SEMBLANZA DE MANDELA: PARTES 1 Y 2

Semblanza de Mandela. (Parte I)

Por: Ricardo Robledo

La motivación para la lectura del libro autobiográfico de Nelson Mandela, “El Largo Camino Hacia la Libertad”, surge de la intención de encontrar luces para tratar de entender cómo sería posible la solución del conflicto armado en Colombia, a partir de lo logrado en Sudáfrica.

Sería iluso pensar que después de 647 páginas, no fuera posible sacar algún provecho del libro; que el esfuerzo del escritor fue en vano o que lector no pudo asimilar nada de su lectura.

Pero Sudáfrica no es Colombia, ni el momento histórico es el mismo, ni ninguno de los negociadores reunidos en la Habana, es Mandela. Sorprende cómo un negro africano fundador de un movimiento armado contra el estado, pudo llegar a ser Presidente en un país tan racista, sin llegar a producir náuseas a profundos constitucionalistas ni a políticos de derecha y de todo tipo de pelambres democráticos.

A pesar de todos los vejámenes y exclusiones a que fueron sometidos los negros africanos en su propio país, no los asesinaban clandestinamente, ni los desaparecían, ni descuartizaban, ni tiraban a los ríos, ni fueron enterrados en fosas comunes. Los crímenes cometidos en Colombia, llenarían de pavor y de vergüenza a los más rudos defensores del apartheid. Hay que reconocerlo, somos un tipo de sociedad de una crueldad particular y sin par, o mejor los hechos así lo señalan. Algo difícil de superar si no se prestan las voluntades y que habrá de tomar enormes tareas de construcción ciudadana, de respeto por la vida y de civilidad política.

Son muchos los factores que entorpecen el logro; empezando por los que no quieren la paz, alegando escrúpulos constitucionales. ¿Será que los miles de muertes han sido muy ajustadas a la ley? Están también, el tipo de propiedad y la concentración de la riqueza, los intereses de fuerzas extranjeras que imponen el peso de la geopolítica y la lucha por los recursos; el poder y peso del narcotráfico y de la ilegalidad, la constitucional y la callejera. Merecen capítulos a parte, la tradición y la historia política del país.

Cuenta mucho la idiosincrasia de los colombianos, formados en una región que dejó pendientes las transformaciones de inserción en la modernidad, en la que se forjan los conceptos de ciudadano, democracia y nación. Es penoso mencionarlo, pero sería bueno conocer del ministerio de relaciones exteriores, en qué países no hay colombianos detenidos. La forma mala de la malicia indígena hace pensar que los colombianos dicen una cosa, pero saben que harán otra; es el juego del truquito, la maroma. Esta parece una herencia de la Ley de Indias: “se obedece pero no se cumple”. Dice el dicho: “hecha la ley, hecha la trampa”. Esta es la sensación que a uno le queda de las actuales conversaciones de paz.

Esto no quiere establecer que los colombianos sean malos, pero en las sociedades parece imponerse la lógica de los violentos. Seguramente las tribus dedicadas al pastoreo y la agricultura, se ocupaban en estas labores mientras que las tribus guerreras se fortalecían en el manejo de las armas y entonces aparece la opción de tomar a las otras por la fuerza e imponer la primacía de la violencia. ¿No es algo así a lo que asistimos en pleno Siglo XXI? En el milenio del deslumbre de la tecnología, se propagan los fundamentalismos, las hermandades extrañas; estos son, combos, maras, mafias, neonazis, racismos, pactos políticos secretos, las mentiras oficiales y mediáticas, la desinformación, la manipulación.

No es posible diferenciar entre lo que es legal y lo ilegal, no se cree a los gobernantes; por eso las sociedades no fundamentadas en un estado de derecho ciudadano real, terminan dominadas por los violentos, por los más fuertes, no por los más justos ni más humanos.

Los colombianos tienen la opción de pasar de ser uno de los países más violentos del mundo a ser un ejemplo de civilización, si se lo proponen. Estas son la oportunidades que ofrece el cambio; pero si no se hace “a la colombiana”.

El libro de Nelson Rolihlahla Mandela deja muchas enseñanzas, esto dice en la página 35, que deja ver el impacto social, cultural, económico y humano de la colonización:

“El jefe Joyi increpaba al hombre blanco, que en su opinión había dividido deliberadamente a la tribu xhosa, separando a hermanos de hermanos. El hombre blanco había dicho a los thembus que su verdadero jefe era la gran reina blanca que vivía al otro lado del océano y que ellos eran sus súbditos. Pero la reina blanca no había traído nada más que miseria y perfidia a los pueblos negros, y si de verdad era un jefe, era un jefe malvado. Las historias de guerra y la acusación del jefe Joyi contra los británicos me hicieron sentir iracundo y estafado, como si me hubieran despojado de mi herencia.

El jefe Joyi aseguraba que el pueblo africano vivía en relativa paz hasta la llegada de los abelungu, los hombres blancos, que vinieron de más allá del mar con armas que escupían fuego. Hace tiempo, contaba, los thembus, los mpondos, los xhosas y los zulúes eran todos hijos de mismo padre y vivían como hermanos. El hombre blanco había destruido el abantu, la hermandad entre las diversas tribus. El hombre blanco estaba hambriento de tierra y era codicioso, y el hombre negro compartía con él la tierra como compartía el aire y el agua. La tierra no era algo que debiera poseer el hombre, pero el blanco se apoderaba de la tierra como quien se apodera del caballo de otro.”

