La mayoría de los medios colombianos han divulgado una versión sesgada- y por lo tanto mentirosa- de la crisis que enfrenta a Rusia con Estados Unidos y la Unión Europea. Aquí el historiador señala y analiza esas mentiras

 

Ucrania: ¿nos interesa?

Medófilo Medina

La mayoría de los medios colombianos han divulgado una versión sesgada- y por lo tanto mentirosa- de la crisis que enfrenta a Rusia con Estados Unidos y la Unión Europea. Aquí el historiador señala y analiza esas mentiras.

Medófilo Medina*

Vino la tregua, ¡salud!

La tregua pactada entre representantes de los llamados separatistas, en su mayoría habitantes rusos del Sureste de Ucrania y representantes del gobierno de Kiev es una buena noticia para la gente razonable en el mundo.

Los doce puntos acordados en Minsk este 5 de septiembre han dejado atrás ya 3000 muertos y un millón de desplazados. ¿Quedarán ahí esas cifras que marcan el horror? No puede ofrecerse una respuesta unívoca, esperanzadora.

El presidente Obama recibió la tregua con abierto escepticismo, el gesto de la señora Merkel fue más bien el de quien recibe una mala novedad, y tampoco se muestran contentos los demás jefes de Estado de la Unión Europea (UE). Al término de la cumbre reunida en Cardiff, el  secretario general de la OTAN anunció la creación inmediata de una fuerza de despliegue rápido con asiento permanente en Polonia, al tiempo que varios países miembros mantendrán tropas adicionales disponibles para desplazarse al este de Europa.

Muy preocupante pero no sorprendente ha sido la resistencia a los acuerdos de Arseny Yatsenyuk, primer ministro ucraniano, un hombre vinculado a las organizaciones neonazis de unos 7 mil paramilitares que han sembrado el terror en Ucrania.  Este personaje había descalificado otra propuesta de Putin para lograr el cese al fuego.  Contrariando la Constitución de Ucrania que excluye la pertenencia a  bloques militares, Yatsenyuk busca  el ingreso del país a la OTAN. El tono del presidente de Ucrania, Pietro Poroshenko, ha sido de cierta mesura.

En los días previos a la tregua, las fuerzas de las autodenominadas República Popular del Donetsk y República Popular de Lugansk habían avanzado hasta las inmediaciones de Mariúpol, la segunda ciudad de la provincia de Donetsk y su principal puerto en el mar de Azov.

Más allá de los acontecimientos actuales, las razones y el sentido de la crisis internacional  que ha involucrado a Estados Unidos, la UE, y la OTAN, de un lado y a Rusia del otro, no se entienden cabalmente sin examinar los hechos desde una perspectiva histórica, tanto de largo como de corto plazo.


Protestas en contra de Putin en Rusia.
Foto: Vladimir Varfolomeev

La crisis

La crisis actual comenzó en 2013, con el movimiento contra el gobierno constitucional  encabezado por el presidente prorruso Viktor Yanukovich. Si bien muchos de los participantes en ese movimiento buscaban fortalecer la relación de Ucrania con la UE y  protestaban contra la corrupción oficial, el ambiente se caldeó bajo  la presión de las milicias armadas por el nacionalismo extremista. Representantes de ONG norteamericanas llegados a Kiev que, según se admite oficialmente, gastaron 5 billones de dólares, tomaron parte activa en la desestabilización. Las formaciones paramilitares neonazis contaron con asesores extranjeros.

El resultado de lo anterior fue el golpe de Estado del 22 de febrero de 2014, que instaló en el poder un equipo de derecha del gusto de Washigton y Berlin y que pugna por incorporar a Ucrania dentro de la OTAN. Encabezados por Yansenyuk, cuatro ministros de orientación neonazi forman parte del gabinete surgido del golpe. Uno de los peores pecados del presidente derrocado fue darle marcha atrás al compromiso con el FMI para adoptar un paquete  de medidas muy severas para la población.

