Archivo mensual: marzo 2019

Ecuador: Gabriela Rivadeneira – Sesión 582

Entrevista al General Roberto González Cárdenas (Venezuela)

COLOMBIA: “Los nombres de personajes ilustres como Luis Ernesto Garcés Soto; la exgobernadora de Antioquia Helena Herrán de Montoya, Mario Uribe, Horacio Uribe, el expresidente Álvaro Uribe Vélez, para citar solo algunos, han estado ligados a los grupos de ‘limpieza social»

Redacción Judicial

En una sentencia contra un excomandante del Bloque Suroeste, el Tribunal Superior de Medellín mencionó cómo varios terratenientes, entre ellos Mario Uribe Escobar (primo del expresidente Uribe) y su hermano Víctor Horacio, habrían ayudado a la promoción del paramilitarismo.

El Bloque Suroeste se conformó, entre otras cosas, gracias a la petición de varios hacendados y comerciantes de la región a las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá.Archivo.

Un nuevo fallo de la Sala de Justicia y Paz del Tribunal Superior de Medellín, proferido el pasado 25 de enero, pero revelado en su totalidad el pasado lunes, hace una sucinta mención que podría terminar en una gran controversia: la posible cercanía entre el expresidente Álvaro Uribe y los grupos paramilitares de Antioquia. Se trata de la primera sentencia de Justicia y Paz emitida contra el Bloque Suroeste de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), a través del caso de su excomandante militar Germán Pineda López, alias Sindi.

En ese estudio que hizo el tribunal, se habla, justamente, de la participación de civiles que, para “combatir a la insurgencia”, decidieron invertir recursos en la conformación de grupos paramilitares. Y aunque la Sala de Justicia y Paz aclaró en su decisión que “la Fiscalía no aportó la identificación de las personas que solicitaron la creación del grupo paramilitar (en cuestión) y que se comprometieron con su financiación”, sí cita, más adelante, varios informes realizados por el ente investigador.

(Lea aquí: El riesgo de armar a civiles)

En uno de esos informes, elaborado por la Fiscalía 20 Delegada ante Justicia y Paz, se mencionan a personas como el exsenador Mario Uribe Escobar -a quien la Corte Suprema condenó a 7 años y medio de prisión por parapolítica-, su hermano Victor Horacio y su primo, el expresidente, jefe natural del partido Centro Democrático y hoy senador, Álvaro Uribe Vélez. Así quedó plasmado en el fallo de 768 páginas. (Lea aquí el fallo completo)

«En las fincas El Guáimaro, Los Naranjos, El Recreo y El Limón, propiedades del exsenador Mario Uribe Escobar, de la exgobernadora de Antioquia Elena Herrán de Montoya, ya fallecida, de Jorge Andrés Gallego y de Víctor Horacio Uribe Escobar, hermano de Mario Uribe Escobar, ubicadas en la subregión del suroeste, pernoctaban los hombres del Bloque Suroeste«, señala la sentencia con base en el mencionado reporte de la Fiscalía.

De acuerdo con el fallo, un informe de Policía Judicial de 1997 detalló que en las fincas El Guáimaro y Los Naranjos hacían parte del listado de sitios que eran «frecuentados por los integrantes del Bloque Suroeste en la subregión». Se trataba de un grupo que se conformó a raíz de la petición que hacendados y comerciantes de la zona le hicieron a las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá, dice el fallo. Es decir, a la casa Castaño.

(También: La historia del paramilitarismo en Colombia, según Ronderos)

La parte en la que aparece mencionado el expresidente Uribe dice: “Los nombres de personajes ilustres como Luis Ernesto Garcés Soto; la exgobernadora de Antioquia Helena Herrán de Montoya, Mario Uribe, Horacio Uribe, el expresidente Álvaro Uribe Vélez, para citar solo algunos, han estado ligados a los grupos de ‘limpieza social’ –Las Escopetas– y paramilitares”.  La base de esa afirmación es un informe de la Fiscalía 44 Delegada ante Justicia y Paz, del 5 de enero de 2011

El tribunal aprovecha la explicación de la violencia que sufría esta subregión antioqueña para hacerle un sutil reclamo al expresidente Uribe. Lo hizo al referirse a las Convivir, grupos de seguridad que terminaron trabajando en connivencia con los paramilitares en varios lugares del país, pero especialmente en Antioquia: : “Aun recientemente, y pese a las evidencias que existen sobre la participación de muchas de esas cooperativas en las acciones criminales del paramilitarismo, (Álvaro Uribe) ha defendido la validez de esa iniciativa como estrategia de seguridad”.

La responsabilidad de Uribe como promotor de las Convivir mientras fue mandatario de Antioquia, entre 1995 y 1997, tampoco se pasó por alto:«A partir del impulso que el entonces gobernador de Antioquia Álvaro Uribe Vélez dio a estas cooperativas en el departamento, se crearon en el Suroeste algunas Asociaciones Convivir que, como en las demás regiones donde fueron constituidas, contaron con el apoyo de sectores políticos y económicos de los municipios y se convirtieron en una especie de brazo legal de los paramilitares».

(Le puede interesar: Prohibición del paramilitarismo, una reforma que levanta ampolla)

Para el tribunal, es claro que las Convivir fueron elementos claves en las redes de apoyo del Bloque Suroeste y que, cuando desaparecieron, muchos de sus miembros entraron a engrosar las líneas de las AUC. Esas redes de apoyo eran patrocinadas por «comerciantes, propietarios de tierra, algunos pobladores y miembros de las autoridades civiles y militares»; por integrantes del Ejército y la Policía, que también «fueron colaboradores del Bloque Suroeste para la comisión de sus crímenes».

La Fiscalía ha realizado más de 170 compulsas de copias para que políticos y civiles sean investigados por sus posibles nexos con este grupo armado ilegal pero, hasta la fecha, las indagaciones no han avanzado. Así lo constató el tribunal, el cual anunció que «le solicitará a la Fiscalía que adelante las labores correspondientes para garanizar el impulso y desarrollo de esas investigaciones».

