Carmen Castillo

Carmen Castillo “El misterio es desde dónde surge el bien”

Carmen Castillo

Su nombre bordea el mito y desde esa perspectiva, la documentalista rearma sus recuerdos y hace una dolorosa pero valiente revisión de la tragedia que terminó con ella gravemente herida, y su compañero Miguel Enríquez muerto. En Calle Santa Fe, Castillo indaga cómo en medio de la muerte y la abyección, los pequeños gestos cotidianos dan sentido a la vida. Y a su filme. (Foto: Les Films d’Ici)

Por Jorge Letelier

Lea además… Crítica a Calle Santa Fe


En más de una ocasión las carreras de los documentalistas Carmen Castillo y Patricio Guzmán han caminado por sendas muy parecidas. No sólo ambos han construido sus respectivas carreras reflexionando sobre el golpe militar y sus consecuencias a distintos niveles, sino que se han dado a la difícil tarea de ser algo así como una conciencia que impide que olvidemos tan aciagos días. Pero mientras uno (Guzmán) ha hecho una larga crónica desde la condición de testigo (de la experiencia socialista, del golpe y el exilio), la otra lo ha hecho desde una perspectiva más íntima: como víctima. Sobreviviente de la emboscada que dio muerte a su pareja, el Secretario General del MIR Miguel Enrquez, el 5 de octubre de 1974, Castillo ha dedicado su trayectoria como cineasta a explorar los mecanismos donde el mal toma forma. Si Guzmán lo describe en la forma de una consecuencia, Castillo lo experimentó e intenta exorcizarlo.

En ese sentido, Calle Santa Fe es la culminación de una serie de obsesiones, pero a la vez, como la misma autora lo reconoce, un punto de necesaria inflexión que le permitió mirar su propia experiencia y la del país desde una perspectiva opuesta. “El pasado se entiende como un monstruo o una obsesión cuando hay trauma, tragedia, muerte o tortura. Pero también puede ser entendido como un presente”, explica. Y en ese presente es que este filme aplaudido en Cannes y el pasado Sanfic cobra sentido. Porque la memoria se desplaza y adquiere vida en función de hallazgos impensados, que son el núcleo de este trabajo.

-¿Cómo se organizan los recuerdos?

-Los recuerdos son involuntarios, la voluntad no interviene para nada. A veces te agarran desprovisto, a veces son desagradables, a veces te cobijan. La filosofía me ha servido más que el sicoanálisis. Henry Bergson, Gilles Deleuze, Félix Guattari son 3 pensadores de la memoria y el tiempo que me han ayudado a concebir y vivir mi vida en esta suerte del devenir en que el pasado, el presente y el futuro es un continuo, y que implica que la memoria es viva y no un peso. Esa memoria, de los años 60 al 74 es un tiempo que en mi vida se ha ido moviendo según lo que he estado viviendo en el presente, y ha pasado por distintas iluminaciones. Desde el 75 empiezo a reflexionar en torno al mal, desde la escritura y luego el cine, intentando acercarme a ese misterio, al qué sucede con esa máquina de matar que es la lógica de las desapariciones, de las torturas, qué sucede con las casas clandestinas, quién es el torturador. Mi memoria ha vivido conmigo y no siempre ha sido la misma. Ha sido la materia de mi escritura y el cine siempre, aunque haya tocado temas como el bolero (El bolero, una educación amorosa) o El astrónomo y el indígena. La memoria no es un equipaje pesado sino que se va alivianando o se pone más pesada de acuerdo a dónde vas.

-¿Y qué pasa en concreto con los recuerdos ese 5 de octubre de 1974?

-Ese día 5 de octubre tengo recuerdos fragmentados. Es el día de la muerte de Miguel Enríquez en combate y la ruptura de mi vida como mujer libre. Yo digo, ahí muere una mujer libre, y lo que va a venir después es una larga reconstrucción a partir de la hecatombe. ¿Y qué sucedió entre la 1 menos cinco y las tres de la tarde? Ese hecho no es el tema de mi película, no es la visión policial de ese día, no es la biografía de Miguel Enríquez ni es la historia del MIR, es mi historia personal que traspasa 30 años interrogándose sobre todo aquello, y encarnándose en voces colectivas.

