Cultura:Entrevistas a Gustavo Bueno

Gabriel Albiac, Entrevista a Gustavo Bueno

(El Mundo, Madrid, 18 de enero de 1997)

Gustavo Bueno: «La cultura española es esencialmente analfabeta.»

Entrevista con uno de nuestros mayores pensadores, que en su última obra propone «la destrucción para huir de la cultura y ser libre» (El filósofo acaba de publicar su última obra, «El mito de la cultura», un nuevo paso en su pensamiento a contracorriente)
Profesor emérito de la Universidad de Oviedo, Gustavo Bueno es uno de nuestros filósofos más serios y rigurosos; sus libros y conferencias han sido siempre un revulsivo. El término «cultura» ha dado pie para que otros seis pensadores reflexionen sobre su papel en nuestra sociedad.
«Las nacionalidades son invenciones que pretenden arrogarse la cultura»

El mito de la cultura (Editorial Prensa Ibérica, 1996) confirma lo que cualquiera que se dedique a la filosofía en este país sabe: que Gustavo Bueno es una figura absolutamente anómala en el horizonte intelectual español. Decir que estamos ante el pensador académico de mayor entidad que ha producido España en este siglo es sólo explicitar lo obvio. Lo extraordinario de verdad es su empeño en pensar contra corriente –porque o se piensa contra corriente o no se piensa–. Frente al «culturalismo» más o menos elegante que ha sido la maldición del ensayismo español, Bueno se ha empeñado en una tarea monumental, forjar una obra de rigor sistemático extremo.

Decía el viejo Spinoza que la función del filósofo no es regocijarse o entristecerse, emocionarse o expresar enojo, sino sencillamente entender («intelligere»). Nadie, entre nosotros, ha llevado tan lejos ese empeño.

Pregunta. El lector que no te haya seguido a lo largo de estos años puede sentirse sorprendido por esa fórmula de Epicuro que reivindicas hacia el final de tu último libro, El mito de la Cultura: «Toma tu barco y huye, hombre feliz, a vela desplegada, de cualquier forma de cultura.

Respuesta. Epicuro está enarbolando ahí una bandera que podría ser transplantada a nuestro tiempo. Su propuesta funciona como un manifiesto contracultural, frente a la cultura esclavista y corrompida del helenismo. El paralelo con lo que sucede en nuestra cultura capitalista es tentador. Recuerda la fórmula de Lucrecio: «Es dulce, cuando sobre el vasto mar los vientos revuelven las olas, contemplar desde tierra el penoso trabajo de otro.» Si ves ese «mar revuelto» como el turbio trasiego de la cultura política –frente a la cual «nada hay más dulce que ocupar los excelsos templos serenos que la doctrina de los sabios erige en las cumbres seguras»–, puedes calibrar toda la entidad y actualidad del materialismo epicúreo.

P. Epicuro te habrá servido, así, para cimentar una de las tesis básicas de tu libro; la que tú formulas al denunciar «el ideal de la cultura como la forma actual del opio del pueblo», muy en especial bajo las mitologías de la «cultura nacional».

R. He querido condensar en esa tesis mi análisis de la constitución de las nacionalidades, a partir del romanticismo, bajo la metáfora de un ilusorio «pueblo de Dios». En tanto que generadoras de «cultura», esas entidades nacionales –que se forjaban como Estado-nación– pasaban a presentarse como las herederas de la función social de la Gracia Divina. Y ello, por supuesto, al servicio de la dominación de una minoría gobernante cuyo poder quedaba así legitimado. Las nacionalidades son invenciones modernas que pretenden arrogarse el ser las fuentes espontáneas y genuinas de esa floración espiritual a la cual llaman cultura. Y que ésta justifica, eleva y santifica a todos cuantos aceptan vivir bajo su bandera.

P. Tú procedes en este libro a trazar una arqueología bastante aterradora de la continuidad que, en el uso del concepto de «Kultur», va desde el idealismo clásico alemán hasta el nazismo.

R. ¡El idealismo alemán es un fenómeno tan extraño! Nos hemos habituado de tal modo a él que ya ni nos damos cuenta de su extrañeza. En primer lugar, se trata de una transformación del cristianismo. Mi hipótesis es que es ese espiritualismo del demiurgo creador que pone en el mundo lo que, al secularizarse, da origen a la idea de «Volkgeist» (espíritu de un pueblo) y de nacionalidad. Y, con ella, a ese delirio de la «purificación» del espíritu y de la lengua alemanes, de la pureza germánica, que está en Krause, que está en Heidegger. Pero que viene del Fichte que escribe: «Sois vosotros, alemanes, quienes poseéis, más nítidamente que el resto de los pueblos, el germen de la perfectibilidad humana y a quienes corresponde encabezar el desarrollo de la humanidad; si vosotros decaéis, la humanidad entera decaerá con vosotros, sin esperanza de restauración futura.»

P. Esa ideología de la pureza alemana sería la esencia misma del nazismo.

R. Pues claro. Y fíjate que lo gracioso de toda esa jerga romántica de la pureza germánica es que reposa sobre una lengua técnica absolutamente cargada de latinismos. Si le quitas el latín, lo que queda es poco más que una lengua bárbara.

P. Te recuerdo un pasaje de tu libro: «Fácilmente podían entender los nazis que la “lucha por la cultura” de Bismarck era la lucha del pueblo más culto de la tierra, el pueblo alemán, lucha cuyo último objetivo sería elevar a la Humanidad a la condición de discípula de la cultura alemana o, por lo menos, de servidora suya.»

R. Hombre, es que si hay algo claro es que la mistificación de la «Kultur» es parte de ese proyecto que el nazismo culmina. Tal vez sea consolador querer creer que el nazismo era la anticultura, pero es exactamente al revés. Es el proyecto de una cultura que se considera a sí misma pura y superior, lo que justifica cualquier exterminio.

P. «La idea moderna de un Reino de la Cultura», escribes, «es una transformación secularizada del Reino de la Gracia.» Es una tesis crucial que hace saltar buena parte de los tópicos del pensar burgués.

R. En efecto, no se trata sólo de una tesis histórica o arqueológica. Es sobre todo funcional. Mi hipótesis es que, en las sociedades europeas actuales, la cultura tiene un funcionamiento idéntico al que tenía la Gracia en el siglo XVII. Ese reino de la Gracia –o de la Cultura– sería el que uniría por encima de diferencias o conflictos en un sentido trascendente. Cuando ves a la gente hacer cola para entrar al museo del Prado, te das cuenta de que entran ahí con la misma complacencia de salvación, de comunión de los fieles con que podían hacerlo los creyentes en una iglesia. Toma el caso del concierto sobre las cenizas del Liceo. No cabe una sacralización litúrgica más descarada. Allí, cantando ópera y con la ministra lagrimeando. O piensa en toda esa gente que habla de «música culta» –¡qué disparate!–. Se sienten la mar de complacidos diferenciándose así de los demás. O ese público de los conciertos de ópera, con sus galas nuevas y su liturgia de clase ascendente supuestamente exquisita. Me gusta verlos como lo haría un entomólogo. Son muy graciosos.

P. En el caso español, ese papanatismo ante «la Cultura» ha sido desmesurado, ¿verdad?

R. Así es. Y yo creo que es algo ligado a una tradición católica, como la española, esencialmente analfabeta. Se trata de edificar un recurso «visual» que legitime la absoluta ausencia de lectura. Es una cultura esencialmente icónica, carente de la menor capacidad para la abstracción. Algo que no va más allá de un desarrollo intelectual de nivel infantil. Un infantilismo que, al mismo tiempo, gratifica a quien lo ejerce haciéndole estar convencido de participar en una identidad trascendente. Como te decía, es exactamente el mismo funcionamiento de la religión.

P. Vuelvo al punto de arranque. ¿Cómo acometer la propuesta epicúrea de levar anclas y desplegar las velas para huir de la cultura y ser un hombre libre?

