UN SALTO DE UN SIGLO PARA COLOMBIA

Hay historiadores que aseguran que Colombia nunca pasó por la modernidad. Del mismo modo, los Acuerdos de La Habana firmados con las FARC, significan para Colombia un salto del siglo XIX, a la escena sociopolítica del siglo XXI. Y eso no es malo, desde que sabemos que la historia no es lineal, y que tampoco tiene pasos obligados o requisitos para ser miembro de su prestigioso club.

En relación a ese salto milenario nacional, consideramos los siguientes aspectos:

En primer lugar, los Acuerdos de La Habana ponen fin al discurso ‘revolucionario’ guerrillero, y al discurso ‘refundador’ paramilitar. Ambos cargados de grandilocuencia religiosa, herederos de la memoria cultural barroca con la que entramos a la historia occidental, con el estigma de ser el paraíso perdido, el ‘nuevo mundo’, habitado por sorprendentes seres emocionales, puros y cándidos. Divino el circo.

Desde entonces, nuestra América ha seguido siendo esa especie de lugar vacío, a medio hacer, apropiado para albergar los mundos ideales que otras culturas, ya ‘contaminadas’, no podían albergar. Y nosotros, muy cándidos, les creímos, quedando envueltos en una especie de locura de auto-negación, en una búsqueda ciega de modelos que nos dieran sentido, nombre y futuro.

De esa borrachera nos ha venido la guerra, entre otras variantes esquizofrénicas.

El acuerdo con las FARC nos llama a ponernos frente a lo que somos. Es una especie de despertar de las monstruosas metáforas, una salida de las mazmorras de los ideales inalcanzables y perfectos que nunca seremos.

En segundo lugar, y en consecuencia, tendremos que resolver la pregunta de cómo hacer política desde los procesos, desde las negociaciones y los pactos, desde las redes y solidaridades. Donde los mundos que realmente somos, por largo tiempo irreconocibles y excluidos de los antiguos paraísos, se impliquen ahora como partícipes. Adiós al “quítate tú pa’ ponerme yo”.

Si mis cálculos no me fallan, tendremos que hacer política con los demás. Estaremos obligados a concretar, la hasta ahora puramente nominal, democracia participativa, donde la ciudadanía es la protagonista. Es precisamente lo que está pasando ahora mismo en otras latitudes sociales del XXI.

Con los Acuerdos de La Habana se nos viene encima una realidad social que la guerra y las propias FARC nos hacían invisible. Es el ingreso a la palestra pública de la Colombia profunda, que creció sin nosotros.

Y el reencuentro y la aceptación de nuestras patologías, incluyendo los numerosos medievales del tipo Uribe y Ordoñez, que finalmente tendrán que acostumbrarse a convivir con nosotros, qué pena. Porque de nuestra parte, pueden seguir y sentarse (aunque a unos métricos de distancia).

Y en tercer lugar, con los Acuerdos de La Habana estamos asistiendo a la muerte de la confusión y el igualitarismo político, al que nos sometió durante más de medio siglo el Frente Nacional (casi la misma edad de nuestra guerra de guerrillas). Alternancia insabora y mafiosa cuya memoria perdura hasta hoy, donde lo importante no son las diferencias ideológicas para el ejercicio del poder, sino como ‘repartirse la marrana’.

Al respecto los partidos políticos deberían estar discutiendo desde ahora, sus derroteros históricos, sus identidades y principios, de cara a la renovación a la que, literalmente, los empujará el posconflicto. Que no los vaya a sorprender en la noche la marea.

Nuestros partidos políticos están obligados a entrar en el mundo del marketing ideológico, no de las personalidades. Adiós a esa mala costumbre cacical de que cada candidato es un Mesías, con santoral e iglesia propia, sin país pero con su feligresía ‘uribista’, ‘santista’, ‘petrista’, ‘ordoñista’, y la tentación de alguna orden monacal ‘timochenquista’.

Sin embargo, las buenas consecuencias y oportunidades que nos pueden ofrecer los Acuerdos de La Habana, quedarán a medias sino no somos capaces de discutir, profundizar y apropiarnos colectivamente de los contenidos que señalan las doscientas páginas del memorable texto, para que, en efecto, podamos decirle adiós a un siglo de ignominia.

Marlene Singapur

http://gusanoenlafruta.blogspot.com
msingapur@yahoo.es

* Se puede parafrasear o copiar libremente el contenido de la presente columna, siempre y cuando se cite la fuente y no se comprometa a la autora en ninguna organización o militancia ideológica. Gracias.

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