El efecto escopolamina

Por Eduardo Pérez
“Cuadernos de Reencuentro”

Quedaron atrás las épocas en las cuales las muchedumbres analfabetas se enardecían con las arengas de expertos oradores. El romanticismo y la formación grecolatina cedieron su paso a la modernidad. ¡Fuera oratoria¡ dijo el poeta de la pipa y la barba gris. Pero nada pasa sin dejar sus huellas; en este país de llamado “realismo mágico”, las palabras de los políticos ejercen sobre la población una marcada influencia tan embrujadora que produce algo así como un “Efecto Escopolamina”. Es decir, ante los discursos justificadores, las personas pierden la voluntad, actúan a favor de los asaltantes y al otro día no recuerdan nada.

Al igual que la nefasta droga, las consecuencias psíquicas y fisiológicas de las palabras son graves y se manifiestan en las carencias sociales de alimentación, habitación, salud, educación y protección. La población sufre los efectos, pero no logra identificar las causas. Esto es lo que permite que, periodo a periodo, sin importar los niveles de compromiso con la corrupción o los requerimientos judiciales, los políticos logren repetirse en los cuerpos colegiados de elección por voto, llámense concejo, asamblea, congreso y demás cargos o instituciones de gobierno. -Esto, por demás, deja mucho que pensar sobre la democracia republicana-. Si llegan a ser inhabilitados, ubican en ellos a sus hijos, esposas, tíos, sobrinos, cualquier familiar o testaferro. Se han escriturado para sí las organizaciones gubernamentales; por eso por largos años se ven los mismos en las mismas, legislando a su favor y en contra de la población.

Memorable fue el debate que los senadores de la oposición han dado acerca de las maromas para asignar tierras a personas y empresas, algunas extranjeras. Los hechos denunciados se suman a las acciones de agro ingreso seguro, Carimagua, Cacarica, la salud, la educación, el transporte, los contratos; la lista es interminable.

Las medidas tomadas con respecto al transporte masivo sirvieron para quitarles el negocio a quienes lo venían usufructuando; esto se hizo por vía administrativa; los más perjudicados fueron los pequeños propietarios. Los gobernantes comparten sus inversiones con empresas extranjeras y a favor de ellas actúan; una muestra más de las “Venas abiertas de América Latina”. Se ha visto en los proyectos agromineros; la minería artesanal, actividad que ha sido ejecutada por años por trabajadores independientes, ahora es ilegal –el término “mazamorreo” no es nuevo y ha servido para identificar la labor de extracción del oro en los ríos y quebradas-. Si los mineros acosados protestan, se les aplica “el peso de la ley”, leyes amañadas y lesivas para el país.

Cuando se hace uso de la fuerza para obligar aceptar unas condiciones económicas, eso se llama esclavitud. El capitalismo siempre ha funcionado con base en el despojo para que los desposeídos se concentren en las ciudades y sólo tengan su mano de obra como única forma de subsistencia y la vendan a un patrón que es dueño de la persona durante una jornada de trabajo y más. La sociedad burguesa es el reino de la esclavitud asalariada.

Para acallar las protestas de los ciudadanos ante las decadentes condiciones de vida, se mandan los contingentes militares y policiales. Cuando una minoría gobierna y legisla mediante el uso de la fuerza en contra de la gran mayoría de la población, eso se llama dictadura. El capitalismo es el reino de la dictadura de la burguesía. Cierto es que más que adormecimiento, el pueblo colombiano ha estado sometido a las más cruda represión.

Las inversiones y legislaciones actuales muestran que hay una cadena entre motosierra, masacres, desplazamiento, destierro, despojo, apropiación, proyectos agromineros, TLC, negociación de paz, asignación de tierras a empresas extranjeras. No son acciones aisladas, ni casuales, producto exclusivo y sangriento de enfermos mentales. Todo corresponde a un proceso que por lo planeado es perverso.

Toda esta suma de condiciones es lo que permite que mientras en la región se habla del socialismo del Siglo XXI, Colombia viva feliz en el Siglo XVII gobernada por una nobleza criolla que presta el territorio para el establecimiento de bases militares imperiales para que Pablo Morillo enfrente las campañas libertadores y reconquiste la región. Poco cambia; con todos los sentidos habilitados, giramos en círculos con los ojos cerrados y sin bastón.

Por Eduardo Posada, agosto 19 de 2013
“Cuadernos de Reencuentro”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s