R. Destruyendo… Sí, destruyendo.

{Tomado de El Mundo (Madrid), sábado 18 de enero de 1997, La Esfera, año VIII, número 296, páginas 1-3.}

Javier Neira, Bueno y el dragón de la cultura

(La Nueva España, Oviedo, 22 de enero de 1997)

El filósofo asturiano se enfrenta al gran espejismo de nuestro tiempo en «El mito de la cultura», ensayo publicado por Editorial Prensa Ibérica, del grupo de «La Nueva España».
Gustavo Bueno acaba de salir otra vez, de madrugada, con Rocinante y su lanza en ristre para desfacer el entuerto de la Cultura. La alucinación, como en El Quijote, realmente es la del lector y no la del caballero andante, pero ésa es la clave del engaño y por eso el mito sobrevivirá a la formidable crítica.
La cultura es la gran justificadora.
Tenemos mito para rato, para quinientos años al menos

El movimiento se demuestra andando. Por eso Gustavo Bueno organiza su libro «El mito de la cultura» movilizando los usos de la palabra en cuestión –de la idea de cultura– poniéndolos en camino y funcionamiento para ver cuándo empezó esa larga marcha y hasta dónde ha llegado. Hay cientos de casos, miles de condiciones. En la Constitución española de 1978 se habla de «el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho», según señala puntualmente el filósofo, y en la anterior Constitución republicana hay un apartado encabezado por el epígrafe «familia, economía y cultura», en el que se dice que «el servicio de la cultura es atribución esencial del Estado». Nada menos. En la revista ácrata «Tierra y libertad» se escribe en el año 1936 que «conviene que todas las iniciativas favorables a la cultura tengan una base funcional más que una base orgánica, porque la función crea el órgano», y los comunistas por boca de Lenin sentenciaban casi por aquel tiempo y con toda rotundidad: «En la medida en que una cultura es proletaria no es aún cultura, En la medida en que existe una cultura no es proletaria.» En vísperas del II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia en 1937 y que tanta repercusión tuvo, se decía en un cartel anunciador: «El triunfo de la República sobre el fascismo entregará al pueblo todos los tesoros del arte y todos los valores de la cultura. ¡Hay que exterminar el fascismo para hacer una España libre, culta y feliz!». A su vez, el líder nacionalsindicalista José Antonio Girón de Velasco anotaba pocos años después: «Sólo una fuerza es capaz de fundir las paredes aislantes y crear el clima común en que la paz social pueda servir de base a la justicia social. Es decir: a la revolución social. Esta fuerza es la cultura, entendida como el aire: de universal patrimonio», y añadía –«con palabras que daban ciento y raya a las de Trotsky o a las de los agitadores del proletkult», según anota Bueno– la siguiente frase que merece ser leída dos veces: «Desde cualquier punto de vista que se observe el problema, la diferencia de cultura se presenta como mucho más grave que la diferencia de clases o la diferencia de economías. Es más, creo que cuando se habla de diferencia de clases se habla en realidad de diferencia de culturas. Y todavía más aún, cuando se habla de lucha de clases, ¿no se quiere más bien hablar de una lucha de culturas?» Las concepciones sobre la cultura son extremadamente variadas y fuertemente contradictorias, y los usos, no menos, pues como señala Bueno, se habla de la cultura de fumar, de la cultura de la Coca-Cola y así sucesivamente. La necesidad de aclarar este caos bien justificaba un análisis a fondo: Bueno lo ha hecho sin dejar títere con cabeza.

El libro del catedrático asturiano es un esfuerzo titánico por desenmascarar el gran mito de nuestro tiempo. Como señala, la primera tarea de un racionalista crítico es la de «situarse ante la idea de cultura para analizar sus componentes, así como la distancia que ellos y su conjunto mantienen con otros mitos o con otras ideas». Pero Bueno no es Don Quijote, así que, a renglón seguido, señala: «Sería imprudente esperar que de la mera denuncia de una estructura mítica o ilusoria, oculta en una idea dotada de supremo prestigio, hubiese de seguirse una desactivación de esa idea».

El mito de la cultura tiende a su autoperpetuación porque, como señala el catedrático de Oviedo, en tanto que las funciones prácticas que los mitos oscurantistas desempeñan no pueden ser satisfechas por otras ideas alternativas, la acción de esos mitos mantendrá su influjo». No se trata de un ensayo desmitificador, como se apresura a aclarar su autor, como prescribía y aún prescribe todo aquello que se hacía en la órbita mental del 68, como ejercitan esas retaguardias de la vanguardia que a diario nos echamos a la cara, ¿entonces? Bueno considera que tenemos mito para rato, para quinientos años al menos, así que se propone dejar constancia de la potencia de esa estructura oscurantista y al mismo tiempo dar testimonio de la existencia de un pensamiento crítico, aunque esté reducido casi a las catacumbas. El mito lo ocupa todo, no se puede luchar contra él: ¡larga vida a las tinieblas!, pero que conste que algunos, muy pocos, se han salvado del naufragio.

La prehistoria del mito de la cultura hunde sus raíces en los albores del pensamiento occidental. Es una idea subjetiva de cultura: una suerte de segunda naturaleza que acompaña a la esencia humana. La idea objetiva ya es otra cosa, aunque no se pueda hablar de corte porque realmente se articula con esa larga prehistoria subjetiva: ronda el idealismo y el romanticismo alemán y ahí se empieza a formar lo que cuenta de verdad, el huevo de lo que ahora es un mito de radio infinito.

La cultura es la gran justificación de nuestro tiempo. Los poderes, desde los correspondientes al Estado, las grandes corporaciones y sucesivamente los propios de las diversas escalas de la pirámide social, se legitiman ante los ciudadanos por la cultura. Una fundación, un centro, una política cultural de un Gobierno o una modesta casa de cultura cumplen esa función que salva a quien la pone en marcha y la gestiona. Bueno rastrea la genealogía de esa circunstancia, por lo demás tan chocante, y encuentra en el reino de la gracia de la teología cristiana el paralelo: la cultura salva como salva la gracia. Por eso afirma, apurando el paralelismo, que la cultura es el opio del pueblo. Pero precisamente por eso tiene el rostro de hereje. Los movimientos culturales modernos se enfrentan con el pensamiento cristiano, y tras el nacimiento de una categoría tan peculiar como la de los intelectuales llevará para siempre la rúbrica de la izquierda.

El descubrimiento contemporáneo de las culturas animales arruina las pretensiones de la cultura como un tercer cielo. Cae sucesivamente el mito de la culturología, de una antropología reducida a una ciencia positiva; cae la pretensión de un Estado de cultura; cae la reaparición laica de la gracia bajo la forma de cultura y también la cultura universal y la supuesta paz universal en función de las culturas de los pueblos… Gustavo Bueno sigue adelante con su estilo de caballero andante, pero no se engaña, porque la idea de cultura es sencillamente la clave de nuestro tiempo y por eso el mito funciona con más fuerza que nunca. A lo largo de 250 páginas le da todas las vueltas y lanzadas imaginables, pero más allá sigue y sigue.

Una pieza perseguida desde hace veinte años

Bueno cazador persigue a la pieza cultura desde hace mucho tiempo. Los antecedentes y hasta la genealogía de ese arte cinegético están, además, muy ligados a La Nueva España. En efecto, en octubre de 1978 publicaba Gustavo Bueno en este periódico un artículo a página completa bajo el título «Sobre la idea de cultura».

Allí están prefiguradas las ideas que ahora aparecen acabadas y plenamente críticas. Bueno anota, por ejemplo, la clave de las culturas animales, entonces muy recientes tras su postulación por la Etología apenas diez años antes y en ese sentido señala: «En cualquier caso el reino de la cultura humana no debe entenderse como una entidad homogénea y armónica: sus automatismos son muy heterogéneos y se enfrentan entre sí. El “todo complejo” de que hablaba Tylor no es en modo alguno único porque hay múltiples culturas que se oponen entre sí y la “cultura universal” sólo puede entenderse como algo que está en proceso, como algo que es el argumento mismo de la historia». ¿Les suena?

Ciertamente ésa es la letra y la música de la rapsodia que ahora acaba de publicar Editorial Prensa Ibérica. La instrumentación actual es mayor, pero las melodías y el sentido de los desarrollos es igual.

{Tomado de La Nueva España (Oviedo), miércoles, 22 de enero de 1997, Cultura, n° 348, páginas I-II.}


José Antonio Marina, Y después de la cultura, ¿qué?