Este no es el primer fallo de un tribunal de Justicia y Paz en el cual se cuestiona la supuesta cercanía o afinidad entre el expresidente Álvaro Uribe y los grupos paramilitares, los cuales se desmovilizaron durante su primer mandato en la Casa de Nariño. El exjefe de Estado, sin embargo, siempre ha sostenido que todas sus acciones han estado cubiertas por el manto de la legalidad, que ni él ni nadie de su familia ha promovido el surgimiento de grupos ilegales, y que está más que dispuesto a atender los llamados de la justicia


TRIBUNAL SUPERIOR DE MEDELLÍN
SALA DE CONOCIMIENTO DE JUSTICIA Y PAZ
Medellín, veinticinco de enero de dos mil diecinueve …

https://drive.google.com/open?id=1TsUtC_3K_uL_j-CkbsYgJCjnupFhgQGI

NO ES PURO CUENTO

Elecciones Ecuador, marzo 24 de 2019

 

Rusia envía aviones, soldados y equipo militar a Venezuela

Los guetos de las ciudades actuales

Por: Ricardo Robledo

Es abominable lo que los seres humanos hacen con las gallinas. Nacen en incubadoras, luego las alimentan, las hacinan en galpones con jaulas con el mínimo movimiento para que no pierdan peso, ahí mismo hacen sus necesidades, comen, ponen sus huevos – rinden sus frutos económicos-, pasados no más de 45 días se deben sacrificar para que no dejen de ser rentables.

Tal condición parece trasladarse a las personas. Se hacinan en torres de apartamentos de unas decenas de metros cuadrados, salen a trabajar –en donde rinden los frutos económicos- regresan extenuados a sus domicilios, luego si pueden salir, es a un centro comercial o al supermercado a comprar su alimento. Pasado un tiempo son desechados por cualquier motivo; pero, pueden comprar su libertad luego de cotizar las semanas estipuladas –opción que no tienen las gallinas; aunque también terminan devoradas, sin ser conscientes de su destino.

La calidad de vida humana, se mide por estrato, metros cuadrados, en cual tipo de supermercado se compra y por productos adquiridos. Consumir es una delicia en el sistema capitalista. Algunos creen que también es bueno que las aves escuchen música para que produzcan más.

Triste existencia la de las gallinas.

Marzo 23 de 2019

La Izquierda y la Unidad

Por Gonzalo Salazar

Con la visión occidental, la mayoría de los políticos -de derecha e izquierda- conciben la unidad como la totalidad homogénea de grupos y comunidades en torno a la solución de sus problemas y en la ejecución de proyectos sociales, negando la diversidad, suprimiendo las diferencias en el discurso y en las políticas a aplicar en territorios también diversos; para ello crean aparatos, dividen territorios comunes, suprimen la autonomía e imponen programas y gobiernos mediante la democracia delegataria y del voto.

En las periferias coloniales siempre Occidente ha impuesto mediante el chantaje y o la fuerza militar, monarquías y dictaduras, política utilizada por USA en el siglo XX y en lo que va del XXI, interviniendo política y militarmente donde quiera que haya recursos naturales, energéticos y o posiciones geoestratégicas para mantener su elevado nivel de consumo y su hegemonía –África, Asia, América Latina y El Caribe-; igualmente, para sustentar la dominación impone ideológicamente a los países dependientes sus conceptos de democracia, libertad y progreso; políticas aplicadas en todo el continente por las oligarquías que han aceptado y defendido a sangre y fuego en sus propios países a partir de la expulsión del imperio español; una forma de colonialismo que promueve la unidad de los sectores populares en torno a partidos políticos, generando el antagonismo entre dichos sectores; llama a la conciliación de los sometidos con sus dominadores mediante la “democracia” representativa, que niega a los pueblos y comunidades su derecho a decidir directa y autónomamente sobre sus propios problemas, como ocurre en Colombia.

La unidad del pueblo no siempre significa cohesión, fusión o unanimidad, la unidad se va construyendo desde procesos de acercamiento, con el reconocimiento de las diferencias y coincidencias, con la constitución de instancias de coordinación y/o de articulación, que nos lleva a otros niveles de unidad, pues existen unidad política, unidad ideológica, unidad orgánica, unidad programática y unidad de acción, que se dan entre organizaciones políticas, y sociales, entre movimientos, clases y sectores sociales, entre comunidades, en contextos determinados, que permiten tomar decisiones y acciones que obligan llegar a acuerdos, consensos, alianzas y compromisos no siempre permanentes ni inmediatos, -o sea, tácticos y estratégicos- sobre todo, si se tienen en cuenta la diversidad y la pluralidad en sociedades y pueblos como los latinoamericanos.

Muchas veces los revolucionarios conviven con una gran preocupación surgida de su aislamiento, tratando de mantener aunque sea en el discurso, el espíritu de unidad. Este objetivo táctico y estratégico ha sido el anhelo de todos los grupos políticos de izquierda y una posibilidad para el pueblo para confrontar al Estado ante el sometimiento y la pobreza, que históricamente ejercen la oligarquía y el capitalismo. Por otro lado, la izquierda en nuestro país, fue asumida por muchos líderes y partidos como una posición política e ideológica crítica y combativa contra el régimen existente, que buscaba el cambio de las estructuras socioeconómicas y culturales de la sociedad capitalista, no solo como oposición al gobierno o al Estado. Otra cosa es que quienes se decían revolucionarios y demócratas también se reconocían de izquierda. Así, quienes criticaban a los gobiernos y al Estado se consideraban de izquierda y allí cabían diversos tipos de concepciones, ideológicas y organizaciones, como aún lo apreciamos. Por esto, desde López Pumarejo la oligarquía reconocía dentro de sus propios cuadros a algunos que consideraba de izquierda (izquierda liberal), en algunas épocas el liberalismo ha permitido al Partido Comunista y otros grupos de izquierda “marxista” participar en el juego seudo democrático (proceso electoral) para mantenerse en el poder.

Mirándola necesidad de la coherencia entre la teoría y la práctica social y política de los dirigentes revolucionarios-entre el pensar, el decir y el hacer- dominada por el discurso, se abre la posibilidad de debatir el concepto de izquierda como visión y posición política e ideológica en el contexto actual de las luchas de los sectores populares -y por supuesto, la lucha de clases-, para reconfigurar el o los procesos transformadores, donde confluyan las diferentes propuestas y aportes intelectuales teóricos y políticos. Por lo que dentro de este complejo movimiento se encuentran tendencias, grupos y partidos que se reclaman de izquierda, otros que los enmarca la sociedad dentro de este como el movimiento sindical, el movimiento indígena, el campesino o el estudiantil, y también a quienes se niegan a aceptar este término para sus organizaciones, movimientos y posiciones políticas e ideológicas, pues tradicionalmente se ha entendido que una persona o una organización de izquierda es esencialmente marxista y su objetivo la toma del poder político del Estado, mientras en los últimos veinte años se han venido constituyendo diversas organizaciones con objetivos particulares como los ecologistas, las y los feministas que la institucionalidad política los identifica como de izquierda; también a los defensores de derechos humanos los administradores del Estado los reconoce como izquierdistas, aunque no formen un movimiento o partido; sin embargo, muchas personas de estas organizaciones y movimientos no se consideran de izquierda, entre los que se cuentan comunidades indígenas y afros, pues la mayoría de ellas no pretenden la toma del poder político, buscan mejorar sus economías, sus entornos sociales, culturales, ambientales, territoriales, de género. Por otro lado, se han venido utilizando eufemísticamente por la derecha y la izquierda institucionalizada los términos centro-derecha y centro-izquierda, como ultraderecha y ultraizquierda, o el de izquierda democrática, para manipular y dividir opiniones, justificando solo las opciones que ofrece la democracia burguesa. Se supone que la izquierda es esencialmente democrática y justa

