Las elecciones del 25 de mayo en Colombia: Entre la derecha y la extrema derecha

Por: Ricardo Montes “Cuadernos de Reencuentro”

Las elecciones presidenciales de este domingo en Colombia lo único que hacen presagiar es que continuaremos por la oscura senda que han trazado la derecha y la extrema derecha para los próximos años.

Sus programas de gobierno son, esencialmente, similares, toda vez que, se sujetan a una relación de continuidad desde hace años: la aplicación de las recetas del Banco Mundial y el FMI impuestas por el imperialismo norteamericano en el Consenso de Washington, la implementación de los TLC, el favorecimiento con pocos controles a la inversión extranjera, principalmente de capitales provenientes de E.U. y Europa, con un énfasis muy fuerte en el extractivismo.

La gran contradicción que se exhibe en la actual campaña electoral está, aparentemente, relacionada con los contenidos de los diálogos de paz del gobierno con las insurgentes FARC en La Habana.

Mientras para el uribismo, el gobierno le está poniendo en bandeja de plata el país a las FARC, cobijándolos con impunidad, el gobierno afirma que lo que se busca es que las FARC se desmovilicen y, sin impunidad, se reintegren a la sociedad como fuerza política con las debidas garantías. De hecho, la negociación ha estado enmarcada dentro de cinco puntos cerrados, de los cuales ya se han acordado tres y, aunque no se conocen puntualmente, podría decirse que es poco lo que afectarán la estructura del estado y, prácticamente nada, el modelo de desarrollo neoliberal. Las FARC mismas son conscientes de lo estrecha que es esta negociación y, es por eso que, insisten en la necesidad de una Asamblea Nacional Constituyente, que pudiera abrir el paso a transformaciones de mayor envergadura. El gobierno, por su parte, tiene la posición inamovible de que lo que se está negociando en La Habana está encerrado estrictamente en esos cinco puntos y que esos acuerdos, para completar, serán sometidos a referendo, es decir, a que los electores solo puedan votar “sí apruebo” o “no apruebo”. Es, si se quiere, una negociación con resultados más bien pobres en comparación con las grandes transformaciones que requiere el país y con las reivindicaciones que necesita el pueblo colombiano. Sin embargo, para el uribismo, pareciera ser el acabose.

Pero, el trasfondo parece ser más bien una pugna sin resolver entre dos grandes bloques de poder en Colombia.

El primero, el bloque oligárquico tradicional que ha gobernado históricamente en Colombia, con matices diversos, pero con un profundo pragmatismo a la hora de asegurar el control del poder, como cuando acordaron el tristemente célebre Frente Nacional, para superar la violencia que ellos mismos desataron con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948.

En ese bloque oligárquico tradicional, volvieron a mimetizarse quienes, por las décadas del 30, 40 y 50 del siglo XX, enarbolaron las banderas del fascismo, el nazismo y el falangismo, expresiones más desarrolladas de la extrema derecha mundial y que terminaron derrotadas después de sumergir a la humanidad en la mayor catástrofe de la historia. El mimetizarse, de nuevo, en los partidos tradiciones y fuerzas armadas no significó nunca su desaparición. Al contrario, su actividad siempre se desarrolló de forma camaleónica entre gremios económicos, sectores políticos, militares, organizaciones sociales y su accionar criminal se dijo siempre provenir de “fuerzas oscuras”.

El segundo, es un bloque de poder emergente, surge de una amalgama de sectores muy disímiles: grupos de mafiosos con sus ejércitos privados de sicarios, ejércitos privados conformados como “autodefensas campesinas” por grupos de terratenientes y ganaderos, ejércitos privados financiados por sectores empresariales, personas y grupos provenientes de las guerrillas desmovilizadas, sectores de las fuerzas armadas del estado y de organismos de inteligencia que con su accionar coordinado terminan conformando el paramilitarismo como expresión armada, además de todo su engranaje político conformado por políticos provenientes de los partidos tradicionales y de fuerzas políticas desgranadas de ellos, intelectuales de extrema derecha, individuos y grupos de jóvenes con formación neonazi, sectores ultrarreligiosos, organizaciones sociales ultratradicionalistas, etc, con un gran apoyo financiero e intelectual de entidades de extrema derecha internacional y de los inmensos recursos provenientes del narcotráfico. Ese es el origen del bloque de poder que hoy disputa nuevamente la presidencia de Colombia y que tiene como candidato a Oscar Iván Zuluaga y como principal figura a Alvaro Uribe.