-Esas voces colectivas representan muchas veces un perfil desconocido, el de la gente común, alejados del mito.

-Yo me doy cuenta después, pero existía la versión del MIR y la versión de los militares sobre ese 5 de octubre, pero no existía la versión de la gente y los vecinos van a encarnar eso, la de la gente normal, de San Miguel, y que van a vivir ese día con nosotros. Es un hecho histórico para ellos y lo recuerdan. ¿Pero qué recuerdan?: una pareja, niños, una mujer embarazada, que compra cigarros que no son los que se compran en el barrio. Yo filmé en directo la calle Santa Fe el 2002, con Sebastián Moreno (camarógrafo) y Boris Herrera (sonidista). Todo lo que tiene que ver con la calle y los vecinos están filmados el 2002, porque yo estoy filmando El país de mi padre. En ese momento, mi amiga Silvia me dice “tienes que venir a la calle Santa Fe porque los vecinos se acuerdan de todo”. Yo había estado en esa calle muchas veces pero sin entrar, desde lejos y en silencio. Si había saludado a una vecina, Gladys, pero nunca me había detenido a nada.

-¿Cómo fueron esas primeras visitas?

Carmen Castillo con Manuel Díaz

-La primera fue de lejos y de noche, en 1987, cuando regreso por 15 días después que mi padre logra obtener una autorización. Pero tengo miedo de aproximarme y miedo de que me pase algo. Y desde ese año voy. Cuando filmamos La flaca Alejandra, el 92, me parece más evidente la imposibilidad de entrar en el recuerdo. El recuerdo se queda allí distanciado de ti misma, golpeo pero no puedo entrar. El 2002 estaba con Sebastián y Boris, y les digo vamos a cambiar el plan de rodaje y vamos a ir a Santa Fe. En ese momento pienso que lo voy a ligar a la película de mi padre. Y les digo filmen todo. Ahí ves la calidad del encuadre y la movilidad que toman. Y cada regreso es muy cansador para mí. Fuimos 7 veces, cada una de esas veces sucedió algo. Pero cuando sucede el encuentro con Manuel Díaz, el vecino, mi memoria va a dar un salto. Allí comienza Calle Santa Fe como película. Es el detonador. Eso va a producir el deseo de mi parte de ir a buscar a aquellos que me salvaron la vida y donde por primera vez la motivación va a ser que los gestos de bien son mucho más interesantes que el mal, que es una figura banal, intercambiable. Da lo mismo (Miguel) Krasnoff ni (Marcelo) Moren Brito, son iguales, no me interesan las biografías de esos señores, en cambio sí me interesa quién es Manuel Díaz y quienes son cada uno de los combatientes miristas que deciden resistir, eso me parece más interesante.

-Un vecino te desarma un imaginario de años.

-Completamente. Me da vuelta un interés intelectual y por ello artístico. Estamos acostumbrados a películas sobre la perversión, que aparecen como algo tan interesante. Yo pasé mucho tiempo pensando en cómo funcionaba el torturador como figura. Personalmente creo que el mal está primero, y el misterio absoluto del hombre es desde dónde surge el bien. No como hacer el bien sino como el acto de rebelarse ante una situación que aparece como fatal. El acto de decir a pesar de la balacera, de los helicópteros, yo voy a atravesar la fila porque esa mujer que está botada en el suelo lleva desangrándose bastante tiempo y se está muriendo y hay que hacer algo. Ese gesto, la respuesta de ese hombre (“era algo normal”), eso me va a permitir escuchar la leyenda que surge en calle Santa Fe, que es cuando él dice que Miguel Enríquez salió, camino hacia allá (la esquina) y regresó (a la casa). Operativamente, en el contexto militar no calza, pero él lo vio. La memoria popular va a darle una figura a Miguel Enríquez de humanidad, ve que ese hombre regresó a la casa porque había una mujer herida y embarazada. Los vecinos encarnan el punto de vista de la gente y construyen la leyenda, y la leyenda es siempre más importante que los hechos policiales.

-La gran cantidad de testimonios no están identificados en el documental, es como un mosaico de voces que puede confundir.

