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David Alfaro Siqueiros

El humanismo de David Alfaro Siqueiros:
un espejo de la izquierda del siglo XX mexicano*

Enrique Ochoa Ávila

Descubrir el humanismo de Siqueiros no sería una tarea difícil, vinculado a la lucha decidida por un mundo nuevo, el muralista derrocha en su vida un infinito amor hacia la humanidad y hacia su pueblo en particular. En este trabajo se explora parte de sus ideas para profundizar en algunos aspectos de lo que se podría llamar su idea de la condición humana. Este personaje –como reflejo de la izquierda mexicana del siglo XX– es tan contradictorio, tan “brusco” y tan sensible a la vez, que no es cosa sencilla abordarlo sin caer en posiciones maniqueas. ¿Cómo distinguir entre el dogmatismo y la fidelidad a los principios?

Su vida

José David Alfaro Siqueiros nace en Chihuahua en 1896. Su padre fue un devoto católico que le procuró una educación conservadora, pierde su madre a una edad muy temprana. La principal influencia familiar que impactó la formación del carácter del artista no fue su padre, sino su abuelo: Don Antonio Alfaro Sierra “Siete Filos”. “Siete Filos” era un jacobino, un liberal radical; había combatido con las fuerzas liberales contra la intervención francesa. De aquí viene la formación anticlerical de Siqueiros. Desde muy joven, y a pesar de vivir en un medio acomodado, tiene contacto con las injusticias propias del México de principios de siglo, caldo de cultivo de la Revolución de 1910-1917. A los 15 años se inicia en el activismo político al participar en una manifestación estudiantil; por estas fechas el joven José David estudiaba el bachillerato por la mañana y artes por las noches. Al año, siendo aún un adolescente, abandona el hogar hostil a sus ideas progresistas y se incorpora a las filas del Ejército Constitucionalista, de donde llegó a ser miembro del Estado Mayor del general Manuel M. Diéguez. En 1919, el gobierno posrevolucionario le subsidia un viaje a París donde profundiza sus estudios de pintura y se empapa de toda la cultura occidental que el México de esos años no le podía proporcionar.

Inició su militancia comunista en 1923, este hecho es determinante en sus concepciones estéticas y su ejercicio artístico. En este año funda junto con Xavier Guerrero, Diego Rivera, Fermín Revueltas, José Clemente Orozco, Ramón Alba Guadarrama, Germán Cueto y Carlos Mérida, el Sindicato de Obreros Técnicos, Pintores y Escultores, fungiendo Siqueiros como secretario general. Un año más tarde, este mismo organismo crea la publicación El Machete, que posteriormente sería el órgano oficial del Partido Comunista de México. En 1928 asistió como delegado al IV Congreso de la Internacional Sindical Roja en la URSS. En 1937 parte a España para incorporarse a los combatientes republicanos en la lucha contra el franquismo. Después de haber atestiguado el papel de los trotskistas en la Guerra Civil española, se opone al asilo de Trotski en México, promovido por Diego Rivera y Frida Khalo; organiza un atentado contra la vida del disidente soviético en 1940.

En 1966 recibe el Premio Nacional de Arte. Recibe el premio Lenin en 1967, mismo que dona al pueblo de Vietnam que en esos momentos luchaba contra la intervención.

Hace importantes avances técnicos para la plástica, producto de su constante experimentación heterodoxa creativa.

Podemos abstraer su obra de artículos, conferencias, cartas, pinturas e incluso corridos.

Su vida es un ejemplo de fidelidad a la transformación práctica de la sociedad, a la causa del socialismo. Nunca interpuso obstáculo alguno que le impidiera cumplir con su deber de revolucionario; un claro ejemplo de esto se da en 1924, cuando ya famoso, deja su preciada labor creativa para asistir en ayuda de sus camaradas obreros de Jalisco, para colaborar en su organización sindical.

La vida y obra de David Alfaro Siqueiros refleja la vida de la izquierda mexicana, su confusión y sus “virajes”. Esta accidentada vida, voluntariamente elegida, lo acercó al drama humano en su máxima expresión: la temprana pérdida de su madre, el combate revolucionario en México, las montañas de cadáveres en España, etc. Sin embargo, el ser testigo de estas experiencias no hacen sino templar creativamente su sensibilidad artística. De su personalidad, apunta el emblemático Ernesto Che Guevara, Siqueiros “…no es de los que respetan las leyes del juego, y se consiguen todos los honores” (Guevara, 1980: 547).

Siqueiros muere de cáncer el 6 de enero de 1974 a las 10:15 de la mañana.

Ideas filosóficas

Como marxista, Siqueiros es materialista; de esta forma, sostiene que las condiciones materiales de existencia son las causas de las diferentes concepciones filosóficas, éticas y políticas, por supuesto que también las estéticas y el arte. Una muestra: “…a cada civilización corresponde una forma de cultura y, con ésta, una forma de arte” (Tibol, 1974a
:97). Aunque en sentido estricto, no hay planteamientos o reflexiones estrictamente filosóficas (en el sentido académico) o planteamientos concretos sobre abordamientos filosóficos clásicos.1 Sin embargo, su concepción filosófica se puede desprender de muchos pasajes que tienen una intencionalidad estética. Utilizando el término realismo expresa su materialismo de la siguiente manera:

Por realismo, dándole a esta expresión todo el significado convencional que la costumbre ha creado, debemos entender: lógica, sentido común, apego a los hechos comprobados, tratándose de las artes plásticas, descubrimiento de los determinantes sociales de cada específico periodo histórico de la humanidad, de los determinantes físicos (geográficos, climáticos, etc.) y también, en consecuencia, de los determinantes temáticos, formales y de estilo, toda vez que se trata de artes plásticas figurativas (Ibíd.: 150).

Con respecto al problema del conocimiento dice: “Los comunistas… no nos quedamos en el análisis de los hechos positivos. Los comunistas vamos siempre al fondo de los problemas y por ahí a la crítica y la autocrítica más directas” (Ibíd.: Como se ve, para este personaje el conocimiento es: primero, posible; después es profundo y reflexivo sobre sí mismo, sin olvidar la posibilidad de transformación práctica de la realidad, implícita en su vida y obra.

De sus afirmaciones acerca del realismo se desprende una concepción dinámica; habla del realismo como un “medio de creación siempre en marcha.” En otra parte dice: “… ni las formas de realismo, ni los medios de materialización práctica son fijos.” Critica la posición metafísica en torno al arte que asumen algunos pintores que trabajan únicamente el aspecto subjetivo, olvidando que “lo subjetivo… no es más que parte integrante y subsecuente de lo objetivo, de lo vivo” de esto podemos afirmar que acepta la primacía de la materia sobre el espíritu, es un materialista como se dijo arriba.

Sobre el problema de la verdad, se inclina por la interpretación marxista-leninista que reconoce la parcialidad de la investigación científica, se pregunta sobre una verdad completa, en el sentido de “acabada”, de la crítica unilateral del arte que deja de lado su papel ideológico (Ibíd.: 66 y 67) En resumen, es un materialista que llama a la transformación revolucionaria de la sociedad (Cfr. Marx, s/f: 26).

De su práctica comprometida se desprende una ética colectiva de lo mexicano que debe ser encausada para darle rumbo a los destinos del país (Monsiváis, 1985: 103).

Sobre la estética: a decir de Raquel Tibol, para él, el arte es “una función y un proceso” (Tibol, 1974a: 12), busca que tenga el “máximo servicio público”, oponiéndolo al arte burgués elitista. “En la estética de Siqueiros –dice Tibol-, encontramos inconformismo crítico y autocrítico; voluntad creadora, generosa y vigilante; reafirmación de un realismo de muchos mayores alcances éticos y estéticos…” (Tibol, 1974b: 56)

Desprecia los gustos burgueses: “Esta por demás decir que el concepto de buen gusto se apoya en lo que podemos considerar como el buen gusto de la burguesía distinguida, de la burguesía chic y refinada, contra el gusto de la pequeña burguesía” (Ibíd.: 184). Es por demás obvia la concepción clasista sobre estética que se detecta en esta afirmación.

Frente a las posiciones eurocentristas típicas del porfirismo, Siqueiros antepone bases firmes para un nuevo arte no simplemente contestatario y localista, sino un nuevo arte universal identificado con las ideas socialistas sobre el futuro, “…estableció con ideas primero y con obras después, las bases para un nuevo arte americano no subsidiario” (Ibíd.: 7).

Desprecia profundamente la pretendida posición de imparcialidad de los defensores del “arte por el arte”, sin ninguna inclinación ideológica (Ibíd.: 69).

Con respecto al individualismo, como característica fundamental del mundo burgués es especialmente beligerante, sobre todo por la tremenda fuerza que esta actitud tiene en el arte.

Ideas políticas y sociales

La vocación del pintor es internacionalista. Ya desde los primeros números de El Machete, llamaba a imitar “el ejemplo del proletariado europeo… [sus victorias en] Inglaterra, Francia y Alemania” (Tibol, 1974a). “La subordinación política al extranjero imperialista toca y destruye hasta lo aparentemente más sagrado y recóndito de la vida de una nación.” (Ibíd.: 145).

Se mantiene en guardia frente a los nacionalismos extremos, para él, el chovinismo es una confusión ideológica “que mueve a los intelectuales adictos aún a las plataformas de la nueva y pequeña burguesía” (Ibíd.: 166). No parecerá necio afirmar que para Siqueiros la implantación del socialismo es ajena a todo utopismo y romanticismo, para él, el socialismo “no va a aparecer súbitamente como por juego de magia, sino a través de un proceso de depuración progresiva de todos los aspectos negativos que correspondieron al orden social inmediato anterior” (Ibíd.: 195).

Sobre las clases sociales, no es necesario aclarar el partido que toma el pintor, sus méritos como organizador sindical y los motivos de su pintura son bastante elocuentes. De la clase enemiga, de la burguesía, destaca su rechazo no sólo a su sostenimiento en base a la propiedad privada, sino el énfasis que pone en el derrumbamiento del individualismo, como característica de esta clase, cuestión que combate con su idea de arte colectivo frente a la pintura de caballete. Propone concretamente la desaparición absoluta del individualismo burgués.

Frente al clero Siqueiros asume una actitud crítica que raya en lo rabioso, celebra el anticlericalismo de Orozco (Ibíd.: 59). Sin embargo reacciona contra la devastación de los templos, en tanto que creaciones arquitectónicas (Ibíd.: 96). “Las iglesias –afirma–, como expresiones artísticas, forman parte del acervo de la cultura nacional” (Ibíd.: 103).

Identifica una cultura de clase, de las grandes masas populares, misma que es el destino de su producción artística (Ibíd.: 31) Esto sin menoscabo de reconocer la importancia de un arte que trascienda fronteras “que sea fruto de la captación del panorama internacional de las plataformas de antecedentes y elementos funcionales locales” (Ibíd.: 35). Un arte para la humanidad.

El papel de la ideología es importante para comprender el pensamiento del pintor. Siqueiros reconoce el rol fundamental que juega la ideología, es decir, los intereses de clase, es obvio el partido que toma nuestro muralista. De hecho, como se apunta arriba, todo arte tiene carácter de clase, tiene una función pública, ideológica. La ideología viene después del vencimiento por la fuerza “…así se produjeron todas las conquistas de la antigüedad, en la Edad Media, con el renacimiento, en el mundo de la burguesía liberal, y así las lleva a cabo en parte el imperialismo contemporáneo. Sólo el cambio radical de civilización, en mi concepto, puede poner fin a tal método” (Ibíd.: 92).

Habla el pintor sobre el humanismo, llamándolo concretamente “nuevo humanismo”, éste es identificado con el futuro socialista al que concibe como meta de su labor.

Frente a la cuestión indígena se muestra profundamente respetuoso del periodo prehispánico, reconociendo el pasado glorioso (Monsiváis, 1985: 103), sin con esto caer en una falsa posición indigenista como la que con tanta ferocidad criticó a Diego Rivera (Ibíd.: 111). Es justo reconocer, sin embargo, que en los albores de su práctica artística (1921) había algunos gérmenes de esto, habla por ejemplo de “facultades raciales” (Tibol, 1974a). Como humanista y como marxista es enemigo del racismo, como apunta Esther Cimet es uno de los rasgos antihumanistas del capitalismo en su fase imperialista.

Frente al progreso y los avances de la industria, mantiene una actitud de reconocimiento a los logros alcanzados, y llama a sus colegas a conocer estos avances (Ibíd.:36), propone retomar una “nueva y propia tecnología científica y mecánica” que adelante los recursos del artista (Ibíd.: 76). Como se observa, las actitudes del muralista frente a la ciencia y la técnica de ninguna manera se identifican con la desesperación o el nihilismo, sino de encontrar en ellas las posibilidades materiales para el beneficio humano, en este caso en la esfera del arte.

No hay en su obra ideas claras con respecto a la educación, salvo las innumerables referencias que hace resaltando el papel educador del arte colectivo como formador de la nueva sociedad inspirada en el colectivismo (Ibíd.: 187), precisa que su importancia pedagógica es superior para las artes plásticas de función social. Es importante, sin embargo, no dejar de mencionar la gran importancia que le daba a la formación de los niños. Así se demuestra en su trato a sus nietos, ya sea condenando el maltrato infantil que afecta la dignidad del niño, aún cuando él mismo la padeció.

Conclusiones

Para Raquel Tibol, “casi todos los murales –y en toda su práctica- están compuestos con base en asuntos de franca tendencia humanista que parten o llegan siempre a los temas medulares de las luchas de liberación de los pueblos oprimidos; las luchas de los desposeídos para conquistar una efectiva justicia social, y el repudio a la guerra para oprimir, sojuzgar y envilecer a los débiles” (Tibol, 1974b: 61).

La relación entre humanismo y comunismo es natural en el artista, afirma que “…un comunista …no puede aceptar de ninguna manera la aplicación y desarrollo de una corriente que expulsa la imagen del hombre y el medio físico social en que este se mueve de la producción artística” (Tibol, 1974b: 192). Es evidente la idea que tiene de hombre como centro de la problemática artística y política, si es que en Siqueiros nos podemos referir a estos aspectos de manera separada.

Finalmente, podemos resumir su idea de hombre en una cita del mismo pintor:

…quisimos penetrar en nuestro hombre de México, y penetrando en él penetramos en el hombre universal, porque la única manera de entender realmente el hombre es teniendo en cuenta al que tenemos adentro de nosotros mismos, al propio, al del país donde vivimos, de nuestra idiosincrasia. Es único camino para entender al hombre universal (Zabludovsky, 1974: 72).

Bibliografía

Directa

  • Siqueiros, D. (1974). Textos. Fondo de Cultura Económica. Estudio introductorio y compilación de R. Tibol. México.

Indirecta

  • Marx, C. (s/f). Tesis sobre Feuerbach. Obras escogidas. Progreso. Moscú.
  • Monsiváis, C. (1985). Amor perdido, 9ª edición, Ediciones Era. México.
  • Tibol, R. (1974). Orozco, Rivera, Siqueiros. Tamayo. Fondo de Cultura Económica. México.
  • Varios. (2000). Releer a Siqueiros. CONACULTA. México.
  • Zabludovsky, J. (1974). Siqueiros me dijo. Organización Editorial Novaro. México

*La versión impresa apareció en el libro: Alberto Saladino García (compilador), Humanismo mexicano del siglo XX, Toluca, Universidad Autónoma del Estado de México, 2004, Tomo I, págs. 485-494.

Nota

1 Esto por lo que se refiere estrictamente el estudio formal académico de la filosofía o alguna de sus ciencias.

Enrique Ochoa Ávila
Escuela de Humanidades/UABC
Julio 2006

http://www.ensayistas.org/critica/generales/C-H/mexico/siqueiros.htm

A los 83 años, murió en México el poeta y escritor argentino Juan Gelman

El escritor, poeta y militante Juan Gelman falleció en el Distrito Federal de México, donde se encontraba internado y donde residió los últimos 25 años, según informaron fuentes allegadas a la familia.

Falleció en México el poeta Juan Gelman

Gelman falleció pasadas las 19 horas de nuestro país en el Distrito Federal, ciudad en la que residía desde 1988 junto a su esposa, Mara La Madrid.

El poeta nació el 3 de mayo en el barrio de Villa Crespo, una zona de Buenos Aires con una fuerte presencia de la comunidad judía, y en cuyas calles aprendió a jugar a la pelota y se hizo hincha de  Atlanta.

A los ocho años escribió su primer poema que se publicó en la revista Rojo y Negro, que tenía una línea editorial identificada con las ideas libertarias y de izquierda.

Esos precoces sentimientos por los menos favorecidos lo impulsaron a militar cuando era un adolescente que estudiaba en el Colegio Nacional Buenos Aires.

Ingresó en la Federación Juvenil Comunista a los 15 años, cuando la Unión Soviética emergía triunfante tras derrotar al nazismo en la Segunda Guerra Mundial y el peronismo irrumpía en la escena política nacional.

Se propuso estudiar química en la UBA tras recibirse de bachiller, pero al poco tiempo dejó para formar el grupo de poesía Pan Duro, una agrupación literaria integrada por jóvenes del Partido Comunista.

Los textos que producían en Pan Duro, durante los años `50, combinaban la lírica con la denuncia a los explotadores, los dueños de la tierra y poseedores del capital.

“Pagar para volver a mi Patria después de tantos años de destierro y persecución significó una infamia. Pero acá estoy, tratando de vivir una vez con utopías”

Hacia fines de esa década, la influencia de la Revolución cubana se hizo cada vez más fuerte en la izquierda argentina, que comenzaba a plantearse la posibilidad de la lucha armada como la única posibilidad de cambiar la realidad.

La proscripción del peronismo y la represión al movimiento obrero motorizada por el Plan Conintes que se aplicó durante la presidencia de Arturo Frondizi contribuyeron a la radicalización de las ideas de Gelman, que por entonces superaba apenas los 30 años.

Durante la presidencia de José María Guido –que asumió  como presidente tras el derrocamiento de Frondizi-resultó encarcelado junto a un grupo de escritores por pertenecer al Partido Comunista.

Ese breve paso por la cárcel, sumado a la postura ambivalente que sostenía el partido en relación a Cuba y la lucha armada, lo aceraron a los grupos disidentes de la línea oficial para acercarse a un peronismo entonces perseguido e ilegalizado.

La clase trabajadora era peronista por definición, y muchos teóricos de la izquierda comenzaron a interpretar a mediados de los `60, que en el movimiento fundado por Juan Domingo Perón podía construirse una alternativa revolucionaria para esa conflictiva Argentina.