(ABC, Madrid, 24 de enero de 1997)

El mito de la cultura. La cultura como tótem. La politización de la cultura

Gustavo Bueno está empeñado en construir un sistema filosófico, lo que me parece digno de aplauso cuando triunfa el aforismo, la fragmentación y los deshilados filosóficos. Su «Teoría del cierre categorial» es una filosofía de la ciencia y de la propia filosofía. Cada una de las ciencias, dice, delimita un campo cerrado de realidad, un campo categorial. Hay, sin embargo, ciertas ideas que atraviesan todos los campos y éstas serían el objeto de la filosofía, que, por lo tanto, ni se reduce a la ciencia ni puede prescindir de ella.

Acaban de aparecer dos nuevos libros de Bueno, «El sentido de la vida. Seis lecturas de filosofía moral» (Pentalfa) y «El mito de la cultura». El primero, donde estudia las nociones nucleares de la ética –su fundamentación, la idea de persona, la libertad, los derechos humanos, el sentido de la vida– me parece más importante dentro del proyecto sistemático del autor, pero comentar el segundo, un escrito polémico pero no sólo polémico, me parece más urgente. Temo que algunas expresiones escandalosas, como su consejo de huir de la cultura bajo la advocación de Epicuro, puedan ocultar la importancia de las tesis de fondo. Acabo de leer una entrevista con Gabriel Albiac, en la que Gustavo Bueno acaba diciendo que la manera de huir de la cultura y ser un hombre libre es «destruyendo…, si, destruyendo». No conozco a Bueno, pero no es ese mensaje de picapedrero el que encuentro en su obra. Aunque la revista que fundó se llame «El Basilisco», estudia los asuntos con demasiada atención y cuidado como para ser destructivo.

Gustavo Bueno quiere desmitificar la cultura. «La historia del término “cultura”, tal como se ha ido conformando a lo largo de los siglos XIX y XX, es la historia de un proceso progresivo de confusión» (página 220). Se ha convertido en un mito con funciones pragmáticas. Pretende enfrentarse a él como «racionalista crítico». Un crítico no es un demoledor. El autor repite en varias ocasiones que «criticar» significa «cribar». Algo así como separar el grano de la paja.

La palabra cultura comenzó designando una propiedad subjetiva, muy semejante a «educación», «formación», «crianza». Pero acabó por prevalecer el significado objetivo: un conjunto de cosas valiosas. Esta idea metafísica de la cultura acabó, dice Bueno, por convertirse en mística y mítica. La función pragmática de esta idea metafísica de cultura es unir a los miembros de un grupo social dado (tribu, nación, etnia) y, sobre todo, separar a ese grupo de los demás. «Al mismo tiempo que hace a los hombres, los hace diferentes de otros hombres con culturas diversas y los enfrenta, a veces hasta la muerte, con ellos» (pág. 49). Recuerdo que, según Clifford Geertz, en Java se dice «Ser humano es ser javanés». Los niños pequeños, los ignorantes, los locos o los inmorales son considerados «adurung djawa», «aún no javaneses».

La cultura como tótem

La cultura siempre ha existido, desde que el hombre es hombre, pero la idea mítica de Cultura es una idea de la filosofía alemana, dice Bueno. Nace con Herder y se consolida con Fichte, para quien la finalidad del Estado es la Cultura. Comienza así la instrumentalización política de la idea de Cultura. El mismo Fichte, en su «Discurso a la nación alemana», escribió: «Sois vosotros (alemanes) quienes poseéis, más nítidamente que el resto de los pueblos modernos, el germen de la perfectibilidad humana, y a quienes corresponde encabezar el desarrollo de su humanidad.»

El mito de la Cultura es absorbido por el nacionalismo, y se convierte en «una idea axiológica y práctica constituyente». Cumple en nuestras sociedades la función que el tótem cumplía en las sociedades primitivas. Este asunto merece ser meditado seriamente, aquí y ahora. Bueno tiene razón al decir que en el fondo de esta valoración de la Cultura hay una «intención reivindicativa». «Saber lo que significa prácticamente la idea de Cultura y, en particular, la idea de identidad cultural, es saber contra quién o contra qué se dirige en las condiciones establecidas» (pág. 104).

La intensa reivindicación de los nacionalismos suele ir asociada a la reivindicación de la cultura propia, frente al Estado opresor. Entonces la Cultura aparece como el gran prestigiador. Pero, al mismo tiempo, confiere el prestigio de lo equivalente. Todo vale igual. La UNESCO, en su «Declaración de principios de Cooperación Cultural Internacional» afirma: «(1) Toda cultura tiene una dignidad y valor que deben ser respetados y protegidos. (2) Todo pueblo tiene el derecho y el deber de desarrollar su cultura.» Esto es magnífico siempre que se mantenga dentro de los límites de la sensatez. Hace unos meses les conté que en el claustro de un instituto de Murcia se había defendido seriamente que no era lícito corregir las faltas gramaticales de los niños porque era atentar con la cultura de su barriada.

Y después de la cultura, ¿qué?

El problema está en que, según Gustavo Bueno, no hay posibilidad de una «cultura universal». La cultura es una esfera cerrada que se enfrenta a las demás. Como mucho, se puede llegar a lo que él llama «cultura compleja universal», que es «el repertorio de habilidades o conocimientos que un individuo adulto que vive en la “sociedad universal” del presente debe poseer a efectos de su adaptación» (pág. 236). Pero esto es un conglomerado confuso y proliferante, una selva a la que el sujeto debe adaptarse si quiere sobrevivir. Está compuesta de cosas buenas y malas, porque la cultura no es un concepto evaluativo. La crueldad, el potro de tortura, la esclavitud, la guerra, todos son fenómenos culturales.

Aquí hay un tema importante. Esta sección comenzó con el mismo título que he usado hoy. «Y después de la cultura, ¿qué?» No podemos considerar que los productos culturales, ni siquiera la «cultura de cinco estrellas» de la que se ocupa ABC Cultural, sea nuestro máximo horizonte valorativo, porque siempre va a ser un horizonte minúsculo. Necesitamos evaluar y sobrepasar la cultura. No es verdad que todas las cosas sean equivalentes. Pero para decir algo así hay que situarse fuera de la cultura, en el piso de arriba. ¿Es esto posible? Gustavo Bueno escribe: «Aquellos contenidos que, desde muchos puntos de vista, pueden ser considerados como los valiosos y universales –contenidos tales como las verdades geométricas o físicas, pero también las relaciones que constituyen la justicia, considerada como un valor personal universal– no tienen por qué ser considerados como culturales, puesto que desbordan cualquier esfera cultural.»

No podemos ser ni desarraigados ni tubérculos. Ni ciudadanos del mundo, ni fósiles del terruño. Hay que distinguir lo que nos une y lo que nos distingue. Nos debe unir lo esencial, y es bueno que nos distinga lo superficial, lo accidental, el estilo. La ética, el derecho, la ciencia son grandes relatos comunes. El arte, las lenguas, las músicas la gastronomía son la brillante pluralidad. No saber establecer la diferencia y la jerarquía es de necios. Y muchas veces, de necios peligrosos.

Libro comentado: El mito de la cultura, Editorial Prensa Ibérica, 259 páginas, 2.700 pesetas.

{Tomado de ABC (Madrid), viernes 24 de enero de 1997, ABC Cultural, n° 273, página 62.}



J.L. Rodríguez García, Una espléndida provocación

(El Mundo, Madrid, 25 de enero de 1997)

El filósofo proclama en su última obra que la identidad cultural es un fetiche

Gustavo BuenoEl mito de la cultura. Prensa Ibérica, Barcelona 1996. 259 páginas. 2700 pesetas.

La aventura intelectual de Gustavo Bueno se caracteriza por el entusiasmo con que ha abordado la tarea de señalar y construir los fundamentos del materialismo filosófico desde el supuesto de su función desmitificadora del oscurantismo, o, simplemente, de la tozuda estupidez, y por el rigor con que se ha enfrentado a ésta. Es obvio que una de las exigencias de tal rigor requiere la delimitación estricta del significado de los términos, y muy especialmente de aquéllos cuyo abuso o instrumentalización ideológica han desembocado en una grave devaluación conceptual, por lo que resultan sumamente oportunas las páginas dedicadas en El mito de la cultura a poner de manifiesto la ambigüedad de lo que se entiende socialmente por cultura, la equivocidad del concepto de mito o la necesidad de diferenciar entre subjetivo y subjetual.

