El Cuento de Caperucita Roja y el asesinato de Yuliana Samboní

Por: Ricardo Robledo

No sé por qué siempre que estoy en medio de niños y escucho el cuento de Caperucita Roja, me parece que se refiere a la política en Colombia, pero sin leñador salvador. Hay un lobo feroz que saca información a una niña desprevenida; utiliza los datos y  los aprovecha para engañar y devorar a la abuela; luego espera por la muchachita ingenua que es incapaz de diferenciar entre los suyos y una bestia.  En el cuento aparece un valeroso leñador que saca vivas a las afectadas de entre el vientre del  depredador; pero no es así en el caso de las costumbres políticas en Colombia, no aparece un oportuno salvador y si apareciera, es posible que sufra un terrible accidente.

La actitud de algunos medios, autoridades y público en general, ante el horrendo crimen  de Yuliana Samboní, es también una muestra de lo que es el país. En los primeros noticieros del lunes en la mañana, se trató de ocultar la identidad del responsable; incluso un general de la policía dijo que no la revelaran para no entorpecer la judicialización. Se presentó una evidente tentativa de ocultamiento que deja muy mal parados al sistema judicial, a las autoridades y también a los medios, que se prestan a todo tipo de triqueñuelas para desinformar y timar a la población.

La ciudadanía, indignada con razón, sale a pedir la pena de muerte o la cadena perpetua, en una sin razón de efervescencia temporal,  puesto que no se pueden aplicar leyes que no existen –pero se hace bulla y solidaridad emocional que lava la conciencia-. El país pasa de tragedia en tragedia: empalamiento de una mujer en el Valle del Cauca; derrumbe en la autopista Medellín Bogotá; caída del avión con los integrantes del chapecoense; derrumbe en Siloé; asesinatos y violaciones de niños y niñas; amenazas y muertes de líderes sociales. Ya se aproximan las elecciones del 2018.

Pero pasado el calor de los sucesos del día, el país vuelve a su marcha normal, sujeto al manejo de una clase política indolente a la que no le interesa cómo vive la población empobrecida o si existen o no, leyes severas aplicables (mientras más laxas, mejor). Se derrumban unas casuchas sobre los moradores, incluidos menores, pero tenemos carreteras 4G y aeropuertos más modernos. Ese es el enfoque de los presupuestos y el alcance de las concepciones humanistas de los gobernantes, que de seguro serán reelegidos para el próximo periodo.

En el país existe un mecanismo del clientelismo, tan bien montado por una minoría, que hasta los pobres están de acuerdo en que funcione así. Por eso no quieren cambiar a la clase política. O si no, el zumbido de la motosierra les recordará los límites del pensamiento independiente. Pasado el plebiscito del 2 de octubre con una mayoría para el NO, la juventud salió luego a manifestarse por el SI. Somos el país del día después.

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