho traducía por su parte, hasta un cierto punto, el reflujo del clima revolucionario en la clase obrera, el golpe que le había inflingido la catástrofe de 1923, así como el agotamiento del movimiento como consecuencia de los intentos seudo-revolucionarios y estériles de los años 1924 y 1925. El movimiento comunista no tenía confianza en sus propias fuerzas; y si esto era así para él -la vanguardia de la clase obrera-, no podía ser de otra manera para la clase obrera. Al faltarle la conciencia de su propia fuerza, la clase obrera estaba inclinada a poner sus esperanzas en fuerzas externas y confiar en los beneficios que podrían derivarse para ella de la acción de otras clases y grupos sociales. Este es el trasfondo político objetivo del “error de Mayo”.

Entre paréntesis, “el error de Mayo” del Partido Comunista polaco comienza mucho antes de 1926. Si no me falla la memoria, fue en el otoño de 1925 que Warski presentó a la Dieta, en nombre del grupo comunista, una moción de urgencia sobre “las amenazas que pesan sobre la independencia de Polonia”, una moción tan inesperada como sorprendente. Era inesperado ver a un viejo luxemburguista, amigo de Rosa Luxemburgo, clamando por la independencia nacional en peligro. Además, en la situación de 1925, era difícil encontrar cómo justificar plenamente tal grito de alarma. En cuanto a la conclusión de esa moción de urgencia, era sorprendente. En ella, en efecto, Warski reclamaba, en interés de la “independencia amenazada”, el inmediato retorno de Pilsudski al Comando en Jefe de las Fuerzas Armadas (era la época en que Pilsudski estaba desplazado de éstas).

¡Era un espectáculo tragicómico! ¡Apenas cinco años después de que Pilsudski dirigiera los ejércitos de la Polonia burguesa y nobiliaria hasta Kiev, fundamentalmente para devolver a los grandes propietarios terratenientes polacos sus latifundios en Ucrania, el Partido Comunista polaco reclamaba el retorno al ejército de este hombre providencial, y esto para salvar la independencia nacional en peligro! Alcanza con definir el carácter de la situación para ajustar cuentas con la teoría según la cual el retorno de Pilsudski debía, por así decirlo, marcar el comienzo de la revolución burguesa en Polonia. ¿Cómo el defensor de los propietarios feudales y de la szlachta (nobleza) polaca habría podido transformarse de repente en inspirador de la revolución burguesa, cuya tarea esencial habría consistido, sin duda, en destruir o sus restos? Volveré otra vez sobre este problema.

Hice alusión a tres posibilidades para resolver la crisis del parlamentarismo en Polonia. La tercera posibilidad consistía en instaurar una dictadura militar. Pilsudski era un candidato a dictador evidente. En relación a los otros generales, se beneficiaba de la aureola legendaria de combatiente por la independencia nacional, como antiguo jefe del PSP, terrorista anti-zarista en 1905 y fundador de las Legiones polacas en 1914. Al reclamar su retorno, el Partido Comunista polaco, a pesar suyo, agregó ciegamente al tejido de esta leyenda, artificialmente construida, un cierto número de sus propios hilos rojos. Contribuyó así a sembrar en las masas obreras ilusiones sobre el “Gran Padre” (“Dziadek”) -como se llamaba familiarmente a Pilsudski- y a preparar el terreno para el golpe de Estado de Mayo. ¡Cuánto más certeramente captó Adolfo Nawaczynski, bufón talentoso de la pequeñoburguesía democrática nacional, el rol de Pilsudski, a quien apodó brevemente “Napoleón IV, el más pequeño”! Parece que debieron haber sido precisamente los marxistas -que ya habían aprendido el arte del análisis político en El 18 Brumario de Marx- los que calificaran a Pilsudski de esa manera.

Pregunta – Muy bien, pero no es menos cierto que Pilsudski combatió al gobierno de centroderecha, presidido por Witos, dirigente de la fracción reaccionaria del campesinado. ¿No es cierto que este gobierno representaba los intereses de los grandes propietarios? ¿No era precisamente este gobierno el que liquidaba las libertades parlamentarias y tendía a la instauración de un régimen fascista? En razón a este hecho -e independientemente de lo que había ocurrido en 1920-, ¿el partido no tenía razón, hasta un cierto punto, en apoyar a Pilsudski?

Respuesta – Es indiscutible que así es como la situación se le aparecía a muchos comunistas, sin hablar ya de los socialistas. Eran, sin embargo, ilusiones ópticas, y se lo comprende, una vez que el mal está hecho. Además, no se podría, sin una excesiva simplificación, definir al gobierno de Witos como un gobierno representante de los intereses de la gran propiedad terrateniente. Witos representaba un compromiso entre los propietarios terratenientes y los campesinos ricos, compromiso concluido en detrimento de la masa de campesinos pobres, por medio de una amputación de la reforma agraria. Este compromiso era evidentemente el resultado de las aspiraciones de los grandes propietarios y de los kulaks. Tampoco es enteramente cierto que el peligro del fascismo provenía de ese gobierno. La coalición gubernamental representaba la combinación más reaccionaria posible de intereses y de fuerzas en el cuadro del régimen parlamentario. No poseía, fuera del parlamento, una masa política de ataque suficientemente fuerte para poder lanzarla contra “la omnipotencia de la Dieta”. Es en esto precisamente que consistía el dilema insoluble de las clases poseedoras polacas y de sus partidos tradicionales: no eran capaces de asegurar su dominación de clase, ni por la estabilización del régimen parlamentario bajo su dirección, ni por el derrocamiento de ese régimen. Como en la descripción marxista de El 18 de Brumario, sólo el Poder Ejecutivo podía resolver ese dilema para las clases poseedoras polacas, al menos por un tiempo. A lo largo de los veinte años de entre-guerras, no existeron en Polonia condiciones objetivas para una verdadera dictadura fascista, si se entiende por fascismo una dictadura totalitaria que se apoya -por lo menos en sus comienzos- sobre un gran movimiento de masas decididamente contrarrevolucionario. No faltaban en Polonia candidatos al papel de Hitler o de Mussolini, pero la contrarrevolución no llegó jamás a provocar entre nosotros tal movimiento de masas. No era capaz de ofrecer más que una dictadura del sable. Y, una vez más, como en la clásica descripción marxista, fuimos los testigos de las querellas y las disputas groseras de nuestro pseudo-Napoleón y de los Changarnier vernáculos, querellas y disputas que versaban sobre la cuestión de saber cuál era el sable al que debía corresponder la dictadura, si el de Pilsudski o, tal vez, el de Haller (11) (Sin duda, son raros en Polonia los que reconocen hoy que Haller fue en un momento el más serio rival de Pilsudski.) O, en razón del rol que los mitos “independentistas” jugaron en nuestra vida política y también en nuestro pensamiento político, la elección del sable fue en función de su vaina. Sólo el sable de Pilsudski, envuelto en la leyenda de las luchas por la independencia, fue reconocido como digno de ejercer el poder sobre el pueblo y capaz de decapitar la endeble existencia del parlamentarismo polaco. En otros términos, Pilsudski expropió políticamente a los propietarios terratenientes y a la burguesía polaca, a fin de salvar su dominación social sobre el proletariado y el campesinado. Cuando vimos en mayo de 1926 al presidente Witos, con el pantalón mal abotonado, escaparse a través de las tapias del Palacio Belvedere en Varsovia ante los destacamentos de vanguardia de Pilsudski, asistimos precisamente a ese acto de expropiación política. A la clase obrera y a sus partidos les parecía que era el comienzo de la expropiación económica y social. Pilsudski salvó a las clases propietarias polacas a pesar de sí mismas y a pesar de los representantes políticos que habían tenido hasta ese momento; y lo hizo con la ayuda de los partidos obreros (12).

Todo esto, sin embargo, no explica completamente la génesis del “error de Mayo”. Los dirigentes del Partido Comunista polaco tenían, y esto antes del golpe de Estado de Mayo, el presentimiento de que Pilsudski se preparaba para la toma del poder y que esto no presagiaba nada bueno para la clase obrera y las masas campesinas. Warski, parece, lo declaró públicamente. Además, incluso ciertos dirigentes del Partido Socialista no tenían muchas ilusiones en este sentido. Recuerdo que, como periodista debutante de 19 años, pasé por casualidad la primera noche del golpe de Mayo en la calle Warecka, en la oficina de Felix Perl, redactor en jefe de Robotnik (13), historiador y uno de los dirigentes más eminentes del Partido Socialista polaco. Perl estaba profundamente inquieto e indignado. A cada instante, agarraba el teléfono, pedía comunicación con el Estado Mayor de Pilsudski -con el general Tokarzewski, si no me equivoco- y, con un gesto dulce-amargo en el rostro, preguntaba: “¿Qué hay de nuevo entre nosotros sobre el frente, camarada general? ¿Cómo progresan los nuestros?” Colgando el auricular, caminaba nerviosamente a lo largo y a lo ancho de su oficina y, olvidándose de mi presencia, mascullaba para sí: “¡Este aventurero nos ha metido en un extraño aprieto!” (Con “aventurero” se refería a Pilsudski.) “Si pierde, nos irá mal, pero si gana la partida, nos dará una paliza”. Esta escena se repitió muchas veces en el curso de la noche. Mientras tanto, las rotativas de la imprenta de Robotnik, imprimían un llamado al pueblo de la capital, donde se saludaba al “aventurero” como un amigo a toda prueba de la clase obrera y del socialismo.

