Congreso de los pueblos

Congreso De Los Pueblos, ¿alternativa real o maquillaje para el establecimiento?

Por Gonzalo Salazar

¿Es posible la unidad de los sectores populares y de la izquierda en torno al Congreso de los Pueblos?

¿Es su única función legislar para que el congreso oligárquico apruebe o avale sus iniciativas?

¿Y si legisla, quien ejecuta o hace cumplir el mandato?

¿Será necesario crear el gobierno de los pueblos con sus ministerios y programas del poder popular?

Estas preguntas nos llevan a considerar el tipo de organización o movimiento nacional que requieren los sectores y clases populares para enfrentar en resistencia a la oligarquía y al capital transnacional, pasando a la ofensiva en un proceso emancipador liberador. A no solo imaginar el tipo de país que queremos, sino, a diseñarlo entre los explotados, los oprimidos, los excluido y los olvidados; entre los que construyen, entre los que sueñan y los que piensan esa utopía que se llama justicia social, no esa falacia que prostituye la dignidad y la esperanza, que la oligarquía enarbola y cacarea cada vez que siente declinar su estabilidad y su poder, esa cortina de humo que los cínicos genocidas denominan PAZ.

Desde los Comuneros, pasando por las guerrillas de los llanos y la UP y los supuestos procesos de paz de los últimos 25 años, hemos visto y sufrido la misma falacia, la misma lógica, la misma estrategia de dominio y violencia, podríamos decir los mismos personajes, las mismas palabras, las mismas traiciones, las mismas miserias, la misma ignominia. Claro, aumentadas exponencialmente. El genocidio, el desplazamiento forzado, el despojo al pueblo colombiano, son los elementos que integran el eterno proceso de paz que ha desarrollado la más criminal oligarquía del mundo desde 1810, fiel émula del pacificador Pablo Morillo.

No podemos empezar a construir un movimiento popular de las dimensiones que deseamos sea el Congreso de los pueblos, fijándonos en el horizonte burgués de una “paz para todos”, como si fueran los mismos intereses los de los pobres y los de los ricos, como si solo bajando el volumen a la artillería se solucionaran todos los problemas y necesidades de los pueblos, como si el perdón y el olvido bastaran para refundar la república del miedo, el mundo de los ciegos anestesiados, de los indignos que no necesitan cadenas para obedecer y adorar a sus amos. La paz, como ya se ha dicho, es un producto más de un proceso liberador, de justicia social, de democracia, autonomía y soberanía popular en busca de la felicidad

El Congreso de los Pueblos debe partir del consenso, desde la individualidad, desde la colectividad, desde la localidad, desde la región, desde la necesidad, desde la posibilidad y el compromiso, desde la unidad política de los sectores y organizaciones comprometidos en el cambio, con una nueva *pedagogía y una nueva ética que nos plantean Ernesto y Camilo; por esto sería bueno mirar al Congreso de los pueblos más como una gran Asamblea Popular (no se trata de cambiar el nombre) que dialoga y debate interna y externamente, que acuerda y define itinerante desde la localidad y la región, como un encuentro permanente, pero que también ejecuta sus propios mandatos, que construye y fortalece su poder en cada uno de los sectores populares, en cada área de la economía, la salud, la educación, la cultura, la justicia, el medioambiente, las relaciones internacionales, lo agroalimentario. Una asamblea democrática, autónoma y soberana, donde quienes dirijan o coordinen lo hagan obedeciendo el mandato popular, donde la corrupción sea delito de lesa humanidad como lo pensaba Simón.  Porque no se puede legislar si no tienen ámbitos de aplicación las leyes, si no hay quien dinamice y ratifique el cumplimiento de la ley. Por lo anterior es que es importante definir el carácter de este proyecto social y político.