La izquierda colombiana históricamente ha estado conformada por organizaciones sociales y políticas de sectores populares como trabajadores y trabajadoras, campesinos y campesinas, estudiantes, profesionales, empleados del Estado y pobladores barriales, y por un sector liberal de clase media; ha estado influenciada ideológicamente por corrientes políticas y tendencias filosóficas de origen europeo (liberal, comunista, socialista, anarquista, socialdemócrata), fundamentadas en su mayoría en el marxismo en sus diferentes vertientes. Últimamente, después de la desintegración de la URSS y del campo socialista, con el surgir de nuevos actores sociales y el resurgir de los pueblos originarios, ha sido enriquecida por cosmovisiones de sectores étnico-culturales, feministas, naturalistas, anti sistémicos, muchos de los cuales acogen elementos ideológicos y políticos del marxismo; su estructura ha estado integrada por organizaciones políticas (partidos, grupos, movimientos, colectivos) con nombres que incluyen adjetivos como revolucionario, socialista, marxista, leninista, y todos los “istas” acuñados desde el siglo XIX en Europa, expresiones que significaban, más que tendencias ideológicas o políticas, una dependencia cultural eurocéntrica y de negación de su historia y de su propia realidad, de la validez de nuestras cosmovisiones, culturas y pensamientos, por cuanto las teorías venidas de la Europa “desarrollada”, debían ser probadas y aplicadas sin critica para transformar nuestro atraso en progreso y libertad.

Para algunos grupos dogmáticos del marxismo leninismo, esa transformación consistía en una revolución, cuyo objetivo estratégico era la toma del poder político del Estado a través de una guerra popular de liberación nacional (que podía ser prolongada),  o de una insurrección –que en ambos casos comprometía la formación de un ejército o de una organización político-militar –  con un programa, una línea política e ideológica diseñadas por un partido, una clase revolucionaria (la clase obrera), un aliado estratégico (el campesinado) y un frente político de “masas”, organizados y dirigidos todos, por el partido o la organización revolucionaria. Para otros, tildados de revisionistas -entre los que estaban los que veían como única vía la lucha electoral-, el cambio debería ser a través de las urnas o combinando las “formas de lucha”. Otros más conciliadores consideraban una alianza con una supuesta burguesía “nacional” para una transición pacífica hacia el socialismo. Sin embargo, fue imposible la unidad entre los que se creían marxistas leninistas o comunistas en un solo partido, igualmente entre los que se decían trotskistas y socialistas, como también entre los que defendían el anarquismo, o la unión de todos en un Frente o Bloque histórico; sin contar al M19, que opacó a los otros con su accionar civico-militar y su línea populista anapista “socialista” (socialdemócrata), al que nutrieron ex integrantes del resto de la izquierda. Se llegó a contar cientos de pequeñas organizaciones revolucionarias de todas las tendencias, entre los 60 y los 80 del siglo pasado en varias ciudades del país, surgidas la mayoría de divisiones y subdivisiones, (creadas la mayoría por círculos universitarios) queriendo ser cada una la vanguardia esclarecida para la toma del poder político del Estado; en esa época esta izquierda tuvo una apreciable influencia en sectores activos de la ciudad, (universidades, trabajadores de algunas empresas industriales y del Estado) pero escasa influencia en sectores barriales y rurales.

Siguiendo estos esquemas, en los años 60 y 70, nuestros revolucionarios tomaron como fórmulas perfectas las experiencias y modelos que se dieron en la URSS, Europa oriental (Yugoslavia, Albania), Asia (China, Corea, Vietnam…)  y en Cuba, para aplicarlas cada cual desde su parroquia; que raro, nunca tuvimos como referencia los movimientos revolucionarios de liberación africanos. Por la manía escisionista, seguidista, xenófila y amnésica, tuvimos partidos pro-soviéticos, pro-chinos, pro-albaneses, pro-yugoslavos, pro-cubanos, y nada de raro que hoy también podamos tener pro-venezolanos, pro-bolivianos, y pro todos los países que hacen cambios revolucionarios en cualquier parte del mundo; igualmente nos sectarizamos y dogmatizamos siguiendo la línea de algún teórico, dirigente o de algún partido internacional; también nos acostumbramos a tener disidencias y disidencias de las disidencias en las organizaciones políticas y sociales, atomizando el espectro de la izquierda y de los movimientos populares.  Siempre mirábamos hacia afuera, esperando la iluminación de otros que nos indicaran qué y cómo hacerlo, como expresión de la colonialidad de nuestro modo de pensar.

En política pasa algo similar a lo religioso, en la incertidumbre de líderes políticos, incluso de intelectuales de izquierda, por el temor a quedarse solos, o por no encontrar la organización o la línea ideológica perfecta, pasaban de una organización a otra, de una tendencia política a otra de la izquierda, anidando en todas las organizaciones, terminando algunas veces montando su propio partido o su fundación o parroquia, porque creían que eran los únicos que tenían la verdad y la razón; otros terminan involucrados en la politiquería de algún partido de derecha o al servicio de alguna ONG internacional financiada por el capital imperialista.