Pero volvamos al Partido Comunista polaco. El hecho es que sus dirigentes eran muy buenos marxistas para ceder tan fácilmente a las ilusiones ópticas, incluso si esas ilusiones tenían su origen en el juego particular de las fuerzas de clase en Polonia. El “error de Mayo” tenía además otro origen -quizás más importante-, tanto en la atmósfera ideológica como en la política del Partido Comunista soviético y del Komintern. La prueba es que el partido polaco no fue el único en cometer este tipo de error: un error análogo, a una escala gigantesca y que tendría consecuencias trágicas, fue cometido por el Partido Comunista chino, que apoyó ciegamente a Chiang Kai Shek y al Kuomintang. Y en la cercana Rumania, el muy débil Partido Comunista, más o menos en la misma época -creo que fue igualmente en mayo de 1926- apoyó un golpe militar semejante, el del general Antonesco.

Era, lo recuerdo, la época del bloque de Stalin y Bujarin. El trotskismo ya había sido derrotado; la áspera lucha entre el grupo de Stalin y Bujarin y la oposición de Leningrado, dirigida por Zinoviev y Kamenev, ya había comenzado. Por razones de principio, Bujarin, y por consideraciones tácticas Stalin, se declaraban en esa época defensores de la pequeña propiedad campesina y del campesinado en general, amenazado -decían- por la oposición de Leningrado. El punto en discusión versaba sobre ciertas medidas económicas y sociales, pero Stalin -como era costumbre en él- transformó esta discusión sobre medidas concretas en una gran batalla dogmática, en la cual se trataba -afirmaba él- de la actitud de principio del proletariado y del Partido Comunista frente a las “capas medias”: el campesinado y la pequeñoburguesía. Stalin y Bujarin le reprochaban a la oposición de Leningrado su hostilidad hacia las capas medias, y su incomprensión de la importancia para el proletariado de la alianza con esas capas. Esta argumentación constituía una continuación de la campaña antitrotskista de los años 1923/25, en el curso de la cual la acusación más grave lanzada contra Trotsky consistía igualmente en que, en su teoría de la revolución permanente, “no apreciaba en su justo valor” la importancia de las capas medias, su rol progresista y la necesidad de aliarse con ellas. En relación a esto, se decía, Trotsky no había comprendido la necesidad de la revolución burguesa en Rusia (1905) y en los otros países atrasados, o la subestimaba al proclamar que la revolución democrático burguesa y la revolución socialista, en el siglo XX, se funden en un único proceso revolucionario que se efectúa a lo largo de todas sus fases bajo la dirección del proletariado. El rasgo característico del trotskismo, según esta argumentación, era “saltar” la etapa de la revolución burguesa.

No me puedo empeñar por el momento en un análisis de todos estos problemas extremadamente complejos; en efecto, lo único que me importa es su repercusión en Polonia. Se procedía entonces en el Komintern a un exterminio general de las herejías trotskista y zinovietista. Los rasgos distintivos de estas herejías eran definidos precisamente como una actitud “ultraizquierdista” respecto de lo que se llamaba los aliados de las clases medias, así como una reticencia fundamental a concluir alianzas y -en lo que concierne a los países subdesarrollados- la negación de la revolución burguesa en tanto que etapa histórica más o menos particular o independiente, en el curso de la cual la burguesía, o una notable fracción de ésta, debía, se decía, jugar un rol progresista y revolucionario. En esa época se propaga en el Komintern algo parecido a un culto obsesivo de las alianzas. Toda manifestación de escepticismo respecto de este culto es condenada como trotskismo. El culto de las alianzas sirvió esencialmente a un doble fin: en el plano interior de la Unión Soviética sirvió para justificar la política “derechista” de Stalin y Bujarin respecto del campesinado; en el plano internacional, sirvió en primer lugar para justificar la política seguida en China, que consistía en subordinar el Partido Comunista chino al Kuomintang y a ponerlo bajo las órdenes de Chiang Kai Shek. Los principios y los métodos de esta política, aplicada en la Unión Soviética y en China, fueron extendidos con un automatismo infalible y burocrático a todos los partidos de la Internacional y, evidentemente, al partido polaco. Traducido en el lenguaje de la política polaca, este curso significaba, precisamente, apoyar a Pilsudski, en tanto que se lo presentaba como portavoz de las capas medias, en tanto que se lo presentaba como representante de las fuerzas progresistas de la revolución burguesa, en tanto que personificación del aliado ideal, de ese ideal que sólo los trotskistas y los zinovietistas no reconocían.

Pregunta – ¿En esa época existían en el seno del partido polaco grupos trotskistas o zinovietistas?

Respuesta – Como lo he señalado, Domski y Zofia Unszlicht tenían concepciones que los acercaban parcialmente a la oposición zinovietista. Sin embargo, ellos ya estaban totalmente desplazados de cualquier trabajo en el partido polaco. No existía -por lo menos que yo sepa- en la organización del partido en Polonia y en la emigración, grupos a los que se pudiera considerar como los equivalentes de la Oposición en el partido soviético. Sin embargo, la dirección del partido se daba perfectamente cuenta de las cuestiones prácticas políticas y dogmáticas planteadas, y se encontraba bajo la poderosa presión de los conflictos en el seno del partido ruso y de las esferas dirigentes soviéticas. Warski y Kostrzewa hacían prueba en esa época de una docilidad totalmente particular hacia Stalin. Se adormecían con la ilusión de que, gracias a esta sumisión, podrían obtener la libertad de acción en su propio partido y así encaminarlo hacia el camino correcto. Debilitados por su doble “falta” de 1923, es decir por su protesta en el affaire Trotsky y por su política “oportunista” en Polonia, deseaban ofrecer todas las pruebas de su conversión al “bolchevismo” de nuevo tipo, a ese “bolchevismo” cuya quintaesencia era presentada como la política de las dos etapas distintas de la revolución, la etapa burguesa y la etapa socialista, así como la política que le correspondía, la de una alianza con los elementos “burgueses progresistas”. Toda la propaganda estaba hecha con ese espíritu, lo que tuvo por efecto formar en el partido esos reflejos políticos condicionados que contribuyeron precisamente al “error de Mayo”.

Es necesario, por otra parte, examinar aquí el efecto que tuvo, sobre el estado de ánimo del partido, la campaña seguida entonces con vistas a liquidar lo que se llamaba “la herencia luxemburguista”. Este es, entre paréntesis, un problema al cual, hasta hoy, no se consagra en Polonia la atención que merece, probablemente porque los que estudian la historia del partido no tienen todavía una preparación suficiente para encarar este tema, tanto de la manera en que conviene abordarlo y el método de análisis a aplicar, como del conocimiento de los hechos. Respecto de lo que se denomina “herencia luxemburguista”, después de treinta y cinco años, se han multiplicado abundantemente los mitos más extraordinarios. No quisiera que esto diera lugar a malentendidos: no proclamo la infalibilidad de Rosa Luxemburgo y no soy luxemburguista, indudablemente; Rosa Luxemburgo ha cometido errores, pero éstos no fueron más graves que los cometidos por Lenin o por el propio Marx; en todo caso, eran de otro orden que los “errores” de Stalin. Convenía y conviene someterlos a un análisis objetivo y severo y darles sus justas proporciones. No era este análisis, sin embargo, el que le importaba a Stalin -ni, en los años 1923/24, a Zinoviev- cuando en nombre de la “bolchevización” del Partido Comunista polaco declararon la guerra santa ideológica al luxemburguismo o, dicho de otra manera, a la principal tradición ideológica del comunismo polaco. Para convencerse de qué era lo que le importaba a Stalin, alcanza con releer nada más que la célebre carta de 1931 al redactor en jefe de Revolución Proletaria. En Rosa Luxemburgo, Stalin descubre, con su instinto infalible, un espíritu emparentesco con el de Trotsky. También, aunque no tuvo, en los años ’20, ninguna oposición trotskista en el seno del partido polaco, el olfato político de Stalin sentía al “trotskismo” en plena nariz en el partido polaco, porque Stalin consideraba al luxemburguismo como la versión polaca del trotskismo. De allí este “furor teológico” con el que las autoridades del Komintern apuntaron a destruir la herencia luxemburguista.