Permitir que tales términos mantuvieran su ambigüedad hubiera sido un grave error. De hecho, tan sólo su aclaración permite que la obra concluya sin provocar los recelos o espantos que sin duda despertará una intervención teórica cuyas tesis centrales atruenan contra algunas de las ideas más extendidas y asentadas. Pues se trata en sus páginas de señalar el carácter inconsistente del mito de la Cultura, la socialización teórica y mundana de la idea metafísica de la Cultura, y, por otra parte, de proponer una renovación de ésta que se sustentaría en el materialismo filosófico y que depende de toda la arquitectura teórica desarrollada por Bueno en suTeoría del cierre categorial.

La vigente idea de Cultura no tiene una larga tradición. Se remonta a Herder, «el principal instaurador de la moderna idea de cultura». Es la potencia del discurso herderiano lo que capacita la constitución de una instancia que alimenta la filosofía alemana y que, llegando hasta nuestros días, alimentaron las intervenciones de Fichte, Hegel, o el discurso del materialismo histórico.

Lo que no quiere decir, por un lado, que la mitología oscurantista que sienta los fundamentos de la idea metafísica de cultura no se advierte en otros espacios geográficos. Las intervenciones de Vico, Montesquieu o Ferguson son también referencias claves. Mas ocurre que sólo la trayectoria alemana merece una continuidad irrebatible. Por otro lado, tampoco se subraya una especialísima originalidad en la instancia alemana. De hecho, y resulta convincente la referencia, la idea metafísica de Cultura aparece como el efecto de un proceso de anamórfosis, de manipulación, que apunta a la secularización de la idea medieval de Gracia y en virtud del cual la soberana elección teológica se transforma en espiritualismo nacional. El cuidado y pertinencia de las indicaciones de Gustavo Bueno resultan contundentes, precisas. Polémicas caso, aguijones merecidos contra el adocenamiento.

Ahora bien, ¿por qué caracterizar como metafísica la idea de Cultura erigida por la palabra alemana? En primer lugar, y, desde una perspectiva ontológica, subyace al mito de la Cultura la idea de un Hombre universal, que sólo ronda los sueños quiméricos de quien necesita de tal fantasma para generalizar sus imposiciones. Por otra parte, es propio del mismo la impertinente consideración de una identidad nacional, cerrada, autosuficiente, y, por lo tanto, simplista, que reniega visceralmente del exterior a ella misma para consumar la estupidez de la endogamia aniquiladora. «La identidad cultural es sólo un mito, un fetiche», proclama Bueno después de haber esgrimido un buen número de razones. Indicaciones polémicas a buen seguro. Sin embargo, no hay resquicio teórico alguno en la descripción.

Obra capital. No estamos, ni mucho menos, ante una obra menor de Gustavo Bueno. Espléndida provocación, que sólo lo es porque es ejecutada con un rigor impecable.

{Tomado de El Mundo (Madrid), sábado, 25 de enero de 1997, La Esfera, n° 297, página 13.}


Alberto Guallart, La cultura como opio del pueblo

(El Correo de Andalucía, Sevilla, 31 de enero de 1997)

Gustavo Bueno denuncia el uso ideológico que hace el poder de la idea de cultura.
El pensador Gustavo Bueno (Santo Domingo de la Calzada, La Rioja, 1924) ha ido levantando a lo largo de su vida un sistema coherente y sólido: el materialismo filosófico. «El mito de la cultura», su último libro, es un episodio más del citado sistema. En el libro Gustavo Bueno analiza cómo el prestigio de la idea de cultura procede de que cumple en nuestros días la misma función que la Gracia de Dios ejercía en la Edad Media.
Para Gustavo Bueno la cultura no es más que una forma nueva que irrumpe en el proceso evolutivo de los primates.

El mito de la cultura, Gustavo Bueno. Editorial Prensa Ibérica, Barcelona 1996.

El prestigio de la cultura es hoy absoluto. Cualquier cosa que aparezca embozada debajo del término «cultural» enseguida la consideramos valiosa y merecedora de respeto y ayuda. Las leyes establecen desgravaciones fiscales a aquellas empresas que destinan una parte de sus beneficios a fomentar la «cultura». Ya sea por la compra de un cuadro, por el mantenimiento de una fundación o al subvencionar la restauración de un edificio monumental, las empresas se lucran de ciertas rebajas y exenciones en el pago de impuestos a la Hacienda Pública. La figura del antiguo mecenas también se ha democratizado y su función ya no la ejercen nobles adinerados sino poderosos grupos financieros que, de nuevo para distraer una parte de sus obligaciones fiscales, convocan becas de investigación, cursos de formación, masters, viajes de estudios, matrículas y estancias en famosas universidades extranjeras, &c.

La difusión de la cultura es un valor indiscutible porque existe la certeza de que la cultura mejora al hombre. Todo aquello que mejora al hombre –o que las autoridades han creído que ennoblece a los hombres y, además, no cuestiona el orden establecido sino que hasta lo consolida– siempre ha disfrutado de privilegios fiscales. Hasta la secularización moderna, la religión era la niña de los ojos del poder. Durante la edad teológica todo el mundo tenía por cosa segura que el progreso de los pueblos dependía del aumento de su religión, de ahí que abundaran las iglesias y los conventos, para cuya fundación y mantenimiento las familias aristocráticas dotaban capellanías perpetuas y legaban tierras y rentas.

Los monasterios y las comunidades religiosas entonces, como ahora las fundaciones culturales privadas, gozaban de mayor o menos «inmunidad fiscal» porque su pujanza convenía, pensaban, al interés general. Este es el punto de partida de El mito de la cultura, de Gustavo Bueno, una propuesta o ensayo para revisar la idea de cultura desde el materialismo filosófico.

Gustavo Bueno analiza en primer lugar de dónde viene a la cultura esa alta estima que hoy le profesamos, de dónde procede esa especie de salvoconducto que la coloca por encima de todas las sospechas y qué méritos justifican la buena reputación que le presumimos. «La cultura», dice Gustavo Bueno, «está pensada como una realidad que eleva a los hombres sobre su condición de animales, los salva de la condición de animales naturales y los exalta a la condición de habitantes de un reino más valioso, el Reino del Hombre en cuanto realización del Reino del Espíritu.» (p. 49).

A partir de un diagnóstico de este tipo, el autor remonta las aguas de la historia para averiguar el origen de esta excelencia. En un momento de su regresión se detiene en el romanticismo alemán –desde Novalis, Fichte hasta Richard Wagner– donde aprecia cómo los románticos sólo creen posible la plenitud del hombre a través del arte (cultura) y, río arriba, alcanza por fin el origen del que proviene la excelencia de la idea de cultura. Nada menos que de la Edad Media, y de la doctrina de la Gracia santificante que comunica el Espíritu Santo a los hombres.

Tras el pecado de Adán, enseña la teología cristiana, la naturaleza humana sufrió una caída y un desfallecimiento que únicamente la Gracia de Dios puede amortizar. Los dones del Espíritu Santo, el don de sabiduría, de entendimiento, de consejo, de ciencia, de fortaleza, de piedad y de temor de Dios vendrían a reparar –junto a la Gracia santificante y actual– esa lastimosa postración en que quedó desde entonces la capacidad de discernimiento y la voluntad humanas.

Conforme empezó a debilitarse desde el siglo XVII la fuerza con que la Iglesia mantuvo dentro de su campo de gravedad y jurisdicción a las ideas, la función dignificante de la Gracia fue asumida por la Cultura, el nuevo sacramento que regenera al hombre, lo libera del estado salvaje en que nace y lo incorpora a la civilización, «La élite», se lee en El mito de la cultura, «se administra a sí misma dosis definidas de cultura operística, de cultura literaria, de cultura vanguardista, para mantener su ensueño de minoría despierta, elegida, consciente.» (p. 219).