Un mundo que se conmovía con el Mayo Francés, la Masacre de la Plaza de las Tres Culturas en México y la muerte del Che Guevara en Bolivia, y un país que se sacudía con el Cordobazo, el Rosariazo y otras expresiones de la resistencia contra el régimen militar de Juan Carlos Onganía, influyeron decisivamente en la apuesta del poeta por la revolución.

Así fue que Gelman ingresó en las Fuerzas Armadas Peronistas, una organización surgida de un grupo de militantes de izquierda que pretendían dar un apoyo logístico desde Argentina a la guerrilla del Che instalada en Bolivia.

Supo también, por esos agitados años, combinar su militancia con el periodismo, al trabajar en las revistas Panorama y Crisis, y en los diarios la Opinión y Noticias.

En 1973, poco después de las elecciones que posibilitaran el retorno del peronismo al gobierno tras 18 años de proscripción con la victoria del candidato del FREJULI,  Héctor Cámpora, las FAR se fusionan con Montoneros, la organización armada más influyente de entonces.

Gelman pasó a integrar un lugar de importancia en la conducción de Montoneros, primero como un referente de superficie, y luego, cuando la organización ingresó en la clandestinidad, se dedicó a denunciar los crímenes de la Triple A en el exterior.

En esa tarea se encontraba cuando se produjo el derrocamiento de Isabel Perón, el 24 de marzo de 1976, y debió permanecer en un exilio que lo llevó a vivir en Roma, México, París y Managua.

Residente en Roma desde principios de los `80, pasó a trabajar para la UNESCO como traductor, mientras comenzaba la búsqueda de su hijo Marcelo, y de su nuera María Claudia García, secuestrados por la dictadura y que permanecían desaparecidos.

Aunque colaboró con el diario Página/12 desde sus inicios en 1987, recién puedo volver al país un año después, previo pago de una caución judicial, que le permitió presentarse ante la Justicia para no quedar detenido.

“Pagar para volver a mi Patria después de tantos años de destierro y persecución significó una infamia. Pero acá estoy, tratando de vivir una vez con utopías”, declaró a la revista Humor recién llegado al país.

Sin embargo, eligió radicarse en México, donde en 1989 lo encontró el indulto de Carlos Menem, una medida que incluyó a militares genocidas a otros antiguos jefes guerrilleros.

“Me canjean por los secuestradores de mis hijos, y por otros miles de muchachos y militantes que ahora son también mis hijos”, señaló en una declaración con la cual expresaba su rechazo a ese perdón.

Desde entonces, la búsqueda de su hijo y su nuera se convirtió en la causa que abrazó con el mismo fervor que le dedicó a la militancia revolucionaria.

Halló el cuerpo de su hijo en 1990, gracias al trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense, que dio con sus restos en San Fernando.

Ocho años después, descubrió que su nuera había sido trasladada a Uruguay en el marco del Plan Cóndor, el proyecto represivo que coordinaron las dictaduras del cono Sur.

Reclamo una investigación a los presidentes uruguayos, Julio María Sanguinetti y Jorge Battle para dar con la identidad de su nieta, y en 2000, Gelman pudo reunirse con ella.

Tras dar cuenta de su identidad, la joven decidió cambiar el nombre de Andrea –bajo el cual fue anotada por un policía uruguayo tras nacer en una clínica de Montevideo–, y pasó a llamarse María Macarena Gelman García.

En 2008, los autores del secuestro y muerte de su hijo fueron condenados en la causa que se instruyó por los crímenes cometidos en el centro clandestino de detención automotores Orletti.

Era el 11 de septiembre de 2001

En la cama con el enemigo – Amy Goodman (Capítulo 1)

Amy Goodman

¿Quién es Amy Goodman? Michael Moore la adora y afirma: ‘Es un tesoro nacional’. Bill Clinton ha dicho de ella: ‘Es hostil, combativa y hasta insolente’. Noam Chomsky la alaba: ‘Ha llevado el periodismo de investigación hasta nuevas alturas’. Goodman es la periodista más odiada por los políticos norteamericanos, y en este libro desenmascara las relaciones peligrosas entre los políticos, los empresarios del petróleo más importantes de Estados Unidos y los medios de comunicaicón, como CNN, Fox y NBC.

Primer capítulo de EN LA CAMA CON EL ENEMIGO de AMY GOODMAN

“El efecto bumerán”

Aquellos que no recuerdan el pasado
están condenados a repetirlo
GEORGE SANTAYANA

La mañana comenzó como cualquier otra. Y terminó como ninguna otra.

Era el 11 de septiembre de 2001. Aquel luminoso martes, a eso de las seis de la mañana, salí corriendo de mi apartamento para hacerme con unos cuantos periódicos y cogí un taxi en dirección al parque de bomberos.

Portada del Libro

Portada del Libro

Una docena de manzanas más allá del World Trade Center, llegué al centenario edificio en desuso de la Engine Company 31. El edificio, con sus enormes puertas rojas situadas frente a las dársenas de los coches de bomberos, continúa sirviendo al hoy engrandecido vecindario con un centro comunitario de medios de comunicación y con el estudio de Democracy Now! Durante las horas siguientes, nos dedicamos a nuestra rutina diaria. Preparamos textos, investigamos historias, comprobamos datos y escribimos las entradillas. Estábamos apretujados en un espacio pequeño de techos inclinados. Mientras el segundero nos aproximaba al momento de entrar en antena, se desató el caos. Nosotros solemos gritar, debatir y discutir todo el rato sobre la forma en que vamos a cubrir las noticias del día. Para desplazarnos entre los pisos, normalmente subimos y bajamos por la antigua barra de incendios de latón. (Bueno, yo me dejo caer por ella; únicamente Anthony Sloan, nuestro ingeniero, es capaz de contonearse barra arriba.)

Mientras se aproximaba nuestro horario de emisión de las nueve de la mañana, comprobamos los micrófonos y conectamos con el satélite de Radio Pacífica. Sin que nosotros lo supiéramos, mientras llevábamos a cabo nuestro ritual matutino, el primer avión se estrelló contra el World Trade Center. Eran las ocho y cuarenta y siete de la mañana. Estábamos a sólo unos minutos de salir en antena, ignorantes de que una catástrofe global estaba cobrando forma a unas manzanas de allí.

Justo antes de las nueve, mi pulso se aceleró instintivamente al oír la tradicional cuenta atrás: .

Comencé con mi estribillo diario. Una vez pronunciadas estas palabras, suelo exhalar un callado suspiro de alivio: hemos logrado alcanzar un nuevo programa.

Pero ese día, después de tres minutos de programa, mientras presentaba los titulares de las noticias, escuché una sorda explosión que venía de afuera. Era el segundo avión estrellándose contra el World Trade Center. En seguida se oyeron los gemidos de las sirenas provenientes de la calle.

Momentos después, Keiko Tsuno, la codirectora de la Dowtown Community Television, el centro de formación y de producción televisiva al cual pertenece el edificio, entró en tromba en nuestro estudio. , gritó ella. Entonces nos dijo que iban a abrir el parque de bomberos para ayudar a la gente que huía del desastre.

La miré con incredulidad. ¿Un avión? Debía de estar equivocada.

Acabábamos de empezar a reproducir una entrevista grabada en la Conferencia Mundial sobre el Racismo de Durban, Sudáfrica, así que pude disponer de unos segundos para encender la televisión. Los cuatro que estábamos en el estudio nos apiñamos alrededor del monitor en un lúgubre silencio mientras mirábamos las imágenes de las torres en llamas.

Interrumpí el programa para anunciar lo que había pasado. Cogimos los teletipos de agencia y continuamos atentos a lo que sucedía en la televisión. Por aquel entonces ya estábamos emitiendo en directo. «Al parecer, en una horrible escena, dos aviones se han estrellado contra los pisos superiores de las dos torres del World Trade Center, causando sendos boquetes en ambos edificios. El presidente Bush ha dicho que se trata de un ataque terrorista. Probablemente, otro avión se ha estrellado contra el Pentágono, hay un incendio en el parque Mall [en Washington, D.C.] y un fuego detrás del antiguo edificio del gobierno federal. La Casa Blanca y el Pentágono están siendo evacuadas», dije. Las primeras historias sobre los incendios de, Washington y sus alrededores eran confusas; más tarde se supo que el choque del avión que había impactado contra el Pentágono había sido el causante del humo que cubría la ciudad.

Yo continué: .

Tan sólo unas horas después del ataque, comenzaron a surgir indicios que indicaban que todo aquello no era sino otro caso de lo que se ha venido a llamar el efecto bumerán, o la efectiva comprobación de cómo el apoyo a déspotas en lugares lejanos, inevitablemente, termina teniendo perniciosos efectos sobre nuestro propio país. Si alguna lección debemos sacar del 11 de septiembre y de las guerras en Irak y Afganistán, es la de que tendremos que pagar un precio cada vez que nuestro gobierno respalde a rufianes y torturadores en el extranjero, o cuando el propio gobierno se convierta en uno de ellos. Aquella terrible mañana, sin embargo, nosotros estábamos más preocupados por enfrentarnos al desastre que estaba teniendo lugar en nuestro propio barrio.

Abajo, nuestros colegas abrieron a la calle las puertas de la vieja estación de bomberos. Ofrecieron agua y permitieron utilizar el teléfono a todos aquellos que, en oleadas, se dirigían a la parte alta de la ciudad. El productor de Democracy Now!, Brad Simpson, salió a la calle y regresó con gente que deambulaba aturdida por el horror, como es el caso de un hombre que vino con su jefe. Les había caído encima una capa de escombros, pero milagrosamente se tenían en pie. Nos hicieron partícipes de su historia. Seguimos retransmitiendo durante todo el día.

A las cinco de la tarde, la productora Miranda Kennedy y yo salimos afuera y vimos cómo el edificio 7 se venía abajo. Ver ese edificio de cuarenta y siete plantas, situado tan sólo unos pasos al norte de las Torres Gemelas, hacerse añicos como si fuera una casa de muñecas fue una escena triste y surrealista. El edificio albergaba el búnker de ocho pisos del alcalde, que había costado muchísimos millones de dólares y que había sido construido después del ataque de 1993 contra el World Trade Center. En el centro de mando se guardaban 130.000 galones de gasolina. Como muchos señalaron -y objetaron- por aquel entonces, si a alguien se le ocurría atentar nuevamente contra el World Trade Center, el centro de mando del alcalde Giuliani explotaría, poniendo en peligro todo lo situado en sus alrededores, y envenenaría la parte baja de Manhattan con Bifenilos Policlorados (PCB).* Eso es exactamente lo que pasó.

Toda la parte sur de Manhattan fue declarada zona de evacuación. El límite se dibujó en la calle Canal, dos manzanas al norte de donde nosotros nos encontrábamos. El equipo de Democracy Now! decidió quedarse en la estación de bomberos para poder seguir teniendo acceso a nuestros equipos de transmisión. Dormimos en el suelo durante tres días, mientras el ejército tomaba rápidamente el Bajo Manhattan.

En los días que siguieron al 11 de septiembre, me sentí como un fantasma que vaga entre otros fantasmas. El único lugar donde podíamos obtener comida era una pequeña tienda de alimentación situada en la esquina de Broadway y Leonard. Una noche, ya tarde, me aventuré fuera del estudio de Democracy Now! El personal de los equipos de salvamento deambulaba por la zona. Yo sabía que esos muchachos eran héroes que hacían desesperados esfuerzos por salvar a todos los que podían, pero en ese momento no parecían más grandes que la vida misma. Eran flacos y gordos, algunos con mono de trabajo, otros en pantalones vaqueros y camiseta.

Los trabajadores de los equipos de rescate afluían de todas partes; un grupo de Buffalo, aquel grupo que salía de la vuelta de la esquina, todos cubiertos por la ceniza. Entre ellos no había sonrisas de compromiso ni saludos; los miembros del equipo tan sólo trataban de hacerse con algo de comida para poder seguir. No fui capaz de comer ninguno de los productos habituales de la barra de ensaladas, porque seguía pensando en la mortífera ceniza, así que me limité a los alimentos envasados. Parecían raciones de combate.

Una noche, mientras caminaba de vuelta a nuestro parque de bomberos, el aire acre empeoró. Mantuve mi cabeza inclinada hacia abajo y escuché mi respiración a través de la fina máscara que llevaba para protegerme del polvo. Cuando miré hacia arriba, vi un coche aplastado hasta la mitad de su altura. ¿Cómo había llegado hasta ahí? Pasé mi dedo por el capó cubierto de ceniza, como si estuviera dibujando en la nieve. Pero estábamos en septiembre.

Cuando el ingeniero Anthony Sloan se fue un poco más al norte para conseguirnos algo de comida, no pudo atravesar de nuevo la línea de evacuación. Al día siguiente, nuestro grupo quedó reducido a tres personas, y fuimos nosotros los que tuvimos que hacer las labores de ingeniería. Yo ponía cuidado en no aventurarme demasiado lejos de nuestro estudio, ya que tenía miedo de ser expulsada de la zona de evacuación de forma definitiva. Teníamos que hacer el programa. Éramos la emisión diaria nacional más cercana a la Zona Cero. Escuchamos noticias que aseguraban que docenas de bomberos habían muerto; luego, que el número superaba el centenar; luego, que eran doscientos. ¡Dios mío!, ya eran más de trescientos.

El jueves por la noche fui a la Zona Cero con mi amigo y colega Denis Moynihan. Una vez más, me puse la máscara, intentando no inhalar el polvo. Mientras bajábamos por la calle Lafayette, pasamos por un parque donde la gente había estado amartillando hacía un rato improvisadas camillas de pino para transportar cuerpos. Todo el día con el soniquete del martillo. Pero lo peor fue cuando cesaron los golpes. El desagradable silencio. No había necesidad de camillas. No se encontraban cuerpos.

El sábado, atravesamos Wall Street para llegar a Battery Park. El extremo sur de Manhattan se había convertido en un bullicioso campamento militar. Vehículos color verde aceituna de todos los tamaños rodeaban el parque. Las señales con las instrucciones para el alojamiento de las tropas y con los horarios de las patrullas de seguridad estaban por todas partes, todo escrito en la inescrutable jerga del ejército. Todavía quedaban horas para el amanecer, pero había cientos de soldados despiertos y metidos en faena. Nos acercamos a una mujer vestida con un uniforme de camuflaje verde, una piloto de helicóptero en la Guardia Nacional de la parte norte del estado de Nueva York. Acababa de llegar y, probablemente, sería asignada a tareas de guardia, a la protección del acceso a la Zona Cero.

Le pregunté cuáles pensaba ella que serían las consecuencias del atentado de esa semana. Ella nos dijo primero lo horrorizada que se sentía al encontrarse en el lugar de la devastación. Luego hizo una pausa y miró a su alrededor para ver si alguien podía estar escuchando la conversación. Se dio la vuelta y me miró directamente, con ojos tristes.

Le pregunté si querría ir a nuestro estudio y hablar en nuestro programa. Ella rechazó la proposición, pero sus palabras permanecieron conmigo.

Tres mil personas fueron calcinadas en un momento. Nunca sabremos cuánta gente murió exactamente el 11 de septiembre de 2001. Aquellos a los que no se cuenta mientras están con vida se van sin contar cuando les llega la hora de la muerte. Numerosos inmigrantes indocumentados que trabajaban en el World Trade Center y sus alrededores, simplemente, desaparecieron. Sus familias aún tienen miedo de salir a la luz por lo que podría pasar. Podrían ser arrestados o incluso deportados, debido a las cada vez más estrechas relaciones entre la policía y las autoridades de inmigración. Algunas compañías no estaban dispuestas a dar un paso al frente para nombrar a los inmigrantes ilegales a los que habían empleado durante décadas. Nunca sabremos cuántos de estos últimos desaparecieron, ni tampoco sus nombres.

No en nuestro nombre

Refugiados en nuestro estudio, sentíamos que era de vital importancia seguir recabando las diversas opiniones de la gente en un intento de dotar de sentido a un acto que parecía no tenerlo. Comprendíamos demasiado bien que la maquinaria de guerra se estaba preparando en Washington. Queríamos estar seguros de que se oían todas las voces, no sólo las de aquellos que exigían una represalia militar.

Entre ellas estaba la de Rita Lasar, una mujer de setenta años que perdió a su hermano Abe Zelmanowitz, de cincuenta y cinco años, quien trabajaba en el piso veintisiete del World Trade Center. El 11 de septiembre, Rita oyó que algo había pasado en las Torres Gemelas. Se subió a la azotea, desde donde vio cómo las torres se derrumbaban. , me dijo más tarde. Eso hasta que se dio cuenta de que su hermano estaba dentro.

Su otro hermano había estado gritando a Abe por el teléfono móvil: .

Pero Abe no salía. Estaba esperando a que los equipos de emergencia llegaran para ayudar a su mejor amigo, Ed, un tetrapléjico que trabajaba a su lado. Y así, Abe se quedó y murió con Ed y con tantos otros.
Rita comenzó inmediatamente el ritual mortuorio del 11 de septiembre. Fue de hospital en hospital, esperando contra toda esperanza encontrar a Abe. Más tarde, ella proporcionó muestras de su propio ADN con el fin de identificar los restos de Abe.

El 14 de septiembre, el presidente Bush invocó la historia de Abe Zelmanowitz en su discurso en la Catedral Nacional de Washington. Rita se percató en seguida de que el gallardo heroísmo de su hermano estaba siendo utilizado. Escribió una carta que apareció en The New York Times el 18 de septiembre de 2001. , escribió, .

Ésa fue también la plegaria que hicieron Phyllis y Orlando Rodríguez, quienes perdieron a su hijo. Greg Ernesto Rodríguez, de 31 años, trabajaba para Cantor Fitzgerald, que perdió aquel día a seiscientos cincuenta y ocho de los mil cincuenta empleados que tenía ubicados por encima del centésimo piso del World Trade Center. Cuando la familia Rodríguez se reunió para recordar a Greg, Phyllis y Orlando escribieron una carta que circuló ampliamente por internet:

Leemos lo suficiente en las noticias para darnos cuenta de que nuestro gobierno se encamina en la dirección de la venganza violenta, con la perspectiva de que hijos, hijas, padres y amigos en lugares remotos mueran, sufran y alimenten más resentimiento contra nosotros. Éste no es el camino a seguir. No servirá para vengar la muerte de nuestro hijo. No en nombre de nuestro hijo.

Ni tampoco en el de Jim Creedon. Lo conocí el 7 de octubre de 2001, el día en que las bombas comenzaron a caer en Afganistán. Miles de personas se congregaron en Manhattan para protestar contra la guerra y marcharon de Union Square a Times Square, donde se encuentra la oficina de reclutamiento del ejército (que no hay que confundir con el cercano edificio del periódico The New York Times). Portaban pancartas con mensajes tales como .