Es incuestionable que esta herencia contenía serios errores. La actitud de Lenin en la cuestión de la independencia nacional, o más bien de la “autodeterminación” de los pueblos oprimidos, era más realista que la posición de Rosa Luxemburgo. En la cuestión agraria, el luxemburguismo se contentaba con hacer propaganda por la socialización de la economía agraria, sin comprender la necesidad de distribuir entre los campesinos las tierras de los latifundios semifeudales de los grandes propietarios terratenientes. Esta actitud llevó al comunismo a la imposibilidad de ejercer una influencia revolucionaria sobre el campesinado en 1920, particularmente en las regiones orientales de Polonia. La campaña anti-luxemburguista no se circunscribió, sin embargo, a una revisión crítica de sus errores. Se “extirparon” además los hábitos de pensamiento y lo que era propio del luxemburguismo tanto como del marxismo -a saber, las tradiciones de un verdadero internacionalismo, la orientación específicamente proletaria y socialista del partido, así como la sana desconfianza respecto de los dirigentes reales o impostores de las capas medias. El Partido Comunista polaco comenzó a redimir los “pecados” cometidos contra la independencia nacional por el luxemburguismo, por un retorno tardío y grotesco a la “doctrina de la independencia nacional”; comenzó a rendir un culto inmerecido a las “leyendas independentistas”. De allí ese espectáculo paradojal, que he descripto más arriba, cuando Warski, en 1925, hace oír un grito de alarma en razón de los peligros que habría corrido la independencia nacional, y reclama el retorno de Pilsudski al puesto de comandante en jefe: Warski era, de una parte, víctima de los reproches que le hacía su propia conciencia política, y por la otra, un juguete de los exorcismos antiluxemburguistas que resonaban en Moscú. Bajo esta doble presión, y en expiación de sus pecados de juventud, terminó por rendirse -y en su persona fue todo el marxismo polaco el que se rindió- a la Canossa patriótica. Después de este peregrinaje, el partido fue una vez más desgarrado y atormentado por los presentimientos más amargos -rendía homenaje al candidato a dictador, de quien Rosa Luxemburgo había dicho, a comienzos de siglo, que todo su ideal de independencia nacional no era más que la sublimación de los sueños de un hidalgüelo desclasado, aspirante a la dignidad de ober-gendarme o de ober-politzeimajster en su propio país. Rosa se equivocaba respecto de las posibilidades de la Polonia burguesa de recuperar su independencia; pero ella no se equivocaba en cuanto a la naturaleza de las ambiciones de Pilsudski y del pilsudskismo.

El luxemburguismo, finalmente, al igual que el trotskismo, era presentado cargando el pecado mortal de no comprender las tareas de la revolución burguesa. Por esto, en el ardor de combatir y vencer la herencia luxemburguista, se descubrió repentinamente que la historia había puesto a la orden del día en Polonia la revolución democrático burguesa y no, como se había creído hasta ahora, la revolución socialista que, en una misma oportunidad, debía resolver igualmente el atraso de la revolución burguesa inacabada. ¿Pero, si la revolución burguesa estaba a la orden del día, quién podía ser entonces su jefe y su dirigente? La burguesía polaca, ni en su juventud ni en su madurez, no había dado a luz jamás a un Danton o a un Robespierre. ¿Podría alumbrarlos en su vejez? Pero el vástago de la aristocracia de los confines de Polonia podía todavía lograr producir una edición parroquial de El 18 Brumario. Es entonces en él que nuestro marxismo, extraviado y desconcertado por el stalinismo, descubre al héroe de la etapa burguesa de la revolución. Lo extraño de la situación estaba subrayado por el hecho de que esta “revolución” burguesa se volvía contra el gobierno presidido por Witos, dirigente de los kulaks o, dicho de otra manera, de la fracción más numerosa -la fracción campesina- de la burguesía polaca. Pero con el retroceso histórico, el círculo vicioso en el cual se debatía el Partido Comunista polaco, bajo la influencia de la inspiración staliniana, aparece todavía con mucha mayor nitidez: en 1926, el partido vio en Pilsudski un aliado contra el “fascismo” de Witos, y unos años más tarde, en el período del Frente Popular, por el contrario, saludó en Witos a un combatiente y a un aliado en la lucha contra el “fascismo” de Pilsudski. El Partido Socialista polaco se debatía también en el mismo círculo vicioso, sin necesidad de que Stalin le soplara su conducta.

Pregunta – Usted ha recordado la analogía entre el “error de Mayo” del Partido Comunista polaco y el apoyo que brinda en la misma época el Partido Comunista chino a Chiang Kai Shek. ¿El Partido Comunista polaco dio su apoyo a Pilsudski por órdenes precisas de Moscú, de la misma manera que los comunistas chinos apoyaban a Chiang Kai Shek?

Respuesta – Pero no, por nada del mundo. La actitud de Stalin y Bujarin respecto del Pilsudski era completamente diferente de la que tenían frente a Chiang Kai Shek. En este último veían entonces a un miembro honorario del Ejecutivo de la Internacional, un aliado de la Unión Soviética y del comunismo. En Pilsudski veían el enemigo de 1920. No sólo Moscú no había aconsejado a los comunistas apoyar a Pilsudski sino que, inmediatamente, apreció desfavorablemente la actitud del Partido Comunista polaco en el golpe de Estado de Mayo. Más aún, después que la fracción comunista de la Dieta había decidido votar por Pilsudski en la elección a presidente, esto le fue impedido por la oposición categórica del Ejecutivo de la Internacional. No fueron las “instrucciones de Moscú” las que contribuyeron al “error de Mayo” sino el culto difundido desde Moscú a ciertos fetiches políticos, inseparables de la fase, en ese entonces, de stalinización y burocratización del Komintern. ¡No es Stalin quien impulsa a Warski a presentarse durante el golpe de Mayo ante el Estado Mayor de Pilsudski! Y sin embargo el stalinismo es responsable del “error de Mayo” por el hecho de que el Partido Comunista polaco, como todos los partidos comunistas, estaba condenado a la desorientación política, porque el stalinismo le impedía proceder por sí mismo a un análisis marxista de la situación, porque lo aterrorizaba con sus fetiches, le imposibilitaba resolver sus problemas y elaborar su política conforme a la lógica de la lucha de clases en el país y a su propia tradición ideológica. Se podrá decir lo que se quiera contra el luxemburguismo, pero en los cuadros de este “ismo” no había lugar, con toda seguridad, para cualquier cosa que fuera semejante al “error de Mayo”. ¿Se puede imaginar a Rosa Luxemburgo presentándose dócilmente a la antecámara del “Gran Padre”, con el objeto de anunciarle el apoyo de su partido? Sólo su desgraciado alumno, al cual el stalinismo había llegado a deformarle la columna vertebral, pudo arriesgarse a tal gestión.

Pregunta – ¿Cuánto tiempo perseveró el partido en esta política?

Respuesta – Muy poco tiempo. Desde el día siguiente del golpe de Estado, o poco después, por lo que me acuerdo, ya circulaban en Varsovia proclamas del Partido Comunista polaco estigmatizando a Pilsudski como un dictador fascista. Pilsudski, por su parte, no le dejó al partido hacerse ilusiones: rechazó la amnistía a los comunistas, subrayó en todo momento su intención de establecer un gobierno de fuerza, se defendió de querer “experiencias” o reformas sociales y buscó inmediatamente concluir un acuerdo con los magnates terratenientes.

Pero hay errores que se cometen apenas por pocos días, o incluso por algunas horas, y que no se los puede reparar por décadas. El “error de Mayo” era precisamente de esa naturaleza. En el activo del Partido Comunista polaco, hay que decir que las medidas reaccionarias y dictatoriales de Pilsudski no impidieron al Partido Socialista polaco apoyarlo por lo menos por dos años, mientras que el Partido Comunista polaco, salido del aturdimiento del que había sido víctima durante las jornadas de Mayo, y fiel a su naturaleza, pasó inmediatamente a una viva oposición revolucionaria, a la que hizo honor hasta el fin. Desorientado y sin eje, era sin embargo el único partido en el país en defender la causa del proletariado y del campesinado pobre, así como sus libertades democráticas, mientras que los defensores con patente de demócratas -los socialistas- ayudaban a Pilsudski a reforzar su posición y a minar las instituciones democráticas. Warski se esforzó por redimir como pudo el “error de Mayo”. Mostró en esa ocasión una gran dignidad, combatividad y coraje personal. En nombre del partido, lanzó acusaciones en la cara a Pilsudski y fue por eso, por orden del dictador, expulsado de la sala de la Asamblea Nacional por la guardia del Mariscal. Es necesario sin duda tener presente la atmósfera de culto que rodeaba entonces a la persona de Pilsudski, para tomar conciencia del efecto del grito “¡Abajo el dictador!” lanzado por Warski. Pilsudski se sintió en cierta forma desconcertado por ese grito: fue el primer intento, desde el golpe de Estado de Mayo, de golpear su leyenda, el primer intento por romperla en pedazos. Recuerdo a Warski en la Plaza del Teatro, el 1° de mayo de 1928. Marchaba a la cabeza de nuestra enorme manifestación prohibida, irguiendo su cabeza de león blanco, a través de la metralla y los tiros que nos regalaban las milicias socialistas (14). Mientras que, en nuestras filas, caían decenas y centenares de heridos, sólo frente al fuego de fusilería, irguiendo siempre su cabeza gris, blanco neto y visible desde lejos para las balas, sin emoción ni dudas, habló a la multitud. Es esta imagen de Warski la que tenía en mi espíritu, cuando, varios años más tarde, se declaraba en Moscú que era un traidor, un espía y un agente de Pilsudski.

Pregunta – ¿Cuál fue la responsabilidad de las diversas fracciones, de los “mayoritarios”, y de los “minoritarios” en el “error de Mayo”? ¿Esta división de fracciones existía ya antes de 1926?