Paralelamente a estas dosis de opio cultural que las élites se administran para salir de la burricie «natural», también los pueblos se administran otro tanto. El segundo mito que combate Gustavo Bueno es el «delirio» de las «identidades culturales». Este delirio, esta fantasía alucinógena que denuncia Gustavo Bueno, consiste en no descubrir en cada una de las culturas nacionales el resultado peculiar de un proceso único. A fuerza de no oponerle resistencia a los prejuicios de la ideología político nacionalista, hemos llegado a un punto, razona Gustavo Bueno, en que las peculiaridades se interpretan como la expresión majestuosa y única del pueblo o de la nación.

Los rasgos singulares por el mero hecho de serlo se absolutizan y no se entienden ya en relación al patrimonio común del que derivan. Por si fuera poca fantasmagoría esta de los genios nacionales, todavía se insiste en declarar a todas las culturas iguales en dignidad y destinadas a coexistir pacíficamente. Gustavo Bueno desenmascara la arriesgada ingenuidad en que naufragan estas, en apariencia, sanas y benéficas intenciones.

Independientemente del criterio que se elija y del horizonte cultural en que uno esté situado, no es verdad, como defiende el «espíritu Unesco», que «toda cultura tiene una dignidad y un valor que deben ser respetados y protegidos.» Sostener una cosa así implica, desde luego, relativizar todas las culturas, pero mayor gravedad resulta aún del hecho de que también cancela la posibilidad de reconocer que hay o puede haber culturas perversas.

Una vez que el autor ha invertido más de dos tercios del libro en analizar la estructura mitológica de la idea, sólo entonces aborda la exposición de su propuesta. El valor que le atribuimos a la cultura, y anteriormente a la Gracia santificante, supone una Naturaleza hostil que el hombre está llamado a cultivar (de ahí «cultura»). Supone partir de un enfrentamiento Naturaleza / Cultura que Gustavo Bueno cree intolerable.

Evolucionismo zoológico

Instalado en el materialismo filosófico y enterado de los resultados del evolucionismo zoológico, Gustavo Bueno no ve que la cultura sea otra ni mejor cosa que la irrupción de una forma nueva en la cadena evolutiva de los primates. Al ser, pues, el fruto de una evolución zoológica no se comprende por qué «un pequeño pomo de obsidiana en el que alguna mujer hace 7.000 años guardaba un ungüento» haya de suscitar mayor aprecio que la emergencia de una variación en las membranas interdigitales de un ganso. Tampoco existe un canon «espiritual» que discrimine el valor del «atletismo vocal» de un divo de ópera por encima del «atletismo muscular de un héroe de halterofilia.»

«La cultura humana no brota del hombre», afirma Gustavo Bueno, fue un primate aventajado el que se constituyó como hombre «a través de ese nuevo orden o estado de cosas que llamamos cultura humana y que contiene tanto lo digno como lo indigno.» (p. 185).

Palabras duras son éstas de oír a no dudarlo. La crítica a este reduccionismo biológico que equipara la antropología con la zoología y la Cultura con la Naturaleza es arduo, sobre todo sabiendo como ya sabemos que les asiste un poderoso argumento: compartimos con los monos el 99’5% de nuestra historia evolutiva y más del 95% de nuestro equipamiento genético.

Sin embargo yo no…

{Tomado de El Correo de Andalucía (Sevilla), Viernes, 31 de enero de 1997, páginas 29-30.}


Carlos Iglesias, El mito de la cultura, un libro tramposo

 (El Comercio, Gijón, 2 de febrero de 1997)

¿Qué capacidad desmitificadora podría tener un libro que no va a ser leído precisamente por quienes están envueltos en el mito al que el libro se refiere? Con estas palabras, al comienzo del libro, Gustavo Bueno casi quita las ganas de leer el libro de entrada. Pero ¿tiene, o más bien, ha tenido razón?

En principio, uno está tentado a afirmar que se ha equivocado completamente. En efecto, no recuerdo ningún otro libro de Bueno que, en un espacio de tiempo tan corto, haya tenido tal cantidad de comentarios, lo cual parece indicar, en principio, que el libro se ha leído.

El problema surge cuando se intenta matizar quiénes son los que están envueltos en ese gran mito de la cultura que penetra los intersticios más recónditos e insólitos de nuestra existencia, considérese ésta a nivel personal o a nivel social. La respuesta no puede ser otra sino que absolutamente todos estamos anegados hasta el tuétano en ese mito; pero la diferencia de esa envoltura reside en cuestiones de grado.

No se ve una escapatoria posible, porque incluso aunque tal salida existiera, volveríamos a crear un nuevo mito. Por lo tanto, más que desmitificar, lo que se trata es de llevar a cabo el análisis de ese mito, ya que los mitos son las leyes mismas que presiden nuestras manipulaciones diarias con las cosas y que, en ocasiones, conducen a los hombres a los límites de la suprema estupidez, o pueden llegar a establecer o sugerir semiverdades con una racionalidad práctica y efectiva.

Los mitos y el hombre

Ahora bien, esta afirmación supone de entrada toda una teoría sobre la idea de lo que puedan significar los mitos. Y en este punto empiezan a plantearse los problemas sobre la primera afirmación de Bueno, puesto que tal teoría resulta totalmente ininteligible si no se tienen en cuenta obras de Bueno anteriores a El mito de la cultura, y que han pasado desapercibidas, al menos desde un punto de vista de las reseñas que de ellas se han hecho. Pero, por otra parte, este mismo hecho desdice las palabras de Bueno, puesto que las tesis de este libro apuntan a un mito que está en pleno funcionamiento, un mito que está sosteniendo las raíces más profundas de nuestro sistema, y nadie puede quedarse al margen, todo el mundo se siente «aludido».

La idea de cultura, como la sustancia en la cual se identifica un pueblo, tiene una función muy semejante a la que pueda desempeñar un totem entre los pueblos primitivos; pero esta función, esta identificación es válida sólo a un determinado nivel de semejanza, pues los estratos que realimentan «nuestra» actual cultura están situados en una capa histórica completamente diferente, lo cual permite desbordar el significado estricto de totem.

Procesos de refluencia

Y es este desbordamiento el que permite entender este salvajismo refluyente de la humanidad contemporánea, sin apelar a criterios antropológicos o meramente psicológicos. Esta refluencia hacia estados previos de nuestra evolución histórica tiene un significado que no va más allá de una nueva combinatoria, a partir de los elementos dados en el presente, que quizás hará posible unas formas sociales más «racionales», aún sin precisar, y no determinadas, excepto por los gurús oficiales de turno, que sesudamente vaticinan, en tertulias, lo que va a ser nuestro siglo próximo.

Pero, ¿no significa este análisis, de Bueno, y la reconstrucción posterior que lleva a cabo, a partir de dicho análisis, de un nuevo marco teórico, una suerte de proceso desmitificador? Porque si así no fuera, ¿cuál es, entonces, el objetivo de escribir el libro?

El libro tramposo

Pero, volviendo al título, ¿por qué es un libro tramposo?

Es un libro tramposo porque aparenta menos de lo que, en realidad, es. Oculta, quizás a propósito o por carencia de espacio, todo un transfondo subyacente a afirmaciones vistosas, o quizás, y es lo más probable, porque Bueno nos ofrece todo un armazón geométrico de lo que debe ser un análisis histórico en regla. Pocos hechos, muy pocos elementos rellenan ese armazón.

Es necesario leer entre líneas para percatarse del enorme esfuerzo que podría suponer rellenar ese armazón, pero está ahí, con una solidez exultante y segura de sí misma. Cualquiera puede hacer el sano ejercicio de contrastarlo, de aplicarlo y comprobar si existe alguna clase de resquebrajamiento. Toda una teoría, minuciosa y detallada, está soportando férreamente el libro, y todo un arsenal de datos históricos, no explicitados, bullen en un estado de semiequilibrio estable.

Los procesos históricos encuentran su verdadero ajuste explicativo, su verdadera causalidad histórica, no en una narración lineal, sino en un circuito que se asemeja a un torbellino en el que priman las relaciones de incompatibilidad e inconsistencia entre las partes constitutivas de un determinado sistema cultural que, por otra parte, está siempre dependiendo de factores exógenos.

