Aunque parezca extraño, en Colombia hay enemigos de la paz

Por: Ricardo Robledo

Debió existir un momento en la historia de la humanidad en el que las tribus sedentarias se dedicaron a la agricultura y en el que las nómadas se orientaron a la recolección y a la caza, (factor que las especializó en la fabricación de armas). Estas condiciones tal vez facilitaron que, atraídas por la abundancia de la cosecha, estas últimas asaltaran y dominaran a las primeras, llevando así el sometimiento hasta la esclavitud. Con tales procederes, la fuerza de las armas fue provocando que las sociedades quedaran gobernadas y lideradas por los violentos.

 Si los sometidos decidían armarse y responder a la violencia, terminaban reproduciendo sobre el modelo social los mismos patrones de muerte que querían combatir. Es decir no se lograba un avance de la civilización hacia la valoración de la vida y el respeto por lo humano. De ahí la importancia de construir una sociedad de derecho, que no permita que la usurpación y la maldad sean las guías de las comunidades; tal debe ser la esencia de un Contrato Social, a través del cual los ciudadanos acepten ponerse bajo la tutela de un estado con el fin de recibir su protección.

 No es exagerado reconocer que, contrario a lo esperado, los violentos se han impuesto en las sociedades que hasta ahora ha conocido la humanidad. No en vano Marx y Engels inician el Manifiesto resaltando que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases. Cruda realidad que se ha extendido hasta nuestros días; pero hoy, además de afectar a cosechas y a personas, la dominación busca también ejercerse sobre los demás recursos naturales como el agua, los hidrocarburos, los metales, las piedras preciosas y sobre la biodiversidad en general.

 En la actualidad las armas ya no son el arco y la flecha, sino los misiles, los drones, los portaviones, la manipulación informativa, las bombas inteligentes, las de destrucción masiva; a las naciones se les aterroriza con la amenaza nuclear. La dominación mundial de los violentos, se soporta en el poder local del terror y se blinda con la legislación y la ideología.

 Las naciones que osen ejercer soberanía sobre su territorio y sus recursos y que no se sometan a los dictámenes y al asalto de los agresores, son catalogadas como crueles dictaduras, violadoras de derechos humanos, terroristas, paraísos del narcotráfico, ejes del mal, peligro para la humanidad. A partir de estos descarados calificativos se justifican ante los ojos del mundo, las persecuciones, las sanciones, los bloqueos, los ataques y las diversas formas de la guerra económica.

 La maldad se extiende por el mundo bajo la presentación de pulcros propósitos morales, pero que en realidad esconden en el fondo los mezquinos intereses de oscuras ambiciones. En la lucha del estado contra la izquierda en Colombia- país consagrado por la élites al Sagrado Corazón-, el paramilitarismo obró siguiendo una lógica perversa, pero efectiva: hacían una masacre en una población, esperando que aquellos que tenían algo que temer, huyeran; con los que se quedaban adelantaban sus proyectos y se repartían las propiedades de los desterrados.

 Estas prácticas fueron promovidas por piadosos personajes capaces de entrar a los templos de rodillas desde el parque principal hasta el altar mayor y de rezar para que el Señor “nos dé la paz”; como si la guerra y la paz no fuera un problema de los humanos sino de Dios o de causas incontrolables. Se convierten así, en ejemplos del tema del libro “La Virgen de los sicarios” del maestro Fernando Vallejo: “orar para que nos vaya bien matando”, con lo que la religión se deshace de la espiritualidad y de la doctrina y se reduce al rito y a la superstición. Se repiten las justificaciones de la muerte, ahora actualizando el lineamiento: “maten comunistas que Dios perdona”. Y a estos se asimilaban todos los opositores al régimen y los distanciados de sus políticas perversas. Para ellos, también se volvieron peligrosos los campesinos con buenas tierras o asentados en zonas de riqueza natural.

 Así se hace justificable un ataque sangriento contra los supuestos enemigos de la fe, en abierta inconsecuencia con los preceptos cristianos del amor al prójimo, de no robar, no matar, de la fraternidad universal. Hoy cuando algunos procesos judiciales llaman a cuentas a unos cuantos responsables de las masacres, huyen del país, reapareciendo de esta forma la lógica que impusieron, según la cual los que no tienen nada que temer se quedan.

 Más allá de los oscuros intereses también hay perfiles psicológicos que tienen su peso en la lucha social. Como manifiesta Michel Onfray en su libro “la Fuerza de Existir” el mundo está liderado por psicópatas, enfermos de poder y de grandeza – y no lo dice como insulto, sino como una lamentable realidad-

Es interesante estudiar por qué siniestros personajes cubiertos en dinero y en poder, no se dedican a amar a las personas y a combatir los males en este valle de lágrimas, sino a promover la guerra y a matar. La vida es muy corta en el tiempo, ¿por qué no emplearla en hacer el bien y promover la felicidad aquí en la Tierra?

Con la finalización de la guerra resultan perdedores los violentos, la maldad y la ilegalidad. El pueblo colombiano y los ciudadanos en el mundo, deben reflexionar quiénes y por qué, cuando hoy la insurgencia llama a terminar el conflicto, oscuras fuerzas muy claras, se oponen a la paz nacional y regional.

 

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