Respuesta – Esa división, por lo que sé, no existía antes de 1926. Fue precisamente el “error de Mayo” el que le dio nacimiento o más bien, si mi memoria no me induce a error, la sesión plenaria del Comité Central de septiembre de 1926. Como sucede generalmente cuando se produce una escisión, se renuevan en esa ocasión las divisiones anteriores. Lenski, dirigente de la minoría, pertenecía, según lo que sabemos, a lo que se llamaba “la izquierda” en 1924/25, después que “las tres W” fueron desplazadas de la dirección. En general, los que pertenecían a “la izquierda” se ubicaron con la minoría; y los de “la derecha” se reencontraron en las filas de la mayoría. Hasta un cierto punto, los antagonismos más antiguos también jugaron en la medida en que dos líderes de la mayoría, Kostrzewa y Walecki, venían del Partido Socialista de Izquierda; en cuanto a la oposición entre Warski y Lenski, se buscó hacerla remontar a los conflictos que se produjeron en el seno del Partido Social-Demócrata (luxemburguista) antes de la Primera Guerra Mundial. Me parece sin embargo, esas genealogías que se ajustaban de manera artificial y tirada de los pelos. Que su importancia es mínima cuando se trata de definir la actitud de los diversos grupos e individuos, quedó probado por el hecho de que ambas fracciones, tanto la mayoría como la minoría, habían cometido el “error de Mayo”. Ambas, en el momento crítico, se habían comportado de manera idéntica. Ambas habían apoyado a Pilsudski. Además igualmente reconocían su responsabilidad común en el “error de Mayo” y se circunscribían a una querella muy artificial en cuanto a la medida y las proporciones en que se repartían esa responsabilidad. La mayoría se identificaba muy particularmente con la teoría de las “dos etapas distintas de la revolución” y con la práctica de frente único con la cual el Partido Comunista polaco se adaptaba, a veces muy pasivamente, al paso del Partido Socialista polaco. Era muy difícil identificar a los dirigentes de la minoría con tesis precisas, porque no buscaban definir posiciones teóricas, y representaban en el partido una actitud de “radicalismo” más que una concepción definida. En ningún caso, se opusieron a las concepciones y fetiches que le imponía al partido polaco el Komintern y que habían, en gran medida, contribuido al “error de Mayo”. La minoría, puede que en mayor medida que la mayoría, contribuyó a la “bolchevización”, es decir a la burocratización del Partido Comunista polaco, y por eso había contribuido, en mayor medida aun, a la desorientación y al desarme moral del movimiento. En todo caso, ambas fracciones tuvieron la responsabilidad del “error de Mayo” y cada una de ellas se esforzaba, sin gran eficacia, en descargarse y limpiarse de reproches, en detrimento de la otra. Fue una época penosa. El partido estaba desgarrado de arriba a abajo, y sumergido en inútiles recriminaciones de unos contra otros.

La esterilidad de estas recriminaciones derivaba del hecho de que ninguna de las dos fracciones estaba en condiciones de llegar hasta las verdaderas “fuentes del error”, y ninguna pudo llegar, incluso post facto, a realizar un análisis marxista del golpe de Mayo y del régimen que se estableció. Cada una de las fracciones buscaba en su adversario las causas de la catástrofe moral que había atravesado al partido; ninguna se decidió a buscar las causas en el Komintern. Ninguna tuvo el coraje de atacar los fetiches del stalinismo. Ninguna tuvo la audacia de enfrentar la falsa “bolchevización”. Ninguna osó someter a un análisis crítico los métodos con los cuales se había combatido “la herencia luxemburguista”. Ninguna tuvo la audacia de intentar salvar lo que, en esa herencia, había y seguía siendo grande y valioso. (Esperemos que el movimiento obrero polaco descubra ahora por fin esa herencia. Allí descubrirá su pasado y su olvidada grandeza. Sin embargo, puede ser que los hábitos mentales creados no sólo en el curso de los últimos años sino desde hace treinta años, hagan difícil tanto a la joven como a la vieja generación de marxistas polacos descubrir la clave que permita descifrar esa herencia. Tengo que señalar que no se trata, para mí, de utilizar -para el juego táctico cotidiano- fragmentos aislados del pensamiento de Rosa Luxemburgo, como su bien conocida crítica de Lenin y Trotsky en 1918 -tales tentativas no faltan ahora en Polonia-, sino permitir al movimiento asimilar el inmenso conjunto que constituyen las ideas y la obra de la más grande revolucionaria de nuestro país, ideas y obras que están en plena armonía con las ideas y la obra siempre valiosa de Lenin. Desgraciadamente, hasta el presente, no se han hecho más que muy pocas cosas, sino nada, para asimilar la naturaleza de la herencia de Rosa Luxemburgo).

Pero volvamos al Partido Comunista polaco. El partido buscaba entonces las causas de su aberración política exclusivamente en sí mismo, sin osar buscarla en el Komintern. Los dirigentes, tanto de la minoría como de la mayoría, contaban con mantenerse al frente con la ayuda de los círculos dirigentes del Partido Comunista soviético. Warski y Kostrzewa contaban quizás con la ventaja del apoyo de Bujarin, por entonces inspirador de la Internacional. En cuanto a Lenski, se puso deliberadamente bajo Stalin. Ambas fracciones tenían pánico a un conflicto con los círculos dirigentes soviéticos, temerosas de que cualquier litigio significara una ruptura con la revolución rusa y con el movimiento comunista internacional. No tengo la intención de usar este hecho para levantar un acta de acusación póstuma contra los dirigentes del partido. Tenían, hasta cierto punto, buenas razones para actuar así. Sé, como antiguo miembro de un grupo opositor que no temía entrar en conflicto con el Partido Comunista soviético y que, en 1932, se atrevió a ese conflicto, con pleno conocimiento de causa; sé entonces, digo, por mi amarga experiencia, que efectivamente todos los grupos que no habían retrocedido frente a este conflicto se condenaban al aislamiento y a la impotencia política. Pero el hecho de que ellos hubieran evitado el conflicto y que se hubieran sometido a las esferas dirigentes soviéticas desgraciadamente no le garantizó al Partido Comunista polaco ni a sus dirigentes ninguna ventaja frente a la impotencia política, ni les impidió conducir a la clase obrera a una impasse y, finalmente, a un fin trágico. Esto los condenó, por añadidura, a la impotencia intelectual.

El conflicto entre la mayoría y la minoría ofrecía ya el triste espectáculo de esa impotencia. Era una querella condenada de dos fracciones encerradas en el círculo encantado del stalinismo. No se trataba de encontrar verdaderamente una explicación de la situación y de ir hasta el fondo de los errores y de las tareas, sino de demostrar a la dirección del Komintern su lealtad y su ortodoxia. Así, cada una de las fracciones usaba la última fórmula de la ortodoxia para -en el cuadro de esa fórmula- blanquearse y ensuciar a su adversario. Estoy convencido de que el investigador que se dedicara hoy al estudio de la literatura del partido de ese período quedaría golpeado por los métodos escolásticos de esa polémica, por la repetición obsesiva y cíclica de ciertas fórmulas mágicas y por la loca violencia de un conflicto en el cual es casi imposible captar de qué se trata en definitiva.

Pregunta – ¿Usted personalmente, pertenecía a la mayoría o a la minoría?

Respuesta – Yo no pertenecía a ninguna fracción, probablemente porque cuando adherí al partido, a la edad de 19 años, la línea de división ya estaba diseñada y no me daba cuenta muy bien de qué se trataba. Recuerdo sin embargo que en 1926/27 tenía el sentimiento muy neto de lo vano de la disputa. Me parecía que la mayoría cargaba el peso de un cierto oportunismo, y que había más dinamismo revolucionario entre los minoritarios. Lo que me disgustaba, sin embargo, en estos últimos, era un cierto simplismo intelectual y un cierto encarnizamiento sectario: la mayoría, me parecía, representaba una escuela de pensamiento más seria y de tradiciones marxistas más profundas. Era la opinión dominante en el círculo de camaradas, jóvenes comunistas que entonces frecuentaba. Es posible que esta opinión me ayudara más tarde a alejarme de esas fracciones, a comprender cuán ficticias eran; que me haya puesto a buscar otra vía para salir de la impasse. Yo no querría herir los sentimientos de viejos comunistas, pero estoy convencido de que es necesario abordar hoy la historia del Partido Comunista polaco de una manera nueva; hacerlo partiendo de la antigua distinción entre mayoritarios y minoritarios no llevaría a nada y no podría dar ningún resultado positivo, intelectual o político.

Pregunta – ¿Cuál de las fracciones dominó el partido después del golpe de 1926?

