Con motivo de la destitución de Petro

Por: Eduardo Pérez, “Cuadernos de Reencuentro”

Las leyes son un producto cultural de la Humanidad; por tanto, los seres humanos tienen control sobre ellas; son un resultado social y por eso están marcadas por los intereses económicos que priman.

 Sirven para disciplinar a aquellos que perturban la organización ciudadana al infringir el Contrato Social; es decir, las leyes quieren conservan el modelo organizativo que las hizo surgir. Una de las premisas fundacionales de la sociedad moderna, decía que “el Ser Humano, nace naturalmente bueno y la sociedad lo corrompe”. Otra forma de ver las cosas sería entender que el ser humano nace animal por instinto y la sociedad lo forma en lo valores que la inspiran.

 Tiene razón el filósofo neoliberal –teórico, guía ideológico y espiritual de la clase dirigente colombiana- cuando pronunció su famosa y máxima frase: “la corrupción es inherente al ser humano”; pero omitió las condiciones para que esto se cumpla: las de la sociedad burguesa y de la más rancia monarquía oligárquica como la nuestra. Acierta porque es lo más instintivo y animal.

 La ética es también un resultado cultural, pero es producto de la inteligencia;  es decir, no surge por instinto, no nace silvestre, hay que formarla, protegerla, controlarla y practicarla como norma y base  de la sana convivencia ciudadana, en las sociedades que quieran perdurar y vivir en el respeto; aplicable no sólo entre sus miembros, sino también con el hábitat natural que los sostiene.

 Dado el carácter cultural y social de la ley, marcada así por los intereses de la clase dominante, no puede aparecer el señor procurador diciendo que decide bajo leyes imparciales, que obra en derecho puro, simplemente porque esto no existe en una sociedad de clases. Su acción sacionatoria tiene un innegable carácter político, que busca cerrar las vías democráticas a la diversidad del pensamiento social y que niega el derecho del ser humano de querer trascender y mejorar.

 En palabras de Paulo Freire en la Pedagogía del Oprimido:

 “Toda situación en que, en las relaciones entre A y B, A explote a B, A obstaculice a B en su búsqueda de afirmación como persona, como sujeto, es opresora. Tal situación, al implicar la obstrucción de esta búsqueda es, en sí misma, violenta. Es una violencia al margen de que muchas veces aparece azucarada por la falsa generosidad a que nos referíamos con anterioridad, ya que hiere la vocación ontológica e histórica de los hombres: la de ser más.

 Una vez establecida la relación opresora, está instaurada la violencia. De ahí que ésta, en la historia, jamás haya sido iniciada por los oprimidos. ¿Cómo podrían los oprimidos iniciar la violencia, si ellos son el resultado de una violencia?¿Cómo podrían ser los promotores de algo que al instaurase objetivamente los constituye?

 No existirían oprimidos si no existiera una relación de violencia que los conforme como  violentados, en una situación objetiva de opresión.

 Son lo que oprimen, quienes instauran la violencia; aquellos que explotan, los que no reconocen en los otros y no los oprimidos, los explotados, los que no son reconocidos como otro por quienes oprimen.

 Quienes instauran el terror no son los débiles, no son aquellos que a él se encuentran sometidos sino los violentos, quienes,con su poder, crean la situación concreta en la que se generan los “abandonados de la vida”, los desharrapados del mundo.

 Quien instaura la tiranía no son los tiranizados, sino los tiranos.

 Quien instaura el odio no son los odiados sino los que odian primero.

 Quien instaura la negación de los hombres no son aquellos que fueron despojados de humanidad sino aquellos que se la negaron, negando también la suya.

 Quien instaura la fuerza no son los que enflaquecieron bajo la robustez de los fuertes sino los fuertes que los debilitaron.

 Sin embargo, para los opresores, en la hipocresía de su falsa “generosidad”, son siempre los oprimidos –a los que, obviamente, jamás denominan como tales sino, conforme se sitúen, interna o externamente, denominan “esa gente” o “esa masa ciega y envidiosa”, o “salvajes”, o “nativos” o “subversivos”-, son siempre los oprimidos, los que desaman. Son siempre ellos los “violentos”, los “bárbaros”, los “malvados”, los “feroces”, cuando reaccionan contra la violencia de los opresores.

 En verdad, por paradójico que pueda aparecer, es en la respuesta de los oprimidos a la violencia de los opresores donde encontraremos el gesto de amor” (pags 36-37)

 Existen además leyes “naturales” como por ejemplo, algunos de los llamados divinos mandamientos que buscan también la convivencia entre las personas: “no matar”, “no jurar en vano”, “no robar”, “amar al prójimo”, que son universalmente válidos, pero que no son practicados y son olvidados por los que ven la religión sólo como un rito y no como una doctrina. Los que desconocen lo humano, les fastidia el bienestar de los pobres, no les gusta una Bogotá Humana, pero sí las misas en Latín, que son elegidos fraudulentamente, con corrupción, ofreciendo prebendas, que juran su cargo en vano y luego quieren aparecer como muy piadosos. Señor inquisidor, la lucha es contra la corrupción.

 En el Siglo XVIII, a los líderes Comuneros los descuartizaron luego de las Capitulaciones ante el arzobispo Antonio Caballero y Góngora, todavía hoy se descuartizan líderes campesinos, sindicales, indígenas, estudiantiles, cívicos, políticos; los que sobreviven, se vuelven víctimas de monseñor Ordoñez; poco ha cambiado el país desde entonces. La inquisición sigue funcionando.

 La tartufa monarquía oligárquica que gobierna a uno de los países más inequitativos del mundo, y el más de América Latina, no deja modernizar las estructuras políticas y administrativas de Colombia y la mantiene en el atraso social.

 Es bueno que ahora que se discute en futuro salario mínimo, la población entienda que en esta sociedad, los que “camellan” tiene que pasar por el ojo de una aguja y a los ricos los entran al reino de los cielos, así sea por la puerta de atrás, como en la casa de Nariño.

Esperamos tres cosas para las próximas elecciones: 1) Que los demócratas se presenten con un candidato único para la Presidencia, 2) Que se elaboren listas conjuntas para todos los cargos públicos del país y 3) Que el pueblo cobre los atropellos, en las urnas. Que se saquen lecciones de todos estos acontecimientos. Es necesario cambiar a toda la clase dirigente en Colombia, si queremos tener participación en el futuro de la humanidad.

Por: Eduardo Pérez, “Cuadernos de Reencuentro

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