LA DESTRUCCIÓN, REPRESIÓN Y SAQUEO DE LA DOCUMENTACIÓN INDÍGENA DURANTE LA INVASIÓN-CONQUISTA ESPAÑOLA EN MESOAMÉRICA I

12 DE OCTUBRE
Como se sabe, el Estado colonial español implantó en Mesoamérica un orden social (Nueva España) que se tradujo en una sucesión de catástrofes, imposiciones, angustias y trastornos respecto a las formas de acumular el conocimiento nativo, sabiduría registrada a través de la escritura jeroglífica. Por esto no hay que perder de vista la otra versión, la que infiere con meridiana lucidez el historiador Miguel León-Portilla en sus libros Visión de los vencidos: relaciones indígenas de la conquista y El reverso de la conquista. Este mismo autor en otra de sus obras es elocuente al escribir:

La conquista española y lo que a ella siguió, alteró profundamente la cultura indígena y trastocó de modo particular sus formas de saber tradicional y los medios de preservación de sus conocimientos religiosos, históricos y de otras índoles. Sin exageración puede afirmarse que acarreó la fractura y a la postre la muerte de un sistema de preservación de conocimientos con raíces milenarias. (León-Portilla; 1996, p. 13).

En este sentido, el proceso de conquista no es un asunto menor que deba pasar inadvertido, puesto que fue el fenómeno causante del estrago que provocó el daño entorno de la estructura social que los pueblos originarios habían construido para conservar su memoria documental. El quebranto que produjo el atropello de la invasión española en Mesoamérica fue absoluto. Esta percepción rotunda, la comparte otro historiador que se ha ocupado sobre el tema desde un punto de vista crítico:

El primer efecto de la Conquista sobre la memoria indígena fue la destrucción del sistema estatal que recogía y propagaba el pasado por medio de los códices […]. Al desaparecer las instituciones que antes almacenaban la memoria se perdieron también los instrumentos que aseguraban la transmisión de una generación a la siguiente. Otro efecto de la Conquista fue la represión de la antigua memoria. Desde la invasión europea la transmisión del pasado indígena se produjo en un clima de hostigamiento que ahogó las formas de recordación que disentían de las impuestas por el vencedor. (Florescano; 1999, p. 232).

La autoridad invasora recurrió así cada vez más al uso de la fuerza bruta, a la agresión sistemática, motivo por el que la afección respecto a la cultura documental indígena sería importante para crear las condiciones necesarias de un poder colonial cuyos fundamentos característicos serían la explotación y la violencia; el despojo y el crimen durante tres siglos. El desenfreno de España por expandir su razón cultural abarca la devastación y represión de la cultura documental indígena, constituida por las formas de pensamiento en el contexto y en la vida de los antiguos mexicanos. Sobre este asunto, se puede ampliar y profundizar cuando se escribe:

Mucho de lo que para los indígenas debió ser su viejo legado se perdió entonces para siempre. Hubo quemas de libros picto-glíficos, destrucción de templos, efigies de dioses y otros monumentos. A raíz de la conquista era riesgoso hablar de libros y de los monumentos con inscripciones y efigies de dioses. Mencionarlos y poseerlos significaba aparecer como idólatra y atraerse el castigo y la destrucción de esos vestigios testimoniales. (León–Portilla; 1992, p. 136).