Fernando Castillo Velasco en Calle Santa Fe

-Las voces que intervienen no están definidas por un nombre debajo. Es una decisión porque se trata de qué importa si le pones Gladys Díaz o Andrés Pascal si la película es universal, si va a salir en Francia, en USA. Lo que importa es que el cuerpo de ese sobreviviente yo lo filmé de manera en que tú sientas los silencios, la emoción y quede en la estructura del documental lo que ellos me van contando. Como decía Richard Peña (Director del Festival de Nueva York) cuando presenta Calle Santa Fe, es que construye una narración, un relato. Entonces construir un relato en base a tres líneas de estructura es muy complicado. Hay un trabajo de edición del carajo y eso terrible decidir en qué momento este coro de protagonistas van a ir haciendo avanzar la historia. Nunca utilizo una entrevista dos veces, y eso no sólo por lo qué dicen sino por cómo lo dicen y en qué circunstancias lo filmé. Si pongo dos veces la entrevista a Pascal, filmadas en un contexto determinado, no hago avanzar la narración. Es como una ficción, tú nunca ves –salvo que sea un flashback- a un actor en una misma circunstancia diciendo dos cosas que tienen que ver con una temporalidad distinta. Este documental en ese sentido es una construcción narrativa dramática de ficción, que tiene que contar una historia sin que el espectador vuelva atrás porque utiliza dos veces la misma entrevista. Entonces da lo mismo quién está hablando, tengo que lograr una rigurosidad en lo que dejo, lo que pongo y en cómo lo hago, para lograr el ritmo emotivo, ya que todo el trabajo está construido desde la emoción. Si junto la línea emocional (la narración mía, poética), y la línea informativa cronológica, con cada instante de la historia del MIR, me queda una película que es una narración construida a la manera de una ficción.

-Pero la ausencia de referencias puede desorientar a los espectadores más jóvenes.

-Hay dos cosas. Yo apuesto por privilegiar esta estructura emotiva y decido desde un comienzo que no vendrían los nombres, porque va a haber este especie de gran momento final en que en esta épica histórica se va a saber que todos fueron detenidos, torturados, expulsados, estuvieron presos, regresaron, y vas a tener una acumulación de información de los protagonistas que son las voces que encarnan a los combatientes. Ahí hay un flujo. Al inicio cuesta porque estamos acostumbrados a la televisión. Y segundo, apunto a un público en Europa que son los jóvenes, pero no los de 25, sino que los de 17. Esta película fue comprada por el Ministerio de Educación Francés para pasarla en los liceos, dentro de los estudios obligatorios de los jóvenes que estudian español e historia. A los jóvenes se les olvida si al segundo siguiente tienen otro nombre, entonces tienen que escuchar.

-Una de las cosas que marcan un punto de inflexión con otros documentales similares, como los de Guzmán, es la autocrítica. En algunos momentos es bastante fuerte, tú te haces preguntas que ponen en perspectiva toda una vida pensada en un ideal, como si valía la pena hacer todo esto, valía la pena separarse de los hijos. Y haces preguntas esenciales a tu propia militancia.

Miguel Enríquez y Carmen Castillo

-No me planteo así porque esa manera de ver la historia, esa manera de ver el pasado paraliza. No puedo pararme frente a mi propia vida y decir “siento mucho tal cosa, debería haberlo hecho de otra manera”, porque me lleva a la depresión. En el fondo no hay alternativa, uno hace lo que tiene que hacer en el momento determinado. Decidir quedarme en Chile el 11 de septiembre de 1973 es una evidencia, no había alternativa, era nuestra condición como militantes. La película trata de enfrentar con crudeza decisiones que fueron erradas, pero no me las planteo a nivel personal, como si debería haberlo hecho de otra manera. Trato de entender en qué momento las cosas se fueron encadenando para llegar a eso, el hecho de dejar a los niños, en qué momentos los militantes vamos configurando destinos de vida que nos llevan a eso. Lo que sí, es que no podemos esconder la responsabilidad que tenemos en el sufrimiento que causamos a otros: a los niños, a nuestros padres, a otros compañeros. Ahí démosle de frente. Desde que llegué al exilio estoy luchando porque el culto a la muerte, el culto al sacrificio, la lógica del torturador no impregne al exilio, no nos conduzca al suicidio, a no destruirnos a nosotros. Pero no lo puedo hacer creyendo que deberíamos haberlo hecho de otra manera.

