Hay cambios, no posconflicto

 En cincuenta años en Colombia ha cambiado la edad de la gente, se ha modificado la pirámide poblacional. Hay más jóvenes y más viejos, nace mayor número de personas de las que mueren. Los viejos se han muerto más viejos pero aumentó el número de jóvenes asesinados. cambio la forma de recibir al que nace y despedir al que muere, pero no cambio la forma de matar, de asesinar, del corte franela, la decapitación y la terrorífica policía chulavita de hace cincuenta años se pasó al descuartizamiento, la mutilación y la barbarie de los ejércitos paramilitares.
Los campos de cultivo y de vida campesina fueron arrasados con bombardeos y fumigaciones de exterminio que dieron lugar a la prosperidad de pastizales, lugares de recreo y fincas de preparación de sicarios, mercenarios y ejércitos privados al servicio de elites políticas, mafias y paramilitares. Cambio el color de las aguas gracias a la contaminación sin freno producto de la prosperidad de trasnacionales y productores de cocaína, pero también se le cambio su sentido de agua sagrada, dejando de ser un bien público colectivo para ser mercancía con dueño, con propietario.
Cambiaron las ciudades y sus colores, se crearon inmensos cordones de miseria y la pobreza fue encerrada entre basureros y prosperas empresas contaminantes y explotadoras. Los antiguos caminos se convirtieron en pésimas carreteras. Se multiplicaron las cárceles para encerrar pobres y batallones para formar a otros pobres encargados de defender patrimonios y dar seguridad al capital en nombre de la democracia, la libertad y el orden. Cambio la forma de vivir en casa de barrio por conjuntos de edificios y los parques, andenes y antejardines públicos de las casas fueron anexados a negocios privados. De las letrinas se pasó a los cuartos de baño y de las estufas de carbón a las eléctricas y de gas. Cambiaron los valores de las cosas y prácticamente a todo se le puso precio, un vaso de agua cuesta igual que un litro de gasolina y un semestre de universidad privada lo que gana un trabajador en un año de trabajo, lo mismo que puede cobrar un sicario por cometer el asesinato de algún opositor político.
En cincuenta años ha cambiado la idea de ser humanos. El estado ha arremetido contra la tabla de derechos conquistados para vivir con dignidad y desmantelado el contenido de derechos asociados al trabajo, a la conciencia y libertades laicas y a la construcción de sujetos políticos y sociales con enfoques críticos, aunque su tarea era garantizarlos, protegerlos. El Estado alentó la destrucción del patrimonio colectivo y vendió a menosprecio ferrocarriles, bancos, empresas públicas, educación, salud y riqueza natural como hace 100 años lo hizo al vender a Panamá por pocos millones de dólares que abrieron las puertas al endeudamiento actual que empeñó la independencia.
Cambiaron los colores de los uniformes militares pero no sus prácticas, los ministros de la guerra dejaron sus vestidos camuflados para vestirse de civil pero fortalecieron la muerte como su proyecto de vida. Cambiaron los nombres de los gobernantes pero no las elites, las familias, ni las políticas trazadas por ellos para sostener la desigualdad, el despojo y el control social. Cambio la manera de mirarse unos a otros a los ojos porque se abandonó la ética y la vergüenza, para imponer el cinismo, la corrupción y el clientelismo que utiliza el hambre como redito electoral. Cambio también la manera de ser pareja, de hacer matrimonio, de bailar, de cantar, de entender a los hijos/as. Cambio la forma de ser estudiante, de ser trabajador, de ser negro, indio, mestizo, de ingresar a la universidad, de acceder al conocimiento, de someter y controlar.
Cambiaron las formas, las técnicas del poder, pero no las políticas que sostienen la vigencia de los conflictos con un ejercicio del poder basado en el terror y en exclusiones. La libertad es una referencia del mercado y la seguridad una técnica de control. Han cambiado los significados del bienestar, del desarrollo, de la ciencia, del trabajo, de la solidaridad, pero se mantienen los problemas que desde hace 50 años le dan vigencia a los conflictos y alientan el odio. La guerra social y la guerra económica, no cuentan en las agendas oficiales salvo para enunciarlas y después negarlas. La desigualdad tiene mayores brechas y la tierra, el territorio y sus recursos que podrían contribuir a la igualdad empobrece y mata. Inversionistas y neocolonizadores la usan como una mina de diamantes que llena sus bolsillos y harán defender a costa de lo que sea. En Colombia, han cambiado las cosas en 50 años pero persisten los problemas que mantienen vigentes los conflictos y mientras eso ocurra, no será posible hablar de posconflicto
Manuel Humberto Restrepo Domínguez
Rebelión
11-11-2013
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