El conejo de Plinio

Por: Ricardo Robledo

El pasado 20 de octubre, el Señor Plinio Apuleyo escribió una nota en el periódico “El Tiempo”, titulada “Las orejas del conejo”, en la que, entre otras cosas, dice que “el gobierno no ha pensado sino en ponerles conejo a los del No”.

 Fieles a su política derecha de entender que los electores no son más que una masa manipulable y luego de aceptar que engañaron a la población con el fin de obtener un resultado, en su nota resalta el autor que no cree que las marchas juveniles sean tan espontáneas y que detrás de ellas están la OCLAE (Organización continental latinoamericana y caribeña de estudiantes), partidos de izquierda y sectores de la insurgencia.

 Le molesta, pues, que estas marchas correspondan a algo organizado, masivo y consciente. Ojalá asi sea Señor Apuleyo, aunque no parece tanto. Es la preocupación derechista de que un pueblo despierte, por que para ellos sólo puede marchar como “zombies” bajo su nefasta influencia.

 Para la oligarquía y para los más rabiosos reaccionarios, el pueblo colombiano no tiene nada por qué protestar, porque viven en el país más feliz del mundo y la pasan de maravilla en nuestra sociedad, una de las más inequitativas del mundo. Para ellos, la población no puede pensar, carece de criterio; pues creen que la recibieron de la colonia bajo la figura de la encomienda; y si lo hacen es por que están aleccionados por malas influencias: a mediados del Siglo XIX, por las ideas socialistas que estaban a punto de tomarse el país; luego de la Gloriosa Revolución Rusa, los obreros colombianos que luchaban por sus derechos, estaban bajo la influencia del bolchevismo que amenazaba a la nación; el asesinato de Gaitán y la violencia que generó, corresponden a un complot del comunismo internacional; ahora las marchas son alentadas por el castro-chavismo. Los mismos comunistas de siempre, cuyo único programa de gobierno es devorar niños, violar mujeres, matar curas, desestabilizar los países y acabar con las buenas y respetables costumbres políticas del engaño secular.

Para la izquierda el pueblo es poder organizado; para derecha, una masa manipulable. En el plebiscito, los usaron como idiotas útiles (una vez lograda el objetivo, los desecharon.) Los resultados de la consulta pueden compararse a un encuentro de vecinos para jugar cartas, en el cual uno dice: “Les hice trampa pero les gané”. Entonces los participantes deciden que ése es el que debe representarlos. Por eso se exige respeto para el pueblo colombiano porque queda la apariencia, incluso ante el mundo, de que les preguntaron si quieren que el país cambie y dijeron que no, que les gusta el juego sucio, la vida sucia y la guerra sucia. Ese es el mundo que no se quiere. Se buscar construir una nación y una sociedad con valores y virtuosas como proclamaba el Libertador. 

 Que no se olviden que seis millones cuatrocientos mil votos representan apenas el 13% de la población colombiana; que el abstencionismo fue del 63% que son la mayoría del constituyente primario, que no se pronunció.

Plinio Apuleyo es de esos escritores a quienes no les tiembla la mano para olvidarse del humanismo; así como tampoco les ha temblado la motosierra a sus secuaces. Este es un proceso de paz en el que los campesinos luchan por su vida y los ricos por sus propiedades. En los cambios que se solicitan a los acuerdos no se incluye la reparación a las víctimas, pero sí la conservación de la posesión de la tierra para aquellos, que como buenos reducidores, las compraron de “buena fe”. Se  les recuerda a estos señores que a los pobres se les dice que el desconocimiento de la ley, no los exime de su cumplimiento y comparecencia ante la justicia, lo cual es también válido en este caso.

 En su libro “Años de fuga”, Apuleyo Mendoza, toma prestada la lucha revolucionaria del pueblo colombiano y la usa para salir del anonimato, a partir de relatos que le contaron exiliados de una de las insurgencias del país. Como mínimo debía compartir sus ganancias con las víctimas que le inspiraron.

 Plinio Apuleyo es de esos intelectualicitos que se tienen que parar sobre el trabajo revolucionario de la izquierda para poder alcanzar una altura que nunca hubieran logrado.

 Es de esperar que no siga descuartizando a la opinión colombiana con sus malolientes notas periodísticas escritas con tinta ensangrentada.

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