HECTOR ABAD GOMEZ

16-04-2009

SOMOS EL OLVIDO QUE SOMOS

 “A florecer las rosas madrugaron,

   Y para envejecerse florecieron,

   Cuna y sepulcro en un botón hallaron  “

                                                                                (Pedro Calderón de la Barca)

 Es incompleto decir, me encontré en la vida con Héctor Abad Gómez, es más preciso afirmar, encontré en su vida gran parte de la mía y esta vida mía se completó con la vida de El.

Recorriendo caminos distintos buscándole un sentido a la vida en función de los demás, propósitos idénticos soñados y tratados de conseguir por senderos paralelos, esas líneas que nunca se juntan, que pueden parecer distintas, pero que en cada hito de su recorrido es el humanismo el que va conformándolas, rectas, curvas, sinuosas que se cruzan en puntos de identidad absoluta, que parece que se separan para tomar rumbos distintos, así las metas sigan siendo durante toda la vida las mismas, la plenitud y la felicidad de todos los seres humanos.

 Las diferencias aparentes, si no se tiene esa capacidad de tolerancia que en El era esencial, si no se respeta al otro para que ensaye y practique otros métodos de actividad política que considere mas efectivos, o los únicos posibles, para realizar los

mismos sueños como El lo hacia con tanta grandeza espiritual, han traído antagonismos que han postergado hasta hoy trágicamente, quién sabe hasta cuándo, la construcción de la hermosa convivencia social con la que El soñó y por la que luchó sin descanso con la ingenua sabiduría que se alcanza con una bondad sin sombras, por la cual se expone a morir antes que matar un ruiseñor para defenderse, y con tranquilo heroísmo, no aceptaba que los que lo iban a matar fueran combatidos y derrotados con las mismas armas.

 Un hombre comprometido con la vida desde sus orígenes no podía sumarse a los que hemos creído que hay que suprimir a todos los que se oponen a la continuación de la vida, que es crear unas condiciones de existencia plena, sin necesidades, que son las que limitan la libertad y la elevación de todas las cualidades humanas hasta la perfección del ser humano.

 Cuando supe de la existencia de Héctor Abad Gómez, un efluvio luminoso de su corazón penetró en mi vida cuando lo vi por primera vez y no tuve ninguna duda en decirme que lo conocí en el sentido absoluto de saber quién era y qué significaba para la lucha por construir una vida nueva entre nosotros.

 Por seguir sus pasos no pude sustraerme al orgullo de saberme de su misma estirpe, Los Abad de La Oculta, Antonio Abad y Luisa Correa, hermana de mi abuela Doloritas Correa, la mamá de mi mamá, Doloritas Mejía Correa. Familias que se reconocieron y trataron con afecto entrañable, familias del suroeste antioqueño, Jericó y Jardín, que compartían las dichas de La Oculta y de su lago, las delicias de sus dulces elaborados con la toronja o la pamplemusa, la cidra con guayaba o piña, manjares especiales heredados de Las Abad y trasmitidos a nosotros pues Doloritas los hacía con gran pericia, gustos de cocina y mantel que identificaban y unían a nuestras familias.