La Idea de Nación

Por esto la identidad cultural de un pueblo es un mito, un gesto propagandístico, ideológico. Un mito que Bueno rastrea sus orígenes históricos, que cristaliza en las «culturas nacionales», un caldo de cultivo del que emergerá la idea de nación, en tanto que idea estrictamente política, pero gestada en el ámbito estricto de un Estado soberano, del Estado moderno. La nación, como sujeto político puro, como mera abstracción, es una pura entelequia sin base alguna. La nación necesita de una lengua, de una historia…, y cuando se pierde de vista esta perspectiva, es cuando empieza a funcionar la idea de nación como expresión del espíritu del pueblo, es el pueblo de Dios que se nos revela a través de la cultura nacional. Y este hecho obliga a reinterpretar todos los contenidos como si fueran componentes originarios de esa nación.

El hombre y su cultura

Pero estos productos de la actividad del hombre (y aquí comienzan las contradicciones), cuando alcanzan un determinado grado de complejidad, se van alejando unas de otras, y establecen relaciones objetivas, sociales y extrasomáticas, cada vez más y más complejas e imprevistas; pero, sobre todo, independientes de las operaciones humanas que, sin embargo, están en su génesis.

Estos productos de la actividad humana (una obra de arte, un reactor nuclear…), segregados, poco a poco, de las operaciones subjetivas, inician líneas de desarrollo mutuamente independientes, y ofrecen al hombre la “revelación” de nuevos espacios del mundo, nuevos horizontes que permiten un desarrollo más profundo de la humanidad; lo cual no significa, en modo alguno, que tal desarrollo no pueda lleva implícito un incremento de los peligros en que la humanidad está envuelta a cada paso.

Contradicción constante

Llegados a este punto, nos encontramos con lo que Bueno denomina Ley del desarrollo inverso de la evolución cultural, de la cual se deriva un corolario central que está pesando sobre todo el libro de forma constante. Porque si esos productos de la actividad humana que se han ido segregando de ella, y han constituido categorías objetivas, independientes del propio hombre (y cada vez a un ritmo más acelerado: piénsese sólo en la robótica), construyendo relaciones nuevas, se podrá decir deshumanizadas, en las que el hombre no se encuentra intercalado para nada en la trama que compone dichas estructuras, ¿no será que tenemos que reconocer, en este proceso, una des-culturalización que se abre camino, a pasos agigantados, en el mismo seno del desarrollo universal de la cultura?

Y si es así, ¿por qué llamar a estos productos culturales? Pero, tampoco sería correcto enclavarlos en el mundo de la Naturaleza: ¿se puede meter un laboratorio de química en el reino natural cósmico?

¿Dónde situar estas estructuras? La respuesta de Bueno, ya argumentada en obras anteriores,las sitúa en un mundo terciogenérico. Son estructuras transculturales, que no son culturales ni naturales.

Sólo el rompimiento de la maniquea disyuntiva entre Naturaleza y Cultura permite desbordar esta falsa dicotomía, y entender este tipo de productos humanos que no se enclasan en ninguna de estas dos ideas; pero teniendo siempre en cuenta que un tal rompimiento sólo es posible a través de los procesos históricos, a escala mundial, que están configurando nuestra existencia.

¿Una cultura universal?

Una vez establecidos estos productos, cuya naturaleza se encuentra más allá de cualquier cultura particular, que no pueden ser circunscritos a un determinado círculo particular y que, por tanto, son «universales», en tanto esa su universalidad nos remite a su implantación efectiva en determinadas sociedades que se encuentran en un nivel dado de su evolución, quedan por resolver, esencialmente, dos problemas centrales.

En primer lugar, el intento de establecer una cultura universal sólo encontraría su realización y llegaría a forjarse a partir de las diversas culturas existentes en la actualidad, pero los contenidos de estas culturas particulares, a su vez, al enfrentarse entre sí, no hacen sino generar toda una cascada de conflictos, que reflejan los propios conflictos de las sociedades que se encuentran intercaladas en esas mismas culturas. Es esta dialéctica, entre el particularismo de cada cultura y la tendencia hacia contenidos universales, la que determina una de las características más interesantes de nuestra época, y la que crea esa refluencia de la que hemos hablado.

Bueno, como él mismo dice, no ha pretendido dinamitar esa «masa viscosa» que sirve de pedestal para servicios tan diversos; ha tratado de descomponerla o resolverla en sus partes, unas auténticas, otras aparentes, y restituirlas a sus quicios propios.

Los cabos sueltos

Habiendo considerado que existen ciertos contenidos que, sin duda alguna, se pueden considerar como universales (teniendo en cuenta, siempre, que esta universalidad nos viene enmarcada, a su vez, a un cierto nivel de desarrollo histórico), contenidos tales como las verdades geométricas o físicas, surge una duda cuando intentamos ampliar el número de esos contenidos universales y consideramos, por ejemplo, la «justicia» en la clase de tales contenidos; pues la condición de universalidad nos remite a la consideración de contenidos como no circunscritos a ninguna cultura en particular. El ejemplo que pone Bueno de los triángulos rectángulos, sobre los cuales Pitágoras estableció su célebre relación, ilustra a la perfección el problema; sin duda tales triángulos son productos culturales (las formas de los frontones de mármol, por ejemplo), pero la relación pitagórica entre los lados de un triángulo rectángulo ya no es una relación «artificial», en el sentido de convencional, ni tampoco cultural, aunque, eso sí, tenga una «refluencia» que queda cortada de cuajo cuando la relación pitagórica cristaliza como tal.

Pero, es que un contenido como la justicia se encuentra en un continuo e inestable equilibrio: por un lado se podría clasificar como un contenido valioso en cuanto a su carácter universal, pero, por otra parte, se encuentra alimentado por una incesante refluencia, necesaria para estar reajustando y asimilando las «relaciones asimétricas» materiales (sociales, económicas, políticas,…) de las que, en primera instancia, procede. Y, al consistir su cristalización en ese reajuste continuo, se nos cuela de nuevo, subrepticiamente, el contenido cultural.

Un dialelo perfecto que nos hace volver a la capacidad de absorción que tenga un determinado sistema (moral, filosófico…) para moldear o reducir a otros sistemas de normatividades operativas, cuya estructura interna, a la postre, resulta más débil.

El libro de Bueno, pues, es algo inacabado. El o quien sea tiene como labor perentoria desarrollar esas líneas normativas, en perpetua contradicción, que pueden arrastrarnos a callejones sin salida alguna. Las piezas ya están perfectamente colocadas.

{Tomado de El Comercio (Gijón), domingo, 2 de febrero de 1997, página 50.}


José Luis Gutiérrez, Panorama a babor

(ABC, Madrid, 26 de enero de 1997)

Se llama Gustavo Bueno y es una especie de «Kant astur» y subversivo, el cerebro más poderoso u desde luego insobornable de la España actual. Leo desde hace años a este filósofo devastador, materialista y socarrón, profeta de la incorrección, la contracultura y el derribo de todos los «establishments» culturalistas como único método para que los hombres lleguen a ser epicúreamente libres. Entre sus alumnos, muchos viejos amigos, algunos de ellos tristemente desaparecidos, como aquel brillantísimo antropólogo y escritor que fue Alberto Cardín. Acaba de publicar un luminoso y monumental ensayo –El mito de la cultura, agotado en su primera y modestísima edición universitaria- en el que el rayo de su mirada pulveriza los mitos de cartón de la «cultura» como señuelo y anestesia, como embaucadora superestructura del pensamiento políticamente correcto. La «cultura esclavista y corrompida» del helenismo son, para Bueno, los orígenes en los que se afianza la «Kultur» del idealismo alemán, que a su vez da soporte a la ilusión nacionalista que entiende como una ensoñación colectiva en la que se afianza la idea del «Volkgeist» -espíritu de un pueblo- y que atraviesa al krausismo -tan históricamente cercano a nosotros- a Heidegger y a Fichte, quien escribió, premonitoriamente, y para darle ideas al nazismo: «Sois vosotros, alemanes, quienes poseéis, más nítidamente que el resto de los pueblos, el germen de la perfectibilidad humana, a quienes corresponde encabezar el desarrollo de la humanidad…» Sustituyamos la palabra «alemanes» por cualquier otra, al gusto del lector -por ejemplo, «felipistas»- y tendremos una luminosa y cabal explicación de lo que ocurre en la España actual. Con la diferencia de que ellos tenían a Wagner y los felipistas a Ramoncín.

