La Paz en Colombia significa tranquilidad para la población y para la región

La Paz en Colombia significa tranquilidad para la población y para la región

Por: Eduardo Pérez

Colombia es el país con el mayor número de desplazados internos en el mundo y uno de los más inequitativos; por eso llama la atención el poco avance de las luchas sociales a favor de una alternativa de cambio y que la población no aproveche las opciones electorales para expresarse. Esto ocurre porque se enfrentan múltiples dificultades como la poca credibilidad, la represión, el sectarismo, la separación entre el pueblo y la izquierda, el alejamiento de la filosofía, la acción de los medios de comunicación capitalistas y el bloqueo administrativo a los gobiernos democráticos.

Lo que dicen los resultados electorales de la primera vuelta

  1. La población no votó ni eligió a nadie. Se presentó una abstención del 60%; de un potencial de votantes de 32´975.158 votaron 13´216.402. Las prácticas políticas tradicionales, como el fraude electoral, los sucesos como la destitución del alcalde Petro, evidencian lo que viene expresando la población con la abstención: los procesos electorales no determinan nada, no se respetan, no definen la democracia porque la clase dominante hace lo que sea con los resultados. Un número muy representativo de personas no creen que los votos sirvan para algo y por eso no participan. Ya lo decía Camilo en la década de los sesenta: “el que escruta, elige”, comentario que denuncia el continuo accionar fraudulento de la clase dirigente.
  2. El desgaste de la propuesta de la oligarquía, encarnada en Juan Manuel Santos, que logra apenas el respaldo directo de 3´301.815 personas, que son el 25,69% del total de votos válidos, pero que con respecto al potencial de votantes, representa el 10.01%.
  3. El bloque de sectores de ultraderecha emergentes del narcotráfico canaliza el descontento popular frente a la propuesta oligárquica; obtienen 3´759.971 votos, que representan el 29,25% ; es la expresión de quienes viven del narcotráfico, la extorsión, la corrupción y el robo de tierras, personas engañadas, por regionalismos, derechistas convencidos.
  4. La incapacidad de la izquierda para constituirse en alternativa para los ciudadanos. El narcotráfico también recoge los frutos de su trabajo ideológico de denuncia del modelo oligárquico. Logran 1´958.414 votos para un pírrico 15.23%, en un país de hondas desigualdades, pero también en donde se ha ensañado la represión a los movimientos sociales.
  5. Votos en blanco 770.610,que son el 5.99%. Nulos y no marcados: 364.752 con 2.35%, ambos son también una expresión del descontento con las alternativas electorales.

 El triunfo de Santos no produce regocijo pero sí da tranquilidad

 La oligarquía siempre se la ha arreglado para poner a votar masivamente a la población en “contra de”, ya sea  de la violencia, de los enemigos de la fe, de los narcotraficantes, de los extraditables, de los que quieren desestabilizar al país, de los enemigos de la democracia y de la paz. Nunca se llama a apoyar una propuesta que se destaque por su claridad y beneficio para los pobladores del país; esto por demás no permite tomar una senda del mejoramiento continuo de lo público.

 Este sector dominante, ha mostrado a la vez un gran pragmatismo a la hora de lograr sus propósitos. Puso al narcotráfico como su “Robin Hood”, su defensor, para que le adelantara el trabajo directo de la guerra sucia. Una vez cumplida la tarea, estos, con Uribe a la cabeza, creyeron que era de verdad que les compartirían el poder y que se podían perpetuar en él; aprovecharon para pagarse los favores de la arcas del estado y de la tolerancia con el narcotráfico y el robo de tierras a los campesinos; la oligarquía les dio las gracias y se separó de ellos para que aparecieran como los únicos responsables de los crímenes de lesa humanidad. Así se lavan las manos en un proceso del que fueron beneficiarios directos.

 El accionar del paramilitarismo en contra de la izquierda la ha dejado en tal estado de postración  que se ve obligada a trabajar para que la oligarquía no pierda el poder con los sectores emergentes del narcotráfico. Eso fue lo que sucedió en la segunda vuelta de las elecciones. El triunfo de Santos no produce regocijo pero sí da tranquilidad. Que nadie se llame a engaños, el reelecto presidente, no representa un interés nacional, sino el de la oligarquía y la burguesía transnacional. Así marca al proceso de paz, el cual no puede concebir más que a su manera; no la que realmente necesita la sociedad.

