Es justa la lucha de los pueblos por su soberanía

 Por: Ricardo Robledo

Colombia, como todo país colonizado, no es soberana; aquí las grandes decisiones económicas y políticas las toma el imperialismo. La oligarquía colombiana, que lo es solo de nombre, se ha enriquecido entregando los recursos naturales y humanos a la explotación extranjera, de quienes, como socia minoritaria, recibe la protección suficiente y necesaria para que tal estado de cosas se mantenga. Sumisión de vieja data como lo señala el investigador Hiram Hobson al referirse a las concesiones petroleras acordadas durante la presidencia de Enrique Olaya Herrera (1930-34) abiertamente favorables al capital externo: “si el pueblo colombiano  se diera cuenta de lo que había alrededor de esas negociaciones, ocurriría un levantamiento armado en esa república”

La venta de Isagen, y ahora de la ETB, son muy dicientes; pues son empresas estratégicas para la nación que son feriadas, con triquiñuelas, al menor postor. En cuanto al transporte, si una persona movilizaba pasajeros en su carrito viejo era perseguido como pirata; bastó que entrara una plataforma extranjera para que se volviera legal el que particulares presten el servicio de transporte de pasajeros. Con el plan de ordenamiento y manejo de cuencas (POMCAS), empresas multinacionales están inventariando los recursos hídricos de país y en general toda la estructura físico-biótica de las zonas.

Es descarada la injerencia en los asuntos internos de la nación; algo que tiene tanto peso que le da un carácter internacional al conflicto social y armado, por la orientación ideológica y militar que le dan los intereses imperiales al ejército conformado en Colombia, que opera como una fuerza de invasión.

Este es uno de los escollos para la paz en Colombia puesto que los acuerdos a los que se ha llegado en la Habana, no resuelven las reivindicaciones de la lucha por la soberanía. En los países colonizados, estas luchas toman las formas de movimientos de liberación nacional, los cuales son catalogados como delincuentes desde la identidad de intereses entre la oligarquía y el imperialismo.

Por la defensa que de los intereses foráneos hacen los gobernantes nacionales, las instituciones se dirigen a combatir el enemigo interno mediante políticas contrainsurgentes para enfrentar a los sectores populares que luchan por su liberación en pleno ejercicio del derecho de rebelión. El ejército que tiene como función resguardar las fronteras se orienta a luchar contra la población que en armas defiende la soberanía de la nación. 

La clase dominante en Colombia y sus instituciones, entre las que están las fuerzas armadas, funcionan como apéndices del ejército norteamericano para el que cumplen misiones en la región para atacar a aquellos países que se salgan de los mandatos imperiales.

Esto explica por qué en el caso de la pretendida crisis en Venezuela, no se llama a iniciar campañas para hacerles llegar alimentos y demás materiales de primera necesidad, como es de esperarse desde una posición humanitaria, y por qué sí hay una labor continua de desprestigio de su proceso revolucionario, de su gobierno, sus dirigentes y de su Presidente obrero y legítimamente elegido; cumpliendo los lineamientos de la guerra de cuarta generación, todos los días se hace un ataque mediático constante desde países supuestamente hermanos como Colombia.  Lo normal ha sido que cuando aparecen noticias de pueblos famélicos en África – al menos en mi caso- el sentir que surge es cómo hacerles llegar comida, agua y servicio médico a las familias; no se piensa de qué bando son. En nuestras naciones los periodistas promueven un concepto muy extraño de hermandad. No se llama ni siquiera a desearles lo mejor. La posición con respecto Venezuela es entonces política. Algo preocupante es la acogida que tiene entre la población el odio difundido desde los medios de comunicación colombianos, orientados a fomentar los intereses extranjeros y la opresión.

Tal vez lo ignoren, pero los que se hacen eco de tales acciones se vuelven cómplices del ataque a los pueblos que luchan por su soberanía, apoyan el castigo que implementa el imperialismo a quienes buscan la liberación nacional –esto no es nuevo en la Historia Patria; ya había pasado con Bolívar y los Libertadores, quienes se vieron repudiados por sus connacionales cuando iniciaron su campaña de Independencia de América- los desposeídos que ven como enemigos a aquellos que luchan por la liberación de los oprimidos, son mentes sometidas al más crudo servilismo y que no saben lo que es vivir con dignidad, por eso se regocijan cuando se cierra el sitio sobre los patriotas, que aguantan heroicamente otra vez, como en la Cartagena de 1815 que enfrentó el bloqueo del imperio español.

No es justo que los recursos naturales de Colombia, sean usufructuados en beneficio de extranjeros, mientras el pueblo sufre el desempleo y pasa hambre y dificultades. Es de esperar que los acuerdos de la Habana abran nuevas opciones que permitan alcanzar la soberanía nacional, el respeto a las instituciones democráticas y la paz para la región.

Contra la corriente hay que demostrar que los rancios conservadores no lograrán detener la lucha del pueblo venezolano por su soberanía.

Referencia:

Estrada Alvarez, Jairo et al. “Conflicto social y rebelión armada en Colombia. Ensayos críticos”

Mayo 26 de 2016

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