{Tomado de ABC, Madrid, domingo 26 de enero de 1997, páginas 40-41.}



Javier Neira, Entrevista a Gustavo Bueno

(La Opinión, Murcia, 29 de enero de 1997)

Gustavo Bueno: «La idea de cultura es teológica, ha sustituido al Espíritu Santo»

Gustavo Bueno participa hoy en CajaMurcia en la Semana de Filosofía de la Región de Murcia. El polémico filósofo acaba de publicar en Prensa Ibérica, el grupo editor de La Opinión, “El mito de la cultura”, una audaz y lúcida provocación sobre el tema.

¿La revolución pendiente es la lucha contra el mito de la cultura?

No creo que se pueda hacer nada; estos análisis, estas críticas, al gente los oye como música celestial. El irenismo cultural, la idea de que la cultura une a los hombres y logra la paz, está tan extendida que es intocable. Es una idea, claro, de los poderosos como instrumento de control y dominación. El mito es indisoluble de la realidad actual y por eso no se puede atacar. Sólo se puede conseguir que haya unas minorías difusas, ni siquiera unas élites, gente que esté atenta y se de cuenta que se trata de un mito. Que estén vigilantes por lo que pudiera ocurrir. Que estén en el secreto. Sería suficiente para que el mito no nos desbordase. Pero no se puede hacer más. Además, si se supera ese mito, saldría otro, quizás el de la raza, que sería peor.

Los bancos, las grandes corporaciones, abren salas de arte sin parar, ejercen un mecenazgo acelerado…

Si, de esa forma se justifican. Antes construían una iglesia, una capilla.

Aun dentro del mito, ¿por qué una cosa es arte, cultura, y otra no?

Hay razones muy diferentes. Me interesé mucho por analizar la ópera. Parto de la hipótesis de que la ópera es lo más deleznable dentro de la música. Recuerdo «Un ballo in maschera» en Sevilla, estrenaban el teatro de La Maestranza. De bote, engalanados. Y salvo un corrillo -en el que estaba el duque de Alba, Jesús Aguirre, al que saludé, donde sí hablaban de la ópera- el resto, ni idea. El teatro, sin embargo, te obliga a tomar posición. La ópera, con argumentos surrealistas, es puramente estética. Pero tiene el criterio de ubicuidad, tenores y sopranos universales, un montaje universal. Cosmopolita pero sin moverte de casa. Es como el teléfono móvil: el que lo tiene es ubicuo, está en todo el mundo a la vez. El que está en la ópera está en el mundo. Es como los grandes cuadros o como el oro: son monedas internacionales, no se discuten.

Si fuese ministro de Cultura, ¿que haría?

Siguiendo la lógica actual reclamaría que ingresasen en el ministerio de Cultura el de la Guerra, que también es cultura, el de Agricultura, que también es cultura. Todos los ministerios deberían formar parte del ministerio de Cultura.

¿La cultura del momento no es propaganda política o de otra naturaleza?

Es aún más complejo. Es un desarrollo, un resultado, de aquello decimonónico de la «culta señorita». O sea, que la «culta señorita» ha ampliado su conocimiento ya como ministra de Cultura, y a lo del piano, el francés y las lecturas escogidas ha añadido los bailes regionales y cosas así. Pero sigue siendo realmente el terreno de «la culta señorita».

¿Existe una correlación entre cultura e izquierda?

Si, viene de Bismarck, que la presenta frente a los jesuitas, frente a la policía negra. La cultura va contra la gracia. Tiene un tufo que no es cristiano.

¿Y las culturas regionales?

La cultura es el hecho diferencial. Los hay distintivos y constitutivos. Ser tuerto es distintivo solamente. Tener bocio es un hecho diferencial, como bailar la sardana, no significa nada. El hecho diferencial constitutivo es el idioma cuando no se entiende porque es aislante. De ahí la paradoja de que la unidad separa, no une.

¿La cultura en el sentido real, no mítico, qué es?

Es algo abstracto pero real. Es un concepto dinámico, causal, en el que intervienen multitud de estructuras objetivas -extrasomáticas y sociales- que en principio están a escala operatoria de los sujetos humanos. La idea de cultura queda finalmente como un proceso causal de moldeamiento de sujetos con leyes objetivas, que desbordan continuamente. Es como lo que significa el entorno natural en la función clorofílica. La idea de que la cultura es agente de paz es falsa. Eso es una copia del mito de la gracia de Dios. Hay unas culturas más potentes que otras, son las que tienen capacidad para digerir a las otras culturas. El primer documento donde aparece tratada la cultura como mito, como cultura objetiva, es en Herder. La cultura entonces es de los pueblos civilizados y de los salvajes. Fichte es el primero que habla del Estado de Cultura. El Estado de Cultura es una invención completamente germánica que se opone al Estado y la nación como pueblo político, que es el concepto moderno francés. En España aparece la palabra cultura en las Cortes de Cádiz. Se consolida en la II República y en la Constitución del 78.

¿De dónde procede ese mito de la cultura? ¿Qué ideas antes del siglo XVIII, antes de Herder, son el precedente?

Procede de la gracia santificante. Las relaciones de la cultura con la naturaleza son las mismas que las de la gracia y la naturaleza. La cultura es el espíritu, el Espíritu Santo, el espíritu del pueblo que sopla. La idea de cultura es teológica.

¿Y su prestigio?

Es un mito viviente que está socializado. Tiene el mayor prestigio posible. La libertad, la igualdad y la fraternidad eran los ideales de todo el siglo XVIII y XIX. La fe, la esperanza y la caridad fueron en la Edad Media ideas vivas que organizaban un universo de valores. Ahora está la cultura, sobre todo en Europa. Ahora la libertad o el dinero valen por la cultura. El objetivo del Estado es la cultura, es el Estado de cultura. El ministerio de Cultura es la clave. El objetivo del Estado es conseguir que los ciudadanos sean cultos. No se trata de que los ciudadanos vivan y sean libres, deben tener acceso a la cultura. En el día de la cultura se va al museo o al concierto como antes se iba a misa.

{Tomado de La Opinión, Murcia, miércoles 29 de enero de 1997, página 29.}


Carlos Gallego, Cultura o algo así

(La Nueva España, Oviedo, 9 de febrero de 1997)

Gustavo Bueno está de moda. Ilustres periodistas y tertulianos hablan de su último libro como si en él se esclarecieran misterios hasta ahora insondables o se explicaran los fundamentos para hallar la piedra filosofal que por fin nos librará de penalidades y dudas, cuya solución el hombre persigue desde la noche de los tiempos. Parece que el libro está despertando tanta expectación como el descubrimiento de la tumba de Tut-Ankh-Amen por el conde de Carnavon y Howard Carter. Contaban los responsables del increíble hallazgo que de pronto se desató en todos los estamentos sociales un insólito afán por conocer en profundidad la cultura egipcia, y en especial todo lo concerniente a las dinastías faraónicas. También se extendió un desmesurado amor por la arqueología, hasta el punto de que se agotaban todos los libros sobre la materia y muchos chalados se piraban a Egipto con poco más que una pala, convencidos de que en cuanto empezaran a excavar encontrarían una momia con los correspondientes tesoros que se hacían llevar al hipogeo real. Y digo que está de moda el libro de Bueno porque raro es el día en que no escucho a alguien hablar maravillas, no tanto de las ideas que en él se vierten, como de quien brillantemente las expone: «Ese señor que al parecer es un sabio del que casi nadie sabía nada porque, fíjate cómo será, que vive en Oviedo y pasa de famas y malos rollos.»

Esto mismo me dijo ayer un conocido actor de los que firman manifiestos a favor de las focas o de los derechos de los gays. Para más inri ha adquirido, gracias a tanta firma, notoriedad como intelectual y ahora anda detrás del libro porque «tío, anoche estuve cenando con fulano y zutano, y no veas cómo lo ponían, por las nubes». Resulta cómico contemplar este país, célebre donde los haya, acostándose chabacano, fatuo y frivolón, y levantándose despejado, cuerdo y con un talante filosófico que, de seguir así, los momentos estelares de Atenas van a provocar risas a lado de los que por estos lares se pueden alcanzar.