Jim Creedon se subió a una camioneta y habló por un megáfono sobre su experiencia como trabajador de los equipos de emergencia. Fue herido el 11 de septiembre pero volvió para intentar ayudar a más gente. , dijo.

Pensé que habría una larga fila de periodistas que querrían entrevistarle. Reunía todos los requisitos para una historia. Era uno de los héroes que habían intervenido en primer lugar. Y habían tenido que sufrir grandes penalidades.

Me apresuré a invitarlo al programa, pero no había necesidad de correr. Era la primera y la última de la cola para entrevistarlo. Me dijo: .

Creedon formaba parte de un movimiento que se creó en Nueva York y al que se le dio el nombre de Las Familias del 11 de septiembre por un Futuro Pacífico (www.peacefultomorrows.org). Son personas que han perdido seres queridos y que dijeron: . Nosotros vimos en televisión una y otra vez a los familiares contar las tristes historias de la gente que había muerto. Pero cuando Rita y Phyllis y Orlando y Jim y otros que se oponían a la guerra querían avanzar un paso -de la descripción a la prescripción- y decir: , los medios de comunicación se esfumaban. Se volvían hacia los presuntos expertos en terrorismo, gente como Oliver North y Henry Kissinger.

Quizá los medios corporativos acertaron por una vez. Estos tipos son expertos en terrorismo; después de todo, hace falta un terrorista para reconocer a otro.

Irónicamente, uno de los temas que estábamos cubriendo mientras los aviones se estrellaban contra el World Trade Center era la relación que existía entre el 11 de septiembre -en este caso, el 11 de septiembre de 1973-, y el terror. Fue ese día cuando Salvador Allende, que había sido elegido democráticamente líder de Chile, murió en el palacio presidencial en Santiago mientras el general Augusto Pinochet y el ejército chileno se hacían con el poder. Las fuerzas de Pinochet recibieron el apoyo del entonces presidente Richard Nixon y del secretario de Estado Henry Kissinger,2 y dispusieron de la ayuda financiera de dos grandes compañías multinacionales que operaban en Chile, Anaconda Copper y ITT, ambas con estrechos vínculos con la Administración republicana. Hacíamos ese programa porque habían salido a la luz documentos desclasificados que implicaban todavía más a Kissinger y a Nixon en aquel golpe y en la subida al poder de Pinochet, quien dirigió un reinado de terror que duró diecisiete años.

Kissinger una vez comentó que no veía ninguna razón por la que a Chile debiera permitírsele simplemente porque .3 ¿El resultado? Como ha contado Peter Kornbluh, del Archivo de Seguridad Nacional, el invitado de nuestro programa aquel día, «Pinochet asesinó a más de tres mil cien chilenos, hizo desaparecer a mil cien y torturó y encarceló a muchos más. Clausuró el Congreso chileno, prohibió los partidos políticos, censuró la prensa y se hizo con el control de las universidades. A fuerza de decreto, pistola y descarga de electrodo, impuso una dictadura de diecisiete años que llegó a ser sinónima de abusos de los derechos humanos en casa y de atrocidades terroristas en el extranjero». 4

El círculo se cierra

Mientras paseaba durante los días inmediatamente posteriores al 11 de septiembre, vi como se colgaban fotos por todas partes. La gente pegaba copias en color de fotografías de sus seres queridos. Había fotos de una mujer con su hija, de un hombre sosteniendo a su gato. Los carteles suplicaban silenciosamente desde las farolas: usted ha visto a mi hijo, por favor, llame a su madre. Fue visto por última vez en el piso número setenta y siete del World Trade Center. Mi número es..

Miles de estas fotografías se colgaron por toda la ciudad, en los postes telefónicos, en los muros de los hospitales, en los parques. Yo pensé cuán similares eran esas fotos a las imágenes que llevaban las madres de los desaparecidos en Argentina. Desde finales de los setenta, estas heroicas y tenaces mujeres se alzaban en silencioso testimonio en la Plaza de Mayo en Buenos Aires exigiendo la verdad sobre lo sucedido con sus seres queridos, quienes habían desaparecido en la de Argentina contra los presuntos disidentes. Las madres sostienen fotos y pancartas en las que se lee: , . Entre 1975 y 1983, el ejército argentino asesinó a treinta mil de sus conciudadanos. En noviembre de 1976, el entonces secretario de Estado Henry Kissinger le dijo a un almirante de la marina argentina: .5

El 11 de septiembre unió a los estadounidenses con todas aquellas personas que en el mundo han sido víctimas del terror. En mis años de trabajo como periodista, he cubierto muchos horrores: guerra, tortura, bombardeos, genocidio. En la mayoría de los casos, he tenido que luchar para contar las historias de las víctimas, porque al hacerlo a menudo implicaba al gobierno de Estados Unidos y a sus aliados.

Ya fuera en Timor, Irak o Haití, siempre tenía que haber una razón, una falsa interpretación, para disculpar las atrocidades. , dice la respuesta oficial.

Pero en el caso del 11 de septiembre, había una inequívoca repulsa colectiva hacia la enorme matanza. El modelo de cobertura periodística consistía en encontrar a las familias que habían perdido a sus seres queridos y en poner nombre a las historias personales. Ésos son los detalles que dignifican una vida; eso es lo que nos hace sentir la pérdida. Los retratos del dolor, los perfiles de los hijos que habían perdido a uno de sus padres, las hazañas de héroes que no han sido loados, éstos deberían ser los modelos con los que cubrir todas las atrocidades. Porque cuando la gente adquiere conocimiento del dolor ajeno, entonces es cuando encuentra la fuerza para actuar.

Nuestro hombre: ponemos el U-S-A en
En un trágico cierre de círculo, el terror que durante tanto tiempo ha permanecido alejado de nuestra vista vuelve a nosotros con terrible ferocidad. La CIA lo llama golpe que se vuelve contra uno mismo, cuando el respaldo de EE UU a ejércitos represivos o a insurgencias armadas en algún lugar retorna como un bumerán a los Estados Unidos.

Después del 11-S, Osama bin Laden se convirtió en un nombre muy conocido en todo el mundo. Pero durante las dos décadas previas a los atentados, su nombre era únicamente familiar para un pequeño y poderoso grupo en Washington. ¿La razón? Osama bin Laden estaba financiado y entrenado por los Estados Unidos.

Como líder de combativos grupos de islamistas radicales, Bin Laden fue la respuesta que Washington obtuvo a sus plegarias en los años ochenta, cuando el gobierno estadounidense intentaba que la Unión Soviética interviniera en Afganistán. En palabras de Zbigniew Brzezinski, asesor de seguridad nacional del presidente Carter, el objetivo era proporcionar a . Entre 1982 y 1992, la CIA se gastó 3.000 millones de dólares entrenando y armando a islamistas radicales para que lucharan contra los soviéticos en Afganistán (exactamente, la misma cantidad que desembolsaron los saudíes, según un miembro de la CIA).6 Fue la mayor operación secreta de los Estados Unidos desde la segunda guerra mundial.

Brzezinski reveló más adelante que el programa secreto de ayuda y entrenamiento a los muyahidin afganos, o guerreros santos, había comenzado seis meses antes de la invasión soviética.7 Unos treinta y cinco mil musulmanes de cuarenta y tres países lucharon con los muyahidin, mientras que otros cien mil se vieron afectados por la guerra, ya fuera debido al entrenamiento militar o la asistencia a escuelas islámicas militantes.8 , o guerra santa, dijo el comandante afgano Noor Amin.9

Preguntado en 1998 sobre si sentía arrepentimiento, Brzezinski respondió: .

¿Tuvo alguna duda a la hora de armar y de asesorar a futuros terroristas islámicos? , espetó Brzezinski. 10

Brzezinski obtuvo su respuesta el 11-S.

Osama bin Laden era un proveedor de fondos para los muyahidin afganos. Su padre era un rico magnate de la construcción yemení que se había trasladado con su familia a Arabia Saudí. El negocio de la familia Bin Laden está valorado en la actualidad en unos 5.000 millones de dólares. Según Milton Bearden, el jefe de la oficina de la CIA en Pakistán de 1986 a 1989, Osama resultó crucial en la lucha contra los soviéticos. , dijo Bearden a la revista The New Yorker. 11

Estados Unidos se sentía satisfecho de fomentar una revolución islámica, siempre que los apoderados de Washington guerrearan contra el enemigo escogido. Pero después de la devastación de Afganistán y de la desintegración de la Unión Soviética, los grupos islámicos fueron, como era de esperar, desechados por sus mecenas estadounidenses. Los guerrilleros, entonces huérfanos, fijaron su mira en su siguiente enemigo.
El objetivo de Osama bin Laden llevaba un uniforme militar estadounidense. Para los musulmanes de todo el mundo, la llegada de quinientos cuarenta mil soldados a Arabia Saudí para librar la guerra del Golfo fue un sacrilegio. El país es la tierra de La Meca y de Medina, los dos lugares más sagrados del islam. Ambos, Estados Unidos y el corrupto régimen saudí que había permitido la entrada de las tropas, se convirtieron a ojos de Bin Laden en los nuevos infieles.

Y entonces el hombre de Washington cayó en desgracia. Él había regresado a Arabia Saudí después de la derrota de los soviéticos en Afganistán, pero pronto fue conducido al exilio, primero a Sudán y luego a Afganistán, donde se convirtió en patrocinador del régimen talibán. Se pasó la década de los noventa entrenando y financiando combatientes árabes afganos, conspirando para asesinar a tantos estadounidenses como fuera posible.

Amy Goodman

4 de noviembre de 2004

FUENTE: CUBADEBATE

http://www.cubadebate.cu/libros-libres/2004/11/04/en-la-cama-con-el-enemigo-capitulo-1/

Aaron Swartz y la libertad para conectarse

 

18 de enero de 2013

Amy Goodman

Aaron Swartz sólo quería cambiar el mundo. Y era eso lo que hacía, hasta que se quitó la vida a los 26 años de edad este 11 de enero. Aaron era un activista por la justicia social, dotado de una profunda comprensión del funcionamiento de las computadoras e Internet y de cómo estos elementos podían dar poder a personas de todo el mundo mediante la libertad para conectarse. Humilde e insaciablemente curioso, Aaron logró mucho en su corta vida. Fue uno de los líderes de la lucha para derrotar a la Ley de Cese a la Piratería en Internet, más conocida como “SOPA”, una ley federal que habría cambiado para siempre el uso de Internet, ya que otorgaba amplios poderes de censura on line a las compañías. Aaron se convirtió en blanco de encarnizados fiscales federales que lo acusaron de graves delitos electrónicos, lo cual, según su padre, su abogado y otras personas, contribuyó a su suicidio.

A los 14 años de edad, Aaron colaboró en el desarrollo del sistema RSS, “Really Simple Syndication”, que cambió la manera en que la gente accede a los contenidos en Internet al permitir que las personas se suscriban a distintas fuentes de información y reciban las actualizaciones directamente en sus equipos. RSS permite que los podcasts lleguen a millones de personas. Aaron ayudó también a desarrollar “Creative Commons”, en español “Bienes Comunes Creativos”, una alternativa a la propiedad intelectual que alienta a autores y editores a compartir contenidos. Fundó además la compañía Infogami, que luego se fusionó con Reddit, un sistema que permite a los usuarios evaluar y promover en forma colectiva contenidos compartidos y es actualmente uno de los sitios web más utilizados del mundo. Estudió en la Universidad de Standford y en 2010 se convirtió en miembro del Centro para la Ética Edmond J. Safra de la Universidad de Harvard.

Sus problemas legales comenzaron mientras estaba en Harvard. Aaron utilizaba Internet en el cercano Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés) para acceder a un repositorio de artículos académicos digitalizados administrados por una organización sin fines de lucro llamada JSTOR, que aparentemente notó que un único usuario bajaba grandes cantidades de documentos y se puso en contacto con el MIT para investigar.

Finalmente, Aaron fue arrestado en las afueras del MIT, con una computadora portátil y algunos discos duros que supuestamente contenían aproximadamente cuatro millones de artículos electrónicos. JSTOR decidió no presentar cargos y Aaron devolvió todos los artículos. Eso no le importó a Carmen Ortiz, fiscal federal de Estados Unidos en Boston, nombrada en el año 2009 por el Presidente Barack Obama. Ortiz, junto al Fiscal Federal Adjunto Stephen P. Heymann, puso sobre los hombros de Aaron trece cargos por delitos graves, amparándose en la Ley de Fraude y Abuso Computarizado (CFAA), una ley problemática y demasiado amplia destinada a personas que roban secretos de computadoras del gobierno o de instituciones financieras.

La familia de Aaron emitió un comunicado en el que afirma: “La muerte de Aaron no es solamente una tragedia personal. Es el producto de un sistema judicial donde reinan las intimidaciones y los excesos procesales. Las decisiones que tomaron los funcionarios de la fiscalía de Massachusetts y del MIT contribuyeron a su muerte. La fiscalía procuraba un conjunto de cargos excepcionalmente severos que podrían implicar más de 30 años de prisión en castigo por un presunto delito del que no había víctimas. Por su parte, el MIT, a diferencia de JSTOR, se negó a defender a Aaron y a los más preciados principios de su propia comunidad”.

Taren Stinebrickner-Kauffman, la compañera de Aaron, me contó sobre su activismo: “Aaron era la persona más dedicada a luchar contra la injusticia social de todas las personas que he conocido en mi vida, y lo amaba por eso. Yo siempre le decía: ‘¿Por qué no hacemos esto? Te va a hacer feliz’. Y él me decía: ‘No quiero ser feliz. Sólo quiero cambiar el mundo’. La libertad de acceso a la información era una de las causas en las que creía, pero no era la única. Durante los dos años que duró su suplicio, lideró la lucha contra SOPA, el proyecto de ley de censura en Internet que nadie creía que podría ser derrotado cuando se presentó por primera vez y que Aaron y millones de otras personas, juntos, lograron derrotar. Y él hizo todo eso mientras cargaba con el peso de estos cargos falsos y abusivos.”

Aaron participó en la fundación de la organización Demand Progress, que tiene como misión: “obtener cambios progresistas en las políticas para la gente común por medio de la organización y la presión ejercida desde las bases”. El grupo llama a efectuar cambios a la Ley de Fraude y Abuso Computarizado, entre los que figuran apoyar un proyecto de ley presentado recientemente por la Representante Zoe Lofgren, demócrata por California, llamado “Ley Aaron”. El Director Ejecutivo de Demand Progress, David Segal, escribió: “Tal como está redactada actualmente, la ‘Ley Aaron’ por sí sola no habría salvado a Aaron, todavía queda trabajo por hacer para garantizar que los cargos por actividades electrónicas que no dejan víctimas dejen de ser considerados delitos graves, sin embargo es un punto de partida firme que podemos aprobar ahora y es una ley que él quería cambiar. Y por eso seguiremos presionando”.

En el funeral de Aaron, importantes personalidades de la historia de Internet elogiaron al joven, entre ellos, Larry Lessig, de la Facultad de Derecho de Harvard, quien lo describió como “un alma increíble”, y Sir Tim Berners-Lee, creador de la World Wide Web, que como respuesta inicial a la triste noticia publicó en Twitter: “Aaron ha muerto. Errantes del mundo, hemos perdido a un viejo sabio. Hackers del bien, somos uno menos. Padres, hemos perdido un hijo. Lloremos”.

De adolescente, Aaron escribió en su blog: “No voy a perder el tiempo en cosas que no producirán impacto… Quiero hacer del mundo un lugar mejor”. Y lo hizo.


Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.

© 2013 Amy Goodman

Texto en inglés traducido por Mercedes Camps. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org

Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 750 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 400 en español. Es co-autora del libro “Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos”, editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

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FUENTE: Democracy Now

Cultura:Entrevistas a Gustavo Bueno

Gabriel Albiac, Entrevista a Gustavo Bueno

(El Mundo, Madrid, 18 de enero de 1997)

Gustavo Bueno: «La cultura española es esencialmente analfabeta.»

Entrevista con uno de nuestros mayores pensadores, que en su última obra propone «la destrucción para huir de la cultura y ser libre» (El filósofo acaba de publicar su última obra, «El mito de la cultura», un nuevo paso en su pensamiento a contracorriente)
Profesor emérito de la Universidad de Oviedo, Gustavo Bueno es uno de nuestros filósofos más serios y rigurosos; sus libros y conferencias han sido siempre un revulsivo. El término «cultura» ha dado pie para que otros seis pensadores reflexionen sobre su papel en nuestra sociedad.
«Las nacionalidades son invenciones que pretenden arrogarse la cultura»

El mito de la cultura (Editorial Prensa Ibérica, 1996) confirma lo que cualquiera que se dedique a la filosofía en este país sabe: que Gustavo Bueno es una figura absolutamente anómala en el horizonte intelectual español. Decir que estamos ante el pensador académico de mayor entidad que ha producido España en este siglo es sólo explicitar lo obvio. Lo extraordinario de verdad es su empeño en pensar contra corriente –porque o se piensa contra corriente o no se piensa–. Frente al «culturalismo» más o menos elegante que ha sido la maldición del ensayismo español, Bueno se ha empeñado en una tarea monumental, forjar una obra de rigor sistemático extremo.

Decía el viejo Spinoza que la función del filósofo no es regocijarse o entristecerse, emocionarse o expresar enojo, sino sencillamente entender («intelligere»). Nadie, entre nosotros, ha llevado tan lejos ese empeño.

Pregunta. El lector que no te haya seguido a lo largo de estos años puede sentirse sorprendido por esa fórmula de Epicuro que reivindicas hacia el final de tu último libro, El mito de la Cultura: «Toma tu barco y huye, hombre feliz, a vela desplegada, de cualquier forma de cultura.

Respuesta. Epicuro está enarbolando ahí una bandera que podría ser transplantada a nuestro tiempo. Su propuesta funciona como un manifiesto contracultural, frente a la cultura esclavista y corrompida del helenismo. El paralelo con lo que sucede en nuestra cultura capitalista es tentador. Recuerda la fórmula de Lucrecio: «Es dulce, cuando sobre el vasto mar los vientos revuelven las olas, contemplar desde tierra el penoso trabajo de otro.» Si ves ese «mar revuelto» como el turbio trasiego de la cultura política –frente a la cual «nada hay más dulce que ocupar los excelsos templos serenos que la doctrina de los sabios erige en las cumbres seguras»–, puedes calibrar toda la entidad y actualidad del materialismo epicúreo.