Muchos intelectuales, partidos, organizaciones y movimientos sociales se consideran de izquierda; no significa que ser de izquierda sea igual a ser revolucionario, pero ser de izquierda en la sociedad capitalista, es una condición que nos define como actores políticos en defensa de la democracia, la paz y la justicia social. Aun siendo un concepto occidental, ser de izquierda en esta sociedad, es un valor humano muy importante en quienes sufren las injusticias del capitalismo; aunque la práctica social y política de algunos de sus miembros indique lo contrario. Pero es necesario replantearnos el término cuando los paradigmas hacia los cuales se dirigían sus proyectos y acciones perdieron solidez, cuando la cultura que le dio valor e identidad entra en decadencia; y evaluar hoy los cambios ideológicos en sectores policlasistas de esa izquierda que queriendo diferenciarse de sus ancestros comunista o socialista, se alían a sectores oligárquicos, mafiosos y de derecha para tener acceso a coadministrar el Estado; algunos  autodenominándose progresistas, y que en los últimos 20 años los hemos visto aferrados a la institucionalidad que antes criticaban y combatían. Pero este fenómeno no es nacional, es producto de la descomposición del otrora socialismo real que implosionó haciendo metástasis en todos los partidos y movimientos que seguían sus líneas política e ideológica.

La izquierda en general -en Colombia- además de socialdemócrata, es neoliberal en diferentes tonos, desde lo político, lo económico y lo social, alzada en armas o de civil; la mayoría de sus organizaciones prácticamente no han estado interesadas en construir, liderar o integrar un Frente, una OPM una OPP un Bloque Histórico -propuestas por ella misma- que reúna a todo el pueblo para que haga una revolución que cambie radicalmente las estructuras socioeconómicas del país y construya el socialismo soñado por toda la izquierda, pues su sectarismo-dogmatismo lo ha impedido.

No es que la izquierda no haya evolucionado, que no tenga en su conjunto una visión aproximada a la realidad histórica, económica, social y política del país –nos convertimos en especialistas del diagnóstico-; no es que no confronte al Estado por reformas sociales, por participación política; que no haya aportado mucha sangre de lo mejor de nuestro pueblo en una lucha heroica contra la oligarquía y el imperialismo desde la lucha armada, la gremial, hasta la cultural, ecológica e intelectual; el problema es que nunca se han podido poner de acuerdo sus integrantes para definir un programa mínimo común a mediano plazo ni para la construcción de una organización social y política amplia, donde quepan todos las y los oprimidos, explotados, excluidos e inconformes de este país.

Tampoco podemos confundir izquierda con oposición, -que generalmente es oponerse al gobierno y no necesariamente al Estado o al sistema- pues la oligarquía ha utilizado este término para definir a los de su misma clase que difieren del gobierno de turno como lo fue el uribismo; algunas veces incluye a la izquierda dentro de sus opositores; claro que cuando esta oposición se torna peligrosa para el régimen, la oligarquía la trata de terrorista o de delincuencia política, la estigmatiza, la reprime y la penaliza, cuando no la elimina físicamente como a la UP. Existe otra oposición nombrada “izquierda social” que enfrenta al capitalismo, son sectores populares como los indígenas, las comunidades negras, los campesinos, los trabajadores, los viviendistas, los estudiantes, las y los feministas, los y las ecologistas –muchos de filiación liberal y conservadora-, que defienden su existencia física, sus intereses y sus territorios, obstaculizando a la oligarquía y al capital transnacional la realización de sus planes económicos, ante lo cual el Estado y la empresa privada utilizan el mismo procedimiento de exterminio que contra la izquierda “política” y la insurgencia. Sin embargo, los movimientos sociales populares han asumido el mismo comportamiento de la izquierda política, cada uno cree que puede enfrentar solo, y vencer al estado en la defensa de sus intereses particulares, mostrando el mismo panorama de dispersión.

Habría que preguntarse qué sería ser de izquierda en la URSS y en China en la época del capitalismo de Estado, cuando los estudiantes, los intelectuales críticos, los campesinos y los obreros protestaban; y hoy en Venezuela, Ecuador, Bolivia o en Nicaragua, incluso Uruguay Brasil y Argentina que pasaron de la izquierda al progresismo extractivista, -hoy arrinconados por el fascismo promovido desde Washington- no porque sus regímenes sean injustos o represivos, sino porque estos conceptos nos llevan a delimitar márgenes de actitudes y acciones por los intereses de clase o de grupo de quienes dirigen estos procesos, sobre todo cuando en algunos de esos países se realizan movilizaciones populares contra las políticas del Estado que atentan contra las vidas de las comunidades en el campo y la ciudad, contra la ecología,(como la gran minería,  el monocultivo de la soja, la destrucción de la selva amazónica los parques naturales TIPNIS, Yasuní) contra la dignidad de las mujeres, quienes luchan contra el patriarcado y por sus derechos sexuales (y reproductivos como el aborto), económicos, sociales y culturales; contra los pueblos indígenas que defienden sus territorios, culturas y autonomía, contra los campesinos que reclaman reforma agraria, soberanía alimentara y fin al extractivismo minero-energético, contra los sectores populares urbanos que luchan contra el aumento en los precios de los combustibles y de los alimentos; contra las privatizaciones de sectores estratégicos como los combustibles, los minerales, el agua y demás bienes naturales; políticas que prometían el progreso o la Modernidad para sacar de la pobreza y la exclusión a la inmensa mayoría de su población,

Los conceptos occidentales derecha e Izquierda no son suficientes para determinar las vías de progreso y bienestar humanistas, o las reformas que indiquen cambios estructurales reales, empezando por ejemplo, por tomar posición consciente y coherente en torno a temas como la deuda externa, las imposiciones macroeconómicas  de los organismos “multilaterales”, la inversión extranjera, el extractivismo venga de donde venga, y otros no tan económicos como la ecología, la autonomía de la mujer, el machismo y el patriarcado, o los relacionados con los pueblos indígenas, raizales y otras llamadas minorías como los LGTBI. Con estos antecedentes podríamos plantearnos la revaluación del concepto izquierda no solo en lo teórico, sino, en sus actitudes y su práctica política, pues internacionalmente el concepto Progresismo o progresista ha sido aplicado y desarrollado por partidos y movimientos políticos que vienen de lo que hace poco se llamó la Nueva Izquierda Latinoamericana, pero que en realidad su paradigma es el desarrollismo del capitalismo de Estado que puede terminar al servicio de las corporaciones transnacionales extractivistas, incluido el capital financiero.