Por: Ricardo Robledo

Septiembre 15 de 2015


Semblanza de Mandela (parte II). Muy a propósito de sometimientos a la ley imperante.

“La historia muestra que el castigo no detiene a los hombres cuando su conciencia se ha despertado.” (Mandela)

Por: Ricardo Robledo

A pesar de los vejámenes y persecuciones a las que fue sometida su familia, la cárcel, la dureza de las detenciones y trabajos forzados en la isla prisión de Robben, he aquí a un luchador firme en sus convicciones. Nunca lograron doblegarlo, ni aún con los veintisiete años de encierro.

El odiado y oprobioso apartheid, era un juego de niños, comparado con el espeluznante terrorismo de estado aplicado en Colombia. Para que promotores y opositores al acuerdo de paz saquen sus enseñanzas.

Al ser acusado de haber abandonado ilegalmente el país y de haber incitado a los trabajadores a apoyar la huelga de permanencia en casa durante tres días en mayo de 1961, como abogado emprendió su propia defensa:

“Espero poder expresar”, expliqué, “que aquí se juzgan las aspiraciones del pueblo africano, y que ése es el motivo por el que me ha parecido apropiado asumir  mi propia defensa”. Quería dejar claro ente el tribunal, el público y la prensa que mi intención era someter a juicio al estado. A continuación planteé la recusación del magistrado aduciendo que no me consideraba moralmente obligado a aceptar leyes aprobadas por un parlamento en el que carecía de representación, y que no era posible esperar un veredicto justo de un juez blanco:

  (Estos son apartes del alegato que presentó):

“Fui convertido, por ley, en un criminal. No por lo que había hecho, sino por aquello que defendía, por lo que pensaba, por mi conciencia. ¿Puede sorprenderle a alguien que tales condiciones conviertan a alguien en un proscrito? ¿Puede sorprenderse alguien de que un hombre, tras haberse visto condenado a la clandestinidad por el gobierno, esté dispuesto a vivir como un fugitivo, como lo he hecho yo durante algunos meses, según demuestran las pruebas presentadas al tribunal?

No ha sido fácil para mí permanecer alejado de mi mujer y mis hijos, despedirme de los viejos tiempos en los que, al acabar un día de trabajo en mi despacho, podía reunirme con mi familia para cenar. En vez de ello, me he convertido en un hombre permanentemente acosado por la policía, he tenido que vivir alejado de quienes me son más queridos en mi propio país, enfrentándome continuamente al riesgo de ser descubierto y detenido. Ha sido una opción infinitamente más difícil que cumplir una condena en la cárcel. Ningún hombre en su sano juicio escogería una existencia semejante frente a una vida familiar y socialmente normal, como la que es posible llevar en cualquier sociedad civilizada.

Pero llega un momento, como me ocurrió a mí, en el que al hombre se le niega el derecho a llevar una vida normal, en el que sólo puede vivir como un fugitivo porque el gobierno así lo ha decidido, amparándose en la ley para imponerle esa clase de existencia. Fui empujado a esa situación, y no me arrepiento de haber tomado las decisiones que he tomado. Como yo, otra gente de este país se verá obligada a seguir mi camino por culpa de la persecución policial y las medidas administrativas que el estado emplea como armas. De eso estoy seguro.

….

No creo, señoría que este tribunal, al castigarme por los crímenes de los que se me ha acusado deba dejarse llevar  por la idea de que es castigo alejará a otros hombres del camino que creen justo. La historia muestra que el castigo no detiene a los hombres cuando su conciencia se ha despertado. Tampoco detendrá a mi pueblo ni a mis colegas con los que he venido trabajando.

Estoy dispuesto a pagar el precio de mis convicciones, aunque sé lo desesperada y amarga que es la situación de un africano en las cárceles de este país. Ya conozco nuestras  prisiones. Sé lo escandalosa que es la discriminación, incluso tras los muros y las rejas, contra los africanos…No obstante, esas consideraciones no me apartarán del camino que he emprendido, ni alejarán de él a otros como yo, porque para los hombres la libertad en su propia tierra es la cima de las ambiciones, de las que ningún poder puede apartarles. Por poderoso que sea el miedo que siento ante las aterradoras condiciones a las que puedo enfrentarme en la cárcel, mayor es mi odio por las aterradoras condiciones a las que está sometido mi pueblo fuera de ella en todo el país.

Cualquier que sea la pena que su señoría decida imponerme por el crimen por el que he sido obligado a comparecer ante este tribunal, puede estar seguro de que cuando haya cumplido mi sentencia seguirá siendo mi conciencia la que me mueva, como mueve a todos los hombres. Cuando cumple mi pena me veré impelido por el odio a la discriminación racial contra mi pueblo a emprender de nuevo, en la medida de mis posibilidades, la lucha por la eliminación de estas injusticias hasta que, por fin, queden abolidas de una vez por todas…

He cumplido con mi deber para con mi pueblo y para con Sudáfrica. No tengo la menor duda de que la posteridad reivindicará mi inocencia y, del mismo modo, afirmo que los criminales que deberían haber comparecido ante este tribunal son los miembros del gobierno.” (Págs. 342-344)

Octubre 1° de 2015

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