P. Epicuro te habrá servido, así, para cimentar una de las tesis básicas de tu libro; la que tú formulas al denunciar «el ideal de la cultura como la forma actual del opio del pueblo», muy en especial bajo las mitologías de la «cultura nacional».

R. He querido condensar en esa tesis mi análisis de la constitución de las nacionalidades, a partir del romanticismo, bajo la metáfora de un ilusorio «pueblo de Dios». En tanto que generadoras de «cultura», esas entidades nacionales –que se forjaban como Estado-nación– pasaban a presentarse como las herederas de la función social de la Gracia Divina. Y ello, por supuesto, al servicio de la dominación de una minoría gobernante cuyo poder quedaba así legitimado. Las nacionalidades son invenciones modernas que pretenden arrogarse el ser las fuentes espontáneas y genuinas de esa floración espiritual a la cual llaman cultura. Y que ésta justifica, eleva y santifica a todos cuantos aceptan vivir bajo su bandera.

P. Tú procedes en este libro a trazar una arqueología bastante aterradora de la continuidad que, en el uso del concepto de «Kultur», va desde el idealismo clásico alemán hasta el nazismo.

R. ¡El idealismo alemán es un fenómeno tan extraño! Nos hemos habituado de tal modo a él que ya ni nos damos cuenta de su extrañeza. En primer lugar, se trata de una transformación del cristianismo. Mi hipótesis es que es ese espiritualismo del demiurgo creador que pone en el mundo lo que, al secularizarse, da origen a la idea de «Volkgeist» (espíritu de un pueblo) y de nacionalidad. Y, con ella, a ese delirio de la «purificación» del espíritu y de la lengua alemanes, de la pureza germánica, que está en Krause, que está en Heidegger. Pero que viene del Fichte que escribe: «Sois vosotros, alemanes, quienes poseéis, más nítidamente que el resto de los pueblos, el germen de la perfectibilidad humana y a quienes corresponde encabezar el desarrollo de la humanidad; si vosotros decaéis, la humanidad entera decaerá con vosotros, sin esperanza de restauración futura.»

P. Esa ideología de la pureza alemana sería la esencia misma del nazismo.

R. Pues claro. Y fíjate que lo gracioso de toda esa jerga romántica de la pureza germánica es que reposa sobre una lengua técnica absolutamente cargada de latinismos. Si le quitas el latín, lo que queda es poco más que una lengua bárbara.

P. Te recuerdo un pasaje de tu libro: «Fácilmente podían entender los nazis que la “lucha por la cultura” de Bismarck era la lucha del pueblo más culto de la tierra, el pueblo alemán, lucha cuyo último objetivo sería elevar a la Humanidad a la condición de discípula de la cultura alemana o, por lo menos, de servidora suya.»

R. Hombre, es que si hay algo claro es que la mistificación de la «Kultur» es parte de ese proyecto que el nazismo culmina. Tal vez sea consolador querer creer que el nazismo era la anticultura, pero es exactamente al revés. Es el proyecto de una cultura que se considera a sí misma pura y superior, lo que justifica cualquier exterminio.

P. «La idea moderna de un Reino de la Cultura», escribes, «es una transformación secularizada del Reino de la Gracia.» Es una tesis crucial que hace saltar buena parte de los tópicos del pensar burgués.

R. En efecto, no se trata sólo de una tesis histórica o arqueológica. Es sobre todo funcional. Mi hipótesis es que, en las sociedades europeas actuales, la cultura tiene un funcionamiento idéntico al que tenía la Gracia en el siglo XVII. Ese reino de la Gracia –o de la Cultura– sería el que uniría por encima de diferencias o conflictos en un sentido trascendente. Cuando ves a la gente hacer cola para entrar al museo del Prado, te das cuenta de que entran ahí con la misma complacencia de salvación, de comunión de los fieles con que podían hacerlo los creyentes en una iglesia. Toma el caso del concierto sobre las cenizas del Liceo. No cabe una sacralización litúrgica más descarada. Allí, cantando ópera y con la ministra lagrimeando. O piensa en toda esa gente que habla de «música culta» –¡qué disparate!–. Se sienten la mar de complacidos diferenciándose así de los demás. O ese público de los conciertos de ópera, con sus galas nuevas y su liturgia de clase ascendente supuestamente exquisita. Me gusta verlos como lo haría un entomólogo. Son muy graciosos.

P. En el caso español, ese papanatismo ante «la Cultura» ha sido desmesurado, ¿verdad?

R. Así es. Y yo creo que es algo ligado a una tradición católica, como la española, esencialmente analfabeta. Se trata de edificar un recurso «visual» que legitime la absoluta ausencia de lectura. Es una cultura esencialmente icónica, carente de la menor capacidad para la abstracción. Algo que no va más allá de un desarrollo intelectual de nivel infantil. Un infantilismo que, al mismo tiempo, gratifica a quien lo ejerce haciéndole estar convencido de participar en una identidad trascendente. Como te decía, es exactamente el mismo funcionamiento de la religión.

P. Vuelvo al punto de arranque. ¿Cómo acometer la propuesta epicúrea de levar anclas y desplegar las velas para huir de la cultura y ser un hombre libre?

R. Destruyendo… Sí, destruyendo.

{Tomado de El Mundo (Madrid), sábado 18 de enero de 1997, La Esfera, año VIII, número 296, páginas 1-3.}

Javier Neira, Bueno y el dragón de la cultura

(La Nueva España, Oviedo, 22 de enero de 1997)

El filósofo asturiano se enfrenta al gran espejismo de nuestro tiempo en «El mito de la cultura», ensayo publicado por Editorial Prensa Ibérica, del grupo de «La Nueva España».
Gustavo Bueno acaba de salir otra vez, de madrugada, con Rocinante y su lanza en ristre para desfacer el entuerto de la Cultura. La alucinación, como en El Quijote, realmente es la del lector y no la del caballero andante, pero ésa es la clave del engaño y por eso el mito sobrevivirá a la formidable crítica.
La cultura es la gran justificadora.
Tenemos mito para rato, para quinientos años al menos

El movimiento se demuestra andando. Por eso Gustavo Bueno organiza su libro «El mito de la cultura» movilizando los usos de la palabra en cuestión –de la idea de cultura– poniéndolos en camino y funcionamiento para ver cuándo empezó esa larga marcha y hasta dónde ha llegado. Hay cientos de casos, miles de condiciones. En la Constitución española de 1978 se habla de «el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho», según señala puntualmente el filósofo, y en la anterior Constitución republicana hay un apartado encabezado por el epígrafe «familia, economía y cultura», en el que se dice que «el servicio de la cultura es atribución esencial del Estado». Nada menos. En la revista ácrata «Tierra y libertad» se escribe en el año 1936 que «conviene que todas las iniciativas favorables a la cultura tengan una base funcional más que una base orgánica, porque la función crea el órgano», y los comunistas por boca de Lenin sentenciaban casi por aquel tiempo y con toda rotundidad: «En la medida en que una cultura es proletaria no es aún cultura, En la medida en que existe una cultura no es proletaria.» En vísperas del II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia en 1937 y que tanta repercusión tuvo, se decía en un cartel anunciador: «El triunfo de la República sobre el fascismo entregará al pueblo todos los tesoros del arte y todos los valores de la cultura. ¡Hay que exterminar el fascismo para hacer una España libre, culta y feliz!». A su vez, el líder nacionalsindicalista José Antonio Girón de Velasco anotaba pocos años después: «Sólo una fuerza es capaz de fundir las paredes aislantes y crear el clima común en que la paz social pueda servir de base a la justicia social. Es decir: a la revolución social. Esta fuerza es la cultura, entendida como el aire: de universal patrimonio», y añadía –«con palabras que daban ciento y raya a las de Trotsky o a las de los agitadores del proletkult», según anota Bueno– la siguiente frase que merece ser leída dos veces: «Desde cualquier punto de vista que se observe el problema, la diferencia de cultura se presenta como mucho más grave que la diferencia de clases o la diferencia de economías. Es más, creo que cuando se habla de diferencia de clases se habla en realidad de diferencia de culturas. Y todavía más aún, cuando se habla de lucha de clases, ¿no se quiere más bien hablar de una lucha de culturas?» Las concepciones sobre la cultura son extremadamente variadas y fuertemente contradictorias, y los usos, no menos, pues como señala Bueno, se habla de la cultura de fumar, de la cultura de la Coca-Cola y así sucesivamente. La necesidad de aclarar este caos bien justificaba un análisis a fondo: Bueno lo ha hecho sin dejar títere con cabeza.

El libro del catedrático asturiano es un esfuerzo titánico por desenmascarar el gran mito de nuestro tiempo. Como señala, la primera tarea de un racionalista crítico es la de «situarse ante la idea de cultura para analizar sus componentes, así como la distancia que ellos y su conjunto mantienen con otros mitos o con otras ideas». Pero Bueno no es Don Quijote, así que, a renglón seguido, señala: «Sería imprudente esperar que de la mera denuncia de una estructura mítica o ilusoria, oculta en una idea dotada de supremo prestigio, hubiese de seguirse una desactivación de esa idea».

El mito de la cultura tiende a su autoperpetuación porque, como señala el catedrático de Oviedo, en tanto que las funciones prácticas que los mitos oscurantistas desempeñan no pueden ser satisfechas por otras ideas alternativas, la acción de esos mitos mantendrá su influjo». No se trata de un ensayo desmitificador, como se apresura a aclarar su autor, como prescribía y aún prescribe todo aquello que se hacía en la órbita mental del 68, como ejercitan esas retaguardias de la vanguardia que a diario nos echamos a la cara, ¿entonces? Bueno considera que tenemos mito para rato, para quinientos años al menos, así que se propone dejar constancia de la potencia de esa estructura oscurantista y al mismo tiempo dar testimonio de la existencia de un pensamiento crítico, aunque esté reducido casi a las catacumbas. El mito lo ocupa todo, no se puede luchar contra él: ¡larga vida a las tinieblas!, pero que conste que algunos, muy pocos, se han salvado del naufragio.

La prehistoria del mito de la cultura hunde sus raíces en los albores del pensamiento occidental. Es una idea subjetiva de cultura: una suerte de segunda naturaleza que acompaña a la esencia humana. La idea objetiva ya es otra cosa, aunque no se pueda hablar de corte porque realmente se articula con esa larga prehistoria subjetiva: ronda el idealismo y el romanticismo alemán y ahí se empieza a formar lo que cuenta de verdad, el huevo de lo que ahora es un mito de radio infinito.

La cultura es la gran justificación de nuestro tiempo. Los poderes, desde los correspondientes al Estado, las grandes corporaciones y sucesivamente los propios de las diversas escalas de la pirámide social, se legitiman ante los ciudadanos por la cultura. Una fundación, un centro, una política cultural de un Gobierno o una modesta casa de cultura cumplen esa función que salva a quien la pone en marcha y la gestiona. Bueno rastrea la genealogía de esa circunstancia, por lo demás tan chocante, y encuentra en el reino de la gracia de la teología cristiana el paralelo: la cultura salva como salva la gracia. Por eso afirma, apurando el paralelismo, que la cultura es el opio del pueblo. Pero precisamente por eso tiene el rostro de hereje. Los movimientos culturales modernos se enfrentan con el pensamiento cristiano, y tras el nacimiento de una categoría tan peculiar como la de los intelectuales llevará para siempre la rúbrica de la izquierda.

El descubrimiento contemporáneo de las culturas animales arruina las pretensiones de la cultura como un tercer cielo. Cae sucesivamente el mito de la culturología, de una antropología reducida a una ciencia positiva; cae la pretensión de un Estado de cultura; cae la reaparición laica de la gracia bajo la forma de cultura y también la cultura universal y la supuesta paz universal en función de las culturas de los pueblos… Gustavo Bueno sigue adelante con su estilo de caballero andante, pero no se engaña, porque la idea de cultura es sencillamente la clave de nuestro tiempo y por eso el mito funciona con más fuerza que nunca. A lo largo de 250 páginas le da todas las vueltas y lanzadas imaginables, pero más allá sigue y sigue.

Una pieza perseguida desde hace veinte años

Bueno cazador persigue a la pieza cultura desde hace mucho tiempo. Los antecedentes y hasta la genealogía de ese arte cinegético están, además, muy ligados a La Nueva España. En efecto, en octubre de 1978 publicaba Gustavo Bueno en este periódico un artículo a página completa bajo el título «Sobre la idea de cultura».

Allí están prefiguradas las ideas que ahora aparecen acabadas y plenamente críticas. Bueno anota, por ejemplo, la clave de las culturas animales, entonces muy recientes tras su postulación por la Etología apenas diez años antes y en ese sentido señala: «En cualquier caso el reino de la cultura humana no debe entenderse como una entidad homogénea y armónica: sus automatismos son muy heterogéneos y se enfrentan entre sí. El “todo complejo” de que hablaba Tylor no es en modo alguno único porque hay múltiples culturas que se oponen entre sí y la “cultura universal” sólo puede entenderse como algo que está en proceso, como algo que es el argumento mismo de la historia». ¿Les suena?

Ciertamente ésa es la letra y la música de la rapsodia que ahora acaba de publicar Editorial Prensa Ibérica. La instrumentación actual es mayor, pero las melodías y el sentido de los desarrollos es igual.

{Tomado de La Nueva España (Oviedo), miércoles, 22 de enero de 1997, Cultura, n° 348, páginas I-II.}


José Antonio Marina, Y después de la cultura, ¿qué?

(ABC, Madrid, 24 de enero de 1997)

El mito de la cultura. La cultura como tótem. La politización de la cultura

Gustavo Bueno está empeñado en construir un sistema filosófico, lo que me parece digno de aplauso cuando triunfa el aforismo, la fragmentación y los deshilados filosóficos. Su «Teoría del cierre categorial» es una filosofía de la ciencia y de la propia filosofía. Cada una de las ciencias, dice, delimita un campo cerrado de realidad, un campo categorial. Hay, sin embargo, ciertas ideas que atraviesan todos los campos y éstas serían el objeto de la filosofía, que, por lo tanto, ni se reduce a la ciencia ni puede prescindir de ella.

Acaban de aparecer dos nuevos libros de Bueno, «El sentido de la vida. Seis lecturas de filosofía moral» (Pentalfa) y «El mito de la cultura». El primero, donde estudia las nociones nucleares de la ética –su fundamentación, la idea de persona, la libertad, los derechos humanos, el sentido de la vida– me parece más importante dentro del proyecto sistemático del autor, pero comentar el segundo, un escrito polémico pero no sólo polémico, me parece más urgente. Temo que algunas expresiones escandalosas, como su consejo de huir de la cultura bajo la advocación de Epicuro, puedan ocultar la importancia de las tesis de fondo. Acabo de leer una entrevista con Gabriel Albiac, en la que Gustavo Bueno acaba diciendo que la manera de huir de la cultura y ser un hombre libre es «destruyendo…, si, destruyendo». No conozco a Bueno, pero no es ese mensaje de picapedrero el que encuentro en su obra. Aunque la revista que fundó se llame «El Basilisco», estudia los asuntos con demasiada atención y cuidado como para ser destructivo.

Gustavo Bueno quiere desmitificar la cultura. «La historia del término “cultura”, tal como se ha ido conformando a lo largo de los siglos XIX y XX, es la historia de un proceso progresivo de confusión» (página 220). Se ha convertido en un mito con funciones pragmáticas. Pretende enfrentarse a él como «racionalista crítico». Un crítico no es un demoledor. El autor repite en varias ocasiones que «criticar» significa «cribar». Algo así como separar el grano de la paja.

La palabra cultura comenzó designando una propiedad subjetiva, muy semejante a «educación», «formación», «crianza». Pero acabó por prevalecer el significado objetivo: un conjunto de cosas valiosas. Esta idea metafísica de la cultura acabó, dice Bueno, por convertirse en mística y mítica. La función pragmática de esta idea metafísica de cultura es unir a los miembros de un grupo social dado (tribu, nación, etnia) y, sobre todo, separar a ese grupo de los demás. «Al mismo tiempo que hace a los hombres, los hace diferentes de otros hombres con culturas diversas y los enfrenta, a veces hasta la muerte, con ellos» (pág. 49). Recuerdo que, según Clifford Geertz, en Java se dice «Ser humano es ser javanés». Los niños pequeños, los ignorantes, los locos o los inmorales son considerados «adurung djawa», «aún no javaneses».

La cultura como tótem

La cultura siempre ha existido, desde que el hombre es hombre, pero la idea mítica de Cultura es una idea de la filosofía alemana, dice Bueno. Nace con Herder y se consolida con Fichte, para quien la finalidad del Estado es la Cultura. Comienza así la instrumentalización política de la idea de Cultura. El mismo Fichte, en su «Discurso a la nación alemana», escribió: «Sois vosotros (alemanes) quienes poseéis, más nítidamente que el resto de los pueblos modernos, el germen de la perfectibilidad humana, y a quienes corresponde encabezar el desarrollo de su humanidad.»

El mito de la Cultura es absorbido por el nacionalismo, y se convierte en «una idea axiológica y práctica constituyente». Cumple en nuestras sociedades la función que el tótem cumplía en las sociedades primitivas. Este asunto merece ser meditado seriamente, aquí y ahora. Bueno tiene razón al decir que en el fondo de esta valoración de la Cultura hay una «intención reivindicativa». «Saber lo que significa prácticamente la idea de Cultura y, en particular, la idea de identidad cultural, es saber contra quién o contra qué se dirige en las condiciones establecidas» (pág. 104).

La intensa reivindicación de los nacionalismos suele ir asociada a la reivindicación de la cultura propia, frente al Estado opresor. Entonces la Cultura aparece como el gran prestigiador. Pero, al mismo tiempo, confiere el prestigio de lo equivalente. Todo vale igual. La UNESCO, en su «Declaración de principios de Cooperación Cultural Internacional» afirma: «(1) Toda cultura tiene una dignidad y valor que deben ser respetados y protegidos. (2) Todo pueblo tiene el derecho y el deber de desarrollar su cultura.» Esto es magnífico siempre que se mantenga dentro de los límites de la sensatez. Hace unos meses les conté que en el claustro de un instituto de Murcia se había defendido seriamente que no era lícito corregir las faltas gramaticales de los niños porque era atentar con la cultura de su barriada.

Y después de la cultura, ¿qué?

El problema está en que, según Gustavo Bueno, no hay posibilidad de una «cultura universal». La cultura es una esfera cerrada que se enfrenta a las demás. Como mucho, se puede llegar a lo que él llama «cultura compleja universal», que es «el repertorio de habilidades o conocimientos que un individuo adulto que vive en la “sociedad universal” del presente debe poseer a efectos de su adaptación» (pág. 236). Pero esto es un conglomerado confuso y proliferante, una selva a la que el sujeto debe adaptarse si quiere sobrevivir. Está compuesta de cosas buenas y malas, porque la cultura no es un concepto evaluativo. La crueldad, el potro de tortura, la esclavitud, la guerra, todos son fenómenos culturales.