Por ello, esta película requiere el máximo de crudeza, el máximo de visión crítica sincera, con la convicción de que valía la pena. Porque más allá de todas las derrotas, la memoria de los vencidos es la que hace la historia. Y son figuras como la de Miguel Enríquez las que configuran la historia en Chile, y es el MIR, más allá de su derrota, la que le da consistencia a la imagen de Chile. En las épocas peores, durante el 77 o 78, la llamita de la resistencia que existía implicaba toda la solidaridad del mundo, porque si aquí no había nada, sólo ricos y militares, ¿cómo avanza esto? Creo profundamente que los vencidos son los que dan la energía. Mientras que la situación de opresión continúa, la memoria de los que fuimos vencidos porque luchamos desde su lado, no descansa.

-¿Quién es Miguel Enríquez hoy? ¿Cómo convives con él en tu cotidianidad?

-Miguel es un poco como viven a los muertos los mexicanos, qué comen, qué toman, Luego pasa el período más doloroso de la ausencia, que es necesario. Lo que a mí me importaba es la figura en que la sangre de los muertos empieza a circular por tu sangre, en mi energía. Miguel forma parte de mi ser, y no es una frase. Hay que entender cuando con tus manos, con tu cabeza, piensas con ellos. Dejan de ser un fantasma, dejan de ser muertos que oprimen, para pasar a ser movimiento. La fotografía en blanco y negro de Miguel no está en los muros, está en el interior de las relaciones afectivas que yo tengo con otros. Mis hijos que son hijos de otra historia, como Diego y Tomás, no han sufrido las consecuencias de esta historia como lo ha sufrido Camila, pero ellos tienen en su genealogía a Miguel Ángel, el hermano que murió e hijo de Miguel. Es bien importante porque como el niño existió se produce un lazo con esa historia. Si tú dejas de hablar de Miguel Ángel, como lo hice durante algunos años, es bien traumático. En cambio si lo pones en la circulación de una familia, y ellos interrogan de cómo murió y el por qué, se genera una fluidez. Hoy son adolescentes que tienen dentro de su ser a Miguel –ellos sí tienen afiches de él-, no como el compañero de su mamá sino como el que forma parte de su vida cotidiana y de la epopeya.

“REVISTA DE CINE MABUSE”, enero 04 de 2014

http://www.mabuse.cl/entrevista.php?id=80052

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A PROPOSITO DE CALLE SANTA FE

Por Roberto Doveris

El documental de Carmen Castillo exige ser leído como un proceso, un extenso viaje que hace la autora por los recovecos de la memoria y que paulatinamente va derivando hacia otros lugares diferentes, espacios narrativos en donde la historia política y cultural de un país se va delineando y entrelazando con una experiencia personal y compleja que invita a reflexionar. Es así como de la más profunda intimidad se pasa a la investigación documental, del material de archivo a la reflexión, desde una entrevista a una abierta declaración de principios, desde una exhaustiva revisión de hechos hasta el registro de las consecuencias que la misma realización audiovisual tiene sobre la directora, su entorno y sus entrevistados. Es esa pluralidad de modos, multiplicidad de líneas narrativas que se superponen y entrecruzan, el mayor logro de este documental, y al mismo tiempo, el riesgo de generar una sobrepoblación de voces y miradas que pueden llegar a jugar en contra en determinados momentos.