Por ahora puede verse como un frente político de unidad popular, donde confluyen diversas tendencias políticas y filosóficas, diferentes organizaciones políticas, sociales, gremiales y sectoriales, con intereses específicos en la problemática nacional, con algunas iniciativas locales, aunque con poca participación real de la izquierda, sobre todo en el debate político y la elaboración teórica. La izquierda y la intelectualidad política aún no aprecian la gran posibilidad de transformación del sujeto social en actor dinamizador del cambio que se está gestando en los barrios, en las veredas, en los movimientos sociales con participación creciente de los jóvenes y las mujeres, en las diferentes propuestas políticas (Congreso de los Pueblos, Marcha Patriótica, Gran Coalición, PDA… y fuera de ellas en pequeños círculos de estudio y trabajo político), que llaman a la unidad y a la acción, pero que en algunas organizaciones todavía persiste el espíritu de secta o de parroquia (legado que nos dejó la vieja izquierda mesiánica) en el que se practica la endogamia política, generando monstruos tarados estériles, que en lugar de avanzar retroceden en el espacio político  de las luchas sociales.

Miraremos si este proyecto va encaminado a legislar y posiblemente a gobernar, o si lo dejamos cooptar por el establecimiento y manosear por la oligarquía y el imperio, sirviendo de cosmético para maquillar la cara cadavérica del capitalismo. Es importante dar el debate sobre la cuestión electoral y las relaciones con el estado; por un lado, los movimientos políticos de oposición al régimen, en un tiempo llamados políticos de masas,  generalmente han sido integrados en su dirección y en la mayoría de su composición social, por los militantes y simpatizantes de uno u otro partido de izquierda, por otro,  la mayoría de estos movimientos incluyeron en sus plataformas de lucha la participación electoral como forma de acumular fuerzas y disputarle el poder a la oligarquía. Casi todos lograron algunas curules, algunos alcaldes, (solos y /o en coalición incluso con grupos de derecha), pero ninguno ha logrado cambiar las prácticas de corrupción dentro del congreso oligárquico, menos imponer una legislación que detenga por lo menos el genocidio, la privatización de las entidades del estado, el aumento del hambre y la pobreza ni la entrega del país a la voracidad del capital transnacional; en las alcaldías y gobernaciones ha pasado proporcionalmente lo mismo. –La Constitución Política del 91, de la que es coautora la izquierda y algunos sectores sociales, no ha tenido eficaz aplicación, por el contrario, el régimen la ha venido desmontando paulatinamente, a pesar de que fue proyectada por la oligarquía para imponer y desarrollar el proyecto Neoliberal

En las grandes ciudades donde cogobiernan representantes  de la izquierda se ha continuado con las políticas neoliberales, construyendo infraestructura que los más pobres no necesitan pero que si les aumentan los impuestos y los excluyen de los derechos esenciales para vivir dignamente porque el mandato no lo reciben del pueblo, sino de los organismos financieros internacionales a través de los planes de desarrollo y del chantaje de la oligarquía.

No es que se desconozcan los esfuerzos que a través de esa lucha se hayan hecho, indudablemente una parte de nuestro pueblo (una minoría) ve con simpatía y esperanza la participación electoral, esperando que ésta se traduzca en respeto y mejoramiento de sus derechos y su calidad de vida, poder participar y decidir directamente en la solución de sus necesidades; pero hasta hoy, los movimientos de izquierda no han utilizado los espacios que les genera la participación en la “Pseudodemocracia” burguesa para organizar y movilizar por lo menos a quienes los apoyan y votan por ellos para que defiendan y conquisten sus derechos. En el congreso oligárquico participan personas de la izquierda que son muy valientes en la denuncia, en el debate, en la sustentación de sus propuestas, en la defensa de los intereses nacionales, pero siempre han sido una pequeña minoría aislada (igual que aquellos que definieron su norte con  la lucha armada como única vía de tomar el poder, aislados del pueblo) sin capacidad para imponer criterios de justicia social en las leyes que aprueba la mayoría oligárquica del Congreso.

Por último, estos movimientos han sido diezmados políticamente y hasta eliminados físicamente, como ocurrió con la UP, o han sido descabezadas sus dirigencias como ha venido ocurriendo con el M19 y el EPL (Esperanza, Paz y Libertad) y últimamente con el PDA. Pero en general sus dirigencias han sido absorbidos por el sistema oligárquico (adquiriendo todos los vicios de corrupción y cinismo de la oligarquía), bien por la comodidad que han adquirido sus representantes elegidos o nombrados, o bien por las presiones y amenazas, lo cual los hace reflexionar sobre su existencia, prefiriendo declinar, para conservar los status de sus dirigente con puestos en el estado.