Respuesta – En el momento del golpe de Estado de Mayo, las dos fracciones compartían la dirección, y ese estado de cosas se prolongó más o menos hasta fines de 1928. A comienzos de ese período, Warski y Kostrzewa -los líderes de la mayoría- marcaron más que los minoritarios la política del partido. La razón estaba, sin duda, en que se mantenía todavía, en la política del Komintern, la época de Bujarin. Como antes, la influencia de Warski y de Kostrzewa se traducía por un trabajo más “orgánico” del partido, por una ligazón más sólida entre el partido y las masas, por un mayor realismo en su agitación y en sus consignas, por una influencia más neta ejercida sobre los elementos de la izquierda del Partido Socialista polaco; en fin, por un acrecentamiento de su influencia en el campo y entre las minorías nacionales. A pesar de la lamentable disputa que lo minaba en su interior, el partido, en ciertos aspectos, se había recompuesto rápidamente de su error de Mayo de 1926. La clase obrera en cierta forma lo había perdonado, dado que ella lo había cometido al mismo tiempo, compartiendo las ilusiones, y que el partido enseguida, en forma rápida y neta, reconoció sus errores. El período que sigue a mayo de 1926 representa para el partido una fase de fortalecimiento. Esto lo prueban las elecciones municipales de 1927, en Varsovia, donde la lista ilegal del Partido Comunista recogió más votos que las demás. Los electores sabían que los votos emitidos para la lista comunista eran “perdidos”, porque ninguno de los candidatos que presentaba entraría al Consejo Municipal; sin embargo, votaron por ella como gesto político. En este período, nuevamente, el Partido Comunista polaco le gana al Partido Socialista en los principales centros industriales -Varsovia, Lodz, la cuenca de Dambrowa- a pesar de las persecuciones y de las reducidas posibilidades de acción, a pesar de toda la energía desperdiciada en la lucha fraccional. En 1928, el Partido Comunista polaco está verdaderamente a la cabeza de la clase obrera en la lucha contra la dictadura de Pilsudski. Fue el temor que sentían los pilsudskistas y una parte de los dirigentes del Partido Socialista frente al Partido Comunista polaco lo que explica la sangrienta represión del 1° de mayo de 1928, que mencioné más arriba. (Las manifestaciones prohibidas del Partido Comunista polaco reunían entonces una multitud más considerable -o por lo menos equivalente- que las manifestaciones del Partido Socialista, que se desarrollaban bajo la doble protección de la policía y de sus propias milicias armadas.) A pesar de todas las desventajas y de todas las dificultades, la posibilidad de pasar de nuevo a la ofensiva se perfilaba para el partido. Fue entonces, sin embargo, que sufrió una nueva conmoción, que le hizo perder su equilibrio relativo y lo volvió impotente.

Pregunta – Usted piensa sin duda en el cambio de dirección y en la eliminación de Warski y Kostrzewa.

Respuesta – Sí. Y una vez más, no es lo que se produjo lo que importa sino la manera en que se produjo. Lo que importa no es que Warski y Kostrzewa o, por el contrario, Lenski, se encontraran en la dirección, sino el hecho de que ese cambio de dirección haya sido efectuado exclusivamente “desde arriba”, y no como consecuencia de una decisión del partido; que ese cambio no tuviese ninguna relación con la lógica y el estado de la lucha de clases en Polonia. Una vez más, los arreglos de cuentas en el seno del partido ruso y la Internacional decidieron la suerte del Partido Comunista y de la clase obrera polaca.

Durante el VI Congreso de la Internacional, en 1928, el conflicto entre Stalin y Bujarin estaba ya a punto de estallar a la luz del día; había madurado con anterioridad en el seno del Politburó soviético. Bajo la presión de la crisis interior de la URSS, Stalin había revisado su política respecto del campesinado y había preparado la “colectivización forzosa”. Para la Unión Soviética era la hora de un inmenso drama social, que ocasionó al comunismo europeo un drama menos espectacular, pero también cargado de consecuencias. Rompiendo con Bujarin en el plano de la política interior, Stalin se dedicó a extirpar la influencia bujariniana en el Komintern y a modificar toda la orientación de la política comunista. Esto ocasionó automáticamente la condena de la “mayoría” en el Partido Comunista polaco y la eliminación de Warski y Kostrzewa, que fueron no sólo separados de la dirección, sino también privados de toda influencia sobre la política del partido. Se le dio al partido un violento giro de timón “a la izquierda”. En 1929, Molotov formula la nefasta concepción del “tercer período”, que consistía brevemente en lo siguiente: el mundo capitalista arribó a una situación revolucionaria caracterizada y el movimiento comunista debe pasar a la ofensiva con vistas a la toma del poder; el enemigo más peligroso del comunismo es la socialdemocracia, o dicho de otra forma, el “socialfascismo”; el ala izquierda de los partidos socialistas es más peligrosa que su ala derecha; los partidos comunistas deben dirigir el “fuego principal” contra ese peligro; en ningún caso deben concluir el menor acuerdo con los partidos socialdemócratas; deben crear sus propios sindicatos (rompiendo con las organizaciones sindicales comunes del conjunto de la clase obrera) y, con su ayuda, organizar la huelga general y la insurrección armada. La política del “tercer período” fue de rigor en el Komintern desde 1929 a 1934. Fue la época durante la cual, en Alemania, el movimiento hitlerista crecía como una avalancha, pero donde, frente a la amenaza que representaba y ante la cual la socialdemocracia, por su naturaleza, capitulaba, el Partido Comunista se encontraba desarmado: diciéndole que el enemigo principal no era el hitlerismo sino el “socialfascismo” y que no había derecho a aliarse con la socialdemocracia contra el hitlerismo, se lo abandonaba de antemano, atado de pies y manos, a los héroes de la svástica.

En Polonia, las consecuencias directas de esa política no fueron tan trágicas, pero sí muy sombrías. Se había llegado por fin a un conflicto entre Pilsudski, de una parte, y el Partido Socialista polaco y el movimiento campesino, de la otra. Eran los años de la oposición de centroizquierda. Pilsudski detuvo a los líderes y los hizo torturar en la fortaleza de Brzesc (Brest-Litovsk). Fueron años de terror anticomunista redoblado, tristemente célebres por las torturas inflingidas a los comunistas ucranianos detenidos en Luck. En esas condiciones, la política y las consignas del “tercer período” que Lenski traducía con diligencia al polaco tenían, o poco menos, todos los rasgos de un distraccionismo político. Los miembros del partido eran llevados a creer que el enemigo principal era el Partido Socialista polaco y no el pilsudskismo, que había que “concentrar el fuego” sobre las víctimas y no sobre los verdugos de Brzesc y que el partido no podría cometer un pecado más grave que apoyar la lucha del centroizquierda contra Pilsudski, o que esforzarse por dar a esa lucha un carácter revolucionario que los dirigentes del centroizquierda no podían ni querían darle. En condiciones infinitamente más graves, el Partido Comunista polaco repitió los errores ultraizquierdistas que había cometido en 1924/25 y se libró nuevamente a una “gimnasia ultra-revolucionaria” que consistía en lanzar con estrépito, pero en el vacío, acciones revolucionarias renovadas cada día, pero cada vez menos realizables. Las proclamas redundantes no eran seguidas de actos. El partido operaba casi exclusivamente con la ayuda de sus propias fuerzas, que se hundían de hora en hora; se separaba de las masas obreras y campesinas que estaban a la vez agitadas y desorientadas por la lucha contemporizadora del centroizquierda; se veía, cada vez más, rechazado hacia una masa pequeñoburguesa (mayoritariamente judía), desclasada, radicalizada pero políticamente impotente. Sus dirigentes no veían, o no querían ver, el vacío que se había creado alrededor del partido, cuánto había perdido de su influencia y hasta qué punto era víctima de una deformación moral. Un partido revolucionario no puede, a la larga, vivir impunemente un divorcio entre la palabra y la acción, ni volver las espaldas a la realidad y nutrirse de ficciones convencionales de una “línea” pseudo-revolucionaria, sin tener que pagarlo un día con la desnaturalización de su propio carácter. Además, todo el Komintern pagó la política del “tercer período”. El Partido Comunista polaco, además, tuvo que sufrir la dictadura de una fracción, dictadura que -siguiendo el ejemplo stalinista- arrastraba en el lodo a sus adversarios en el seno del partido, les impedía expresarse, los amordazaba y así hacía abortar desde el vamos toda cristalización de la verdadera opinión del partido. Estos rasgos del régimen stalinista, internos al partido, de los que el partido polaco haría un perfecto aprendizaje en los años ’40 y ’50, ya estaban constituidos en trazos gruesos a fines de los años ’20, y se confirmaron de verdad en 1932/33. Fue un fenómeno paradójico porque no era la consecuencia de la “corrupción por el poder” normal hasta un cierto punto en un partido en el gobierno, ni de la proliferación de una capa de burócratas celosa de sus privilegios sociales y políticos. El Partido Comunista polaco seguía siendo el partido de todos los oprimidos y perseguidos. Las prisiones de Pilsudski y de Rydz Smigly seguían estando llenas de sus adherentes y simpatizantes. La masa de sus miembros deseaba la revolución proletaria y soñaba con el socialismo. Son estos deseos y sueños los que las llevan precisamente a aceptar ciegamente todo lo que venía de la Unión Soviética, patria del proletariado. Es como consecuencia de su fidelidad a sí mismo que el Partido Comunista polaco estaba en contradicción consigo mismo. Es a consecuencia de esta devoción a la causa de la revolución que se perdió como partido de la revolución.

Pregunta – Hacia 1935, se asiste en el partido a un giro a favor del Frente Popular. ¿Cuál fue la influencia de ese giro sobre el partido?