Aquí hay un tema importante. Esta sección comenzó con el mismo título que he usado hoy. «Y después de la cultura, ¿qué?» No podemos considerar que los productos culturales, ni siquiera la «cultura de cinco estrellas» de la que se ocupa ABC Cultural, sea nuestro máximo horizonte valorativo, porque siempre va a ser un horizonte minúsculo. Necesitamos evaluar y sobrepasar la cultura. No es verdad que todas las cosas sean equivalentes. Pero para decir algo así hay que situarse fuera de la cultura, en el piso de arriba. ¿Es esto posible? Gustavo Bueno escribe: «Aquellos contenidos que, desde muchos puntos de vista, pueden ser considerados como los valiosos y universales –contenidos tales como las verdades geométricas o físicas, pero también las relaciones que constituyen la justicia, considerada como un valor personal universal– no tienen por qué ser considerados como culturales, puesto que desbordan cualquier esfera cultural.»

No podemos ser ni desarraigados ni tubérculos. Ni ciudadanos del mundo, ni fósiles del terruño. Hay que distinguir lo que nos une y lo que nos distingue. Nos debe unir lo esencial, y es bueno que nos distinga lo superficial, lo accidental, el estilo. La ética, el derecho, la ciencia son grandes relatos comunes. El arte, las lenguas, las músicas la gastronomía son la brillante pluralidad. No saber establecer la diferencia y la jerarquía es de necios. Y muchas veces, de necios peligrosos.

Libro comentado: El mito de la cultura, Editorial Prensa Ibérica, 259 páginas, 2.700 pesetas.

{Tomado de ABC (Madrid), viernes 24 de enero de 1997, ABC Cultural, n° 273, página 62.}



J.L. Rodríguez García, Una espléndida provocación

(El Mundo, Madrid, 25 de enero de 1997)

El filósofo proclama en su última obra que la identidad cultural es un fetiche

Gustavo BuenoEl mito de la cultura. Prensa Ibérica, Barcelona 1996. 259 páginas. 2700 pesetas.

La aventura intelectual de Gustavo Bueno se caracteriza por el entusiasmo con que ha abordado la tarea de señalar y construir los fundamentos del materialismo filosófico desde el supuesto de su función desmitificadora del oscurantismo, o, simplemente, de la tozuda estupidez, y por el rigor con que se ha enfrentado a ésta. Es obvio que una de las exigencias de tal rigor requiere la delimitación estricta del significado de los términos, y muy especialmente de aquéllos cuyo abuso o instrumentalización ideológica han desembocado en una grave devaluación conceptual, por lo que resultan sumamente oportunas las páginas dedicadas en El mito de la cultura a poner de manifiesto la ambigüedad de lo que se entiende socialmente por cultura, la equivocidad del concepto de mito o la necesidad de diferenciar entre subjetivo y subjetual.

Permitir que tales términos mantuvieran su ambigüedad hubiera sido un grave error. De hecho, tan sólo su aclaración permite que la obra concluya sin provocar los recelos o espantos que sin duda despertará una intervención teórica cuyas tesis centrales atruenan contra algunas de las ideas más extendidas y asentadas. Pues se trata en sus páginas de señalar el carácter inconsistente del mito de la Cultura, la socialización teórica y mundana de la idea metafísica de la Cultura, y, por otra parte, de proponer una renovación de ésta que se sustentaría en el materialismo filosófico y que depende de toda la arquitectura teórica desarrollada por Bueno en suTeoría del cierre categorial.

La vigente idea de Cultura no tiene una larga tradición. Se remonta a Herder, «el principal instaurador de la moderna idea de cultura». Es la potencia del discurso herderiano lo que capacita la constitución de una instancia que alimenta la filosofía alemana y que, llegando hasta nuestros días, alimentaron las intervenciones de Fichte, Hegel, o el discurso del materialismo histórico.

Lo que no quiere decir, por un lado, que la mitología oscurantista que sienta los fundamentos de la idea metafísica de cultura no se advierte en otros espacios geográficos. Las intervenciones de Vico, Montesquieu o Ferguson son también referencias claves. Mas ocurre que sólo la trayectoria alemana merece una continuidad irrebatible. Por otro lado, tampoco se subraya una especialísima originalidad en la instancia alemana. De hecho, y resulta convincente la referencia, la idea metafísica de Cultura aparece como el efecto de un proceso de anamórfosis, de manipulación, que apunta a la secularización de la idea medieval de Gracia y en virtud del cual la soberana elección teológica se transforma en espiritualismo nacional. El cuidado y pertinencia de las indicaciones de Gustavo Bueno resultan contundentes, precisas. Polémicas caso, aguijones merecidos contra el adocenamiento.

Ahora bien, ¿por qué caracterizar como metafísica la idea de Cultura erigida por la palabra alemana? En primer lugar, y, desde una perspectiva ontológica, subyace al mito de la Cultura la idea de un Hombre universal, que sólo ronda los sueños quiméricos de quien necesita de tal fantasma para generalizar sus imposiciones. Por otra parte, es propio del mismo la impertinente consideración de una identidad nacional, cerrada, autosuficiente, y, por lo tanto, simplista, que reniega visceralmente del exterior a ella misma para consumar la estupidez de la endogamia aniquiladora. «La identidad cultural es sólo un mito, un fetiche», proclama Bueno después de haber esgrimido un buen número de razones. Indicaciones polémicas a buen seguro. Sin embargo, no hay resquicio teórico alguno en la descripción.

Obra capital. No estamos, ni mucho menos, ante una obra menor de Gustavo Bueno. Espléndida provocación, que sólo lo es porque es ejecutada con un rigor impecable.

{Tomado de El Mundo (Madrid), sábado, 25 de enero de 1997, La Esfera, n° 297, página 13.}


Alberto Guallart, La cultura como opio del pueblo

(El Correo de Andalucía, Sevilla, 31 de enero de 1997)

Gustavo Bueno denuncia el uso ideológico que hace el poder de la idea de cultura.
El pensador Gustavo Bueno (Santo Domingo de la Calzada, La Rioja, 1924) ha ido levantando a lo largo de su vida un sistema coherente y sólido: el materialismo filosófico. «El mito de la cultura», su último libro, es un episodio más del citado sistema. En el libro Gustavo Bueno analiza cómo el prestigio de la idea de cultura procede de que cumple en nuestros días la misma función que la Gracia de Dios ejercía en la Edad Media.
Para Gustavo Bueno la cultura no es más que una forma nueva que irrumpe en el proceso evolutivo de los primates.

El mito de la cultura, Gustavo Bueno. Editorial Prensa Ibérica, Barcelona 1996.

El prestigio de la cultura es hoy absoluto. Cualquier cosa que aparezca embozada debajo del término «cultural» enseguida la consideramos valiosa y merecedora de respeto y ayuda. Las leyes establecen desgravaciones fiscales a aquellas empresas que destinan una parte de sus beneficios a fomentar la «cultura». Ya sea por la compra de un cuadro, por el mantenimiento de una fundación o al subvencionar la restauración de un edificio monumental, las empresas se lucran de ciertas rebajas y exenciones en el pago de impuestos a la Hacienda Pública. La figura del antiguo mecenas también se ha democratizado y su función ya no la ejercen nobles adinerados sino poderosos grupos financieros que, de nuevo para distraer una parte de sus obligaciones fiscales, convocan becas de investigación, cursos de formación, masters, viajes de estudios, matrículas y estancias en famosas universidades extranjeras, &c.

La difusión de la cultura es un valor indiscutible porque existe la certeza de que la cultura mejora al hombre. Todo aquello que mejora al hombre –o que las autoridades han creído que ennoblece a los hombres y, además, no cuestiona el orden establecido sino que hasta lo consolida– siempre ha disfrutado de privilegios fiscales. Hasta la secularización moderna, la religión era la niña de los ojos del poder. Durante la edad teológica todo el mundo tenía por cosa segura que el progreso de los pueblos dependía del aumento de su religión, de ahí que abundaran las iglesias y los conventos, para cuya fundación y mantenimiento las familias aristocráticas dotaban capellanías perpetuas y legaban tierras y rentas.

Los monasterios y las comunidades religiosas entonces, como ahora las fundaciones culturales privadas, gozaban de mayor o menos «inmunidad fiscal» porque su pujanza convenía, pensaban, al interés general. Este es el punto de partida de El mito de la cultura, de Gustavo Bueno, una propuesta o ensayo para revisar la idea de cultura desde el materialismo filosófico.

Gustavo Bueno analiza en primer lugar de dónde viene a la cultura esa alta estima que hoy le profesamos, de dónde procede esa especie de salvoconducto que la coloca por encima de todas las sospechas y qué méritos justifican la buena reputación que le presumimos. «La cultura», dice Gustavo Bueno, «está pensada como una realidad que eleva a los hombres sobre su condición de animales, los salva de la condición de animales naturales y los exalta a la condición de habitantes de un reino más valioso, el Reino del Hombre en cuanto realización del Reino del Espíritu.» (p. 49).

A partir de un diagnóstico de este tipo, el autor remonta las aguas de la historia para averiguar el origen de esta excelencia. En un momento de su regresión se detiene en el romanticismo alemán –desde Novalis, Fichte hasta Richard Wagner– donde aprecia cómo los románticos sólo creen posible la plenitud del hombre a través del arte (cultura) y, río arriba, alcanza por fin el origen del que proviene la excelencia de la idea de cultura. Nada menos que de la Edad Media, y de la doctrina de la Gracia santificante que comunica el Espíritu Santo a los hombres.

Tras el pecado de Adán, enseña la teología cristiana, la naturaleza humana sufrió una caída y un desfallecimiento que únicamente la Gracia de Dios puede amortizar. Los dones del Espíritu Santo, el don de sabiduría, de entendimiento, de consejo, de ciencia, de fortaleza, de piedad y de temor de Dios vendrían a reparar –junto a la Gracia santificante y actual– esa lastimosa postración en que quedó desde entonces la capacidad de discernimiento y la voluntad humanas.

Conforme empezó a debilitarse desde el siglo XVII la fuerza con que la Iglesia mantuvo dentro de su campo de gravedad y jurisdicción a las ideas, la función dignificante de la Gracia fue asumida por la Cultura, el nuevo sacramento que regenera al hombre, lo libera del estado salvaje en que nace y lo incorpora a la civilización, «La élite», se lee en El mito de la cultura, «se administra a sí misma dosis definidas de cultura operística, de cultura literaria, de cultura vanguardista, para mantener su ensueño de minoría despierta, elegida, consciente.» (p. 219).

Paralelamente a estas dosis de opio cultural que las élites se administran para salir de la burricie «natural», también los pueblos se administran otro tanto. El segundo mito que combate Gustavo Bueno es el «delirio» de las «identidades culturales». Este delirio, esta fantasía alucinógena que denuncia Gustavo Bueno, consiste en no descubrir en cada una de las culturas nacionales el resultado peculiar de un proceso único. A fuerza de no oponerle resistencia a los prejuicios de la ideología político nacionalista, hemos llegado a un punto, razona Gustavo Bueno, en que las peculiaridades se interpretan como la expresión majestuosa y única del pueblo o de la nación.

Los rasgos singulares por el mero hecho de serlo se absolutizan y no se entienden ya en relación al patrimonio común del que derivan. Por si fuera poca fantasmagoría esta de los genios nacionales, todavía se insiste en declarar a todas las culturas iguales en dignidad y destinadas a coexistir pacíficamente. Gustavo Bueno desenmascara la arriesgada ingenuidad en que naufragan estas, en apariencia, sanas y benéficas intenciones.

Independientemente del criterio que se elija y del horizonte cultural en que uno esté situado, no es verdad, como defiende el «espíritu Unesco», que «toda cultura tiene una dignidad y un valor que deben ser respetados y protegidos.» Sostener una cosa así implica, desde luego, relativizar todas las culturas, pero mayor gravedad resulta aún del hecho de que también cancela la posibilidad de reconocer que hay o puede haber culturas perversas.

Una vez que el autor ha invertido más de dos tercios del libro en analizar la estructura mitológica de la idea, sólo entonces aborda la exposición de su propuesta. El valor que le atribuimos a la cultura, y anteriormente a la Gracia santificante, supone una Naturaleza hostil que el hombre está llamado a cultivar (de ahí «cultura»). Supone partir de un enfrentamiento Naturaleza / Cultura que Gustavo Bueno cree intolerable.

Evolucionismo zoológico

Instalado en el materialismo filosófico y enterado de los resultados del evolucionismo zoológico, Gustavo Bueno no ve que la cultura sea otra ni mejor cosa que la irrupción de una forma nueva en la cadena evolutiva de los primates. Al ser, pues, el fruto de una evolución zoológica no se comprende por qué «un pequeño pomo de obsidiana en el que alguna mujer hace 7.000 años guardaba un ungüento» haya de suscitar mayor aprecio que la emergencia de una variación en las membranas interdigitales de un ganso. Tampoco existe un canon «espiritual» que discrimine el valor del «atletismo vocal» de un divo de ópera por encima del «atletismo muscular de un héroe de halterofilia.»

«La cultura humana no brota del hombre», afirma Gustavo Bueno, fue un primate aventajado el que se constituyó como hombre «a través de ese nuevo orden o estado de cosas que llamamos cultura humana y que contiene tanto lo digno como lo indigno.» (p. 185).

Palabras duras son éstas de oír a no dudarlo. La crítica a este reduccionismo biológico que equipara la antropología con la zoología y la Cultura con la Naturaleza es arduo, sobre todo sabiendo como ya sabemos que les asiste un poderoso argumento: compartimos con los monos el 99’5% de nuestra historia evolutiva y más del 95% de nuestro equipamiento genético.

Sin embargo yo no…

{Tomado de El Correo de Andalucía (Sevilla), Viernes, 31 de enero de 1997, páginas 29-30.}


Carlos Iglesias, El mito de la cultura, un libro tramposo

 (El Comercio, Gijón, 2 de febrero de 1997)

¿Qué capacidad desmitificadora podría tener un libro que no va a ser leído precisamente por quienes están envueltos en el mito al que el libro se refiere? Con estas palabras, al comienzo del libro, Gustavo Bueno casi quita las ganas de leer el libro de entrada. Pero ¿tiene, o más bien, ha tenido razón?

En principio, uno está tentado a afirmar que se ha equivocado completamente. En efecto, no recuerdo ningún otro libro de Bueno que, en un espacio de tiempo tan corto, haya tenido tal cantidad de comentarios, lo cual parece indicar, en principio, que el libro se ha leído.

El problema surge cuando se intenta matizar quiénes son los que están envueltos en ese gran mito de la cultura que penetra los intersticios más recónditos e insólitos de nuestra existencia, considérese ésta a nivel personal o a nivel social. La respuesta no puede ser otra sino que absolutamente todos estamos anegados hasta el tuétano en ese mito; pero la diferencia de esa envoltura reside en cuestiones de grado.

No se ve una escapatoria posible, porque incluso aunque tal salida existiera, volveríamos a crear un nuevo mito. Por lo tanto, más que desmitificar, lo que se trata es de llevar a cabo el análisis de ese mito, ya que los mitos son las leyes mismas que presiden nuestras manipulaciones diarias con las cosas y que, en ocasiones, conducen a los hombres a los límites de la suprema estupidez, o pueden llegar a establecer o sugerir semiverdades con una racionalidad práctica y efectiva.

Los mitos y el hombre

Ahora bien, esta afirmación supone de entrada toda una teoría sobre la idea de lo que puedan significar los mitos. Y en este punto empiezan a plantearse los problemas sobre la primera afirmación de Bueno, puesto que tal teoría resulta totalmente ininteligible si no se tienen en cuenta obras de Bueno anteriores a El mito de la cultura, y que han pasado desapercibidas, al menos desde un punto de vista de las reseñas que de ellas se han hecho. Pero, por otra parte, este mismo hecho desdice las palabras de Bueno, puesto que las tesis de este libro apuntan a un mito que está en pleno funcionamiento, un mito que está sosteniendo las raíces más profundas de nuestro sistema, y nadie puede quedarse al margen, todo el mundo se siente «aludido».

La idea de cultura, como la sustancia en la cual se identifica un pueblo, tiene una función muy semejante a la que pueda desempeñar un totem entre los pueblos primitivos; pero esta función, esta identificación es válida sólo a un determinado nivel de semejanza, pues los estratos que realimentan «nuestra» actual cultura están situados en una capa histórica completamente diferente, lo cual permite desbordar el significado estricto de totem.

Procesos de refluencia

Y es este desbordamiento el que permite entender este salvajismo refluyente de la humanidad contemporánea, sin apelar a criterios antropológicos o meramente psicológicos. Esta refluencia hacia estados previos de nuestra evolución histórica tiene un significado que no va más allá de una nueva combinatoria, a partir de los elementos dados en el presente, que quizás hará posible unas formas sociales más «racionales», aún sin precisar, y no determinadas, excepto por los gurús oficiales de turno, que sesudamente vaticinan, en tertulias, lo que va a ser nuestro siglo próximo.

Pero, ¿no significa este análisis, de Bueno, y la reconstrucción posterior que lleva a cabo, a partir de dicho análisis, de un nuevo marco teórico, una suerte de proceso desmitificador? Porque si así no fuera, ¿cuál es, entonces, el objetivo de escribir el libro?

El libro tramposo

Pero, volviendo al título, ¿por qué es un libro tramposo?

Es un libro tramposo porque aparenta menos de lo que, en realidad, es. Oculta, quizás a propósito o por carencia de espacio, todo un transfondo subyacente a afirmaciones vistosas, o quizás, y es lo más probable, porque Bueno nos ofrece todo un armazón geométrico de lo que debe ser un análisis histórico en regla. Pocos hechos, muy pocos elementos rellenan ese armazón.

Es necesario leer entre líneas para percatarse del enorme esfuerzo que podría suponer rellenar ese armazón, pero está ahí, con una solidez exultante y segura de sí misma. Cualquiera puede hacer el sano ejercicio de contrastarlo, de aplicarlo y comprobar si existe alguna clase de resquebrajamiento. Toda una teoría, minuciosa y detallada, está soportando férreamente el libro, y todo un arsenal de datos históricos, no explicitados, bullen en un estado de semiequilibrio estable.