 Por estar metido en los laberintos de la clandestinidad por donde transitaban diferentes interpretaciones de la aplicación de las Teorías Marxistas, corrientes que tenían sus vaticanos, Moscú, Pekín, Tirana, La Habana,  Hanoi, que intentaban aplicar aquí las enseñanzas de Lenin, de Stalin, de Mao, de Enver Hoxa, de Ho Chi Min, de Fidel y el Ché, todos olvidándonos de las fundamentales, una de ellas, la primordial, hay que partir del análisis concreto de la realidad social colombiana, de nuestra historia de “independencia”, del desenvolvimiento y características de las nuevas dependencias, de ser sin duda alguna, el patio trasero de la mayor potencia, con tantos ejemplos de revoluciones abortadas, de invasiones para apropiarse de territorios y para imponer sistemas de gobierno y dictadores, por muchos años hubo que soportar y controvertir en medio de discusiones muy agitadas posiciones muy radicales que descalificaban la actividad humanística de los defensores de los Derechos Humanos, que combatían la aplicación de la reforma agraria por considerarla que retardaba la revolución, hasta extremos delirantes, de mi se dijo que había que desconfiar de un funcionario que se comprometía hasta el fondo en la aplicación de una ley cuyos alcances eran, y ni siquiera eso fueron, un lenitivo muy tímido a la solución de los problemas del campo y del campesino, cuidado, decían, ese señor debe ser un infiltrado del imperialismo, y otros, algunos años después, desconocieron la validez de mis argumentos para considerar confiable a Héctor Abad Gómez en su compromiso con la revolución social, que es en última instancia el Humanismo que El encarnaba y practicaba, sólo porque alguno descubrió un cierto parecido mío con su rostro amable que podía delatar algún parentesco lejano.

 Algunos años después cayó en mis manos un libro de Adam Shaff, El Humanismo Ecuménico, pensador marxista polaco, que concluyó, por su experiencia de muchos años de militancia y disidencia dentro del partido comunista polaco, que sólo cuando el humanismo marxista y el humanismo cristiano dejen de lado sus diferencias sobre lo metafísico, si el hombre es creación de dios o dios es creado por el ser inteligente, los seres sin inteligencia no necesitan de dios y dios también desaparecerá de la tierra cuando la especie humana desaparezca, y se decidan a poner en el centro de todas sus inquietudes y propuestas políticas el destino mejorado de la humanidad, construir el paraíso aquí entre todos, sin intervenciones ajenas, imperios o divinidades, entonces habremos tomado el camino correcto .

 Allí estuvo en ese cruce y complemento de los humanismos Héctor Abad Gómez, y en ese libro de Shaff la hermosa premonición de Jorge Luís Borges, un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan  el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos, que en los espacios de la literatura y de la poesía cada cual siente y sabe cual era la novela o el poema que lo conmovía, en el terreno de la filosofía política, que son los volúmenes de los maestros del socialismo, entre nosotros no han encontrado los hombres destinados a sus símbolos, cosa que es demostrada por este proceso revolucionario colombiano que todavía no encuentra el camino para resolver todas las necesidades del pueblo.

 Nada se ha escrito nuevo desde hace siglos, algunos creen que lo fundamental lo dijeron los griegos y que los sueños de todos los hombres son los mismos desde los tiempos bíblicos y que por eso la poesía se repite, lo que hizo escribir a Fernando Pessoa que el poeta es un plagiador que simplemente recrea con estilos nuevos las penalidades y aspiraciones del alma humana.

 Eso sucede con todos los hombres que han comprometido su vida para construir sociedades humanizadas que están postergadas en todos los rincones del mundo, hombres recordados en ese olvido definitivo que son, porque los pasos que dieron han sido desandados por sus empeñados sucesores que escudan en los recuerdos y en las celebraciones sus escondidos propósitos de utilizar el poder para fines diferentes, teñidos indeleblemente por ambiciones personales, que son las que hacen imposible la realización de los sueños de los antecesores, inmensos olvidados para siempre, pues de lo poco que alcanzaron a construir no queda piedra sobre piedra.

 De los demás hombres que en este devenir infinito han pasado por la tierra, el olvido que han sido es lo que fueron, que no han aceptado nunca que ni siquiera pasajeros son, que se repiten casi iguales por los siglos de los siglos, tanto que los que actualmente van pasando no son capaces de decirse, somos el olvido que somos.

 Guillermo Valencia escribió, el hombre es como el huevo, se vuelve serpiente en nido de dolor y en nido de amor será paloma, el nido de dolor es la miseria, el nido en donde nacen palomas es el que quiso construir Héctor Abad Gómez, prevenir la enfermedad desde los orígenes de la vida para que la muerte inevitable llegue con la naturalidad con que llega la vida.

 Ramón Eduardo Agudelo Mejía

Abril 16 de 2009

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