La Modernidad nos impone su carga cultural y epistémica para asumir la teoría y el conocimiento desde la academia occidental, sintetizada en los conceptos, tesis y discursos de científicos, religiosos, literatos, teóricos e intelectuales de cinco países del llamado Occidente, -Inglaterra, Alemania, Francia, Italia y Estados Unidos- elevando sus conocimientos al nivel de verdades superiores a cualquier otro conocimiento del resto del mundo; esta concepción colonialista del conocimiento hace que las estructuras construidas en la modernidad -método, leyes, cosmovisión, literatura, epistemología- sean las herramientas apropiadas para abordar el análisis, la investigación, la aplicación y desarrollo de sus teorías y discursos científicos, políticos, y religiosos en nuestros pueblos y países, por lo que no hay lugar para la disidencia, la creatividad y el pensamiento propio, en este caso, el darle otro nombre y concepto a concepciones políticas, ideológicas, culturales y cognitivas anticapitalistas, desoccidentalizadas, no eurocéntricas, antipatriarcales, no judeocristianas, al término y concepto occidental de izquierda, es una tarea como la de restituir el nombre de Abya Yala para nuestro continente, o encontrar el nombre apropiado para nuestro país, abandonando el del conquistador, utilizando nuestras propias epistemologías y cosmovisiones o filosofías.

El capital transnacional y la oligarquía colombiana han asimilado la rebelión con el terrorismo, conceptos que una parte de la izquierda también ha adoptado, condenando y apoyando la penalización de quienes se declaran y actúan contra el capitalismo haciendo uso legítimo del derecho de los pueblos a la rebelión, sobre todo, quienes participan de la institucionalidad o aspiran a cargos públicos. Rebelión no es igual a violencia, es un derecho individual y colectivo, es la capacidad y responsabilidad ética de quienes poseen dignidad para luchar contra sus opresores, y ello incluye formas de lucha como la desobediencia civil, las luchas cultural, ideológica, económica, ecológica, en expresiones políticas organizadas, o sea, con movilización social. Sin embargo, la violencia sigue siendo el último recurso legítimo de los pueblos en resistencias para proteger sus vidas, sus territorios, organizaciones, culturas y proyectos. Algunas organizaciones de la izquierda institucionalizada han borrado de su vocabulario el término rebelión, junto a otros como oligarquía, imperialismo, explotación, dependencia y lucha de clases; cambiándolos por otros que han impuesto la academia neoliberal el establecimiento y sus medios oficiales, como élites, sociedad de libre mercado, inversión extranjera, cooperación internacional y sociedad civil. Pero más que los términos, lo que hay que analizar es la práctica política y social de las personas, de las organizaciones políticas y de los movimientos sociales; sobre todo cuando la corrupción y el despotismo del capital nos impone una antiética sin principios humanistas, que permea las dirigencias de izquierda, tanto las radicales, como las que acceden a cargos públicos por elección o por nombramiento dentro del Estado.

Mirándolo en el contexto global, el capitalismo sí es de derecha, injusto, represivo reaccionario, fascista, así se vista de socialdemocracia o de nacionalismo, mientras la izquierda debería ser esencialmente Democracia Popular, Socialismo, Comunismo, Bien Vivir, Humanismo, Anarquismo, Feminismo, ecologismo, indigenismo. Los movimientos sociales y políticos que desean cambiar no solo el capitalismo, sino, también las relaciones que se dan entre las personas como el machismo, el patriarcado, el autoritarismo, las formas de poder piramidal de las organizaciones políticas y sociales del pueblo, el manejo elitista del conocimiento, y las relaciones antropocéntricas con la naturaleza, se ubican en el bando humanista anti sistémico; conceptos que trascienden la izquierda tradicional.

Todos los grupos de izquierda y revolucionarios en la historia de Colombia han hablado de unidad, cada uno desde su punto de vista, desde sus intereses políticos particulares, buscando que los demás se adapten, acojan o se sometan a sus propuestas, sin escucharlos, muchas veces excluyendo de antemano a posibles líderes  populares, o a quienes consideran rivales en la competencia por la conducción; en otros casos, también a quienes ven como inferiores en capacidad política o de movilización de “masas” (y de votos), porque cada uno se percibe a sí mismo como la vanguardia, como lo más puro, capaz y revolucionario. Este tipo de consideraciones narcisistas individualistas son productos del sectarismo y el dogmatismo mesiánico (de la vieja izquierda), de poca capacidad política, que aún sigue predominando en los movimientos sociales y políticos populares de izquierda; algunas organizaciones de izquierda han hecho fáciles alianzas con sectores de derecha (hasta con narcotraficantes), que con otros de la propia izquierda. La mayoría de las veces no se consideran las propuestas de los otros, ni se mira en qué se está realmente de acuerdo o en qué coinciden las diversas posiciones para un proceso de unidad de acción o política, para determinada coyuntura, para alianzas tácticas o estratégicas, porque se busca la hegemonía más que el consenso y la convicción, se piensa primero en quien se queda con la dirección o en cómo vamos en el reparto de la burocracia; nos hemos encontrado en muchos escenarios en un diálogo de sordos y terminamos haciendo la unidad de yo con yo. Por esto es que se llega a formas de unidad como la del PDA, -de la izquierda institucionalizada- en la que las partes no cumplen los acuerdos, mientras la militancia se confunde y se decepciona. La búsqueda de la unidad no puede negar u ocultar el debate político e ideológico, al contrario, son el debate franco y la crítica fraternal, los que hacen posibles los acuerdos, la unidad. Casi siempre la izquierda le echa la culpa de sus fracasos, de sus deficiencias, a la derecha, a la oligarquía, al imperialismo, por no hacer un análisis científico autocrítico de sus acciones y de su propia historia.

Es en los procesos de unidad -con la movilización y el diálogo- como vamos construyendo alternativas de organización, vamos descubriendo tareas necesarias para perfilar un programa mínimo emancipador y reivindicativo; en ellos nos encontramos con aliados, tácticos y estratégicos, identificamos intereses, conveniencias y lealtades que permitirán construir una visión colectiva y plural, definir un programa consensuado, una plataforma de lucha y objetivos tácticos y  estratégicos, sobre bases sólidas de unidad social, unidad política  y o unidad orgánica, o lograr una articulación estable según el caso; en escenarios local, regional, nacional e internacional, sin excluir a ningún sector social o político del pueblo. Por eso son necesarios el diálogo, el consenso y la concertación en el campo popular, incluidas comunidades urbanas, rurales, indígenas, entre sectores, entre movimientos sociales, entre organizaciones; un diálogo no solamente político, también intercultural y filosófico.