Los procesos históricos encuentran su verdadero ajuste explicativo, su verdadera causalidad histórica, no en una narración lineal, sino en un circuito que se asemeja a un torbellino en el que priman las relaciones de incompatibilidad e inconsistencia entre las partes constitutivas de un determinado sistema cultural que, por otra parte, está siempre dependiendo de factores exógenos.

La Idea de Nación

Por esto la identidad cultural de un pueblo es un mito, un gesto propagandístico, ideológico. Un mito que Bueno rastrea sus orígenes históricos, que cristaliza en las «culturas nacionales», un caldo de cultivo del que emergerá la idea de nación, en tanto que idea estrictamente política, pero gestada en el ámbito estricto de un Estado soberano, del Estado moderno. La nación, como sujeto político puro, como mera abstracción, es una pura entelequia sin base alguna. La nación necesita de una lengua, de una historia…, y cuando se pierde de vista esta perspectiva, es cuando empieza a funcionar la idea de nación como expresión del espíritu del pueblo, es el pueblo de Dios que se nos revela a través de la cultura nacional. Y este hecho obliga a reinterpretar todos los contenidos como si fueran componentes originarios de esa nación.

El hombre y su cultura

Pero estos productos de la actividad del hombre (y aquí comienzan las contradicciones), cuando alcanzan un determinado grado de complejidad, se van alejando unas de otras, y establecen relaciones objetivas, sociales y extrasomáticas, cada vez más y más complejas e imprevistas; pero, sobre todo, independientes de las operaciones humanas que, sin embargo, están en su génesis.

Estos productos de la actividad humana (una obra de arte, un reactor nuclear…), segregados, poco a poco, de las operaciones subjetivas, inician líneas de desarrollo mutuamente independientes, y ofrecen al hombre la “revelación” de nuevos espacios del mundo, nuevos horizontes que permiten un desarrollo más profundo de la humanidad; lo cual no significa, en modo alguno, que tal desarrollo no pueda lleva implícito un incremento de los peligros en que la humanidad está envuelta a cada paso.

Contradicción constante

Llegados a este punto, nos encontramos con lo que Bueno denomina Ley del desarrollo inverso de la evolución cultural, de la cual se deriva un corolario central que está pesando sobre todo el libro de forma constante. Porque si esos productos de la actividad humana que se han ido segregando de ella, y han constituido categorías objetivas, independientes del propio hombre (y cada vez a un ritmo más acelerado: piénsese sólo en la robótica), construyendo relaciones nuevas, se podrá decir deshumanizadas, en las que el hombre no se encuentra intercalado para nada en la trama que compone dichas estructuras, ¿no será que tenemos que reconocer, en este proceso, una des-culturalización que se abre camino, a pasos agigantados, en el mismo seno del desarrollo universal de la cultura?

Y si es así, ¿por qué llamar a estos productos culturales? Pero, tampoco sería correcto enclavarlos en el mundo de la Naturaleza: ¿se puede meter un laboratorio de química en el reino natural cósmico?

¿Dónde situar estas estructuras? La respuesta de Bueno, ya argumentada en obras anteriores,las sitúa en un mundo terciogenérico. Son estructuras transculturales, que no son culturales ni naturales.

Sólo el rompimiento de la maniquea disyuntiva entre Naturaleza y Cultura permite desbordar esta falsa dicotomía, y entender este tipo de productos humanos que no se enclasan en ninguna de estas dos ideas; pero teniendo siempre en cuenta que un tal rompimiento sólo es posible a través de los procesos históricos, a escala mundial, que están configurando nuestra existencia.

¿Una cultura universal?

Una vez establecidos estos productos, cuya naturaleza se encuentra más allá de cualquier cultura particular, que no pueden ser circunscritos a un determinado círculo particular y que, por tanto, son «universales», en tanto esa su universalidad nos remite a su implantación efectiva en determinadas sociedades que se encuentran en un nivel dado de su evolución, quedan por resolver, esencialmente, dos problemas centrales.

En primer lugar, el intento de establecer una cultura universal sólo encontraría su realización y llegaría a forjarse a partir de las diversas culturas existentes en la actualidad, pero los contenidos de estas culturas particulares, a su vez, al enfrentarse entre sí, no hacen sino generar toda una cascada de conflictos, que reflejan los propios conflictos de las sociedades que se encuentran intercaladas en esas mismas culturas. Es esta dialéctica, entre el particularismo de cada cultura y la tendencia hacia contenidos universales, la que determina una de las características más interesantes de nuestra época, y la que crea esa refluencia de la que hemos hablado.

Bueno, como él mismo dice, no ha pretendido dinamitar esa «masa viscosa» que sirve de pedestal para servicios tan diversos; ha tratado de descomponerla o resolverla en sus partes, unas auténticas, otras aparentes, y restituirlas a sus quicios propios.

Los cabos sueltos

Habiendo considerado que existen ciertos contenidos que, sin duda alguna, se pueden considerar como universales (teniendo en cuenta, siempre, que esta universalidad nos viene enmarcada, a su vez, a un cierto nivel de desarrollo histórico), contenidos tales como las verdades geométricas o físicas, surge una duda cuando intentamos ampliar el número de esos contenidos universales y consideramos, por ejemplo, la «justicia» en la clase de tales contenidos; pues la condición de universalidad nos remite a la consideración de contenidos como no circunscritos a ninguna cultura en particular. El ejemplo que pone Bueno de los triángulos rectángulos, sobre los cuales Pitágoras estableció su célebre relación, ilustra a la perfección el problema; sin duda tales triángulos son productos culturales (las formas de los frontones de mármol, por ejemplo), pero la relación pitagórica entre los lados de un triángulo rectángulo ya no es una relación «artificial», en el sentido de convencional, ni tampoco cultural, aunque, eso sí, tenga una «refluencia» que queda cortada de cuajo cuando la relación pitagórica cristaliza como tal.

Pero, es que un contenido como la justicia se encuentra en un continuo e inestable equilibrio: por un lado se podría clasificar como un contenido valioso en cuanto a su carácter universal, pero, por otra parte, se encuentra alimentado por una incesante refluencia, necesaria para estar reajustando y asimilando las «relaciones asimétricas» materiales (sociales, económicas, políticas,…) de las que, en primera instancia, procede. Y, al consistir su cristalización en ese reajuste continuo, se nos cuela de nuevo, subrepticiamente, el contenido cultural.

Un dialelo perfecto que nos hace volver a la capacidad de absorción que tenga un determinado sistema (moral, filosófico…) para moldear o reducir a otros sistemas de normatividades operativas, cuya estructura interna, a la postre, resulta más débil.

El libro de Bueno, pues, es algo inacabado. El o quien sea tiene como labor perentoria desarrollar esas líneas normativas, en perpetua contradicción, que pueden arrastrarnos a callejones sin salida alguna. Las piezas ya están perfectamente colocadas.

{Tomado de El Comercio (Gijón), domingo, 2 de febrero de 1997, página 50.}


José Luis Gutiérrez, Panorama a babor

(ABC, Madrid, 26 de enero de 1997)

Se llama Gustavo Bueno y es una especie de «Kant astur» y subversivo, el cerebro más poderoso u desde luego insobornable de la España actual. Leo desde hace años a este filósofo devastador, materialista y socarrón, profeta de la incorrección, la contracultura y el derribo de todos los «establishments» culturalistas como único método para que los hombres lleguen a ser epicúreamente libres. Entre sus alumnos, muchos viejos amigos, algunos de ellos tristemente desaparecidos, como aquel brillantísimo antropólogo y escritor que fue Alberto Cardín. Acaba de publicar un luminoso y monumental ensayo –El mito de la cultura, agotado en su primera y modestísima edición universitaria- en el que el rayo de su mirada pulveriza los mitos de cartón de la «cultura» como señuelo y anestesia, como embaucadora superestructura del pensamiento políticamente correcto. La «cultura esclavista y corrompida» del helenismo son, para Bueno, los orígenes en los que se afianza la «Kultur» del idealismo alemán, que a su vez da soporte a la ilusión nacionalista que entiende como una ensoñación colectiva en la que se afianza la idea del «Volkgeist» -espíritu de un pueblo- y que atraviesa al krausismo -tan históricamente cercano a nosotros- a Heidegger y a Fichte, quien escribió, premonitoriamente, y para darle ideas al nazismo: «Sois vosotros, alemanes, quienes poseéis, más nítidamente que el resto de los pueblos, el germen de la perfectibilidad humana, a quienes corresponde encabezar el desarrollo de la humanidad…» Sustituyamos la palabra «alemanes» por cualquier otra, al gusto del lector -por ejemplo, «felipistas»- y tendremos una luminosa y cabal explicación de lo que ocurre en la España actual. Con la diferencia de que ellos tenían a Wagner y los felipistas a Ramoncín.

{Tomado de ABC, Madrid, domingo 26 de enero de 1997, páginas 40-41.}



Javier Neira, Entrevista a Gustavo Bueno

(La Opinión, Murcia, 29 de enero de 1997)

Gustavo Bueno: «La idea de cultura es teológica, ha sustituido al Espíritu Santo»

Gustavo Bueno participa hoy en CajaMurcia en la Semana de Filosofía de la Región de Murcia. El polémico filósofo acaba de publicar en Prensa Ibérica, el grupo editor de La Opinión, “El mito de la cultura”, una audaz y lúcida provocación sobre el tema.

¿La revolución pendiente es la lucha contra el mito de la cultura?

No creo que se pueda hacer nada; estos análisis, estas críticas, al gente los oye como música celestial. El irenismo cultural, la idea de que la cultura une a los hombres y logra la paz, está tan extendida que es intocable. Es una idea, claro, de los poderosos como instrumento de control y dominación. El mito es indisoluble de la realidad actual y por eso no se puede atacar. Sólo se puede conseguir que haya unas minorías difusas, ni siquiera unas élites, gente que esté atenta y se de cuenta que se trata de un mito. Que estén vigilantes por lo que pudiera ocurrir. Que estén en el secreto. Sería suficiente para que el mito no nos desbordase. Pero no se puede hacer más. Además, si se supera ese mito, saldría otro, quizás el de la raza, que sería peor.

Los bancos, las grandes corporaciones, abren salas de arte sin parar, ejercen un mecenazgo acelerado…

Si, de esa forma se justifican. Antes construían una iglesia, una capilla.

Aun dentro del mito, ¿por qué una cosa es arte, cultura, y otra no?

Hay razones muy diferentes. Me interesé mucho por analizar la ópera. Parto de la hipótesis de que la ópera es lo más deleznable dentro de la música. Recuerdo «Un ballo in maschera» en Sevilla, estrenaban el teatro de La Maestranza. De bote, engalanados. Y salvo un corrillo -en el que estaba el duque de Alba, Jesús Aguirre, al que saludé, donde sí hablaban de la ópera- el resto, ni idea. El teatro, sin embargo, te obliga a tomar posición. La ópera, con argumentos surrealistas, es puramente estética. Pero tiene el criterio de ubicuidad, tenores y sopranos universales, un montaje universal. Cosmopolita pero sin moverte de casa. Es como el teléfono móvil: el que lo tiene es ubicuo, está en todo el mundo a la vez. El que está en la ópera está en el mundo. Es como los grandes cuadros o como el oro: son monedas internacionales, no se discuten.

Si fuese ministro de Cultura, ¿que haría?

Siguiendo la lógica actual reclamaría que ingresasen en el ministerio de Cultura el de la Guerra, que también es cultura, el de Agricultura, que también es cultura. Todos los ministerios deberían formar parte del ministerio de Cultura.

¿La cultura del momento no es propaganda política o de otra naturaleza?

Es aún más complejo. Es un desarrollo, un resultado, de aquello decimonónico de la «culta señorita». O sea, que la «culta señorita» ha ampliado su conocimiento ya como ministra de Cultura, y a lo del piano, el francés y las lecturas escogidas ha añadido los bailes regionales y cosas así. Pero sigue siendo realmente el terreno de «la culta señorita».

¿Existe una correlación entre cultura e izquierda?

Si, viene de Bismarck, que la presenta frente a los jesuitas, frente a la policía negra. La cultura va contra la gracia. Tiene un tufo que no es cristiano.

¿Y las culturas regionales?

La cultura es el hecho diferencial. Los hay distintivos y constitutivos. Ser tuerto es distintivo solamente. Tener bocio es un hecho diferencial, como bailar la sardana, no significa nada. El hecho diferencial constitutivo es el idioma cuando no se entiende porque es aislante. De ahí la paradoja de que la unidad separa, no une.

¿La cultura en el sentido real, no mítico, qué es?

Es algo abstracto pero real. Es un concepto dinámico, causal, en el que intervienen multitud de estructuras objetivas -extrasomáticas y sociales- que en principio están a escala operatoria de los sujetos humanos. La idea de cultura queda finalmente como un proceso causal de moldeamiento de sujetos con leyes objetivas, que desbordan continuamente. Es como lo que significa el entorno natural en la función clorofílica. La idea de que la cultura es agente de paz es falsa. Eso es una copia del mito de la gracia de Dios. Hay unas culturas más potentes que otras, son las que tienen capacidad para digerir a las otras culturas. El primer documento donde aparece tratada la cultura como mito, como cultura objetiva, es en Herder. La cultura entonces es de los pueblos civilizados y de los salvajes. Fichte es el primero que habla del Estado de Cultura. El Estado de Cultura es una invención completamente germánica que se opone al Estado y la nación como pueblo político, que es el concepto moderno francés. En España aparece la palabra cultura en las Cortes de Cádiz. Se consolida en la II República y en la Constitución del 78.

¿De dónde procede ese mito de la cultura? ¿Qué ideas antes del siglo XVIII, antes de Herder, son el precedente?

Procede de la gracia santificante. Las relaciones de la cultura con la naturaleza son las mismas que las de la gracia y la naturaleza. La cultura es el espíritu, el Espíritu Santo, el espíritu del pueblo que sopla. La idea de cultura es teológica.

¿Y su prestigio?

Es un mito viviente que está socializado. Tiene el mayor prestigio posible. La libertad, la igualdad y la fraternidad eran los ideales de todo el siglo XVIII y XIX. La fe, la esperanza y la caridad fueron en la Edad Media ideas vivas que organizaban un universo de valores. Ahora está la cultura, sobre todo en Europa. Ahora la libertad o el dinero valen por la cultura. El objetivo del Estado es la cultura, es el Estado de cultura. El ministerio de Cultura es la clave. El objetivo del Estado es conseguir que los ciudadanos sean cultos. No se trata de que los ciudadanos vivan y sean libres, deben tener acceso a la cultura. En el día de la cultura se va al museo o al concierto como antes se iba a misa.

{Tomado de La Opinión, Murcia, miércoles 29 de enero de 1997, página 29.}


Carlos Gallego, Cultura o algo así

(La Nueva España, Oviedo, 9 de febrero de 1997)

Gustavo Bueno está de moda. Ilustres periodistas y tertulianos hablan de su último libro como si en él se esclarecieran misterios hasta ahora insondables o se explicaran los fundamentos para hallar la piedra filosofal que por fin nos librará de penalidades y dudas, cuya solución el hombre persigue desde la noche de los tiempos. Parece que el libro está despertando tanta expectación como el descubrimiento de la tumba de Tut-Ankh-Amen por el conde de Carnavon y Howard Carter. Contaban los responsables del increíble hallazgo que de pronto se desató en todos los estamentos sociales un insólito afán por conocer en profundidad la cultura egipcia, y en especial todo lo concerniente a las dinastías faraónicas. También se extendió un desmesurado amor por la arqueología, hasta el punto de que se agotaban todos los libros sobre la materia y muchos chalados se piraban a Egipto con poco más que una pala, convencidos de que en cuanto empezaran a excavar encontrarían una momia con los correspondientes tesoros que se hacían llevar al hipogeo real. Y digo que está de moda el libro de Bueno porque raro es el día en que no escucho a alguien hablar maravillas, no tanto de las ideas que en él se vierten, como de quien brillantemente las expone: «Ese señor que al parecer es un sabio del que casi nadie sabía nada porque, fíjate cómo será, que vive en Oviedo y pasa de famas y malos rollos.»

Esto mismo me dijo ayer un conocido actor de los que firman manifiestos a favor de las focas o de los derechos de los gays. Para más inri ha adquirido, gracias a tanta firma, notoriedad como intelectual y ahora anda detrás del libro porque «tío, anoche estuve cenando con fulano y zutano, y no veas cómo lo ponían, por las nubes». Resulta cómico contemplar este país, célebre donde los haya, acostándose chabacano, fatuo y frivolón, y levantándose despejado, cuerdo y con un talante filosófico que, de seguir así, los momentos estelares de Atenas van a provocar risas a lado de los que por estos lares se pueden alcanzar.

Lo malo de este furor por Bueno es que su nombre empezará a ser tan conocido, que se barajará junto al de otras «lumbreras» como Sofía Mazagatos o Pepe Navarro, y su producción filosófica se amontonará en los estantes de los prycas junto a las recetas de Carlos Arguiñano o los chismes de Carmen Posadas. ¿Quién es Bueno?, se preguntan los españoles, como cuando en los años sesenta indagaban datos de aquel ye-yé que ponía las plazas patas arriba con su forma tan peculiar de entender el toreo. ¡Oh, la cultura o lo que diablos sea, ha llegado a su cenit en España!

Pronto el chico de los recados le regalará a su «chorba» el libro de Bueno para que se vaya enterando de lo que «mola» estar al día, como Ansón o la Cernuda. Barrunto al filósofo cabreado, como Carter, por lo que le viene encima, pero son exigencias de la fama; así que a aguantar el chapuzón y que todo sea por la «Kulture». Por cierto, hablando de hipogeos y embalsamamientos: en el Museo de Cera de Madrid acaban de instalar la efigie de un pubescente dios de nuestros días, y nada me extrañaría que de aquí a unas semanas sus responsables colocaran también la de Bueno al lado de la de ese multimillonario ídolo de masas que responde al nombre de Raúl.

{Tomado de La Nueva España, domingo 9 de febrero de 1997, página 32.}


David Alvargonzález, Un descubridor

(La Nueva España, Gijón, 14 de febrero de 1997)

El mito de la cultura es la exposición, en forma de libro, de un nuevo «teorema filosófico», un teorema que tiene como núcleo el análisis del origen y estructura de la idea de cultura, de esa idea que está presente, de tantas maneras diferentes, en nuestro mundo actual (Estado de cultura, cultura étnica, cultura popular, las «dos culturas», cultura cosmopolita, cultura proletaria, &c.).

Este «teorema filosófico», como un nuevo teorema físico o geométrico, nos descubre un continente nuevo de relaciones que, aunque estaban ahí conviviendo con nosotros, nos pasaban desapercibidas, precisamente por estar inmersos en ellas.