Respuesta – En esa época, ya no era miembro del partido; estaba separado y no puedo juzgar estos hechos más que desde el exterior. La política de Frente Popular, a pesar de lo que se pueda decir, rejuveneció y refrescó en una gran medida al partido. Le permitió entrar de nuevo, hasta un cierto punto, en contacto con la realidad y atraer nuevos elementos a su zona de influencia. Los intelectuales, que fueron influenciados por el Partido Comunista polaco precisamente en esa época, juegan actualmente, me parece, un rol importante en la vida política de Polonia. Por esto me explico esa bruma embellecedora a través de la cual numerosos escritores presentan esta época a la joven generación. Convendrá, sin embargo, examinar este período con sangre fría y objetividad.

La política de Frente Popular se ubicaba en el extremo opuesto de las consignas del “tercer período”. Los “socialfascistas” de ayer se revelaban como combatientes antifascistas. Además, se les reconoció incluso a dirigentes de la derecha del movimiento campesino -a Witos en primer lugar- la calidad de caballeros de la democracia y el progreso-, en una palabra, de aliados. Comparado con la moderación de las nuevas consignas y de la línea táctica del partido, el “oportunismo” de Warski y Kostrzewa parecía ser, con el retroceso, un ultra-radicalismo exuberante. Sin embargo, las consignas del Frente Popular fueron lanzadas en 1935 y 1936 por los mismos dirigentes (Lenski, Henrykowski) que, en los años precedentes, habían dirigido “el fuego principal” contra los “socialfascistas”; que habían considerado que sólo era admisible “el frente único por la base”, y que habían excluido a centenares de militantes, simplemente porque se habían atrevido a preguntar si verdaderamente “el socialfascismo constituía el peligro principal”. Una vez más, lo que es esencial no es saber qué política era aplicada sino la manera en que se lo hacía. Ninguna discusión en el seno del partido lo había preparado para este cambio brutal de orientación, que provenía únicamente de un “cambio en la línea del Komintern”, condicionado a su vez por los cálculos de la política exterior de Stalin. Así, la influencia que el giro del Frente Popular ejercerá sobre el Partido Comunista polaco estaba llena de contradicciones: de una parte, la ruptura con la gesticulación ultraizquierdista del “tercer período” tuvo una influencia estimuladora y vivificante sobre el partido, le permitió apartarse del vacío y le dio una cierta fuerza de expansión. Por otro lado, el carácter mecanicista de este giro, venido exclusivamente “desde arriba”, acentuó todavía más la atrofia de todo pensamiento político en los viejos cuadros militantes, ya habituados a reemplazar, por una simple orden, un ritual político por otro exactamente opuesto, y a considerar todas las concepciones políticas y todas las consignas como otras tantas convenciones sin contenido; el cinismo y la apatía ideológica causaron estragos. Los cuadros jóvenes, que comenzaban su carrera política bajo el signo del Frente Popular, trataban las nuevas consignas con infinita más seriedad y se lanzaron con ardor al torbellino de la acción antifascista. Sin embargo, este período no favorecía la formación de la conciencia marxista ni del espíritu revolucionario entre los jóvenes cuadros; fue mucho menos apta para inculcar a los jóvenes las tradiciones específicamente comunistas del partido. La propaganda del Partido Comunista polaco, satisfaciendo ahora vagos slogans antifascistas, evitando los criterios de clase y los criterios socialistas, atenuando y haciendo desaparecer todas sus aristas vivas tradicionales, renunciando a su actitud específicamente comunista, no difería mucho, en los hechos, de la propaganda rutinaria de la fracción más derechista del Partido Socialista (y si se diferenciaba, era sin duda por una cierta ausencia de autenticidad). Fue el período de la baja definitiva del nivel ideológico, de la vulgarización patriótico-democrática y de la desorientación de este partido que antaño había puesto su inspiración en el pensamiento ardiente de Rosa Luxemburgo, pensamiento al que nada le era tan extraño y contrario que esta vulgarización patriótico-democrática, precisamente, y este rebajamiento del marxismo.

Digo esto, no para reabrir las antiguas heridas o hacer reabrir las antiguas querellas sino para resaltar el estado en el cual se encontraba el partido en las vísperas de su asesinato, y para explicar cuán incapaz era para defenderse contra el golpe que le fue asestado. Si no se toma conciencia de esto, no se puede comprender la pasividad y el silencio con los cuales el partido aceptó, en 1938, el veredicto expresado contra él por Stalin, y la masacre sin antecedentes de sus jefes.

Un cuadro que presentara al Partido Comunista polaco en plena expansión de sus fuerzas y de su salud intelectual, en el momento en que fue súbita e inopinadamente víctima de la provocación de Yejov, sería falso y antihistórico. La rehabilitación del Partido Comunista polaco no tiene que ver con esta leyenda. Además, transforma al acto mismo de la rehabilitación en un conjuro mágico y en un ritual. En efecto, no explica cómo se logró que un partido que tenía en su activo decenas de años de lucha y una tradición marxista que se remontaba a setenta años, haya podido soportar tan dócilmente que se lo deshonre de una vez para siempre, sin haber protestado, sin haber venido al rescate de sus dirigentes y militantes martirizados, sin haberse esforzado en lavar su honor y sin haber declarado que, pese a la condena que lo golpeaba, intentaba sobrevivir y continuar el combate. ¿Cómo fue esto posible? Debemos, desgraciadamente, tomar conciencia enteramente de la corrosión moral a la que el stalinismo había sometido al comunismo polaco durante largos años, si deseamos comprender su hundimiento definitivo bajo el golpe de la provocación. Debemos rehacer paso a paso el calvario del partido, en el curso de todas sus etapas, si queremos enfocar la cuestión en sus justos términos.

Pregunta – La acusación lanzada contra el Partido Comunista polaco en el momento de su disolución incluía la afirmación de que el partido estaba carcomido por influencias trotskistas y que se había transformado en una oficina de la “defensiva” (policía política). ¿Qué había de cierto en la influencia del trotskismo en el partido?

Respuesta – La oposición trotskista se había constituido en el partido en el curso de los años 1931/32. Agrupaba a compañeros que habían pertenecido anteriormente tanto a la minoría como a la mayoría y también a otros que no estaban ligados a ninguna de esas fracciones. No era una oposición a priori trotskista. Se había constituido partiendo de una posición crítica respecto de la política del “tercer período”, de las consignas sobre el “socialfascismo”, sobre el “frente único solamente por la base”, etc., así como también respecto del régimen burocrático reinante en el partido. Sin embargo, había exigido desde el comienzo que el partido tuviera el derecho a decidir su política por sí mismo; la oposición adoptó una actitud crítica respecto del régimen reinante en el conjunto de la Internacional e igualmente en el seno del Partido Comunista soviético. En consecuencia, las ideas de la oposición trotskista en la URSS y sobre todo la magnífica -aunque infructuosa- campaña que Trotsky llevó adelante por el frente único anti-hitleriano, ejercieron sobre nuestra oposición una influencia decisiva. Al comienzo, la audiencia de la oposición fue muy vasta. En Varsovia, donde el partido no contaba en esa época con más de 1.000 miembros, la oposición había ganado a alrededor de 300 (de los cuales la mayoría había jugado un rol importante en el movimiento), sin contar un vasto círculo de simpatizantes entre las organizaciones del partido. Desgraciadamente, la situación que existía entonces en el partido se reflejó, en ciertos aspectos, en la oposición. Las organizaciones del partido estaban separadas de los obreros de la gran industria y rechazadas hacia franjas de la pequeñoburguesía; esta debilidad se reflejaba igualmente en la oposición. En efecto, aunque la oposición había atraído a su lado una gran parte de los militantes de la capital, su influencia en el interior era incomparablemente más débil, dado que allí el partido estaba entonces en un estancamiento casi completo.

La masa de militantes no se daba cuenta de que la pertenencia a la oposición, o simplemente el tener contactos con ella, conllevaba el riesgo de la expulsión; por eso, manifestó muy netamente su simpatía. Se saludó incluso con alivio la aparición de este nuevo reagrupamiento, cuyas bases eran enteramente diferentes de la antigua y estéril querella entre la mayoría y la minoría, y que ponía en un nuevo plano la cuestión de la política del partido. La dirección del partido respondió con nuestra exclusión y con un montón de injurias dignas de los “mejores” ejemplos stalinianos. Esta misma dirección que, algunos años más tarde, debía ser liquidada en tanto que “oficina pilsudskista y trotskista”, condenó entonces a la oposición, primero como una oficina de diversión social-fascista, y luego como una red fascista y de “enemigos de la URSS”.

Con la ayuda de estos métodos, logró ahogar toda discusión y aterrorizar moralmente (y no sólo moralmente) a los miembros del partido, al punto que éstos huían de nosotros con el mismo temor supersticioso con que antiguamente los fieles de la Iglesia huían de los heréticos excomulgados. La oposición fue herméticamente aislada del partido y, alrededor de 1936, casi no tenía contacto con él. Afirmar que el Partido Comunista polaco se había convertido en una oficina trotskista es, en un sentido literal, una pura invención. Y sin embargo, las dudas y las ideas que la oposición había insuflado en el partido no habían cesado de germinar en el espíritu de sus adherentes. Aun conservando una actitud conformista, una parte notable de los cuadros no dejó un solo instante de prestar oídos a la voz de la oposición, y experimentó su influencia en una medida más o menos grande, pero de modo suficiente para considerar los santos cánones del stalinismo con un cierto escepticismo. Y, porque nada se pierde en la naturaleza, la tradición luxemburguista jamás se desvaneció completamente, a pesar de los años dedicados a “superarla”. La influencia de la oposición y la acción de esa tradición hicieron que, después de los años de “bolchevización”, el retrato sicológico del comunista polaco más ortodoxo dejara, sin embargo, desde el punto de vista stalinista, mucho que desear. Así fue en los años ’30 y así fue -felizmente- después de la Segunda Guerra Mundial: durante todo este período, una cierta ley de la continuidad nunca dejó de actuar.