Lo malo de este furor por Bueno es que su nombre empezará a ser tan conocido, que se barajará junto al de otras «lumbreras» como Sofía Mazagatos o Pepe Navarro, y su producción filosófica se amontonará en los estantes de los prycas junto a las recetas de Carlos Arguiñano o los chismes de Carmen Posadas. ¿Quién es Bueno?, se preguntan los españoles, como cuando en los años sesenta indagaban datos de aquel ye-yé que ponía las plazas patas arriba con su forma tan peculiar de entender el toreo. ¡Oh, la cultura o lo que diablos sea, ha llegado a su cenit en España!

Pronto el chico de los recados le regalará a su «chorba» el libro de Bueno para que se vaya enterando de lo que «mola» estar al día, como Ansón o la Cernuda. Barrunto al filósofo cabreado, como Carter, por lo que le viene encima, pero son exigencias de la fama; así que a aguantar el chapuzón y que todo sea por la «Kulture». Por cierto, hablando de hipogeos y embalsamamientos: en el Museo de Cera de Madrid acaban de instalar la efigie de un pubescente dios de nuestros días, y nada me extrañaría que de aquí a unas semanas sus responsables colocaran también la de Bueno al lado de la de ese multimillonario ídolo de masas que responde al nombre de Raúl.

{Tomado de La Nueva España, domingo 9 de febrero de 1997, página 32.}


David Alvargonzález, Un descubridor

(La Nueva España, Gijón, 14 de febrero de 1997)

El mito de la cultura es la exposición, en forma de libro, de un nuevo «teorema filosófico», un teorema que tiene como núcleo el análisis del origen y estructura de la idea de cultura, de esa idea que está presente, de tantas maneras diferentes, en nuestro mundo actual (Estado de cultura, cultura étnica, cultura popular, las «dos culturas», cultura cosmopolita, cultura proletaria, &c.).

Este «teorema filosófico», como un nuevo teorema físico o geométrico, nos descubre un continente nuevo de relaciones que, aunque estaban ahí conviviendo con nosotros, nos pasaban desapercibidas, precisamente por estar inmersos en ellas.

Por eso, preguntarse para qué vale un nuevo teorema geométrico o filosófico es tan absurdo como preguntarse qué es lo que representa un hipercubo, o qué demuestra una sinfonía.

Preguntar para qué vale un nuevo teorema filosófico, preguntar si es o no oportuna su invención, es una pregunta propia de un tendero. El teorema está ahí y es suficiente: habrá que discutirlo, incluso se podrá llegar a demostrar que es falso, pero no será falso por ser inoportuno o no serle útil a alguien.

El respeto que produce la idea de cultura, lo mismo entre personas de izquierdas que de derechas, bloqueó continuamente su análisis.

Gustavo Bueno venía desde hace tiempo persiguiendo la pista de este mito oscurantista y confuso del final del milenio, de este «teorema filosófico» que ahora nos entrega.

Como todo teorema bien construido, una vez entendido, parece sencillo y brillante, evidente en sí mismo: lo único que sentimos al contemplarlo es no haberlo descubierto nosotros. Pero, como digo, su invención fue costosa y su construcción llevó mucho tiempo y trabajo.

Bueno no es un pedagogo ni un psicagogo: es un descubridor, un inventor de «teoremas filosóficos». Otra vez es necesario recordar que no pinta el que quiere sino el que puede y que la libertad para inventar no es un derecho (democrático) sino una virtud.

{Tomado de La Nueva España, Gijón, viernes 14 de febrero de 1997, página 9.}



José Ignacio Gracia Noriega,
Gustavo Bueno y el mito de la cultura

(La Nueva España, 4 de marzo de 1997)

Voy a ver a Gustavo Bueno a Niembro. El perro, como me conoce, me permite la entrada en la finca, moviendo el rabo; pero como compensación por tanta amabilidad agarra una rama con la boca y me la pone en la mano, para que se la tire; se la tiro, el perro corre detrás de la madera, la recoge y vuelve a traérmela; a ladridos, me anima a que vuelva a tirársela. Y así nos pasamos media hora, sobre poco más o menos.

Gustavo está en el gran salón que es antesala de la biblioteca. El fuego arde en la chimenea, a sus espaldas. Carmen se levanta para correr las cortinas e impedir la entrada de la noche, y nos ofrece té. A Gustavo no le hace muy feliz el té y en su casa se toma más bien a causa de un pariente que estuvo en Inglaterra. Otra vez el mito de la cultura. Se identifica el té con Inglaterra, y, sin embargo, Samuel Pepys nos informa en sus Diarios de que en su época (siglo XVII) esa bebida apenas era conocida: él anota la primera vez que lo bebe y, aunque era un buen gastrónomo, no sale entusiasmado de la experiencia. Quien sí está entusiasmado es Gustavo, porque acaba de decirle Vaquero que se agotó la primera edición de su libro El mito de la cultura (Editorial Prensa Ibérica, Barcelona 1996) al mes de aparecer en las librerías. Con lo que ingresa en ese club reducidísimo, al lado de Corín Tellado, María Luisa García y José ramón Gómez Fouz (por cierto, buen amigo de Gustavo), de asturianos que agotan las ediciones de sus libros. Ciertamente El mito de la cultura tuvo una gran repercusión en la prensa nacional, y Gustavo señala como muy favorable un artículo firmado por José Luis Gutiérrez en ABC, donde se califica esta obra de «luminoso y monumental ensayo». Me interesa destacar lo de «luminoso», porque, a veces, quienes no le comprenden, le reprochan a Gustavo que sea oscuro; y aquí podría aplicársele el verso de Saint-John Perse, deAmers: «Le llamaban el oscuro, pero sus palabras eran de luz.»

Las críticas, tan favorables, a El mito de la cultura demuestran que ese «mito» está perfectamente vivo, y que, como vaticina Gustavo, tenemos «mito de la cultura» para quinientos años o más. Muchos no estarán de acuerdo con sus planteamientos, pero no se atreven a discutírselos, lo que demuestra que el «mito» de Gustavo es poderoso. Y su punto de partida es en extremo brillante: la Cultura sucede a la Gracia en esta época de secularización. Atacar una «obra de cultura» como es «El mito de la cultura» puede ser herejía. Pero Gustavo hace su crítica con rigor, y es más valiosa (y valerosa) debido a está época consumista en que estamos. La Cultura no es santificante, como la Gracia, sino simple objeto de consumo (en ocasiones sonrojante, como los «cantautores», etcétera). Las páginas dedicadas al «mito de la identidad cultural» son realmente extraordinarias, porque sus consecuencias ahí las tenemos en forma de celtistas, «aberchales», bableros y demás tropa. La cultura no sólo es el opio del pueblo, sino el pretexto de utopías disparatadas. Alguien, a este respecto (me dijo Gustavo), le preguntó, después de haber leído el libro, si estaba en contra de la cultura de los mayas: lo que implica una lectura (o unas entendederas) bastante extraña.

El «mito de la cultura» es activo, funciona. Gustavo tuvo un profesor que llegaba a clase y decía: «Señores: tres grandes pensadores tuvo la filosofía de Occidente: Aristóteles, Kant y al tercero me lo callo, por modestia.» Entonces los alumnos (entre ellos Gustavo, claro es) se levantaban y decían: «¡El tercer es usted, maestro, es usted!» Y el catedrático, con gesto resignado, concedía: «Sea, ya que ustedes lo dicen, soy yo.» También recordamos al famoso filósofo Morgenhausen, sobre quien Juan Cueto escribió un divertido artículo en Asturias Semanal. Morgenhausen era una invención, probablemente de Alfredo Deaño; cierta vez le hablaron de él a un conocido filósofo y entrañable amigo, y el viejo maestro, que comulgaba plenamente con el «mito de la cultura», «picó»: ¡claro que había leído al inexistente Morgenhausen! En cambio, Gustavo Bueno se limitó a decir: «Qué interesante; pero no oí hablar de él.» Con esa respuesta yo creo que Gustavo puso la primera piedra de lo que treinta años más tarde sería El mito de la cultura, libro excepcional e imprescindible.

{Tomado de La Nueva España, martes, 4 de marzo de 1997, página 29.}

FUENTE: Proyecto Filosofía en español http://www.filosofia.org/gru/sym/syms003.htm

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