Por eso, preguntarse para qué vale un nuevo teorema geométrico o filosófico es tan absurdo como preguntarse qué es lo que representa un hipercubo, o qué demuestra una sinfonía.

Preguntar para qué vale un nuevo teorema filosófico, preguntar si es o no oportuna su invención, es una pregunta propia de un tendero. El teorema está ahí y es suficiente: habrá que discutirlo, incluso se podrá llegar a demostrar que es falso, pero no será falso por ser inoportuno o no serle útil a alguien.

El respeto que produce la idea de cultura, lo mismo entre personas de izquierdas que de derechas, bloqueó continuamente su análisis.

Gustavo Bueno venía desde hace tiempo persiguiendo la pista de este mito oscurantista y confuso del final del milenio, de este «teorema filosófico» que ahora nos entrega.

Como todo teorema bien construido, una vez entendido, parece sencillo y brillante, evidente en sí mismo: lo único que sentimos al contemplarlo es no haberlo descubierto nosotros. Pero, como digo, su invención fue costosa y su construcción llevó mucho tiempo y trabajo.

Bueno no es un pedagogo ni un psicagogo: es un descubridor, un inventor de «teoremas filosóficos». Otra vez es necesario recordar que no pinta el que quiere sino el que puede y que la libertad para inventar no es un derecho (democrático) sino una virtud.

{Tomado de La Nueva España, Gijón, viernes 14 de febrero de 1997, página 9.}



José Ignacio Gracia Noriega,
Gustavo Bueno y el mito de la cultura

(La Nueva España, 4 de marzo de 1997)

Voy a ver a Gustavo Bueno a Niembro. El perro, como me conoce, me permite la entrada en la finca, moviendo el rabo; pero como compensación por tanta amabilidad agarra una rama con la boca y me la pone en la mano, para que se la tire; se la tiro, el perro corre detrás de la madera, la recoge y vuelve a traérmela; a ladridos, me anima a que vuelva a tirársela. Y así nos pasamos media hora, sobre poco más o menos.

Gustavo está en el gran salón que es antesala de la biblioteca. El fuego arde en la chimenea, a sus espaldas. Carmen se levanta para correr las cortinas e impedir la entrada de la noche, y nos ofrece té. A Gustavo no le hace muy feliz el té y en su casa se toma más bien a causa de un pariente que estuvo en Inglaterra. Otra vez el mito de la cultura. Se identifica el té con Inglaterra, y, sin embargo, Samuel Pepys nos informa en sus Diarios de que en su época (siglo XVII) esa bebida apenas era conocida: él anota la primera vez que lo bebe y, aunque era un buen gastrónomo, no sale entusiasmado de la experiencia. Quien sí está entusiasmado es Gustavo, porque acaba de decirle Vaquero que se agotó la primera edición de su libro El mito de la cultura (Editorial Prensa Ibérica, Barcelona 1996) al mes de aparecer en las librerías. Con lo que ingresa en ese club reducidísimo, al lado de Corín Tellado, María Luisa García y José ramón Gómez Fouz (por cierto, buen amigo de Gustavo), de asturianos que agotan las ediciones de sus libros. Ciertamente El mito de la cultura tuvo una gran repercusión en la prensa nacional, y Gustavo señala como muy favorable un artículo firmado por José Luis Gutiérrez en ABC, donde se califica esta obra de «luminoso y monumental ensayo». Me interesa destacar lo de «luminoso», porque, a veces, quienes no le comprenden, le reprochan a Gustavo que sea oscuro; y aquí podría aplicársele el verso de Saint-John Perse, deAmers: «Le llamaban el oscuro, pero sus palabras eran de luz.»

Las críticas, tan favorables, a El mito de la cultura demuestran que ese «mito» está perfectamente vivo, y que, como vaticina Gustavo, tenemos «mito de la cultura» para quinientos años o más. Muchos no estarán de acuerdo con sus planteamientos, pero no se atreven a discutírselos, lo que demuestra que el «mito» de Gustavo es poderoso. Y su punto de partida es en extremo brillante: la Cultura sucede a la Gracia en esta época de secularización. Atacar una «obra de cultura» como es «El mito de la cultura» puede ser herejía. Pero Gustavo hace su crítica con rigor, y es más valiosa (y valerosa) debido a está época consumista en que estamos. La Cultura no es santificante, como la Gracia, sino simple objeto de consumo (en ocasiones sonrojante, como los «cantautores», etcétera). Las páginas dedicadas al «mito de la identidad cultural» son realmente extraordinarias, porque sus consecuencias ahí las tenemos en forma de celtistas, «aberchales», bableros y demás tropa. La cultura no sólo es el opio del pueblo, sino el pretexto de utopías disparatadas. Alguien, a este respecto (me dijo Gustavo), le preguntó, después de haber leído el libro, si estaba en contra de la cultura de los mayas: lo que implica una lectura (o unas entendederas) bastante extraña.

El «mito de la cultura» es activo, funciona. Gustavo tuvo un profesor que llegaba a clase y decía: «Señores: tres grandes pensadores tuvo la filosofía de Occidente: Aristóteles, Kant y al tercero me lo callo, por modestia.» Entonces los alumnos (entre ellos Gustavo, claro es) se levantaban y decían: «¡El tercer es usted, maestro, es usted!» Y el catedrático, con gesto resignado, concedía: «Sea, ya que ustedes lo dicen, soy yo.» También recordamos al famoso filósofo Morgenhausen, sobre quien Juan Cueto escribió un divertido artículo en Asturias Semanal. Morgenhausen era una invención, probablemente de Alfredo Deaño; cierta vez le hablaron de él a un conocido filósofo y entrañable amigo, y el viejo maestro, que comulgaba plenamente con el «mito de la cultura», «picó»: ¡claro que había leído al inexistente Morgenhausen! En cambio, Gustavo Bueno se limitó a decir: «Qué interesante; pero no oí hablar de él.» Con esa respuesta yo creo que Gustavo puso la primera piedra de lo que treinta años más tarde sería El mito de la cultura, libro excepcional e imprescindible.

{Tomado de La Nueva España, martes, 4 de marzo de 1997, página 29.}

FUENTE: Proyecto Filosofía en español http://www.filosofia.org/gru/sym/syms003.htm

LUZ POLAR

Todas las horas de la Historia son solemnes;

en ellas se libra el combate eterno de los pueblos;

hay horas gloriosas, hay horas tristes, hay horas
de dolor, pero no hay horas estériles, en este combate
eterno de Jacob, lidiado en las tinieblas de la Vida;

mientras haya un pueblo que combata, ese pueblo
no combatirá en la indiferencia, ni en la soledad;
su grito no se perderá entre el silencio de los hombres
ni el vacío lamentable de la Historia;

el único gesto que no es permitido al filósofo,
frente a las revoluciones, es el gesto de la Indiferencia;
ya no hay lucha de los hombres, sino lucha del Hombre…
todo combate de pueblos, es hoy el combate del Pueblo;
del Pueblo contra todos;

allí donde la libertad libra un combate,
es la Humanidad quien lo libra: cualquiera que sea la
latitud del mundo en que se lidie, y la lengua en
que se dé el grito de guerra ;

en las rudas vertientes de la Historia, por donde
quiera que un pueblo baja hacia el llano del combate,
los desfiladeros se abren, y la sombra de Leónidas aparece;

todo sitio de morir con honor, es Termopilas;
ése no es un sitio, ése es un gesto;
todo grito de revolución, es fecundo en el destino de los hombres;
¿por qué no hacerlo oír, si ese grito puede regenerar la Tierra?…
engrandecerlo desmesuradamente, es un deber del hombre libre;

así frente a la hora actual, que la actitud de Rusia se hace solemne;
es aquel el único punto digno de ser mirado :
es allí que vive el porvenir de Europa (1) ;
______________________________________

(1) No se necesita «volar con las alas de la Mañana», de que habla
el Salmista, para ser un Profeta;
la Ciencia ha matado la Profecía;
hoy, en Ciencia histórica, predecir es deducir; toda Predicción es una Deducción;
es la concatenación de los hechos Visibles, la que delata la sucesión de los hechos aun invisibles.
en los días en que escritas fueron estas páginas, bastaba mirar hacia esa enorme cordillera del crimen, que era el imperio moscovita para deducir, es decir, para profetizar que aquella Montaña del Horror vendría a tierra, derrumbada por el cataclismo;
y, a tierra vino;
hoy Rusia es el Enigma Rojo, de pie sobre los escombros del Enigma Gris.
Lenin ha sucedido a Rapoustakine.

Rusia es la Anarquía;
no es aún la Libertad;
pero, lo será;
es un volcán brillando en las tinieblas;
es el Caos;
no hay que olvidar que del Caos, surgió el Sol;
según el Génesis;
y, la Libertad del Mundo, surgirá de allí…
de aquel pestañear de tinieblas que anuncia el nacimiento de un Sol.

______________________________________

y, el porvenir de Europa, es el porvenir del Mundo;
es nuestro porvenir;
¿por qué los escritores da América, parecen heridos
de ataraxia, y de afonía, ante el espectáculo
de esa gran revolución llena de un espíritu humano
implacable e inmenso ?. ..

y, sin embargo, en ninguna parte del Mundo como
en América, la repetición de este gran grito es necesario…

porque después de Rusia, no hay pueblos más esclavos,
que esos rebaños que allí vegetan entre la inercia y la cadena;

es a ellos que es necesario mostrar la gloria de este volcán,
que agita como en tiempos de Prometeo, las entrañas de piedra del Cáucaso;

es el grito de ese pueblo en rebelión,
el que la prensa libre debe repercutir enormemente,
sobre los llanos estupefactos donde gimen esos pueblos a la sombra de una espada;

repercutir ese grito es hacerse una voz del grande himno,
que hoy conmueve y llena la Tierra…
pongamos sobre el cielo de esos pueblos, como luminarias
de esperanza, estas dos verdades, que se escapan
del horno ardiente de Rusia revolucionada:
Pueblo que sabe morir, no es nunca esclavo.
Pueblo que sabe matar, es pueblo digno de vivir;

tal es ese pueblo ruso, marchando hacia la luz,
por entre el hacinamiento de ruinas, que el hacha de la Justicia ha acumulado ante él;

y, se abren a su paso caminos irrevelados…
las floraciones negras de la Miseria se hacen rojas,
bajo la lluvia de sangre que de los cielos lejanos,
cae sobre los campos inertes, hechos monstruos en el silencio…

cantan el epitalamio de la Desolación…
y, el destino clarividente, abre en el horizonte
las dos alas desmesuradas del drama;
y, el drama enloquecido, llena la Tierra de pavor,
como en un duelo irrefrenable de águilas;
se diría que los hombres, ebrios del vino del Ensueño
y del Espanto, resucitan una Titanomaquia de escitas,
sobre los campos mismos de la Táurida;

una Ilíada de Tártaros, llena el Mundo con el rumor de sus prodigios;
las masas inertes del Cáucaso, ven despertarse los rayos dormidos
que se abatieron sobre Prometeo,
y un hormigueamiento de héroes, hace temblar la Tierra:

y, como el cuadrúpedo alado de la fábula, el clamor
de la cólera desciende hacia la mar sonora…

Rusia arde, como una selva en estío, bajo un viento de borrasca…
el prodigioso clamor de la revancha, suena ya como un grito de victoria,
bajo el desnudo cielo, enorme y blanco, lleno de mudas hostilidades…

las bombas de los nihilistas hacen volar las larvas,
y las descargas de los cosacos, hacen caer los héroes ;

el último de los Romanov, agarra a dos manos su corona,
que siente próxima a escaparse, como la última luz de su cerebro
lleno de un fastuoso sueño, y empapa de sangre un trono,
sobre el cual mañana imperará la muerte (1),
y, ante el rumor misterioso, que se hace formidable,
el pobre idiota tiembla… i soñador sobre su trono que una caricia
pérfida cerca, como la caricia lujuriosa de los mares,
y el abrazo pérfido de las olas cerca a una barca náufraga,
que ha de ser su presa!
de miseria y de dolor, es hecha su hora triste…
último representante de la barbarie asiática,
su majestad de Tetrarca, comienza a declinar, escupida
por todas las bocas de un martirologio …
———————————————————————————————–

(1) He ahí otra Profecía, es decir, otra Deducción histórica, que fue cumplida. El Trágico Idiota fugitivo, fué sacrificado por sus propias hordas de esclavos. Nadie sabe a punto fijo dónde cayó su cabeza—si es que tuvo una—, ni dónde están los huesos de los lobatones imperiales desaparecidos en el desierto. Tal vez habrá corazón de hombre al cual conmueva esa tragedia;
el número de loa esclavos es infinito;
sin eso…
¿cómo retoñaría la raza de los Amos?…

_____________________________________________________

en vano quiere enmascarar su rostro tártaro,
con el antifaz de un reformador occidental ;
el bárbaro ruge bajo la máscara, en un vago estertor de oso,
voluntariamente domado…

el duelo sagrado de los nuevos santos,
que mueren bajo sus garras, lo enloquece;
las tembladoras aureolas, que brillan sobre las frentes pálidas,
exacerban en él sus neurosis ancestrales de asesino,
y el sereno azul del martirio lo ofusca con su divino candor;
el clamor de sus gemonías, sonando como un himno
de cristianos primitivos, espanta sin conmover,
el alma de aquel Nerón polar, que reina sobre una cloaca de sangre,
en la hora más negramente profunda de nuestra Historia actual…

el género humano pensativo,
mira el sueño deslumbrante de aquel gran pueblo,
que tiende al espacio sus dos manos encadenadas, que tiemblan en las tinieblas,
como dos grandes palmas de martirio…

y, presencia el duelo formidable de aquellas dos sombras, a la orilla del Abismo…

los buenos, los puros, los grandes, van cayendo
uno a uno, tragados por la muerte; átomos desprendidos del sol hacia el abismo infinito…

tal un Niágara de grandezas, las legiones de mártires se desploman en la tumba;
y, mientras un firmamento de mártires, se forma
en los lejanos espacios de la Historia, los que aún viven sienten el éxtasis de la lucha,
y marchan hacia ella, en uno como deslumbramiento de visión;

un feminismo extraño y heroico, único feminismo racional,
se alza proclamando la Igualdad ante la Muerte;
no ha muerto aún María Spiridowona, en las nieves de Siberia,
cuando una nueva Cimodocea, otra virgen roja,
se inclina sobre el abismo de la muerte,
para tomar en sus débiles dedos, el lis encarnado del martirio…

Zenaida Konoliamkoff, más feliz que María Spiridowona,
ella no vio su virginidad desgarrada por la insatisfecha brutalidad
de los cosacos, y pudo ofrecer a la muerte sus carnes heroicas, libres de mancilla;
aquel cuerpo de virgen, hecho un harapo miserable
en las alturas de la horca, se hace una bandera;

esa lengua hecha negra, por la estrangulación,
pendiente fuera de los labios tumefactos,
se hace como un hilo de luz, misérrimo y difuso,
tendido hacia el cielo remoto del Ideal…

¡Feliz el pueblo que sabe combatir así,
que sabe morir así ! ese pueblo vencerá;
pueblo que ama la miseria de su vida, más que la luz de la Libertad,
será siempre un pueblo esclavo;

¡oh, si en nuestra lejana América, se supiese luchar así,
se supiese morir así, ¿qué sería del despotismo?…
turbas en vasallaje, sin nociones del Honor,
ellas no dan de sí, sino una flora de bajeza y cobardía,
de lacayos y delatores…

estériles, como la higuera maldita de la Biblia,
la flor del Heroísmo no crecerá jamás en sus ramas
quebrantadas, embriagadas de servidumbre;

mudos bajo el magnetismo del foete;
sin otro fanatismo que aquel de la cadena;
cabalgando hacia el abismo, van esos pueblos
enloquecidos de vértigo, sin que en los portales del Levante,
aparezca la silueta de un Libertador,
pronto al asalto del Destino, lleno de la ira salvaje
que hace temblar los astros, pronto a romper la Tiranía,
bajo los golpes múltiples de sus botas aceradas;
inadie, nada! ¡oh Desolación!
el fracaso de las cadenas, es lo único que llena el horizonte;

en el silencio y en la obscuridad, duermen el sueño pesado del esclavo,
ahogando los latidos de un corazón sin grandeza,
doloroso como la desesperación, mudo como la Muerte…

hay algo de patético y de trágico, en la agonía de estos pueblos,
prontos a desvanecerse en la conquista y que acaso no renacerán jamás…

¿hay que dar ante ellos, un definitivo y melancólico adiós a la Esperanza?
¿no subirán nunca a la montaña de la Purificación,
a ese punto del horizonte, hacia el cual se vuelven hoy las miradas
deslumbradas del mundo, hacia la Libertad?…

los grandes caídos son los grandes convertidos ;
y, esos pueblos, cuya existencia de escándalo y
de azar, ha sido una serie no interrumpida de caídas,
¿no se pondrán nunca en pie? ¿no marcharán
hacia la ventura suprema, y la suprema Redención?

vuelta la faz al occidente, de espaldas a la Libertad,
¿han de continuar así, marchando encadenados hacia la muerte?

esa brutal letargía que les paraliza el corazón, ¿no pasará jamás?
fué el espectáculo de la enorme Revolución Francesa
contra todas las soberanías terrestres, el que hizo abrir sus ojos a la Libertad,
cuando a principios del siglo último, se separaron de España,
en busca de una independencia hoy amenazada,
y de una libertad siempre comprometida…

¿libertad? unos la tuvieron ruidosa, incoherente,
como la libertad tumultuosa de pueblos moribundos;
otros fueron al libertinaje, que es a la libertad,
lo que el vicio es al amor: una muerte;
y murieron en él;

otros, la sacrificaron a Baal; se hicieron esclavos del progreso material,
y pusieron el escudo de Cartago, sobre los haces de Roma ya vencida;
la Ciudad Ideal, derruida fué…
otros, se rindieron a la esclavitud, con un lujo de bajeza
que tiene todo el desenfreno de un vicio…

Toda revolución es un canto,
un pensamiento musical que se propaga por la atmósfera serena…
la palabra insondable de las revoluciones, es divina…
en el grito inarticulado de las muchedumbres,
todo lo sublime canta;

¿cómo hacer escuchar a la América, esa voz profunda y grave,
que gime y estremece la sombra, y viene de las estepas lejanas,
convertidas en fraguas por el rayo fecundo que ha de salvar la Tierra?…

¿cómo hacerles ver el gesto solemne de ese pueblo ruso,
gesto de sembrador, que no teme la muerte
al surco abierto de donde debe brotar la nueva Vida?

