Asombroso discurso uribista por la resistencia civil

Por: hp

Tenía que cubrir un evento en un pueblo de la costa, en función de las labores periodísticas; para fortuna de la región se soltó un tremendo aguacero que era bienvenido puesto que ya se ajustaban siete meses en los que no caía ni una gota de agua; pero para mi infortunio o suerte – no se sabe cómo lo negativo puede convertirse en bueno- por el chaparrón se hacía imposible la visión y extravié mi camino.

De tal forma que fui a parar a un pueblo en el que se apreciaba una cálida luz, se respiraba serenidad y tranquilidad –como verán, no vayan a pensar que era paz, porque existen muchos sinónimos para significar lo mismo- mejor dicho como si se estuviera en el mismísimo ubérrimo paraíso.

Había una tribuna en el parque principal y observé algo que me pareció como el cadáver momificado de carlos castaño en actitud de oración y dando frente al palco. También se encontraba una paloma que había viajado desde el Cauca, tenía electrones de valencia en sus alas y estaba en tal estado de arrobamiento con tan fuertes convulsiones que ni aún entre veinte jayanes podían sujetarla.

A un costado de la plaza se encontraba pretelt –así se escribe, verdad- el magistrado que tanto ha colaborado con los campesinos, quedándose con sus tierras para que no fueran a parar en malos manos. Había sido tan generoso, que algún dinero les daba, casi como cuota inicial, con tal de que se fueran lejos y no corrieran peligros en la zona. Los labriegos se agolpaban a su alrededor y le rogaban que les sirviera, que se quedara con sus parcelas; en tumultos le tiraban títulos de propiedad que él rechazaba con noble gesto. Se veía menos obeso de lo que se apreciaba por televisión y era tan fotogénico que hasta parecía inocente, sincero y honesto.

Algunos decían que habían tenido que sacrificar cien vacas y cincuenta cerdos para los tamales que se servían acompañados de patacones de plátano verde; pues, Maduro no les gustaba. Habían organizado la plaza con un ingenioso sistema de espejos de tal forma que tanto el palco como los asistentes tiraran hacia la derecha y quedaran todos de espaldas a Venezuela. Todos comían a carta Cabal. Se veían pancartas de las poderosas familias que patrocinaban el evento,  se leía algo así “la aforé y la acosté”, pero que el agua, que aún corría por mi rostro mezclada con el sudor, entorpecía la visión.

En el medio estaban precisamente los de clase media, quienes eran los más fervientes y aguerridos. Eran alimentados con rompe, pero apanado y con delicioso sabor a langosta; también les ofrecían algo que iban embutiendo en los intestinos ya lavados de cerdo y que cocinando queda como la morcilla pero del color del caviar, el cual tragaban sintiendo como tal, con gran elegancia y delicadeza, como si fueran miembros de una realeza a la que con fe creían que integraban.

Luego, atrás se ubicaban los miembros más populares, que eran los encargados de las labores de servicio y aseo de baños, pero que eran los que más gritaban clamorosos como si fueran barras bravas o estuvieran en rexixtenxia civil.

En el otro costado, de un lado para otro, corría un tipo bajito, de gafas, gordo, con el pelo grasoso, de un inconfundible aspecto cachaco, que comandaba el bloke más capital que era el de la alimentación; con gran pasión ilustraba a otros como también se podía electrocutar al ganado; todos le decían pachito. Santos animales. A cuantos han sacrificado. Los matarifes, con motosierras made in USA, iban cortando ágilmente a las reses y amontaban las partes, con tanto desprecio y frialdad como si tratara de una mascare de Palestinos o de campesinos en Colombia o en Ruanda; se notaba que tenían gran experticia en la faena.

Pero justo en el centro del palco, dando saludos democráticos, ahí se encontraba El con toda su majestuosidad, la fuente que irradiaba la luz y serenidad que inundaba toda la zona hasta donde alcanzara la línea de vista en el horizonte y cien kilómetros más allá.

Manifiesto que lo que transcribo es fiel copia de lo quedó registrado en mi grabadora, que debido al gran magnetismo del personaje, funcionaba sin necesidad de electricidad. Estas fueron pues sus palabras:

“Colombianos, los llamamos a rechazar el gobierno del traidor de Santos que quiere quitarnos la opción de matar a más personas. Como lo podrá atestiguar monseñor ordoñez, egregio hombre de nuestras más fieles e incondicionales toldas, ha sido la curia la encargada de los cementerios y salas de velación y es nuestra tarea velar por la conservación y solidez de la fe católica haciendo rentables sus negocios; ahora pretende Santos que los colombianos solo mueran de viejos o por los ingentes esfuerzos de las EPS. Nos arrebatan este protagonismo.

Otros eran los tiempos cuando mandábamos cientos de heroicos paramiltares a combatir a los peligrosos campesinos del Aro en Ituango, expertos en sembrar papas, que realmente eran papas bombas camufladas, tal como lo pude comprobar desde el helicóptero de la gobernación de Antioquia, corriendo el riesgo de que estos facinerosos lo tumbaran con balas de salva fabricadas de yuca; pues, mostraban experiencia en esas lides puesto que ya me habían tumbado con un billete de dos mil falso, en la plaza de mercado de Salgar; pero no importa, siempre he estado dispuesto a arriesgar la vida por mi patria Eso ya lo olvidé y los perdono para que prueben algo de mi grandiosa nobleza, generosidad y modestia.

Algo que tendrán que agradecerme los colombianos, por siempre jamás, es que les dejo dos hijos, que en quince años estarán listos para gobernarlos; pues, heredaron mi inteligencia superior, como lo puede refrendar –aunque poco me gusta esta palabra- el doctor en leyes, primo de mi amigo, con el que prestamos tan ingentes servicios a la aviación informal nacional e internacional. Dios lo bendiga y lo tenga al lado de de su tocayo, sí ése, el de las famosas epístolas.-ojo que no quise decir pistolas, para que después no aproveche alguna odiosa senadora del partido verde, que me tiene animadversión y a la que siempre le gusta tergiversar mis patrióticas acciones. Para que no digan que la estoy señalando, voy a decir su nombre en latín, lengua que sólo entendemos ordoñez, santo varón, y yo; su nombre es Claudiaum Lopecce; pero si me sigue atacando me veré obligado a traducirlo.

Hasta el mismo papa Francisco, a pesar de su pasado terrorista y montonero, se sumó a nuestra campaña, cuando dijo que los colombianos no deberían botar esta oportunidad de la paz; así lo interpretamos; es que debido a su ascendencia italiana, tiene mala ortografía al hablar; tampoco creemos que pueda quedarle mal a ordoñez –santo varón.

Llamo a la juventud para que dejen el gustico para más adelante y se enfoquen a recoger las firmas que necesitamos para cubrir tanta ignominia en la patria.

Gracias hijitos”

La emoción me embargaba, tenía la boca seca, cuando El terminó, casi no me salían las palabras para preguntarle cual era la salida del pueblo. El, con sus manos sacras, pulcras e inmaculadas, me señaló la dirección, colocándolas de la misma forma en que Cristo pone los dedos en las imágenes del sagrado corazón. Así me enseñó a evitar y a alejarme de las cavernas que tantas había en ese pueblo. Con detalle observé, que bajo el chaleco, aún conservaba la banda presidencial. Eso sí es amor por la patria.

Hay que dar gracias a la vida que nos ha favorecido con tan grandes hombres para que siempre nos señalen el camino correcto.

Junio 6 de 20016, en el día del campesino

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