Las quemas de manuscritos jeroglíficos fueron el símbolo del exceso de los conquistadores y la pesadilla de quienes serían derrotados. El hombre mesoamericano perdió así su memoria en medio de lo horrible de todo aquello que para él significó la desgracia de la llegada de los invasores. El clima social del México antiguo se impregnaría de pesimismos y desastres, pues la aniquilación de su cultura superior, hasta entonces desarrollada, sería arrasada con especial frenesí. La riqueza de la documentación escrita, basada en un sistema de escritura pictográfica, durante el proceso de invasión-conquista fue severamente trastocada. La destrucción de la cultura bibliográfica de la sociedad indígena prehispánica, referente a esas mismas coordenadas de tiempo y espacio, se comprende desde otra óptica cuando leemos:

Cierto es que varios de los cronistas, indígenas y españoles, que hablan de lasamoxcalli, dan luego testimonio del trágico acabamiento de las mismas y de la gran mayoría de los viejos libros, los que llamaban “códices”. […] en tanto que hubo quemas y destrucción de los amoxtli, libros o pinturas, también se dejo sentir un interés por conocer esas “antiguallas”. (León-Portilla, Miguel. “Presentación”. En: Mathes, Miguel; 1982, p. 7).

Cabe mencionar que Amoxcalli, en el ámbito de la sociedad mexica, significa «la casa de los libros». Algunos autores se refieren indistintamente a esa especie de espacios como bibliotecas o archivos. Recintos en donde los documentos primitivos conocidos como «códices», daban testimonio del desarrollo cultural de la civilización náhuatl; espacios en donde los sabios (tlamatinis) y escribas (tlacuilos) indígenas, conocedores de la escritura tradicional cultivada en esa región mesoamericana, se encargaban de registrar y conservar su historia; lugares donde los tlacuilos eran los responsables de “escribir pintando” o de “pintar escribiendo” los códices sobre temas de toda naturaleza. Palabra cuya raíz en latín, codex, significa “libro manuscrito”; expresión que se generalizó para denominar los documentos pictográficos que fueron elaborados por la civilización indígena de Mesoamérica. Y, en efecto, hoy en día se le llama códice a lo que en la documentación colonial sobre el México prehispánico escrita en náhuatl se llama amoxtli; en maya, pik hu’un; en mixteco, tacu, y en general los españoles llamaron pinturas de los indios.

La toma y demolición de los edificios, por parte del ejército conquistador, en donde se hallaban esos espacios destinados a conservar la memoria de los pueblos originarios fueron hechos que produjeron la devastación de una gran cantidad de acervos documentales de esa índole; los “autos de fe” fue otro de los procedimientos que los frailes españoles llevaron a cabo con particular delirio para aniquilar lo que ellos consideraron categóricamente como “obras del demonio”. En efecto, el bello colorido y los extraños caracteres de los auténticos libros autóctonos mayas hicieron pensar que se trataban de objetos que “contenían mentiras del Diablo”. La misma opinión se generó respecto a los textos de los pueblos nahuas:

La Conquista y la destrucción que vino aparejada con ella dieron muerte a ese doble sistema de historia [escrita y oral]. Proscrita la cultura náhuatl, porque se pensó ser obra del demonio, se quiso suprimir lo que constituía la conciencia misma de esa cultura: sus códices, sus cantares y poemas. (León-Portilla; 1968, p. 71).

De este modo, a consecuencia de una evidente ignorancia, algunos frailes dieron rienda suelta para ejecutar, con tea en mano, espectáculos dantescos que debieron producir una gran angustia y desolación en el espíritu indígena. La brutalidad extrema propició que prácticamente no quedara rastro de esos vestigios institucionales e instrumentales tras la invasión-conquista militar-religiosa. En torno de esta catástrofe, se sabe que durante “el sitio de México [Tenochtitlan], en 1521, se destruyó casi por completo la ciudad y por tanto un número incalculable de documentos” (Baudot; 1979, p. 32). Se pulverizaron así fuentes testimoniales de primera mano que los conquistadores jamás supieron determinar con exactitud si el contenido era o no importante. Respecto a la agresión militar de manera más explícita se asevera:

Los amoxcalli o casas de libros de Tenochtitlan y Tlatelolco desaparecieron violentamente bajo el fuego y acción de los zapadores durante el asedio. Las de Texcoco, múltiples veces ensalsadas por propios y extraños, soportaron la doble conquista. (Historia de México; 1975. p. 212).

