El avance electoral de la oligarquía y el atraso social

Por: Ricardo Robledo

HERN

En las elecciones del pasado 25 de octubre en Colombia, se impusieron las listas de las fuerzas tradicionales; en contraposición, la izquierda experimentó un retroceso en todo el territorio nacional; y en particular, en la capital del país. En esta ciudad, el candidato oficialista resultó elegido con cerca de  903.764 votos, mientras que la candidata del polo unificado obtuvo 498.718; situación que debe llevar a muchas reflexiones en el país, más si se tiene en cuenta el proceso de negociaciones de paz.

Más allá del triunfo de las maquinarias, del acoso mediático, de la compra de votos, estos resultados son reales. La oligarquía pudo recuperar a Bogotá. Fue el triunfo de las medidas del desprestigio, ataque y bloqueo a la administración de izquierda; tal como se hace en otros lugares del continente en contra de los gobiernos llamados alternativos. No era de esperarse otra actitud. Es un trofeo con peso geopolítico.

Destaca Marta Harnecker en el numeral 177 de su libro “Un Mundo a Construir (nuevos caminos)”: ” Recordemos el papel que Noam Chomsky atribuye a estos medios: ellos son instrumentos para “fabricar el consenso” que permiten “domesticar al rebaño perplejo”. Según el autor, la propaganda es tan necesaria a la democracia burguesa como lo era la represión al estado totalitario y por eso, los partidos políticos burgueses pueden llegar a aceptar una derrota electoral siempre que mantengan en sus manos el control de la mayoría de los medios de comunicación de masas. Son ellos los que, desde el mismo momento del triunfo, por no decir antes, comienzan su labor de zapa y de reconquista del corazón y la mente de quienes cometieron el “error” de elegir a un gobernante de izquierda”

Y finaliza así el párrafo 178: “Ellos saben que las actuales batallas políticas no se ganan con bombas atómicas, sino con bombas mediáticas”

Surgen entonces inquietudes acerca del elegido gobierno, como cuales van a ser las acciones contra la miseria porque, con triunfo y todo, no pueden frenar las repercusiones del neoliberalismo sobre las masas empobrecidas. Su esencia los llevará a considerar que es una victoria consolidada, sin reconocer objetivamente que ocurre sobre un mundo que se desmorona; es un resultado que también los ancla en el atraso democrático y los aisla socialmente. Paradójicamente tendrán que conservar las políticas sociales banderas de la izquierda o desprestigiarse ante los electores. Aunque se proyecten grandes obras de infraestructura, estas se orientan más a favorecer a las élites que a resolver las necesidades básicas de la población.

Eso es apenas lo inmediato, pero lo que más pesa es la afectación a la construcción de un país civilizado. Si se mira la sociedad colombiana desde lo que es la modernidad –no el modernismo- se tiene que considerar cómo se dio su inserción en el sistema capitalista. No se ve en la historia del país la ocurrencia de una revolución democrático burguesa, como resultado de una clase que haya enfrentado las estructuras económicas, políticas, culturales y sociales de la colonia. Esto es importante de considerar porque es en este proceso en el que se construyen los conceptos de ciudadano, democracia liberal y nación. Por lo tanto estos conceptos no se han construido en el país o han surgido deformados, dado que la inserción al modernismo no fue un acto independiente sino provocado externamente por la asimilación de la nobleza criolla al mercantilismo del Siglo XIX, impulsada fundamentalmente por Inglaterra.

Aunque los procesos de independencia desencadenados a partir de 1810 pueden considerarse parte de las revoluciones democrático burguesas, que era la visión más romántica, liberal y republicana del Libertador, estos sucumbieron ya que fueron perseguidos, derrotados y desmontados por las élites criollas, enriquecidas por el mercantilismo -el TLC de la época. El proyecto de Bolívar tuvo que enfrentar el duro camino de los sueños de libertad, contra la evidencia de la riqueza inmediata y el poderío de las élites.

A todas estas, la oligarquía, por su esencia, no ha podido construir una democracia civilizada en Colombia, ni tampoco la izquierda, por sus definiciones y por sus opciones, ha podido liderarla. De ese desencuentro de país se tiene un conflicto que nos ha desangrado por más de 60 años. 

Es por esto que el triunfo electoral de las maquinarias ofrece más de lo mismo y mantiene al país en el atraso social y sin opción de avance democrático hacia la construcción de una nueva nación más civilizada, en la cual primen el humanismo y el respeto por la vida. Lo que se espera es que en esa dirección apunten las conversaciones de paz y que más que una negociación entre dos actores de la guerra, se conviertan en un acuerdo para la transformación social. Los triunfos electorales maquinados y las derrotas excluyentes no dejan a grupos perdedores o ganadores, significan un atraso social con pérdidas para todos –incluso económicas, para ser más preciso. Aquí se hace muy claro lo que dice Paulo Freire: “Al liberarse, el oprimido también libera al opresor”.

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