Hay mucho que decir sobre esto, pero en el caso del Congreso de los pueblos tenemos que reconocer que aún no se ha definido una caracterización oficial, por lo cual no se ha puesto sobre la mesa la discusión entre movilización social y lucha electoral; de hecho muchos participantes en el Congreso De Los Pueblos también lo hacen o tienen simpatías por organizaciones que definieron a las elecciones como principal forma de lucha, pero este no es el problema, es si el Congreso de los Pueblos reconoce al Congreso oligárquico como representante de los sectores populares y si esa supuesta representatividad  es o no legítima,  igualmente pasa con el gobierno, o si por el contrario, como contradictor representante del régimen  pudiera ser un interlocutor válido para negociar o concertar algunas políticas y algunas reglas del juego democrático popular; en este caso no sería necesario la participación en las elecciones oficiales a nombre del Congreso de los Pueblos y se podría dar un paralelismo legislativo contando con algunos amigos en el congreso oligárquico.

Esto de legislar, es para que alguien ejecute y haga cumplir la ley que puede ser nacional, o circunscribirse a una o varias regiones o a un territorio, en el caso que el Congreso de los Pueblos lo haga para sus zonas de influencia. Esta relación con el Estado es una confrontación entre poderes, y para realizarla es necesario construir esos poderes político, económico y cultural del Congreso de los Pueblos, para esto necesitamos la unidad de los sectores y clases populares, la unidad de la izquierda política y social dentro y alrededor de nuestro Congreso y la unidad de los sectores democráticos antioligárquicos. Creemos que se puede crear una gran diferencia con el Congreso oligárquico si su legislación nace de las necesidades de los sectores sociales, de las regiones, de las localidades con democracia popular directa, en un continuo dialogar, concertar y definir entre los intereses y las visiones que se dan en el campo popular (Mandatos), sin representantes elegidos secretamente en urnas que encubren las patrañas de los negociantes del poder, donde el que escruta elige.

Es necesario construir una filosofía, una metodología, una visión a mediano y largo plazo, unos conceptos claros y sencillos de los elementos sociales y culturales que constituyen nuestras identidades como pueblos, clases y sectores sociales colombianos. Con conocimiento y reconocimiento  del país que tenemos y de las potencialidades de los sectores populares  para solucionar sus necesidades y construir un nuevo país. Una propuesta de país debe estar amasada con los pensamientos y los sueños de los intelectuales orgánicos del pueblo,  con los anhelos,  las visiones y cosmovisiones de nuestros pueblos, con las historias reescritas, recontadas, recreadas por los victimizados, excluidos y olvidados por el capitalismo, con las propuestas de las organizaciones políticas y sociales, con los demócratas, los humanistas y los revolucionarios de Colombia.

Una propuesta real se construye a partir de la aplicación de conceptos y de experiencias concretas en los campos político, económico y cultural; o sea, desarrollando bases del poder popular como la autonomía económica de los sectores populares (soberanía alimentaria, economía de equivalencias, trueque) normas e instrumentos de justicia popular, una cultura desde y para los sectores populares, políticas de vivienda, ambiental, comunicaciones, internacional, etc. Iniciativas y experiencias que han venido ejecutando sectores indígenas, campesinos y pobladores por tradición, obligados por la exclusión y/o represión del estado o por mero instinto de supervivencia. Políticas consultadas y consensuadas con los sectores sociales implicados que se pueden negociar con el Estado en una dualidad de poderes, que permita ganar espacios y poder político en los sectores populares

No podemos repetir el viejo esquema de Frente, Partido y Masas como formas de una misma y única organización política omnímoda. El Congreso de los Pueblos puede ser una alternativa real si se reconocen la diferencia y la pluralidad política, cultural y social, si no se reemplaza al pueblo en sus decisiones y en su protagonismo, si se promueve su movilización por sus intereses, si buscamos la unidad con otras propuestas con objetivos comunes.

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Por Gonzalo Salazar – 2011

“CUADERNOS DE REENCUENTRO”

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