Pregunta – Sin embargo, se plantea una cuestión: se sabe que Pilsudski tenía agentes en todos los partidos de izquierda, entre los socialistas y en las organizaciones campesinas. Existen también ciertos datos que permiten suponer que se esforzó por organizar, e incluso que había logrado hacerlo, una red de agentes en el Partido Comunista.

Respuesta – Sí, pero la “teoría” de esas redes que Pilsudski habría aparentemente creado en el seno de los diversos partidos de izquierda es, una vez más, una exageración desvergonzada. Ninguna red de agentes secretos habría permitido a Pilsudski ejercer sobre los socialistas y una parte del movimiento campesino una influencia comparable a la que le daban los lazos políticos de antigua data, a la luz del día y -¿cómo decirlo?- legítimos, que había establecido con estos partidos. Fue uno de los fundadores del Partido Socialista polaco y fue, durante años, uno de sus principales dirigentes e inspiradores. Fue el comandante de las Legiones en las cuales se enrolaron los hombres de la izquierda patriótica. Incluso después de haber dejado el Partido Socialista, continuaba representando algo que pertenecía a la quintaesencia de ese partido: su socialpatriotismo, pero llevado al extremo. Esto es lo que constituye la base de la influencia “mágica” de Pilsudski. La sumisión al Estado, los mitos “independentistas” (15), las viejas amistades y los antiguos sentimientos -esto es lo que hizo nacer, en los partidos de la izquierda moderada y patriótica, esas “redes” que, en el momento de los conflictos entre Pilsudski y esos partidos, intentaron hacer estallar a estos últimos desde el interior. No había ni podía haber en el Partido Comunista polaco ninguna base política similar para una red pilsudskista. Los socialistas de izquierda, que se encontraron después de 1918 en las filas y en la dirección del Partido Comunista polaco, tenían en su activo más de diez años de lucha encarnizada contra Pilsudski. En cuanto a los antiguos luxemburguistas…, ni hablar… Incluso dentro de la izquierda patriótica moderada, la fuerza de las redes pilsudskistas aparecía relativamente débil; estos partidos superaron muy rápidamente la confusión y las escisiones provocadas en sus filas por esos “agentes”. ¡Sólo el Partido Comunista polaco, según las acusaciones stalinistas, habría estado completamente dominado por los agentes pilsudskistas! Y los brazos caían, porque era necesario -en 1938- refutar invenciones tan grotescas… Es verdad que en los años ’30, el Partido Comunista polaco había tenido que sufrir particularmente la provocación policial. La baja general del nivel ideológico del conjunto de los militantes, la aspereza de las luchas fraccionales y la política ultra-revolucionaria de los años 1929/35; todo esto había facilitado hasta un cierto punto la penetración en el seno del partido de los agentes de la policía política. Sería sorprendente, además, que esta policía no haya tenido su o sus agentes en las instancias dirigentes del partido, de la misma manera que la Ojrana zarista había tenido sus Azev y sus Malinovski (16) en casi todas las organizaciones rusas clandestinas. ¡Sin embargo, jamás se le había ocurrido a nadie disolver por esta razón al Partido Bolchevique o al de los socialistas revolucionarios! La experiencia muestra que la provocación stalinista fue más peligrosa para el Partido Comunista polaco que todas las provocaciones de la policía política polaca.

Pregunta – ¿Cuáles fueron entonces las razones, a su entender, que hicieron actuar a Stalin, cuando ordenó la disolución del Partido Comunista polaco? Entre los viejos militantes del partido, la opinión que prevalece es que Stalin ya preparaba el terreno para el pacto que iba a concluir con Hitler en 1939, y que liquidó al Partido Comunista polaco y envió a sus dirigentes a la muerte porque temía una acción dirigida contra este acuerdo.

Respuesta – Este motivo ha jugado sin duda un cierto rol en la decisión de Stalin, pero sin embargo no lo explica plenamente. Warski y Kostrzewa, después de años separados del mundo y de todo contacto con Polonia, no estaban ya en condiciones de oponer ninguna resistencia a Stalin, incluso aunque lo hubieran querido. En cuanto a Lenski y Henrykowski, estoy convencido de que habrían permanecido fieles a Stalin, incluso en una situación tan crítica para el comunismo polaco como la de septiembre de 1939, de la misma manera que permanecieron fieles entonces los dirigentes del partido francés, sin hablar de los dirigentes alemanes y otros. Pero renovamos aquí las hipótesis. Me parece que es imposible explicar este acto de Stalin únicamente por algún cálculo “en frío”. Creo más bien que jugaron entonces en Stalin impulsos irracionales tanto como “racionales” y que, además de los cálculos cínicos, jugaban viejos rencores y antiguas fobias, decuplicados por esa manía persecutoria exacerbada que Stalin sufría en el período de los grandes procesos de Moscú y sus ajustes de cuentas definitivos con la vieja guardia leninista. Víctima de ese estado psíquico, Stalin vio frente a sí, en el Partido Comunista polaco, esa fortaleza del luxemburguismo que aborrecía -esa variedad polaca del trotskismo- desde la cual, en 1923, se le había lanzado un desafío; ese partido del cual ciertos dirigentes, más tarde, se habían acercado a Bujarin y otros a Zinoviev; ese partido con herejías en definitiva incurables, orgulloso de sus tradiciones y de su heroísmo; ese partido -en fin- que en una cierta coyuntura internacional podía convertirse en un obstáculo. Resolvió entonces eliminar ese obstáculo por medio de la misma guillotina, puesta a funcionar febrilmente, que ya había liquidado a toda una generación de bolcheviques.

El historiador, sin embargo, no podría concluir la historia del Partido Comunista polaco con el relato de su aniquilamiento. El epílogo representa, en un sentido, el capítulo más importante de esta historia. El destino “póstumo” del Partido Comunista polaco quedará para la historia como la prueba más brillante de su grandeza. Diezmados, oprimidos, desorientados y ultrajados, los viejos cuadros del partido continuaron constituyendo, sin embargo, la vanguardia de las fuerzas revolucionarias en Polonia. Fueron precisamente ellos quienes, en las condiciones históricas particulares que a fines de la Segunda Guerra Mundial favorecieron la revolución social en Polonia, hicieron esa revolución. Los sobrevivientes del Partido Comunista polaco aparecieron como los ejecutores del gran testamento de su partido, aunque ellos hayan debido ejecutarlo en condiciones y con la ayuda de métodos con los cuales los filósofos no habrían osado pensar. Además, más de veinte años después de la muerte del Partido Comunista polaco, su espíritu y -si ustedes quieren- algo de su vieja tradición luxemburguista se manifestaron en octubre de 1956. Nada se pierde en la naturaleza.

Así, no sólo el historiador sino también todo militante marxista debe sacar ciertas conclusiones de la historia trágica del Partido Comunista polaco. En lo que me concierne, me contentaría por el momento con sacar una sola, de las más generales.

Si la historia del Partido Comunista polaco, y también la historia de Polonia en general, nos prueban algo, es que existe un lazo indisoluble entre la revolución polaca y la revolución rusa. Lo prueban tanto de una manera negativa como de manera positiva. Por haber intentado atravesarse frente a la revolución internacional que había comenzado en Rusia -tentativa de 1918/20-, Polonia tuvo que pagar un alto precio: veinte años de estancamiento, de retraso económico, de estrechez provincial, de una vida social anacrónica, y, por fin, la catástrofe de 1939. Por otro lado, la revolución, aislada en la Rusia atrasada -aislada con el concurso, de todas las fuerzas anticomunistas de Polonia entre otras-, fue sometida a un proceso de deformación, que no pesaron sólo sobre la vida de los pueblos soviéticos sino que también se volvieron contra Polonia, donde condenaron al movimiento revolucionario a la esterilidad y a la impotencia. Se vengaron de ella en 1939. Cuando posteriormente, y a pesar de sus deformaciones, la revolución rusa mostró que estaba suficientemente viva y dinámica para, al término de la Segunda Guerra Mundial, estimular nuevos procesos revolucionarios en Europa y en Asia, Polonia se apropió una vez más de las sombras y las luces de la revolución rusa: junto a la bendición y el progreso que representaba el cambio radical de las relaciones sociales, la maldición del terror burocrático y del culto stalinista. ¡Polonia tuvo que pagar un pesado tributo por “el milagro del Vístula” (17) de 1920, del que se glorificó durante veinte años! ¡Habiendo despreciado a la revolución rusa en su época heroica, debió doblar sus rodillas ante esa misma revolución en su fase de “degeneración”! ¡Habiendo rechazado a Lenin y al internacionalismo leninista, debió postrarse ante Stalin y el chauvinismo gran ruso! Y no fue hasta que la Unión Soviética comenzó a despertarse de la pesadilla stalinista que Polonia, menos agobiada por ese culto, pudo desembarazarse de él de una manera más rápida y más audaz, y estimular por sí misma los procesos de regeneración en los países socialistas. En la medida en que la revolución rusa -y conjuntamente las otras revoluciones- continúen saliendo de los desvíos en los que las ha enredado la historia, y vuelvan sobre el largo camino de la democracia socialista, en esa medida se esclarecerán y se abrirán definitivamente las perspectivas ofrecidas a la Polonia popular, así como a los otros países que tienden al socialismo.