Ese es el bloque de poder que algunos políticos tradicionales trataron de minimizar viéndolos como una simple colcha de retazos sin futuro o como una cuestión pasajera y coyuntural. Cuando Uribe ganó la primera elección presidencial en 2002, quizás podía haber algo de razón en esas visiones. Entre la derecha y la extrema derecha son hay unos pasos de distancia y esa distancia se puede recorrer de ida y vuelta con cierta rapidez y facilidad cuando de por medio solo hay pragmatismo, una visión utilitaria del poder y beneficios particulares. Eso propició que el Partido Conservador, un gran sector del Partido Liberal, el partido Cambio Radical y múltiples pequeños partidos políticos conformados previamente, fueran presurosos a apoyar a Uribe durante esos 8 años de su mandato presidencial. Fueron partícipes de dos gobiernos de Uribe que se caracterizaron por sistemáticas violaciones de los derechos humanos, tan criminales que dejaron, según investigaciones de Codhes, entre 1.500 y 3.000 muertos solo en los llamados “falsos positivos”, 7 millones de hectáteas de tierra desalojadas por los campesinos por procesos de desplazamiento forzado, cerca de 400 mil colombianos desplazados a países vecinos por amenazas en Colombia y 5 millones y medio de desplazados internos, de los cuales, 3 millones y medio se dieron en los gobiernos de Uribe y que hacen de Colombia el país con el mayor número de desplazados internos del mundo. Hay muchas cosas más que se conocen de sobra. Pero, allí estuvieron con Uribe no solo los que ahora lo acompañan, sino los miembros de la derecha que ahora son sus “contradictores”. Allí estuvieron apoyando a Uribe muchos de los miembros de la más rancia oligarquía: Juan Manuel Santos, Germán Vargas Lleras, los Gómez Hurtado, los Pastrana, los Turbay, Nohemí Sanín, Martha Lucía Ramírez, por mencionar algunos, pero, también, estuvieron los más poderosos gremios económicos como ANIF, ANDI, SAC, FEDEGAN, entre otros, además de los más poderosos empresarios como Sarmiento Angulo, Ardila Lulle, etc. Y los medios masivos de comunicación haciendo coro en todo momento. Todos acompañaron el “embrujo autoritario” de Uribe. Los perjudicados, los diferentes sectores del pueblo colombiano; obreros, campesinos, líderes populares, políticos de izquierda, demócratas, intelectuales, mujeres, niños, jóvenes fueron víctimas de masacres, torturas, asesinatos, desapariciones, persecuciones arbitrarias, desplazamiento forzado interno y externo, chuzadas, espionaje, falsos positivos, despojo, víctimas de leyes reaccionarias en materia laboral, en salud, libre movilidad, derecho a la protesta y derecho a la libre asociación, irrespeto a la intimidad y sería interminable la lista.

La historia de Colombia ha estado marcada por esos ires y venires de la oligarquía tradicional entre opciones de derecha y extrema derecha. La convivencia y connivencia ha sido norma. Las oposiciones democráticas y de izquierda legal han sido exterminadas y, en los momentos más benignos, han sido víctimas de las más terribles y denigrantes formas de propaganda sucia.

Hoy, de cara a estas elecciones, como se decía más arriba, aparentemente el contenido de los acuerdos de los diálogos de paz son la manzana de la discordia entre la derecha y la extrema derecha. El asunto va más allá. El uribismo soñaba con perpetuarse a través de Santos con una opción de extrema derecha, sin embargo, el bloque oligárquico tradicional precisaba retomar las riendas y el control del poder del estado y se reorganizó en tal sentido. Presurosos retornaron a recuperar y fortalecer su institucionalidad, debilitada por el “unipersonalismo” autoritario de Uribe. La oligarquía tradicional, con Santos, ha asestado los más duros golpes militares a las FARC, más que el propio gobierno Uribe con toda su retórica y práctica militarista; sobre esa base, la oligarquía se juega la opción de negociar con las FARC, a la vez que, le sigue asestando golpes. La estrategia va dirigida no a conceder importantes reivindicaciones para el pueblo colombiano sino a abrir un espacio de participación a la fuerza política que creen las FARC en la democracia burguesa, sin muchos costos para la oligarquía.

Pero, para la extrema derecha el asunto es otro. También se ha reorganizado, su principal carta, Uribe, cuenta con relaciones de primera línea con la extrema derecha mundial, especialmente, la derecha neoliberal de E.U., Europa e Israel; ocupa un lugar prominente y privilegiado dentro de la extrema derecha latinoamericana y está al servicio incondicional de la derecha imperial; no en balde recibió de Bush la estrella de la “libertad”, la máxima distinción que otorga el imperio gringo a civil por su contribución a la “protección de la seguridad nacional de Estados Unidos”. Atilio Borón, conocido investigador y revolucionario argentino denomina a Urbe “el caballo de Troya” de la derecha imperial en América Latina.

El uribismo, según el propio Uribe, no puede seguir siendo un proyecto para las coyunturas electorales. Requiere ser un proyecto político a largo plazo. Por eso, el uribismo se ha agrupado en el Partido Centro Democrático. Sin embargo, sus consignas de exacerbado nacionalismo (huero, abstracto y demagógico) y patrioterismo (no de patriotismo) con un fuerte componente militarista para poder consolidarse necesita tener siempre al frente un enemigo real o imaginario a quien combatir y aniquilar por todos los medios. Con una habilidosa artimaña, convierte las consecuencias de la violencia en causas y las causas en consecuencias. Eso le permite a Uribe convertir a las FARC, en el frente interno, en el supuesto causante de todos los problemas que vive Colombia, y al “castro-chavismo” en el frente externo como el causante de todos los problemas que vive América Latina. En este sentido, el uribismo no puede permitir el éxito de una negociación política con las FARC porque perdería su enemigo interno ni puede permitir el fortalecimiento de relaciones con la bolivariana Venezuela porque perdería su enemigo externo. Uribe, no se olvide, solo puede sostener su proyecto a largo plazo manteniendo la confrontación militar con las FARC y, no se olvide, Uribe solo puede sostener su proyecto, manteniendo a Venezuela como el enemigo externo que hay que controlar y/o destruir a un punto tal que no oculta su irrestricto respaldo a la extrema derecha que en Venezuela ha desatado una ola de violencia sin precedentes desde febrero de este año. No se olvide que hace algún tiempo Uribe manifestó que le faltó tiempo para invadir a Venezuela.

Esos son los dos grandes bloques de poder que nos controlan y que continuarán definiendo nuestro futuro en los próximos años.

Los anhelos del pueblo colombiano de transformación real en sus condiciones de vida y de democratización real del país seguirán engavetados y la izquierda aún no encuentra la llave.

Por: Ricardo Montes “Cuadernos de Reencuentro”

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Una respuesta a “Las elecciones del 25 de mayo en Colombia: Entre la derecha y la extrema derecha

  1. Muy buen análisis de la situación política actual y sus implicaciones

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