La historia de Castillo está fuertemente marcada por el asesinato de su esposo Miguel Enriquez, secretario general del MIR durante el gobierno de la Unidad Popular y más tarde en dictadura. Embarazada y en una escalofriante vulnerabilidad es enviada al exhilio y su vida adquiere un sentido completamente diferente. Es desde el recuerdo que comienza la penetrante voz de Carmen a intentar describir esa posición incierta en la que se mueve cualquier expatriado: sabor a desarraigo, un extrañamiento consigo misma y con su identidad, no saber si es aquella mujer que ve morir a su esposo con la cual se identifica o la Carmen del presente que se adentra en esta reconstrucción como una ausencia, como si no fuera ella ese cuerpo que vuelve de Francia para dirigir este documental. Es esa oposición pasado-presente la que se constituirá médula de la narración en ‘Calle Santa fe’, y es dentro de esa línea que lo primero que hará Carmen Castillo será ir a aquella casa en San Miguel en la que vivió oculta con su esposo y su hija durante un año. Intentando armar un indescifrable rompecabezas comenzará a hilar los detalles imborrables, pero difusos, de aquel 5 de octubre en el que allanan su hogar, asesinan a su esposo y la dejan malherida. Desangrándose por la explosión de una granada y casi inconciente, posee vagas imágenes de aquel enfrentamiento por lo que la reconstrucción se irá haciendo a través de los testimonios de vecinos que conviveron con ella su clandestinidad y que la auxiliaron en ese álgido momento. Puerta a puerta la directora buscará a aquellos rostros que no veía hace más de 30 años para hacer una recostrucción fragmentada de los hechos y así se va erigiendo comunitariamente un texto que posee varias voces y varias aristas del mismo hecho. En medio de la emoción del reencuentro van surgiendo pequeños atisbos de un sentimiento de hermandad muy fuerte que se explica por las historias de vida que han compartido un momento dado; gente de barrio, personas sencilla que logran traspasar el film con su calidez: inolvidable el caballero que llamó a la ambulancia para socorrer a Carmen, sin saberlo ella siquiera. Su explicación parece simple, pero es profundamente conmovedora: ‘hice lo que tenía que hacer, no más’.

El documental podría haberse quedado en ese micro relato, pero el espíritu inagotable y bastante obsesivo de la realizadora la empuja en una travesía titánica de unir y entrelazar su experiencia personal con la historia política del país. Sin duda ambas cosas están profundamente ligadas, los hechos que fueron puntualizando su vida son en cierta manera consecuencias de su actuar político y de sus decisiones como participante activa en el MIR, sin embargo la narración misma comienza a tener un nuevo matiz. Se trata de una profunda investigación histórica sobre cómo surge el MIR, cuáles fueron sus ideas y su funcionamiento, hacer un tratamiento visual con material de archivo que pueda dar cuenta de la realidad política y cultural de la época y del devenir temporal, es un agudo análisis de la vida en dictadura para quienes militaban en su coalición. Sin embargo muchas veces el tinte comienza a teñirse de partidista, el documental no sólo hace de esta dimensión histórica un referente para poder comprender mejor la situación de Carmen sino que se modifica como dispositivo y comienza otro documental completamente distinto que tiene que ver con las consideraciones políticas y con testimonios que avalan la situación de muchos otros militantes que, al igual que Carmen, se ven obligados a entrar en la clandestinidad en dictadura, son torturados y exhiliados a diferentes partes del mundo. El punto acá es tratar de comprender y reflexionar cómo es que se sobrevive a una situación así, no sólo en términos concretos sino también cómo sobrevive y muta una ideología sobre la revolución, que hoy en día puede sonar tan liviana y de poca contingencia. Es esa potencialidad reflexiva la que se rescata, pensar cómo un pensamiento de izquierda ha tenido que ir modificándose en el pasar del tiempo.