Una vez más, la historia nos demuestra a cada paso y ad oculos, la indisolubilidad de los lazos existentes entre la revolución polaca y la revolución rusa, o más bien entre la primera y el proceso revolucionario internacional que ya abraza una parte de Europa y el inmenso territorio de Asia. Sólo que después de que la historia mostró tantas veces ese lazo indisoluble de una manera negativa -infligiendo a Polonia las lecciones más crueles- viene, sin duda, a comenzar a demostrarlo de una manera positiva, la única manera en que es eficaz. La historia, para el pueblo polaco, no ha sido siempre, hasta el presente, un pedagogo sagaz y comprensivo. Las lecciones de internacionalismo que intentó inculcar a las masas polacas fueron singularmente embrolladas, mal “concebidas” e ineficaces. Durante casi todas estas “lecciones”, se encarnizó contra la independencia y la dignidad nacional de Polonia y, en primer lugar, contra la dignidad e independencia de su movimiento revolucionario. ¿Qué tiene de sorprendente si el “alumno” no se mostraba muy receptivo y buscaba, contra este singular profesor, un refugio en el frondoso bosque de los mitos nacionales y las leyendas “independentistas”? Las masas polacas comprenderán de una vez por todas que los lazos que unen su destino al de la revolución rusa y al de otras revoluciones es indisoluble, el día que se recuperen de los golpes y traumatismos recibidos en el pasado y cuando no sientan que nada más amenaza en lo sucesivo su independencia ni su dignidad nacional. Los marxistas deben, al defender sus derechos nacionales, saber colocarse por encima de los golpes, los choques y los “complejos” experimentados por las masas: deben, desde ahora, penetrarse de la conciencia de la comunidad indisoluble de destino entre la Polonia popular y los otros países en marcha al socialismo. Los marxistas no tienen el derecho de alimentarse, ni proveer a otros, de un alimento intelectual hecho de viejos mitos recalentados y de leyendas “independentistas”. El socialismo no tiende a la perpetuación del Estado nacional sino a la sociedad internacional. No se basa en el egoísmo y la suficiencia nacional sino en la división del trabajo y la cooperación internacional. Esta verdad casi olvidada pertenece al ABC del marxismo.

Ustedes me dirán que esto es una nueva edición del luxemburguismo, ligeramente corregido y adaptado a las necesidades de 1958. Puede ser. Ustedes me dirán que es una nueva versión de la teoría de la “incorporación orgánica” (18). Puede ser; pero esta vez está planteada la incorporación de la “integración orgánica” de Polonia al socialismo internacional, y no al imperio ruso.

1. Se cuenta que en una de las sesiones del CC que siguió a Octubre (de 1956), cuando Gomulka exponía la cuestión de la disolución del Partido Comunista polaco y de las calumnias lanzadas contra sus dirigentes, se le preguntó si él mismo en esa época, es decir, en 1938, las había creído. Gomulka respondió que no. “¿Por qué no había protestado entonces?”, se le preguntó. “No tuve el coraje, o no tuve suficiente confianza en mí mismo, habría respondido. Pero si Lenin hubiera vivido en Polonia, él ciertamente habría protestado en tales circunstancias”. Hay que inclinarse ante la sinceridad y la modestia de Gomulka. No obstante, no había que ser un Lenin para atreverse a protestar. Conocí modestos trabajadores sin ninguna ambición dirigente, que comprendieron que su deber era protestar y actuaron en consecuencia.

2. El SDKPsL (Social Democracia del Reino de Polonia y de Lituania), se constituyó en 1893 como Partido Social Demócrata polaco, al que se le unieron en 1900 los Social Demócratas lituanos. Este partido fue dirigido desde el comienzo por Julián Marchlewski, Leo Jogiches Tyszka y Rosa Luxemburgo. El PPS Lewica (Partido Socialista polaco de Izquierda) se constituyó en noviembre de 1906, tras una escisión en el seno del Partido Socialista polaco, que representó la finalización de la lucha de los elementos obreros y revolucionarios del partido, durante la revolución de 1905, contra la dirección reformista, terrorista y nacionalista de Pilsudski.

3. Es curioso que los “escisionistas”, especialmente Dzierzynski y Radek, hayan hecho a Rosa Luxembourgo casi los mismos reproches que ella había hecho a Lenin, en el momento de la escisión del movimiento ruso en bolcheviques y mencheviques. Ellos la acusaban, en efecto, de aplicar en su partido el ultracentralismo, de hacer reinar una disciplina excesiva, etc. De hecho, el partido de Rosa Luxemburgo estaba dirigido de manera muy parecida a como Lenin dirigía al partido bolchevique. Esto se debía esencialmente a que los dos partidos actuaban en la clandestinidad.

4. El “Bund”, Partido Socialista judío, tenía una actitud intermedia entre el reformismo socialista y el comunismo.

5. Julián Marchlewski, uno de los amigos más cercanos de Rosa Luxemburgo, eminente publicista y teórico marxista, ocupó un lugar importante en la izquierda del socialismo alemán y en el movimiento polaco. Después de la revolución rusa se quedó en Rusia.

6. Feliks Kon, uno de los veteranos del socialismo patriótico polaco, deportado varias veces a Siberia, fue uno de los fundadores del Partido Comunista polaco y, con Marchlewski y Dzierzynski, miembro del “gobierno provisorio comunista”, constituido durante la marcha del Ejército Rojo sobre Varsovia. Lapinski pertenecía al mismo grupo que Feliks Kon y desempeñó en los años ’20 un papel eminente en el Komintern.

7. En Francia, Monatte, Rosmer y Souvarine fueron apartados de la dirección del Partido Comunista.

8. El Partido Comunista polaco fue puesto en la ilegalidad a comienzos de 1919, apenas algunas semanas después de la proclamación de la independencia de Polonia. Continuó en la ilegalidad sin interrupciones hasta 1944/45.

9. Treint fue eliminado entonces de la dirección del Partido Comunista francés, del cual era secretario general.

10. Yo había escrito, poco antes de la guerra, un gran trabajo original sobre la historia del movimiento obrero y de la lucha de clases en Polonia; desgraciadamente, el manuscrito se ha perdido.

11. El general Josef Haller, comandante de los destacamentos polacos en Francia durante la Primera Guerra Mundial, era el “héroe” de la extrema derecha polaca, que lo oponía, en los años ’20, a Pilsudski; apareció por un cierto tiempo como candidato a la dictadura.

12. El lector occidental percibirá rápidamente la analogía existente entre este comportamiento de los comunistas y socialistas polacos y las ilusiones que, en una cierta época, Proudhon, por ejemplo, había depositado en la persona de Napoleón III, o Lasalle con respecto a Bismark. Los marxistas polacos, sin embargo -y sobre todo los discípulos de Rosa Luxemburgo-, habían adoptado una posición fuertemente crítica respecto de las tradiciones y los métodos del proudhonismo y el lassallismo.

13. Robotnik era el órgano central del Partido Socialista polaco.

14. Poco después, estas milicias rompieron con el Partido Socialista polaco y pasaron al servicio de Pilsudski.

15. Es difícil traducir el término polaco empleado por el autor, porque tiene numerosas resonancias históricas: evoca a la vez la tradición insurreccional de Polonia, su viejo anti-rusismo, un cierto “mesianismo” patriótico de estilo romántico y, en general, lo que se podría llamar el egocentrismo de la vida nacional polaca. (Nota del traductor del polaco al francés.)

16. Azev, célebre agente provocador, dirigente de la organización terrorista del Partido Socialista Revolucionario de Rusia, mientras que Malinovski, amigo de Lenin, diputado a la Duma, miembro influyente del Comité Central bolchevique, fue desenmascarado más tarde como provocador.

17. En Poloniase llama “milagro del Vístula” a la batalla de Varsovia, durante la cual los ejércitos de Pilsudski infligieron una derrota al ejército soviético. El general Weygand era, en esa batalla, el consejero de Pilsudski.

18. En su teoría de la “incorporación orgánica”, que formuló en su tesis doctoral, Rosa Luxemburgo afirmaba que los lazos “orgánicos” económicos que unían a Polonia y a Rusia hacían que la lucha por la independencia de Polonia no tuviera esperanza (porque ni la burguesía polaca ni el proletariado tenían ningún interés en ella), e incluso que fuera, en un sentido, reaccionaria. Esta concepción constituía la base teórica de la práctica política polaca del “luxemburguismo” y fue, durante décadas, atacada por sus adversarios.

FUENTE:

http://po.org.ar/edm/testimonios-la-tragedia-del-comunismo-polaco-entre-las-dos-guerras-mundiales/#sthash.ivUFUmGG.dpuf

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