Los sectores populares siempre han buscado dialogar entre ellos, en las coyunturas, durante las crisis económicas y frente a las agresiones del Estado contra sus comunidades, que los obliga a movilizarse; han organizado coordinadoras cívicas, comités gremiales y sectoriales que se intercomunican, donde también convergen organizaciones políticas de izquierda, integrando lo que se ha llamado movimientos sociales populares. Hay épocas en que el diálogo pierde fluidez, algunos sectores se repliegan ante la represión o porque han conseguido el objetivo de sus luchas parciales-temporales, saliendo a escena otros sectores. Los campesinos de los años 60 y 70 que dieron grandes batallas por el derecho a la tierra, que fueron después expropiados, masacrados y desplazados, contaron en su época con la solidaridad de los trabajadores, de los estudiantes; ellos dialogaban con estos sectores aportando solidaridad en sus conflictos, ellos resurgen en sus luchas contra los TLC  y el extractivismo con grandes acciones en 2013, 2014, 2016.   Los trabajadores siempre han estado presentes con mayor o menor actividad como en los últimos 30 años, pues el neoliberalismo los desarticuló, redujo el número de organizados y les quitó muchos derechos, sin embargo, han sido los convocantes a la movilización, líderes en la lucha contra el neoliberalismo. Los indígenas desde los 70 han entrado en diálogo permanente con los demás sectores populares rurales -Campesinos y Comunidades negras- llegando en los últimos 20 años a los sectores urbanos caminando la palabra, son los que más dialogan entre ellos y con todos los sectores populares en asambleas, reuniones de cabildo, tulpas temáticas, mingas de pensamiento, caminando el país.  Las comunidades negras, los sectores urbanos en las periferias de las ciudades, permanecen activos y se comunican entre ellos para reclamar atención del Estado en servicios públicos, en salud, educación, vivienda,  infraestructura; buscan articular sus luchas con los demás sectores; dialogan en asambleas, en foros, en la movilización, en sus palenques, en paros como en el Chocó y Buenaventura en 2017.

Cuando hablamos de diálogo no nos referimos solo al diálogo entre dirigencias, sino también entre comunidades y organizaciones de base, en la movilización, en la construcción de alternativas y de resistencias; la mejor manera de dialogar. Pero la clave del diálogo está en escuchar y comprender al otro-a, los otros-as y en ceder lo necesario para ponernos de acuerdo. Los diálogos en el campo popular pueden generar no solo alianzas tácticas y estratégicas, articulaciones coyunturales para emplazar o  exigir al Estado, sino construir cimientos de poder popular, e ir integrando una Organización Política del Pueblo en un proceso de unidad programática,  de propuesta de país, de democracia y de gobierno popular, por fuera de la institucionalidad del Estado. El diálogo con la oligarquía dentro de su institucionalidad, escasamente lleva a negociar reivindicaciones parciales, particulares, sectoriales o gremiales temporales, para exigir al Estado el cumplimiento de sus responsabilidades constitucionales y garantizar los derechos individuales y colectivos reconocidos por la comunidad internacional; diálogo necesario en la resistencia, pero no suficiente para construir un mejor país. En la lucha de transformación radical de la sociedad por un Sujeto político plural popular, que ejerce la hegemonía, el dialogo con la oligarquía solo servirá para que esta entregue el poder del Estado cuando el pueblo se lo imponga, pero la derrota del capitalismo no significa manejar y embellecer la máquina del Estado capitalista, así se le cambie de adjetivo; es el desmonte de este aparato (en una transición), es el reconocimiento, el respeto a la diversidad, a la autonomía, a la democracia popular, lo que posibilita la construcción de una mejor sociedad, de un mejor país. Por esto la transformación no puede ser a corto plazo o con agendas fechadas a los deseos de un sector, movimiento u organización  política, o siguiendo el coyunturalismo impuesto por la oligarquía. Los movimientos sociales de transformación pueden definir sus agendas y programas partiendo del consenso, sobre unas prioridades estratégicas propias, desde sus territorios, espacios y tiempos.

La oligarquía aristocrática siempre ha hecho alianzas tácticas con sectores de la izquierda para mantener su hegemonía frente a las mafias emergentes que reclaman su cuota de poder, como lo hizo en 2014 en las elecciones para presidente, en la que participó prácticamente toda la izquierda que cree en las promesas de paz del régimen (incluyendo a representantes de víctimas del genocidio de la UP y sectores de la insurgencia), cuando Santos dos días después de la reelección declaró públicamente que continuaría ejecutando el proyecto neoliberal -que promueve la Tercera Vía inglesa- con más radicalidad, aunque éste ya cumplió su función, pues ahora se habla del post-neoliberalismo, en que la biopolítica[1]sigue siendo el eje dinamizador de este criminal modelo, como nos lo explica Pablo Dávalos. La izquierda y los movimientos populares también podemos hacer alianzas tácticas con sectores burgueses o subordinados que entran en conflicto con el gobierno o con el Estado, solo obedeciendo a coyunturas, no necesariamente electorales, ni a los intereses de ellos, sino, a los objetivos de la democracia popular. Las alianzas estratégicas las construimos con los movimientos y sectores populares con respeto y honestidad, con compromiso y en consenso, sobre un programa y unas bases sólidas de unidad.

De todas maneras la tarea de los y las demócratas, humanistas, revolucionarios-as, y de la izquierda, es unir al pueblo en torno a sus intereses y necesidades, y dentro de este, a la misma izquierda, que con todas sus divisiones y deficiencias ideológicas y políticas debe rectificar para promover y propiciar los procesos de unidad (si no quiere desaparecer), empezando por realizar la autocrítica a su práctica social y política de los últimos 60, años frente al pueblo. Sujetos como los ecologistas comprometidos con la vida; los y las feministas que rescatan la sensualidad, la sensibilidad, la ternura, la compasión, la solidaridad, la equidad entre hombres y mujeres, y entre todos; los  y las jóvenes en sus diferentes actividades –trabajadores, desempleados, estudiantes, artistas- los profesionales e intelectuales independientes, orgánicos y vernáculos del pueblo que entregan sus capacidades físicas y mentales a la real solución de las problemáticas sociales; los pueblos indígenas, negros y raizales que defienden y conservan sus territorios y culturas; los y las trabajadoras, campesinas organizados gremial y políticamente, incluso sectores religiosos progresistas, empresarios demócratas y militares patriotas, deben integrar y fortalecer organizaciones políticas y sociales, OPCP, orientándose a la construcción de bases o instrumentos de la democracia y el poder popular para enfrentar y derrotar al capitalismo, vencerlo y transformar nuestra sociedad y nuestro país, utilizando todos los medios políticos, económicos, culturales posibles, de acuerdo a las necesidades en cada momento.