Y es de ese modo como Castillo va indagando, a través de una investigación muy extensa, entre los materiales dispersos, entre los testimonios de sus cercanos, en el mismo seno de su familia que poco tenía que ver con la clase social que su pensamiento defendía. Su afán de poder abarcarlo todo la lleva a poder mostrar varias aristas de un mismo problema enriqueciendo la discusión y modificando su punto de vista a medida que avanza en este proceso. Y en ese sentido surgen los pro y los contra: resulta enriquecedor sin duda que el hilo conductor de ‘Calle santa fe’ sea la búsqueda de Carmen y que ésta vaya siendo interpelada por la realidad a la cual se enfrenta, sobretodo respecto a cómo ven su situación su padre y madre, cómo comparte historias semejantes con sus amigas de lucha, cómo es que en virtud del MIR Carmen deja a su hija en un internado cubano sin verla durante años, cómo intenta recuperar esa casa para el provecho de los jóvenes de izquierda de hoy en día y ellos no muestran interés alguno, cómo es que ella choca con un país al que no reconoce y que no la reconoce a ella. Incluso en ese punto Carmen llega a parecer ante nosotros como un personaje perdido y desadaptado, pero insiste nuevamente en la verdadera necesidad de su lucha, y no puede ser de otra forma tomando en cuenta su experiencia. Sin embargo, en virtud de argumentar y contrargumentar se va diluyendo su punto de vista en ciertos momentos y es un gran desafío para el espectador tener que seguir una focalización múltiple que se encarna en personajes muy diversos y que no siempre logran engancharse a este viaje personal de Castillo, sino que aparecen en función de otra cosa, un proyecto mucho más pretensioso que espera poder narrar la historia política de un país. Sin embargo Carmen probablemente no pensaba en un análisis político propiamente tal, sino más bien en delinear las causalidades y conexiones que hay entre el devenir histórico de Chile y su vida íntima: en esa narración es que comienza a ver otras cosas y otras posibilidades que finalmente incorpora a ‘Calle santa fe’, por lo que podríamos concluir que se trata de un entrecruce de varios documentales posibles, cada uno con su relevancia y su pertinencia, pero que no siempre resultan congruentes. Pero en definitiva es normal, durante las tres horas que dura el documental es evidente que a momentos la necesidad de ciertas imágenes serán puestas en duda dependiendo dónde nuestra mirada de espectador ha puesto el punto de enfoque, aunque ciertamente ella como personaje es una presencia sumamente fuerte.

Es ese uno de los aspectos más interesantes de ‘Calle Santa Fe’, porque se produce una implicancia entre el espectador y las emociones que recorren a Carmen: se pregunta al inicio ‘¿Tendrá sentido para alguien que no sea yo?’ e inmediatamente entramos en su lógica interrogativa, contemplativa y reflexiva; en esa pregunta astutamente la directora nos implica en su búsqueda. Las imágenes del inicio también ayudan a poder ingresar en su subjetividad con una poética del recuerdo, voz e imágen traen consigo texturas y sensaciones, un espacio habitado por una familia que es violentada en su intimidad. Esa sutileza es la que hace que las siguientes escenas ligadas al documento expositivo y de argumentación sean percibidas aún más crudamente: otras mujeres comprometidas con una causa y sacrificando el pellejo por sus ideales. No somos nadie para juzgar lo correcto o lo incorrecto en este caso y tampoco es la idea, sólo podemos entrever ese sentimiento de hermandad y de necesidad que hubo en una época y que murió con ella, y ciertamente con el acallamiento general producido por la dictadura. Así lo corrobora la propia Castillo intentando revivir un movimiento que no tiene adeptos y que no tiene oídos dispuestos para escuchar su mensaje, el contexto es otro y el país es otro. Y es una lástima porque es evidente lo distinto que sería culturalmente Chile sin esas voces silenciadas; las personas expatriadas que van apareciendo en la búsqueda de Carmen son ciudadanos instruídos, apasionados, reflexivos y críticos, precisamente lo que escasea en el horizonte nacional. Muertos en su mayoría, el golpe militar y la problemática de los detenidos desaparecidos adquiere un nuevo sentido para nosotros que estamos obligados a enterarnos de estas cosas a través del archivo. Patricio Guzmán hizo lo suyo, pero no logra perpetuar una cercanía ni poder desplegar un espacio de discusión tan amplio como lo hace ‘Calle santa fe’ en relación con una generación joven, absolutamente ajena políticamente hablando, que sólo puede reconocer consecuencias y huellas.

El valor de este documental está en su mirada múltiple que toma en consideración el presente. Estamos saliendo de un siglo que vio caer al piso todo tipo de ideologías sociales, en un contexto en el cuál parece haber más desintegración que centro, más superposición cultural que identidad propiamente tal. Es así cómo ‘Calle Santa fe’ logra construir un territorio que no estaba definido, sobre el cual podernos identificar, comprendernos y entender las lógicas que operan en nuestro país. Nacidos en medio de la restauración democrática cualquier situación política diferente nos resultan extraña y lejana; pero ahí están los protagonistas de una lucha, una verdadera batalla, que hoy en día posee exactamente la misma urgencia y contingencia. Resulta extraño pensar cómo, después de esto, ser o no de izquierda siga siendo un problema.

“LA FUGA” http://www.lafuga.cl/a-proposito-de-calle-santa-fe/118

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