Las casas de libros o bibliotecas inherentes a la cultura náhuatl  pueden ser consideradas, en el estado actual de nuestros conocimientos, como las primeras instituciones documentales de la gran civilización indígena de Mesoamérica; como el rasgo dominante de la cultura documental nativa de esta región. La existencia de esos espacios, destinados a la acumulación y conservación del saber autóctono, rebosantes de manuscritos, ilustra la tendencia del espíritu de esos pueblos; la conquista española haría desaparecer por completo tales lugares propios de los sabios, de los indígenas especializados en interpretar los signos y los números. Respecto a la acción demoledora de los conquistadores espirituales, se afirma que los frailes franciscanos encabezados por Juan de Zumárraga:

[…] viendo en los códices figuras del mal y para quitar la idolatría al pueblo, se apoderaron de los archivos de Tenochtitlan y Tlatelolco, incendiando  con ellos una hoguera del tamaño de un monte que ardería por espacio de ocho días. (Rayón; 1854, p. 979).

Con este telón asolador de fondo, la historia acusa a Diego de Landa, otro miembro de la orden franciscana, como uno de los mayores destructores de códices prehispánicos. El fanatismo religioso de ese fraile lo incitó a quemar en un auto de fe, realizado el 12 de julio de 1562 en la ciudad de Maní, una cantidad enorme de libros nativos referentes a la civilización maya. Según información registrada en Wikipedia, se calcula que el autor de la Relación de las cosas de Yucatán fue el responsable, el principal artífice, de incinerar 70 toneladas de libros que contenían todos los asuntos de esa cultura milenaria que se generó en el sur-sureste de México. Mientras que en otra fuente sobre el mismo acontecimiento se afirma: “[…] miles de códices fueron destruidos por los conquistadores españoles; fray Diego de Landa quemó cien mil códices mayas” (Arizpe y Tostado; 1993, p. 69). Acaso en el marco del terror sembrado por Landa esa cantidad de documentos destruidos resulte exagerada para algunos, por lo que es mejor ajustarnos al punto de vista indeterminado que sugiere que ese religioso hizo “una hoguera inmensa de códices” en aquella localidad mayense. Lo inequívoco es que hoy en día:

Nuestro conocimiento del pensamiento maya antiguo representa sólo una minúscula fracción del panorama completo, pues de los miles de libros en los que toda la extensión de sus rituales y conocimientos fueron registrados, sólo cuatro han sobrevivido hasta los tiempos modernos (Coe; 1987, p. 161).

Algo semejante aconteció con el acervo de libros prehispánicos que se produjeron en el contexto de los pueblos asentados en el Anáhuac (Texcoco, Tlaxcala, Chalco, Cholula, Acolhuacán, Tenochtitlan y otros) y que tenían en común la lengua náhuatl. En relación con el asunto que nos ocupa, a Juan de Zumárraga es otro de los personajes contradictorios que la historia acusa como el culpable de haber ordenado quemar manuscritos aztecas en patéticos autos de fe, específicamente los de Texcoco. Se sabe así que en su calidad como primer y principal líder inquisidor de Nueva España:

 […] fray Juan de Zumárraga, en su intento de acabar con lo que consideraba como “idolatría”, incendió el acervo de Texcoco, donde se calcula que había cientos de miles de códices nahuas y de los que tan sólo se han conservado catorce. (Arizpe y Tostado; 1993, p. 69).

Sobre ese mismo personaje, es elocuente la acusación que el conocimiento antropológico cierne sobre de él, al considerarlo como uno de los principales arrasadores de una gran cantidad de libros y documentos nativos prehispánicos, es decir, manuscritos pictográficos antiguos que conformaban entonces el testimonio importante del conocimiento escrito. En síntesis se asevera:

Una buena parte de esta documentación escrita también fue destruida voluntariamente después de la conquista. Muchos libros tenían carácter religioso o mágico. El obispo Zumárraga los hizo recoger y quemar, sin duda junto con mucho otros de naturaleza profana, tales como relatos históricos. (Soustelle; 1970, 13).