No se visualiza en Colombia a mediano ni a largo plazo, cambio real de estructurasmediante procesos electorales; aún si la izquierda se presentara unida y ganara la presidencia y obtuviera mayoría en el congreso, no podría hacerlo sola -necesitaría del compromiso, la organización y la movilización de los sectores populares-  porque esta democracia no tiene capacidad para romper la dependencia económica, política y cultural de las estructuras del sistema mundo, que impone sus políticas económicas y sociales a los países dependientes y por todo lo expuesto en este ensayo; pues la izquierda institucional solo quiere y podría administrar el Estado, no gestionar su extinción; además, la izquierda institucional, imitando a la derecha, ha estigmatizado a quienes no votan, tratándolos de ignorantes y apolíticos, condicionando el trabajo social y político a la participación electoral como la única forma legítima para acceder al poder, condenando las demás formas de lucha y resistencia que el pueblo tiene para expresarse; algunos apoyan a la derecha en penalizar la abstención; bien lo dijeron Héctor León Moncayo y lo confirmó Raúl Zibechi (en el encuentro sobre la Unidad de la izquierda realizado en Bogotá por los periódicos Lemonde Diplomatique y Desde Abajo en noviembre de 2013) En los 70 a los que impulsábamos la lucha de calles nos decían que había una forma superior de lucha a la que nos debíamos incorporar, en referencia a la lucha armada. Ahora nos dicen, y esa es la ironía, que la forma superior de lucha son las elecciones[2]. La desobediencia civil, la cultura, la educación política, la organización y la movilización popular no figuran en la lista de prioridades de la izquierda institucionalizada.

No existen formas superiores ni inferiores de lucha, todas las formas de expresión, de hacer presencia de asumir una posición, toda actividad que contribuya al logro de objetivos sociales de justicia, solidaridad, sin pisotear los derechos y la dignidad de las personas honestas, son válidas y necesarias para transformar nuestra sociedad y al mundo.

Los movimientos sociales y políticos de izquierda y revolucionarios no han podido identificar un Sujeto Social que dinamice un proceso liberador, ni han elaborado un programa mínimo consensuado que cohesione y movilice a los sectores populares del campo y la ciudad, pues la izquierda tradicional conserva los mismos conceptos burgueses de progreso, de democracia y de poder político, y el mismo sectarismo, son sujetos colonizados; de la misma manera no ven la necesidad de la unidad inmediata de los demócratas, humanistas y revolucionarios contra el régimen, ni siquiera la unidad de los revolucionarios y de la izquierda misma en un Frente Político Popular o una Organización Política-Cultural de los Pueblos y de las comunidades colombiana, que conduzca este país hacia un nuevo estadio de justicia y libertad con pleno progreso humano.

El miedo a que el pueblo colombiano asuma su propia emancipación llevó a que las izquierdas vanguardistas optaran por caminos “fáciles y cortos” -que se convirtieron en difíciles y permanentes- para la toma del poder político del estado, bien mediante la vía electoral o con la lucha armada exclusivamente, aisladas de las problemáticas e iniciativas de los diversos sectores populares y del pueblo en su conjunto. La izquierda en general no se ha comprometido en la construcción de un verdadero poder popular ni en fortalecer la autonomía de los sectores populares, solo los han utilizado como capital electoral o como feligreses de sus parroquias, Mientras tanto continúan creciendo la inconformidad, las resistencias y la movilización espontánea, en las que la juventud y las mujeres juegan un papel deliberante, beligerante, determinante junto a los demás sectores populares rurales y urbanos hoy activos.

El sectarismo político -también el académico y el religioso- como el dogmatismo, son grandes obstáculos para dialogar, para desarrollar pensamiento y construir tejido social, para realizar lo que todos los sectores populares ansían para salir de las miserias, del infierno que nos impone la religión del capitalismo, por esto casi siempre vemos primero o únicamente lo malo, lo feo, lo erróneo, el fracaso, la incapacidad para solucionar cualquier problema, para abordar cualquier tarea, para asumir cualquier responsabilidad, es una forma de ignorancia individualista que limita la visión del todo, es una de las manifestaciones de la colonialidad que nos empequeñece, que nos invisibiliza y nos enfrenta en forma fratricida. Paulo Freire nos explica cómo es el sectario:

El sectario nada crea porque no ama. No respeta la opción de los otros. Pretende imponer la suya –que no es opción sino fanatismo- a todos. De ahí la inclinación del sectario al activismo, que es la acción sin control de la reflexión. De ahí el gusto por los slogans que difícilmente sobrepasan la esfera de los mitos y, por eso mismo mueren en sus mismas verdades, se nutre de lo puramente “relativo a lo que atribuye valores absolutos”.Freire 1965 p.42

Aunque los concepto de única clase revolucionaria y de vanguardia, asignados a la clase obrera han venido perdiendo importancia en la izquierda actual, desde antes de la disolución de la URSS y del campo socialista, ante el surgimiento de otros actores y sujetos que reclaman los derechos a proponer y a definir en igualdad de condiciones, en los procesos emancipatorios y liberadores en todo el mundo, en la concepción de la lucha y del poder político predomina la visión occidental monolítica; la mayoría de la izquierda colombiana no concibe la unidad como proceso de construcción de identidades, de subjetividades e intersubjetividades, como producto de acuerdos, disensos, consensos, y autonomías, no ve necesario la integración de lo diverso, de lo colectivo en la realización de un Sujeto Político Plural Transformador. Se ha venido perdiendo el debate ideológico interno, el consenso en las organizaciones de izquierda y entre ellas, prefiriendo los defensores de una posición o tendencia, en muchos casos, optar separarse y formar otra organización donde todos estén de acuerdo sin discusión; esto ha pasado tanto en lo político como en el sector sindical y en otros sectores sociales dirigidos e influenciados por la izquierda política; una forma de polarización que nos atomiza.