Bajo este marco, en marzo, y después de una consulta popular, se produjo la toma rusa de la península de Crimea. Este paso fue presentado por Estados Unidos y la UE como la prueba de que Putin pretendía anexar a Ucrania como inicio de un plan que incluiría a los pequeños Estados que en tiempos de la Unión Soviética fueron las repúblicas prebálticas.

En verdad Crimea fue parte de Rusia desde 1783. En 1921 Crimea fue proclamada como República Autónoma que hacía parte de la recién creada Unión Soviética. En 1954 fue declarada parte de la República Socialista de Ucrania. Tras la caída de la URSS, Crimea atravesó diversas situaciones y la península estuvo en disputa entre Rusia y Ucrania.

Dadas la trayectoria histórica de Crimea y la decisión de sus propios habitantes, es pues difícil hablar de una anexión rusa.

“La prueba reina”

La situación se vino a complicar con el siniestro del avión de pasajeros de Malasyan Airlines que cubría el vuelo de Ámsterdam a Kuala Lumpur el pasado 17 de julio.

El vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, se apresuró a declarar que el avión “aparentemente fue destruido en el aire y no fue un accidente”. Pronto los medios convirtieron esta hipótesis en verdad inapelable, con la consiguiente atribución de responsabilidad a los rusos étnicos del Sureste de Ucrania y al gobierno ruso.

No hubo investigación independiente, nadie respondió por la desaparición de las grabaciones de la Torre de control de Kiev, Estados Unidos que manejan la sofisticada tecnología satelital nunca aportaron imágenes sobre los misiles que habrían derribado el avión. Tampoco  se explicaron las imágenes captadas por radares rusos que registraron a dos aviones caza ucranianos volando cerca al avión de la compañía comercial.

Tras unos días de intenso debate, no se volvió a hablar del hecho porque ya había cumplido su función, igual que sucedió con las noticias sobre las armas de destrucción masiva en poder de Sadam Hussein. Tanto así que varios veteranos de la inteligencia norteamericana, en una carta abierta a Angela Merkel, precisaron que “Usted necesita saber que la acusación de una gran “invasión” rusa de Ucrania no aparece respaldada por una inteligencia digna de crédito. Antes bien, la “inteligencia” parece ser del mismo género dudoso de la políticamente establecida y usada hace 12 años para “justificar” el ataque dirigido por los Estados Unidos contra Irak”.


Avión del vuelo 370 de Malaysyia Airlines en el
aeropuerto Charles de Gaulle en París, Francia.Avión
del vuelo 370 de Malaysyia Airlines en el aeropuerto
Charles de Gaulle en París, Francia.
​Foto: Wikimedia Commons

Expansión de la OTAN

Para el plazo más largo hace falta recordar hechos que han jalonado la geopolítica desde el momento de implosión del campo socialista. El periodista holandés Karel Van Wolferen  hace un registro de algunos hitos.

En diciembre de 1989 Mijail Gorbachov  y George Bush se reunieron en Malta. El primero aceptó  la reunificación de Alemania y la evacuación de las tropas de ocupación del Pacto de Varsovia contra la promesa del segundo de no tomar ventaja militar de tales decisiones y de no extender la OTAN hacia el Este.

Diez años más tarde el presidente Bill Clinton violó el acuerdo y en 1999 se jactó del ingreso de la República Checa y de Hungría al pacto atlántico.

· Vendría luego el rosario de países del Este admitidos en la OTAN.

Así se llegó a la paradoja que la institución que se estimaba como la garantía de la seguridad de Estados Unidos y sus aliados en el esquema geopolítico de la Guerra Fría,  vio duplicado el número de sus miembros cuando ya habían desaparecido las condiciones estratégicas invocadas para crearla.

A la luz de ese proceso, ¿puede alguien presentar como una arbitrariedad la insistencia de Serguei Lavrov, ministro de exteriores del Rusia desde febrero de 2014 de que el establecimiento de la OTAN en Ucrania representaría una seria amenaza para la paz en Eurasia?