Los antiguos mexicanos amaban sus libros, y fue una gran parte de su cultura la que se perdió cuando la mano fanática de Zumárraga arrojó a la hoguera miles y miles de preciosos manuscritos. (Soustelle; 1970, 229).

Aunque hay otra versión que contrasta y objeta que Zumárraga haya sido el causante o el principal autor intelectual de esas quemas de códices antiguos, la verdad es que el resultado catastrófico respecto a esa documentación indígena mesoamericana fue el mismo:

Se ha acusado a Zumárraga de vandalismo y de haber hecho destruir los monumentos y documentos de la antigua cultura mejicana, en especial los archivos reales de Texcoco, y esta mala fama pesa sobre él, a partir del padre Torquemada (1615), y el historiador indio Ixtlilxochitl (siglo XVII), enconada por autores modernos que le atribuyen gigantescos autos de fe de bibliotecas aztecas; le ha vindicado J. García Icazbalceta (Biografía de D. Fr. Juan de Zumárraga, primer Obispo y Arzobispo de Méjico, Méjico, 1881; Madrid, 1929), demostrando que los archivos de Texcoco fueron destruidos por los tlaxcaltecas al tomar con Cortés la ciudad, en 1520; que la destrucción de templos e ídolos fue llevada siempre con empeño por los religiosos y conquistadores e impulsada por orden de Carlos V (1538), para acabar con la idolatría, en lo que participó, más o menos, Zumárraga, movido por su celo, y que no hay pruebas de un sistemático vandalismo en él contra los manuscritos, muchos ya víctimas de lo dicho y de las guerras. (Esquerra; 1952, 1486).

Empero, la historia de libro no cesa de atribuir rotundamente a esos dos representantes de la Iglesia Católica española, esto es, a Landa y Zumárraga, los actos de hacer arder grandes cantidades de libros nativos de los pueblos mesoamericanos más relevantes. Por ejemplo, en una obra de reciente publicación, cuyo título es lo suficientemente explícito: Libros en llamas: historia de la interminable destrucción de bibliotecas, el autor refiere con particular énfasis los frenéticos incendios que esos evangelizadores españoles desencadenaron en torno de la documentación azteca y maya:

Juan de Zumárraga, obispo de México, luego gran inquisidor de España extramuros entre 1536 y 1543, tuvo el orgullo de hacer arder todos los códices aztecas que los incendios de Cortés habían olvidado. Todos los tonalamatl, libros sagrados que él ordenaba recoger a sus agentes o que se encontraban en los amoxcalli, salas de archivos […]. En 1529 Zumárraga hace transportar la biblioteca de la ‘culta capital de Anáhuac y el gran depósito de archivos nacionales’ en la plaza del mercado de Tlatelolco, hasta formar ‘una montaña’ a la que los monjes, cantando, se aproximan con sus antorchas. Miles de páginas policromas arden. El conquistador existe para matar y expoliar, el religioso para borrar; el obispo cumple su misión satisfaciendo su deseo consciente de destruir la memoria y el orgullo de los autóctonos (Polastron; 2007, 115).

El franciscano Diego de Landa, nacido en 1524, fue uno de los primeros predicadores que llegó a Yucatán. Su ejemplo como destructor intencionado supera, si es posible, al de Zumárraga: como estudió las costumbres de los mayas y descifró sus jeroglíficos, sus acciones ganan cinismo y crueldad. […] Cuando llegaron los españoles la civilización de Yucatán estaba en decadencia; por eso en 1561 realizaron la hazaña de destruir de un solo golpe casi la totalidad de los escritos del país, reunidos con devoción en un reserva secreta de Maní que había sido la sede de la dinastía Tutul Xiu.  (Polastron; 2007, 116 y 117).