La unidad se hace en la diversidad, en el disenso-consenso, no en la homogeneidad o en el unanimismo. A finales de 2013 el periódico Desde Abajo propuso un esperanzador intento de unidad a todo el espectro de la izquierda con el foro La reconstrucción social y sus sujetos, ¿unidad de la izquierda?” con temas muy importantes para encontrar puntos de unidad, para definir elementos de plataforma, de idearios, de programa, comunes. En esta reunión faltaron sectores populares y sociales indispensables en la construcción de una alternativa política popular. Continuamos pensando que basta convocar por las dirigencias, por las élites políticas, mientras a las bases sociales, los sectores populares emergentes como las mujeres, los jóvenes, los indígenas, los campesinos, los desempleados, las víctimas de la guerra y del modelo neoliberal, los pobladores, no hay quien las convoque; aún no se les considera Sujetos capaces no solo de reconstruir su tejido social, sino, de crear un nuevo país. Sin embargo, este gran esfuerzo de DA, -como muchos otros que se han hecho en los últimos 20 años por diferentes organizaciones- no es el último, como tampoco se puede considerarlo como un fracaso, pues como lo hemos venido proponiendo, es necesario la unidad de la izquierda institucional y no institucional, junto a la unidad en igualdad de condiciones con los movimientos y organizaciones populares. Es una obligación revolucionaria persistir en la unidad, como lo pensaba Camilo: “haciendo énfasis en lo que nos une”.

Las claves de la unidad están en las propuestas, acciones y pensamientos de la Gaitana, de José Antonio Galán, Simón Bolívar, Quintín Lame, Jorge Eliecer Gaitán, Estanislao Zuleta, María Cano, Camilo Torres, Manuel Marulanda, Jaime Bateman, Fernando González, Antonio García, Orlando Fals Borda y muchos líderes sectoriales e intelectuales críticos académicos y vernáculos actuales; a nivel latinoamericano y caribeño: Martí, Fidel, Farabundo, Sandino, Mariátegui, Che, Chávez.

Las enseñanzas están en: los cimarrones y sus palenques, en los Comuneros y los levantamientos indígenas de 1781, en los artesanos y sus sociedades democráticas, en la Guerra de los mil días, en la entrega de Panamá, en el socialismo de los años 20 y el movimiento obrero, en la masacre de las bananeras, en las luchas agrarias de los años 30, en las guerrillas liberales, en el bogotazo y la violencia, en la insurgencia y el Caguán, en el M19 y el palacio de justicia, en el holocausto de la Unión Patriótica, en la guerra narcoparamilitar extractivista, en los acuerdos de paz de los últimos 30 años, en las movilizaciones indígena, campesina y popular de los últimos 20 años, en los TLC, en  la Constitución de 1991.

Los ejemplos están en: la Comuna de París, en la Revolución Rusa, en la República Española, en la Revolución China, en las guerras mundiales, en las luchas de liberación de Asia y África, en las dictaduras de América Latina, en las revoluciones mexicana, cubana, guatemalteca, salvadoreña y nicaragüense; en la Bolivia de los años 50, en el Chile de la Unidad Popular, en las guerras de Vietnam, Yugoslavia, Afganistán, Irak, Libia, Siria, Ucrania; en la caída de las torres gemelas. Están en la Chiapas zapatista, en los pueblos de Venezuela, Argentina y Brasil (con arremetida legislativa-judicial y militar de las oligarquías y el imperio), en las luchas de los trabajadores en los movimientos indígenas de Chile, en los movimientos populares de Bolivia y Ecuador (que enfrentan el extractivismo y el irrespeto a la diversidad y pluralidad), en las luchas de los pueblos del mundo.

Las posibilidades están: en la emancipación simultanea de las mujeres y los hombres como Sujetos de dignidad, en la organización, la unidad y la movilización de los sectores populares, en las organizaciones y movimientos políticos y sociales del pueblo, en sus propuestas, en sus prácticas humanistas de solidaridad, de autonomía política económica y cultural, en la unidad de la izquierda y del pueblo, en la crisis estructural del capitalismo, pero sobre todo, en la solidaridad, en la capacidad de resistencia y creatividad de nuestro pueblo, en eliminar de nuestras mentes la concepción occidental-colonial de nuestras realidades, asumiendo nuestra autonomía, multiplicando nuestro amor por la humanidad, por la libertad y la justicia.

Marzo 22 de 2019

[1]La democracia disciplinaria. El proyecto pos neoliberal para América Latina- Pablo Dávalos – ediciones desde abajo – Bogotá 2011.

[2]Sobre la forma superior de lucha – periódico La Jornada – 30-11-2013

Declaración en la ONU: Colombia en la Corte Penal Internacional el 5 de abril de 2019

No sea cobarde Señor Presidente Duque!

Presidente duque usted sale a medios a decir que no puede haber vías de hecho en Colombia, ¿verdad? frente a la protesta social. Pero en Venezuela si tienen todo el derecho de enfrentarse a la fuerza pública, a los militares, tirar gases, quemar camiones con mercado, y eso si usted lo vale y lo aplaude.

Hombre presidente no sea de doble moral. Que le cuesta a usted atender al pueblo colombiano, a las comunidades indígenas, a los sectores campesinos.

Presidente duque, con todo respeto, sea hombre, sea varón y respóndale a las comunidades.

Cuando usted fue candidato a la presidencia, buscaba a las comunidades indígenas. Y

hay videos, y hay fotos y hay mensajes de twitter donde usted decía que iba a estar al lado de las comunidades indígenas, que era su prioridad.

Entonces, sea hombre, presidente duque y cúmplales. Sea varón. Porque es que una cosa es decir de candidato y la otra ya es  cuando se está elegido.

Pero no salga a decir, con todo respeto, que le indigna la protesta social en Colombia y que le indigna las vías de hecho, cuando usted aplaude y avala las de Venezuela. Ah! Esas sí son importantes, esas si son importantes y esas son de avalar.

Así la realidad presidente, entonces escuché las comunidades, porque para Venezuela si sacó tiempo, porque para Venezuela sí sacó tiempo, para un concierto si sacó tiempo, pero para atender las necesidades del pueblo colombiano, no tiene tiempo; y aquí las protestas  sociales usted las criminaliza, las destruye y manda la fuerza pública a enfrentarse al pueblo contra el pueblo, Pero aplaude, avala y apoya lo de Venezuela: avala y apoya que encapuchados en la frontera se enfrenten a la policía y a la fuerza venezolana. La doble moral suya. Y le digo con todo respeto, Y le habla el sacerdote ortodoxo Edilson Huerfano Ordoñez, de la apc de Rusia y

lider social y defensor de derechos humanos.

Sea hombre, tenga los pantalones suficientes y la dignidad suficiente, así como cuando usted fue candidato y fue a pedirle esos votos a esas comunidades indígenas que ahora usted sataniza y criminaliza. Y sé que algunos, a muchos no les va a un gustar este audio, lo siento mucho, pero la realidad del país. Pero aquí no queremos más violencia, más miseria ni más muertos. Queremos es un gobierno que escuche las comunidades y se siente a concertar.

¡No sea cobarde presidente duque!