La hegemonía mundial

También en el largo plazo, hay que considerar el papel de las ideologías en el plano geopolítico.

Después de la Segunda Guerra Mundial se buscó una “teoría” que orientara la política exterior de Estados Unidos. El ideólogo de la nueva arquitectura conceptual fue George Kennan, con la doctrina de la “Contención del Comunismo”. Ya en tiempos de la post-Guerra Fría se han destacado propuestas importantes: Francis Fukuyama y el modelo -aparentemente contrario- del choque de las civilizaciones de Samuel P. Huntington.

Sin embargo la concepción hegemónica que ha fungido como plataforma geopolítica de  Estados Unidos y como soporte conceptual de la OTAN ha sido la obra de Zbiniew Brzezinski. Al leer uno de sus libros publicado en 1997 y analizar la crisis actual en Ucrania, se tiene la impresión de que se está siguiendo el curso de una profecía auto-cumplida: “por primera vez en la historia, una potencia no euroasiática ha surgido no sólo como el árbitro clave de las relaciones de poder euroasiáticas sino también como la suprema potencia mundial”, dice  Brzezinski [1].

Y el mismo autor añade que “no obstante, la situación geográfica tiende a determinar las prioridades inmediatas de un Estado, y cuanto mayor sea su poder militar, económico y político, mayor será el radio, más allá del territorio de sus vecinos inmediatos, de los intereses geopolíticos vitales, de la influencia y de la participación de ese Estado”. En el mismo sentido sostiene que: “En pocas palabras, la geoestrategia euroasiática de Estados Unidos debe incluir un control resuelto de los Estados dinámicos desde el punto de vista geoestratégico…. Los tres grandes imperativos de la geoestrategia imperial son los de impedir choques entre  los vasallos y mantener su dependencia en términos de seguridad, mantener a los tributarios obedientes y protegidos e impedir la unión de los bárbaros”.

En un uno de sus mapas Brzezinski señala las “Zonas críticas para la seguridad de Europa” representadas por Francia, Alemania, Polonia y Ucrania. Y  precisa: “Ucrania, un espacio nuevo e importante sobre el tablero euroasiático, es un pivote geopolítico porque su propia existencia como país independiente ayuda a transformar a Rusia”.  Claro, las miradas van más allá, hacia China.

El autor cierra su libro con una afirmación programática: “Mientras tanto, empero, es esencial que no se produzca el surgimiento de ningún aspirante al poder  euroasiático capaz de dominar a Eurasia y, por tanto, también de desafiar a los Estados Unidos.

Esa visión con matices está presente en la mentalidad de cualquier funcionario diplomático  de Estados Unidos. Recientemente el embajador de ese país en Colombia, Kevin Withaker”, contestó así a una pregunta de María Jimena Duzán, sobre la visita de Putin a América Latina: “Los países de América Latina tienen derecho a tener relaciones diplomáticas con los países que ellos quieran. Eso lo respetamos. Pero como bien lo ha dicho recientemente el presidente Obama, Rusia es un poder regional y cuando el presidente Putin hace un viaje a un lugar fuera de su región, claro que se nota”.

Una pregunta

¿La crisis en torno a Ucrania es un avance hacia un orden mundial acorde con los intereses norteamericanos o es un paso hacia el orden multipolar? Así escribe D.V. Efremenko, un conocido analista ruso: “Ucrania solo abre una serie de conflictos, que acompañan el establecimiento de un sistema policéntrico de relaciones internacionales. Es necesario un mecanismo multilateral de alertas tempranas y regularización de las crisis en Europa y en Eurasia del Norte”.

 *Cofundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic en esteenlace

[1]  Zbinew Brzezinski,  El Gran tablero mundial. La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos, Paidós, Barcelona, 1998, pp. 46 ss.

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Tercera via-Robinson-

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