La parábola del sancocho

Por: Ricardo Robledo

Pido disculpas si este título, referido a este popular y delicioso plato de la culinaria nacional, afecta los oídos de aquellos que lo juzguen de poca altura intelectual. De tanto transitar por el mundo, ya no se sabe qué puede ser calificado como tal y qué no; pues, todo calificativo responde a un interés social. En primer lugar me asiste un sentido práctico y en segundo lugar, alcanzar el difícil deseo de ser sencillo y elemental. Pero no he encontrado otra forma de expresar lo que quiero comunicar.

 Me da vueltas en la cabeza este plato típico porque el Comandante Jaime Bateman Cayón decía que la revolución debería ser como un sancocho – en el sentido que debería llevar de todo: yucas, plátanos, papas, condimentos, carne, etc- Término en el que casualmente he coincidido, pero significando que “tiene que ser cocinado”.

 La sal no es la componente más costosa del plato, pero no se la echen para que prueben como queda; otros, siendo sólo papas, quieren ser los únicos integrantes del plato, sin nada de lo demás, ni siquiera el agua. Se les dice que entonces eso no es un sancocho, pero insisten en denominarlo así. Pero, ¿Qué ocurre cuando las papas se calientan en la olla sin agua? ¡Se queman!

 También existen, los que no ven el sancocho en la sal ni en la pelada de las papas. ¿Acaso el sancocho no empieza a existir desde el momento en que se empieza a hablar de él, cuando se compran los componentes, o se pelan? Otros dejan apenas los elementos pelados y ya no ven más allá, o no lo creen de su interés por que hasta ahí llegan sus metas. Algunos pueden ser muy radicales y darles rabieta, pero tienen que esperar porque el sancocho no está, hay que cocinarlo – y al calor de la lucha popular dicen los expertos-. Es de tacto – nada tan fácil- saber en qué etapa estamos del sancocho y cual tarea te corresponde cumplir.

 Aquí viene el pecado intelectual: Es la forma en que interpreto el concepto de la Revolución Permanente de Marx. Es la dialéctica del sancocho, o la dialéctica reducida a un plato comestible. De nuevo pido disculpas si no se capta la altura de la “bajeza” de ofrecer la filosofía servida en un plato campesino, popular y tan típico.

 Quiero decir: existen quienes no ven el sancocho en la revolución ciudadana de Ecuador; en la Revolución Bolivariana de todos; en el trabajo de Dilma, de los Kirchner; en el proceso del Mas en Bolivia; en el café Rebelde de los zapatistas; en el grito de la calle; en el sindicalista que arriesga su trabajo; en la madre que lleva sus hijos a la escuela; en las mujeres que exigen sus derechos; en los estudiantes que marchan y estudian duro; en la mujer de la calle, tan pública como la educación oficial; en los ciudadanos y en las ciudadanas que sufren y luchan; en los indígenas que hablan de la madre tierra y caminan la palabra; en los descendientes de los bravos negros cimarrones que quieren seguir libres; en los vendedores ambulantes, acosados por los guardianes del ornato público; en los pequeños negociantes que tasan sus ganancias en lágrimas; en los locos que sueñan y escriben poemas de amor; en los campesinos abandonados que sólo pueden regar el surco con su sudor y su dolor; en los atacados por pensar en otros contenidos del sexo; en el amor al prójimo; en aquellos quienes los pican los mosquitos; en el conductor que tiene todas sus vacunas, incluidas las oficiales de la administración de impuestos; en el artista que canta su dolor o su alegría; en los estudiosos que analizan, escriben y debaten. Todos convocados a la mesa del ahora y del futuro.

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