¿cómo llevar hasta ellos, este soplo de Libertad,
que hoy sacude las selvas tenebrosas de los montes Urales,
hace rojas las aguas del Volga, y lleva su clamor de espanto
hasta las costas silenciosas de Ponto-Euxino?

¿cómo rehacer en esos pueblos muertos, una alma Heroica?
el noble Imperio de la Gloria, se ha extinguido;
la edad heroica ha muerto; polvo es bajo los escombros;

las almas de Bolívar, de San Martín, de Morazán, de Juárez, de Martí,
nada dicen a esos pueblos en hebetud, fascinados por la cadena;

pasados son los tiempos en que las legiones indomadas
espantaban las tiranías, y perdidas en la selva profunda,
arrojaban nubes de fuego y gloria,
sobre las montañas azules y las praderas verdes vestidas de esperanza…

no fue en Farsalia que murió la libertad de Roma;
fué en Filipos, aquella noche trágica, en que Bruto desencantado de ella,
se atravesó con su espada el corazón…
el corazón de Bruto era el corazón de Eoma…
y, Roma, murió con él… después, hubo romanos, no hubo ya hombres;
así en América.

Jm Vargas Vila

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Hacemos nuestro este homenaje de JM vargas Vila a la revolución de octubre, que fue publicado por  en 1921 como un capítulo del libro “En las zarzas del Horeb”.

Seguiremos haciendo este tipo de publicaciones hasta el mes de octubre como un homenaje a este hecho histórico.

“Cuadernos de Reencuentro”

“ACTA DE LA REVOLUCION DEL 20 DE JULIO DE 1810”

En la ciudad de Santafé, a veinte de julio de mil ochocientos diez, y hora de las seis de la tarde, se presentaron los Señores del Muy Ilustre Cabildo, en calidad de extraordinario, en virtud de haberse juntado el pueblo en la plaza pública y proclamado por su Diputado el señor Regidor don José Acevedo y Gómez, para que le propusiese los Vocales en quienes el mismo pueblo iba a depositar el Supremo Gobierno del Reino; y habiendo hecho presente dicho señor Regidor que era necesario contar con la autoridad del actual Jefe, el Excelentísimo Señor don Antonio Amar, se mandó una diputación compuesta por el señor Contador de la Real Casa de Moneda, don Manuel de Pombo, el doctor don Miguel de Pombo y don Luis Rubio, vecinos, a dicho señor Excelentísimo, haciéndole presente las solicitudes justas y arregladas de este pueblo, y pidiéndole para su seguridad y ocurrencias del día de hoy, pusiese a disposición de este Cuerpo las armas, mandando por lo pronto una Compañía para resguardo de las casas capitulares, comandada por el Capitán don Antonio Baraya. Impuesto Su Excelencia de las solicitudes del pueblo, se prestó con la mayor franqueza a ellas. En seguida se manifestó al mismo pueblo la lista de los sujetos que había proclamado anteriormente, para que unidos a los miembros legítimos de este Cuerpo (con exclusión de los intrusos don Bernardo Gutiérrez, don Ramón Infiesta, don Vicente Rojo, don José Joaquín Alvarez, don Lorenzo Marroquín, don José Carpintero y don Joaquín Urdaneta) (salva la memoria del Intendente Patricio doctor don Carlos de Burgos), se deposite en toda la Junta el Gobierno Supremo de este Reino interinamente, mientras la misma Junta forma la Constitución que afianza la felicidad pública, contando con las nobles Provincias, a las que al instante se les pedirán sus Diputados, formando este Cuerpo el reglamento para las elecciones en dichas Provincias, y tanto éste como la Constitución de Gobierno debieran formarse sobre las bases de libertad e independencia respectiva de ellas, ligadas únicamente por un sistema federativo, cuya representación deberá residir en esta capital, para que vele por la seguridad de la Nueva Granada que protesta no abdicar los derechos imprescriptibles de la soberanía del pueblo a otra persona que a la de su augusto y desgraciado Monarca don Fernando VII, siempre que venga a reinar entre nosotros, quedando por ahora sujeto este nuevo Gobierno a la Superior Junta de Regencia, ínterin exista en la Península, y sobre la Constitución que le de el pueblo, y en los términos dichos, y después de haberle exhortado el señor Regidor su Diputado a que guardase la inviolabilidad de las personas de los europeos en el momento de esta fatal crisis, porque de la recíproca unión de los americanos y los europeos debe resultar la felicidad pública, protestando que el nuevo Gobierno castigará a los delincuentes conforme a las leyes, concluyó recomendando muy particularmente al pueblo la persona del Excelentísimo señor don Antonio Amar; respondió el pueblo con las señales de mayor complacencia, aprobando cuanto expuso su Diputado.

Y en seguida se leyó la lista de las personas elegidas y proclamadas en quienes con el ilustre Cabildo ha depositado el Gobierno Supremo del Reino, y fueron los señores doctor don Juan Bautista Pey, Arcediano de esta santa iglesia Catedral; don José Sanz de Santamaría, Tesorero de esta Real Casa de Moneda; don Manuel Pombo, Contador de la misma; doctor don Camilo de Torres; don Luis Caycedo y Flórez; doctor don Miguel Pombo; don Francisco Morales; doctor don Pedro Groot; doctor don Fruto Gutiérrez; doctor don José Miguel Pey, Alcalde ordinario de primer voto; don Juan Gómez, de segundo; doctor don Luis Azuola; doctor don Manuel Alvarez; doctor don Ignacio Herrera; don Joaquín Camacho; doctor don Emigdio Benítez; el Capitán don Antonio Baraya; Teniente Coronel José María Moledo; el Reverendo Padre Fray Diego Padilla; don Sinforoso Mutis; doctor don Juan Francisco Serrano Gómez; don José Martín París, Administrador general de tabacos; doctor don Antonio Morales; doctor don Nicolás Mauricio de Omaña.

En este estado proclamó el pueblo con vivas y aclamaciones a favor de todos los nombrados; y notando la moderación de su Diputado el expresado señor Regidor don José Acevedo, que debía ser el primero de los Vocales, y en seguida nombré también de tal Vocal al señor Magistral doctor don Andrés Rosillo, aclamando su libertad, como lo ha hecho en toda la tarde, y protestando ir en este momento a sacarlo de la prisión en que se halla; el señor Regidor hizo presente a la multitud los riesgos a que se exponía la seguridad personal de los individuos del pueblo si le precipitaba a una violencia, ofreciéndole que la primera disposición que tomara la Junta será la libertad de dicho señor Magistral y su incorporación en ella. En este estado, habiendo ocurrido los Vocales electos con todos los vecinos notables de la ciudad, prelados, eclesiásticos, seculares y regulares, con asistencia del señor don Juan Jurado, Oidor de esta Real Audiencia, a nombre y representando la persona del Excelentísimo señor don Antonio Amar, y habiéndole pedido el Congreso pusiese el parque de artillería a su disposición por las desconfianzas que tiene el pueblo, y excusándose por falta de facultades, se mandó una diputación a Su Excelencia, compuesta de los señores doctor don Miguel Pey, don José Moledo y doctor don Camilo Torres, pidiéndole mandase poner dicho parque a órdenes de don José Ayala. Impuesto Su Excelencia del mensaje, contestó que lejos de dar providencia ninguna contraria a la seguridad del pueblo, había prevenido que la tropa no hiciese el menor movimiento, y que bajo de esta confianza viese el Congreso que nuevas medidas quería tomar en esta parte. Se le respondió que los individuos del mismo Congreso descansaban con la mayor confianza en la verdad de Su Excelencia.; pero que el pueblo no se aquietaba, sin embargo de habérsele repetido varias veces desde los balcones por su Diputado que no tenía que temer en esta parte y que era preciso, para lograr su tranquilidad, que fuese a encargarse y cuidar de la artillería una persona de su satisfacción, que tal era el referido don José de Ayala. En cuya virtud previno dicho Excelentísimo señor Virrey que fuese el Mayor de la Plaza don Rafael de Córdoba con el citado Ayala a dar esta orden al Comandante de Artillería, y así se ejecutó. En este estado, impuesto el Congreso del vacío de facultades que expuso el señor Oidor don Juan Jurado, mandó otra Diputación, suplicando a Su Excelencia se sirviese concurrir personalmente, a que se excusó por hallarse enfermo; y habiéndolas delegado todas verbalmente a dicho señor Oidor, según expusieron los Diputados, se repitió el mensaje para que las mande por escrito con su Secretario don José de Leiva, a fin de que se puedan dar las disposiciones convenientes sobre la fuerza militar, y de que autoricen este acto. Entretanto se recibió juramento a los señores Vocales presentes, que hicieron en esta forma, a presencia del M.I. Cabildo y en manos del señor Regidor primer Diputado del pueblo don José Acevedo y Gómez: puesta la mano sobre los Santos Evangelios y la otra formando la señal de la cruz, a presencia de Jesucristo Crucificado, dijeron: juramos por el Dios que existe en el Cielo, cuya imagen está presente y cuyas sagradas y adorables máximas contiene este libro, cumplir religiosamente la Constitución y voluntad del pueblo expresada en esta acta, acerca de la forma del Gobierno provisional que ha instalado; derramar hasta la última gota de nuestra sangre por defender nuestras sagrada Religión C. A. R., nuestro amadísimo Monarca don Fernando VII y la libertad de la Patria; conservar la libertad e independencia de este Reino en los términos acordados; trabajar con infatigable celo para formar la Constitución bajo los puntos acordados, y en una palabra, cuanto conduzca a la felicidad de la Patria. En este estado me previno dicho señor Regidor Diputado a mi el Secretario certificase el motivo que ha tenido para extender esta acta hasta donde se halla. En su cumplimiento digo: que habiendo venido dicho señor Diputado a la oración llamado a Cabildo extraordinario, el pueblo lo aclamó luego que lo vio en las galerías del Cabildo y después de haberle excitado dicho señor a la tranquilidad, el pueblo le gritó se encargase de extender el acta, por donde constase que reasumía sus derechos, confiando en su ilustración y patriotismo, lo hiciese del modo más conforme a la tranquilidad y felicidad pública, cuya comisión aceptó dicho señor. Lo que así certifico bajo juramento, y que esto mismo proclamó todo el pueblo—Eugenio Martín Melendro.

En este estado, habiendo recibido por escrito la comisión que pedía el señor Jurado a Su Excelencia, y esto estando presentes la mayor parte de los señores Vocales elegidos por el pueblo, con asistencia de su particular Diputado y Vocal el Regidor don José Acevedo, se procedió a oír el dictamen del Síndico Personero doctor don Ignacio de Herrera, quien impuesto de lo que hasta aquí tiene sancionado el pueblo y consta del acta anterior, dirigida por especial comisión y encargo del mismo pueblo, conferida a su Diputado el señor Regidor don José Acevedo, dijo que el Congreso presente compuesto del M. I. C., cuerpos, autoridades y vecinos, y también de los Vocales del nuevo Gobierno, nada tenía que deliberar, pues el pueblo soberano tenía manifestada su voluntad por el acto más solemne y augusto con que los pueblos libres usan de sus derechos, para depositarlos en aquellas personas que merezcan su confianza; que en esta virtud los Vocales procediesen a prestar el juramento y en seguida la Junta dicte las más activas providencias de seguridad pública. En seguida se oyó el voto de todos los individuos del Congreso, que convinieron unánimemente y sobre que hicieron largas y eruditas arengas, demostrando en ellas los incontestables derechos de los pueblos, y particularmente los de este Nuevo Reino, que no es posible puntualizar en medio del inmenso pueblo que nos rodea.

El público se ha opuesto en los términos más claros, terminantes y decisivos a que ninguna persona salga del Congreso antes de que quede instalada la Junta, prestando sus Vocales el juramento en manos del señor Arcediano Gobernador del Arzobispado, en la de los dos señores curas de La Catedral bajo la fórmulas que queda establecida y con la asistencia del señor Diputado don José Acevedo; que en seguida presten el juramento de reconocimiento de estilo a este nuevo Gobierno los Cuerpos civiles, militares y políticos que existen en esta capital, con los Prelados seculares y regulares, Gobernadores del Arzobispado, Curas de la Catedral y Parroquias de la capital, con los Rectores de los Colegios. Impuesto de todo lo ocurrido hasta aquí el señor don Juan Jurado, comisionado por Su Excelencia para presidir este acto, expuso no creía poder autorizarle en virtud de la orden escrita que se agrega, sin dar parte antes a Su Excelencia de lo acordado por el pueblo y el Congreso, como considera dicho señor que lo previene Su Excelencia. Con este motivo se levantaron sucesivamente varios de los Vocales nombrados por el pueblo, y con sólidos y elocuentes discursos demostraron ser un delito de lesa majestad y alta traición el sujetar o pretender sujetar la soberana voluntad del pueblo, tan expresamente declarada en este día, a la aprobación o improbación de un Jefe cuya autoridad ha cesado desde el momento en que este pueblo ha reasumido en este día sus derechos y los ha depositado en personas conocidas y determinadas. Pero reiterando dicho señor su solicitud con el mayor encarecimiento, aunque fuera resignando su toga, para que el señor Virrey quedase persuadido del deseo que tenía dicho señor de cumplir su encargo en los términos que cree habérsele conferido. A esta proposición tomó la voz el pueblo ofreciendo a dicho señor garantías y seguridades por su persona y por su empleo; pero que de ningún modo permitía saliese persona alguna de la sala sin que quedase instalada la Junta, pues a la que lo intentase se trataría como a reo de alta traición, según lo había protestado el señor Diputado en su exposición, y que le diese a dicho señor certificación de este acto para los usos que le convengan. Y en este estado dijo dicho señor que su voluntad de ningún modo se entendiera ser contraria a los derechos del pueblo que reconoce y se ha hecho siempre honor por su educación y principios de reconocer; que se conforma y jurará el nuevo Gobierno, con la protesta de que reconozca al Supremo Consejo de Regencia. Y procediendo al acto del juramento, recordaron los Vocales doctor don Camilo Torres y el señor Regidor don José Acevedo que en su voto habían propuesto se nombrase Presidente de esta Junta Suprema del Reino al Excelentísimo señor Teniente General don Antonio Amar y Borbón; y habiéndose vuelto a discutir el negocio, le hicieron ver al pueblo con la mayor energía por el doctor don Fruto Joaquín Gutiérrez, las virtudes y nobles cualidades que adornan a este distinguido y condecorado militar, y más particularmente manifestada en este día y noche, en que por la consumada prudencia se ha terminado una revolución que amenazaba las mayores catástrofes, atendida la misma multitud del pueblo que ha concurrido a ella, que pasa de nueve mil personas que se hallan armadas, y comenzaron por pedir la prisión y cabezas de varios ciudadanos cuyos ánimos se hallaban en la mayor división y recíprocas desconfianzas desde que supo el pueblo el asesinato que se cometió a sangre fría en el de la Villa del Socorro por su Corregidor don José Valdés, usando de la fuerza militar, y particularmente desde ayer tarde, en que se aseguró públicamente que en estos días iban a poner en ejecución varios facciosos la fatal lista de diez y nueve ciudadanos condenados al cuchillo, porque en sus respectivos empleos han sostenido los derechos de la Patria; en cuya consideración tanto los Vocales, Cuerpos y vecinos que se hallan, presentes, como e! pueblo que nos rodea, proclamaron a dicho señor Excelentísimo don Antonio Amar por Presidente de este nuevo Gobierno. Con lo cual y nombrando de Vicepresidente de la Junta Suprema de Gobierno del Reino al señor Alcalde Ordinario de primer voto doctor don Miguel Pey de Andrade, se procedió al acto del juramento de los señores Vocales en los términos acordados. Y en seguida prestaron el de obediencia y reconocimiento de este nuevo Gobierno el señor Oidor que ha presidido la Asamblea; el señor don Rafael de Córdoba, Mayor de la Plaza; el señor Teniente Coronel don José de Leiva, Secretario de Su Excelencia; el señor Arcediano, como Gobernador del Arzobispado y como Presidente del Cabildo Eclesiástico; el Reverendo Padre Provincial de San Agustín; el Prelado del Colegio de San Nicolás; los curas de Catedral y parroquiales; Rectores de la Universidad y Colegios; el señor don José María Moledo, como Jefe militar; el M. I. Cabildo secular, que son las autoridades que se hallan actualmente presentes, omitiéndose llamar por ahora a las que faltan, por ser las tres y media de la mañana. En este estado se acordó mandar una diputación al Excelentísimo señor don Antonio Amar, para que participe a Su Excelencia el empleo que le ha conferido el pueblo de Presidente de esta Junta, para que se sirva pasar el día de hoy a las nueve a tomar posesión de él, para cuya hora el presente Secretario citará a los demás Cuerpos y autoridades que deben jurar la obediencia y reconocimiento de este nuevo Gobierno.

Juan Jurado — Doctor José Miguel Pey — Juan Gómez —Juan Bautista Pey — José María Domínguez-Castillo — José Ortega — Fernando de Benjumea — José Acevedo y Gómez —Francisco Fernández Heredia Suescún — Doctor Ignacio de Herrera — Nepomuceno Rodríguez Lago — Joaquín Camacho —José de Leiva — Rafael Córdoba — José Maria Moledo — Antonio Baraya — Manuel Bernardo Alvarez — Pedro Groot —Manuel de Pombo — José Sanz de Santamaría — Fr. Juan Antonio González, Guardián de San Francisco — Nicolás Mauricio de Omaña — Pablo Plata — Emigdio Benítez — Fruto Joaquín Gutiérrez de Caviedes — Camilo Torres — Doctor Santiago Torres y Peñal — Francisco Javier Serrano Gómez de la Parra Celi de Alvear — Fr. Mariano Garnica — Fr. José Chaves — Nicolás Cuervo — Antonio Ignacio Gallardo, Rector del Rosario — Doctor José Ignacio Pescador — Antonio Morales —José Ignacio Alvarez — Sinforoso Mutis — Manuel Pardo.

Las firmas que faltan en esta acta, y están en el cuaderno de la Suprema Junta, son las siguientes: Luis Sarmiento — José María Carbonell — Doctor Vicente de la Rocha — José Antonio Amaya — Miguel Rosillo y Meruelo — José Martin Paris —Gregorio José Martin Portillo — Juan María Pardo — José María León — Doctor Miguel de Pombo — Luis Eduardo de Azuola — Doctor Juan Nepomuceno Azuero Plata — Doctor Julián Joaquín de la Rocha — Juan Manuel Ramírez — Juán José Mutienx — Ante mí, Eugenio Martín Melendro.

[Esta versión sigue principalmente la ofrecida por la Biblioteca Luis Ángel Arango, del Banco de la República de Colombia, http://www.lablaa.org]