Tomando en cuenta el año (1521) en que fue vencido el pueblo azteca y con esto la destrucción de su ciudad y consecuentemente su cultura documental, es de dudar que para esos años haya habido aún alguna «casa de libros» o amoxcalli no digamos funcionando sino de pie. La poderosa tecnología bélica del ejército de Hernán Cortés usada durante la invasión de Mesoamérica, así como el recelo mostrado por los religiosos que acompañaban este proceso, permite dilucidar que esos recintos destinados a conservar la memoria indígena náhualt debieron ser destruidos antes de la llegada de Zumárraga. Sin embargo, la interpretación de Polastron es posible y sobre todo indiscutible en relación al espectáculo desolador e impactante de aquellas delirantes quemas de códices realizadas por aquel fraile.

Respecto a la brutalidad extrema en asunto de quemas de libros, cabe mencionar que los conquistadores espirituales llegados a Mesoamérica traían amplia experiencia. La España católica en el siglo XV había ordenado consumir en la hoguera, sin exagerar, millones de libros. Así, acervos de libros pertenecientes a judíos y moros fueron consumidos en el fuego. Y al libro prohibido se sumó ellibro quemado, y en uno y otro caso los responsables no sabrían deslindar con certeza lo positivo o negativo del contenido de una cantidad incalculable de material bibliográfico. La ignorancia y el fanatismo fueron las estrellas polares que guiaban a los destructores de libros y bibliotecas. Con este poder de percepción, los mismos hábitos devastadores del aparato de coacción implantado en tierras de la América prehispánica son los que se practicaron. Las objeciones religiosas, morales o políticas eran los motivos que orillaban a reducir a cenizas la memoria, el conocimiento, la información. Los feroces biblioclastas o destructores de libros venidos de Europa serían los autores intelectuales y materiales que los historiadores y antropólogos no cesan de señalar de manera explícita.

Bibliografía

Arizpe, Lourdes; Tostado, Maricarmen. (1993). El patrimonio intelectual: un legado del pensamiento. En: Florescano, Enrique (Comp.). El patrimonio cultural de México. México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes; Fondo de Cultura Económica. pp. 63-90

Baudot, Georges. (1979). Las letras precolombinas. México: Siglo XXI.

Coe, Michael D. (1987). The Maya, Londres: Thames y Hudson, 4ª ed.

Esquerra, Ramón. (1952). Fray Juan de Zumárraga. En: AA. VV., Diccionario de Historia de España. Madrid, Revista de Occidente. Tomo II, pp. 1486-1488

Florescano, Enrique. (1999). Memoria indígena. México: Taurus.

Historia de México. (1975). [Enciclopedia]. España: Salvat. T. 2

León-Portilla, Miguel. (1996). El destino de la palabra: de la oralidad a los códices mesoamericanos a la escritura alfabética. México: Fondo de Cultura Económica.

—————. (1992). Literaturas indígenas de México. México: Fondo de Cultura Económica, MAPFRE.

—————.  (1982). “Presentación”. En: Mathes, Miguel. Santa Cruz de Tlatelolco: la primera biblioteca académica de las américas. México: Secretaría de Relaciones Exteriores.

—————. (1968). Los antiguos mexicanos: a través de sus crónicas y cantares. 2ª. ed. México: Fondo de Cultura Económica.

Polastron, Lucien X. (2007). Libros en llamas: historia de la interminable destrucción de bibliotecas.México: Fondo de Cultura Económica.

Rayón, Ignacio. (1854). Archivos de México. En: Diccionario universal de historia y geografía. Vol. 5. México: Tipografía De Rafael.

Soustelle, Jacques. (1970). La vida cotidiana de los aztecas en vísperas de la conquista. México: Fondo de Cultura Económica. 2nd ed.

Felipe Meneses Tello, http://www.ofaj.com.br/colunas_conteudo.php?cod=381

 

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