 El conflicto social de 50 años.

 En Colombia la política gira alrededor de la oligarquía que es la que establece el modelo, dice qué es lo legal y lo ilegal, cuándo se debe votar y por quién, qué requisitos hay que llenar para participar en su escenario político, dice cuándo nos da permiso para votar por otro candidato,  previo establecimiento del marco en que ha de moverse.

 Esto afecta hasta la forma de entender el conflicto social, el cual desde su óptica, lleva 50 años y así se acepta en el medio. Desde el punto de vista del pueblo, la lucha y la resistencia llevan 522 años, iniciadas con la invasión europea en 1492; no verlo así es desconocer los continuos levantamientos durante los siglo XVI, XVII, XVIII, XIX y XX, que vieron nacer en Palenque al primer territorio libre en América, liderado por el negro cimarrón Benkos Biohó, el proceso que desencadenó en el movimiento de los Comuneros en 1781, con Manuela Beltrán, Antonio Galán, las guerras de independencia, las ocho guerras y 50 levantamientos en la naciente república del Siglo XIX, la Guerra de los mil días, la masacre de  las bananeras en 1928, el asesinato de los campesinos liberales seguidores de Gaitán en la década de 1940 –que originó la famosa “Marcha del silencio”.

 Lo que pasa es que casi todos estos fueron movimientos de resistencia; es sólo a partir de la década de los 60 del siglo XX y bajo la influencia de las Guerras de liberación nacional en contra del colonialismo y de las triunfantes Revoluciones en Rusia, China y Cuba, que las luchas toman un carácter clasista consciente y se orientan a la toma del poder para establecer un modelo social diferente.

 Existe, entonces, en Colombia una clase en el poder político, incapaz, por su esencia, de liderar las transformaciones democráticas que necesita el país, y un movimiento alternativo reactivo, imposibilitado por sus definiciones y por sus opciones, para cumplir tal cometido. De ese desencuentro de país tenemos un conflicto que nos ha desangrado por 50 años.

Para alcanzar un acuerdo verdadero en la cordura y en la sensatez no puede entenderse la paz como una rendición manipulable. La participación de UNASUR en el proceso, puede contribuir a modernizar las estructuras socio-políticas del país, es en esta alternativa en la que se colocan las esperanzas de un cambio real hacia la democratización.

 No se puede seguir siendo víctimas de las definiciones establecidas a partir de la Guerra fría, -afianzada luego de la segunda Guerra Mundial – que deforman las interpretaciones sociales de lado y lado de los actores enfrentados en la lucha por el poder. Ahí no se puede quedar el pensamiento social. El llamado es a superar el fundamentalismo, paso que siempre ha querido dar la izquierda, de lo que es evidencia la frustrada constituyente de 1991, que paradójicamente marca el recrudecimiento de la guerra sucia, una de cuyas orientaciones es no permitir que la izquierda participe en las elecciones.

 Contrariamente, la derecha extrema no modifica sus posiciones retardatarias y piensa que todos están obligados a pensar como ellos, a sacrificarse por ellos y velar por garantizarles su estilo de vida; siguen vestidos con armadura y adarga y salen a enderezar entuertos y a enfrentar enemigos imaginados o creados; sin la nobleza de Don Quijote ni la sabiduría primaria de Sancho, pero sí rodeados de escuderos hinchados, de poca talla, con un discurso anquilosado y socialmente desenfocado, pero no por eso carente de peligro. Con sus políticas de muerte, disponen de la vida de las personas como si la guerra fuera un juego de paint ball.

 El 60% que no vota ni “participa en política”, tiene que mandar sus hijos a la guerra y pagar impuestos para sostenerla y para mantener a los políticos que a diario les meten las manos en los bolsillos.

 En el capitalismo todo se va organizando sirviendo a los intereses del capital y por eso las cosas llevan la marca de la sociedad burguesa. Así, del trabajo por resolver los problemas de la población, irá surgiendo una nueva sociedad.

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