¿QUE VIVA EL PAÍS DIVIDIDO?

Sep 29 de 2016
Por Marlene Singapur

Hace poco Juan Lozano escribía en El Tiempo que el único efecto del próximo Plebiscito, en el que Colombia decidirá el rumbo de los Acuerdos de La Habana, es haber divido al país. Y creo que se equivoca en su lectura, pues lo que ha hecho el Plebiscito es precisamente todo lo contrario: ha expuesto públicamente, por primera vez sin armas, la división milenaria que ha pervivido últimamente bajo la forma de guerra.

Que ‘Timochenko’ y Álvaro Uribe hoy puedan discutir y defender sus ideas, dentro de la institucionalidad, en plazas y medios de comunicación, sin necesidad de recurrir a proyectos guerrilleros ni paramilitares que los respalden, es un asomo, en principio doloroso, malformado y confuso, de los beneficios que los Acuerdos pueden generar en el futuro. Más que frente a la prueba de una división, estamos frente a la emergencia de una admirable integración, que aún no podemos apreciar, por nuestra afición a querer ver un país distinto al que tenemos.

Es cuestión de acostumbrarnos, hasta que el odio se disuelva, y el recurso de las balas y los ejércitos personales resulte totalmente ajeno a nuestra personalidad colectiva, a cambio de aceptar, finalmente y con naturalidad, la diferencia y el disentimiento. Pero vamos bien, bajo la gran tensión electoral, ¿y luego que esperaban?…

La guerra colombiana tiene sus razones, referencias fácticas en las que se puede observar que su alimento ha sido la segregación social. El reino de un unanimismo donde un solo y estrecho margen de la población ha gobernado, sin éxito, para ellos mismos y a rajatabla. Es hora de ayudarles.

La segregación es real en América Latina, una afirmación que podría generar una sana discusión acerca de los conceptos y cifras que la respaldan; pero eso lo hacen mejor Santiago Montenegro, y (acaso) Alejandro Gaviria…

Al mismo tiempo que las FARC ingresan a la legalidad del escenario social y político nacional, será necesario que la derecha paramilitar también tome forma en un movimiento nítido, público y democrático. Aunque no compartamos sus ideales, esa opción formalizada será una garantía para la vigencia de nuestra democracia, que mientras más diversa, más fuerte.

El Chavismo en Venezuela, por ejemplo –el coco con el que siempre nos asustan mentirosamente los detractores de los Acuerdos de La Habana, y que ha devenido, efectivamente, en una dictadura–, es precisamente el resultado de la canalización, por parte de una sola persona, del descontento general de una población que nunca se vio incluida en los beneficios de una de las economías más ricas del continente. Y ahí tienen su problema.

Aunque también representan una numerosa población, históricamente ajena a la dignidad de ser ciudadana y, por tanto, también ajena a los beneficios de la inversión pública, en Colombia las FARC, en cambio, y a pesar de ellas mismas, son en su origen un movimiento social y político de lenta cocción.

Y será esa masa campesina y pueblerina la que a partir de los Acuerdos de La Habana irrumpa en la escena pública, la misma que desde hoy los partidos políticos tendrán que disponerse a incluir dentro de sus objetivos, ojalá con argumentos distintos a la compra de votos. Si hasta hoy Colombia fue un “país de ciudades”, en adelante será un país de campesinos.

La clave del proyecto de país que está en juego en los Acuerdos de La Habana sería, pues, la reforma territorial, que debería conducir no sólo a una mayor autonomía regional, sino, incluso, a un proyecto de federalización del país, con el fin de acercar las realidades sociales a las políticas y jurídico administrativas, hoy tan distantes, a costos altísimos en corrupción, injusticia social y violencia.

Si quieren derrotar a las FARC en las urnas, tendrán que cambiar el artificioso imaginario centralizado, exclusivo y unánime que hemos tenido de Colombia. Tendremos que buscar las mejores rutas para que, de manera creciente, aquello que hasta hoy hemos llamado diversidad, pluralidad, diferencia, polarización, segregación, confrontación, división, guerra, se identifique y encuentre hoy su sublimación y sentido definitivo de unidad, dentro de lo que acordemos llamar de aquí en adelante PAÍS.

En esa perspectiva, nuestro proceso de paz pide a gritos, como cierre histórico y acuerdo nacional de futuro, una Asamblea Nacional Constituyente. Creo que será inevitable.

Marlene Singapur

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